JOSÉ TOMBÉ, POR DIEGO CASTRILLÓN ARBOLEDA
La novela José Tombé no se limita a narrar una rebelión indígena: formula preguntas que siguen perturbando el presente, sobre la legitimidad de la violencia, el liderazgo, la organización colectiva y el momento en que la dominación deja de ser tolerable
Por Daniel Gutiérrez Ardila
CIFD - Universidad Externado

En la izquierda, Gregorio Palechor, en la derecha, Julio Tunubalá, líderes del Consejo Regional Indígena del Cauca - CRIC. En el centro, Libio Palechor, hijo de Gregorio y colaborador del censo. Fotografías de Ximena Pachón, 1973
Existe una interesante literatura secundaria. Con este apelativo apunto no tanto a la calidad cuanto a la recepción, que es fácil de evaluar a través del número de reseñas y ediciones de una obra o de su presencia en los manuales, las aulas y los espíritus. Sería interesante estudiar comparativamente la cuestión (que es uno de los aspectos más fascinantes del canon) para saber qué tan generoso es cada país con respecto a su propia tradición. Con todo, me atrevo a afirmar que pocas naciones (al menos en América) resultan tan ingratas como Colombia en lo relativo a las producciones del ingenio. Cada tanto, el curioso que frecuenta librerías de viejo se topa con verdaderas sorpresas que dan pleno sentido a sus polvosas cacerías. Además, en un país en el que los libros son caros, la literatura de segunda mano ofrece posibilidades gratificantes a precios asequibles.
La antropóloga Ximena Pachón me había señalado tiempo atrás José Tombé como una novela preciosa (por la prosa y el estilo) y significativa (por los temas tratados y las pistas que pone en manos del lector). Nuestro último encuentro fue para mí como un emplazamiento, de manera que al día siguiente conseguí en Merlín por diez mil pesos la segunda y última edición de la obra, hecha por Colcultura en 1973.
La había publicado treinta años atrás en Bogotá Diego Castrillón Arboleda (que era entonces un muchacho) con un prólogo de Guillermo Valencia, en el que el poeta payanés resaltó el “marcado carácter sociológico” de la novela, perteneciente, en su opinión, al “género costumbrista”. Dudoso apelativo este que sigue pesando como una lápida porque minusvalora toda producción literaria que atiende a realidades consideradas periféricas y, por eso mismo, poco apropiadas (apriorísticamente) para las altas esferas de las letras. Sin duda, el talento de observación de Castrillón Arboleda y su propósito de retratar la vida material y las miserias de los misak le han escamoteado a su libro de juventud la nombradía que merece.
La historia es sencilla. Indios pobres del Cauca, sometidos a la inmemorial explotación de los terratenientes, terminan por rebelarse. Y lo hacen torpemente, saqueando cosechas, incendiando los campos o matando a algunos agentes subalternos de la opresión, pobres diablos en su mayoría: gañanes, policías, soldados.
Para explicar este súbito levantamiento, Diego Castrillón acude a un ser extraordinario, el mismo que da título a la novela. José Tombé puede encarnar la insurrección, liderarla, encauzarla y explicarla, porque su vida se desarrolló lejos del envilecimiento del terraje, modalidad de trabajo servil que explica el propio Castrillón Arboleda en el glosario con que acompañó la segunda edición de su novela: “Pago en trabajo del arriendo (arrendamiento) por el encierro (superficie de terreno), por parte del arrendatario”. Así, el indio terrazguero debía sufragar “mensualmente en días de trabajo el alquiler de la tierra, en proporción a la superficie asignada, y estar en disponibilidad para los servicios u oficios” que se le exigieran, “tales como vaquerías, limpieza de potreros, siembras, etc.”

Primera y segunda edición de la novela José Tombé
José Tombé se crio, pues, en un territorio libre (Moscopán) ubicado en las lindes del páramo, adonde se refugiaron su madre y su abuelo tras el enésimo abuso del terrateniente mestizo a quien servían como terrazgueros. Esta vez, sin embargo, el maltrato desembocó en un asesinato, el de otro indio, que es, precisamente, el padre póstumo de José Tombé. Si este se transforma entonces en líder insurreccional es, en primer lugar, porque no creció en el ambiente alienante del terraje, y porque, en segundo lugar, se le inculcó desde siempre el deber de venganza.
Diego Castrillón Arboleda indicó en una entrevista que la insurrección indígena narrada en el libro era una ficción literaria ambientada en los años treinta. Sabemos también, gracias a una conferencia de Ximena Pachón, que José Tombé no es Quintín Lame, sino un personaje construido a la sombra de aquel, en buena parte porque la generación a la que pertenecía Castrillón Arboleda presenció en su niñez la cautividad de aquel líder indígena en 1924, cuando fue exhibido enjaulado por las calles de Popayán.
La novela de Diego Castrillón Arboleda intenta explicar la anomalía (presentida, temida) de una insurrección indígena en un contexto de explotación varias veces secular y de una sumisa aceptación de la desventura (“todos los indios recibían humildemente los ultrajes”). Para ello, Castrillón Arboleda recurre a la personificación caudillista, al liderazgo excepcional, a la alegoría, en suma. Sin embargo, la publicación José Tombé planteó dos poderosos interrogantes. El primero apuntaba al sentido del movimiento indígena por venir. Si en una sociedad mestiza no cabía soñar con la destrucción del “blanco” (es decir, la de todos los pobladores ajenos al mundo indígena), ¿cómo orientarlo? ¿Cómo federar a los distintos pueblos indígenas? ¿Era viable una lucha pacífica, o resultaba inevitable el uso de la violencia, ya que, según creían muchos, “si uno no pélia, ¡pos ahí nos semos quedando jodidos…!”? ¿Qué empleo dar a la violencia y cómo evitar que la causa degenerara en sacrificio inútil o deparara tan solo sangre, saqueo y aguardiente?
El segundo interrogante está dirigido a los historiadores. Si la práctica del terraje era muy antigua, ¿por qué se hizo intolerable en un determinado momento histórico? ¿Acaso por causas demográficas, por una agravación esencial del trabajo servil, por un empeoramiento de las condiciones de vida o por procesos educativos y políticos que están aún por estudiarse?
En ningún modo pretendo reprochar a Diego Castrillón sus elecciones estilísticas. Lo esencial es que en este caso, como en tantos otros, la novela abrió un camino y descubrió para nosotros un espacio feraz que desde entonces tratan de recorrer, con mayor o menor fortuna, las ciencias sociales.