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LA MASACRE DE TACUEYÓ Y SU NINGUNA LECCIÓN

Hace cuarenta años un grupo armado de izquierda asesinó a 164 de sus propios militantes, la casi totalidad de ellos, en lo que se conoce como la masacre de Tacueyó, por el corregimiento del municipio de Toribio, en el norte del Cauca, donde ocurrieron los hechos. Ni entonces, ni después, la izquierda pudo atreverse a pensar que ese
acontecimiento más que siniestro derrotaba cualquier argumentación que pudiera levantarse a favor de la violencia revolucionaria.


Por Isidro Vanegas

1986 Masacre de Tacueyó fotograma del reportaje de Raúl Benoit 1.png

Combatientes del Ricardo Franco en trance de ser asesinados por sus comandantes, enero de 1986. Fotograma del reportaje de Raúl Benoit

En diciembre de 1985, los jefes del “Frente Ricardo Franco”, como se designaba la organización guerrillera, comenzaron a localizar en sus filas presuntos infiltrados. El acusado era amarrado, y mediante torturas que podían incluir su completo enterramiento, obligado a delatar a otros presuntos infiltrados. Todos, según aquellas confesiones, eran miembros de las Fuerzas Armadas, en rangos muchas veces inverosímiles, dándose el caso de un niño de 13 años que fue señalado como agente de la CIA estadounidense por un compañero sometido a torturas.


Los supuestos culpables fueron asesinados, pero no de cualquier forma, sino mediante procedimientos que incluso superaban el sadismo de la violencia colombiana de la década de 1950. “Hombres, mujeres, niños: muertos a palo o estrangulados con cordel por dos guerrilleros que tiran de lado y lado tras enrollar la cuerda en un palito para no cortarse las manos, hasta la muerte de la víctima. Esta, que previamente ha sido torturada para que confiese, apaleada y sometida al ‘cepo indígena’ (colgada de las manos atadas a la espalda), es entonces apuñalada en el abdomen en un rápido ‘corte de chaleco’ para evitar que su cadáver, al hincharse, se salga de la fosa a flor de tierra en donde la sepultan con otras dos o tres”, contó uno de los periodistas que fue invitado a presenciar el injusticiamiento de las últimas víctimas.


La masacre fue una noticia ampliamente difundida, merced a las ínfulas que por ella se dieron sus directores. “Me enorgullezco de ser el jefe de una organización que ha ajusticiado a 164 asesinos de nuestro pueblo”, les dijo a los periodistas Javier Delgado. Este era el nombre de guerra de José Fedor Rey, cuyo carácter y cuyas ambiciones habían sido forjadas en gran medida por el Partido Comunista, que lo reclutó a los quince años para su filial juvenil, de donde había ascendido a las FARC, en que ocupó una posición destacada y recibió, entre otros encargos, el de manejar grandes sumas de dinero obtenidas de secuestros, con las cuales desertó para formar el Frente Ricardo Franco.

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Grupo de condenados; atrás José Fedor Rey y otro miembro del Grupo. Fotograma del reportaje de Raúl Benoit, 1986

Pocos intelectuales de izquierda —como Enrique Santos y Eduardo Pizarro— se permitieron advertir que la matanza de Tacueyó demostraba cuán profunda era la descomposición a que habían llegado las guerrillas, así como su fanatismo y su deshumanización. En Tacueyó, dijo Pizarro, “murió la guerrilla como proyecto histórico en Colombia”.


El augurio, desafortunadamente, no se cumplió. Ni los grupos guerrilleros, ni las organizaciones políticas conexas, ni los defensores de la violencia revolucionaria se sintieron interpelados por la barbarie desplegada en aquellas montañas caucanas.
 

Las FARC y el Partido Comunista se exculparon alegando que tales prácticas les resultaban completamente extrañas y que la matanza era obra de las fuerzas militares, que habían puesto en la jefatura de la organización autodestruida a hombres suyos que desde allí debían atacar a los líderes de izquierda y sabotear el proceso revolucionario. Calificaron al jefe del Ricardo Franco de paranoico peligroso y depravado. Es más, era la versión criolla de Pol Pot, el genocida comunista de Camboya.
 

El repudio de los comunistas a la masacre de Tacueyó y a su principal autor fue ostentoso. Sin embargo, tan solo tres años después pasaron en silencio ante una matanza semejante en el seno de las FARC y protegieron al líder de ella, Braulio Herrera, cuya personalidad también había salido de la forja del Partido Comunista, donde se inició políticamente como cuadro de su organización juvenil. En 1989, en su calidad de comandante fariano en el Magdalena Medio, Herrera calificó a más de 150 de sus compañeros de armas como infiltrados y ordenó su asesinato. Habiendo sido condenado a muerte por los jefes del aparato militar, Gilberto Vieira y el comité central obtuvieron la conmutación de la pena, lo sacaron del país y de ñapa declararon que había debido exilarse por amenazas de la extrema derecha.
 

Masacres como la de Tacueyó o la de Braulio Herrera no fueron hechos inusitados. Accidentes desafortunados en el camino a la revolución. Fueron picos de brutalidad en el ecosistema cruento que es propio de los proyectos de redención absoluta de la sociedad. La depuración mediante la eliminación de los disidentes y de los supuestos infiltrados —una de las muchas modalidades de la barbarie de los redentoristas— fue el pan de cada día en todas las guerrillas.

Uno de los miembros del grupo de condenados que fue exhibido ante la prensa. Fotograma del reportaje de Raúl Benoit, 1986

La dirección del Partido Comunista – Marxista Leninista persiguió con saña a sus discrepantes, y uno de ellos fue ultimado en una calle de Medellín por un sicario del EPL que, primero, “le propinó una herida a cuchillo en el vientre y lo remató de un tiro en la cabeza”, según relatan en la historia oficial de esa organización. La jefatura del ELN había asesinado a gran parte de sus propios dirigentes a finales de la década de 1960 y en los años siguientes continuó persiguiendo a sus disidentes. En las FARC fue peor, si cabe. En enero de 1986, por ejemplo, Manuel Marulanda dio cuenta en la correspondencia interna de la organización, como si fuera lo más normal del mundo, del fusilamiento, en una sola dentellada, de 18 personas en su comando. La guerrillera conocida con el alias de Karina cuenta cómo, en los primeros años de la década del 2000, fueron constantes los fusilamientos en el frente al que pertenecía, en Antioquia. Combatientes que le causaban alguna molestia personal al comandante, pero sobre todo muchachos acusados de ser infiltrados: “a veces eran simples sospechas de la nada, de actitudes cotidianas de los guerrilleros. […] Creo que se fusilaron muchos inocentes”. Añade: “se amarraban varios, se hacía consejo de guerra, se fusilaban y a los tres o cuatro días otros tantos eran amarrados”. El frente donde ella actuaba quedó diezmado, precisa. Es plausible pensar que algo similar sucedió en otros destacamentos farianos.
 

A propósito del dispositivo discursivo y emocional que gobernaba esa dialéctica de la depuración sangrienta es revelador que los jefes del Ricardo Franco hubieran puesto un epígrafe del Che Guevara en la primera página del folleto en el que pretendieron justificar sus atrocidades. Se trataba de una frase, salmodiada por años por los militantes de izquierda de todas las vertientes, en la que el argentino proclamaba que los auténticos revolucionarios estaban guiados por grandes sentimientos de amor y por una mente fría que les permitía tomar decisiones dolorosas sin que se les contrajera un músculo. Hay que reconocer que se trataba de un magnífico gancho retórico para proclamar que los revolucionarios pueden poner en el registro de la bondad incluso sus crímenes más aberrantes, pues también estos contribuyen a su designio final de llenar el mundo de felicidad.

La izquierda colombiana, en últimas, no sacó ninguna lección moral de Tacueyó. Hoy, cuarenta años después, no ha roto absolutamente con el recurso de la violencia y no cesa de justificarla.


Fuentes
“El monstruo de los Andes”, Semana, enero 14 de 1986, pp. 22-25.

“La bancarrota sangrienta del Grupo ‘Franco’”, Voz, nº 1368, enero 9 de 1986, pp. 6-7.
Enrique Santos Calderón, “El espejo de Tacueyó”, El Tiempo, enero 19 de 1986, p. 4-A.
Eduardo Pizarro, “Fin de una era”, El Tiempo, enero 19 de 1986, p. 4C.
Comandancia del Grupo Ricardo Franco, Tacueyó. El B-2 al desnudo, s.e., s.l., s.f. (1986c).
“Más de cien guerrilleros fusilados en Casa Verde”, El Tiempo, noviembre 9 de 1989, pp. 1-A, 8-A.
“Yo sobreviví a la masacre de Tacueyó”, Semana, diciembre 5 de 2005, pp. 44-48.
Elda Mosquera y Gustavo Duncan, Volver a ser Elda, Debate, Bogotá, 2025, pp. 233- 237, 364-365.
“Braulio Herrera participó en masacres y huyó: FARC”, El Tiempo, julio 31 de 1990, p. 14B.
Alonso Salazar, No hubo fiesta, Aguilar, Bogotá, 2017, pp. 305-306.
Álvaro Delgado, Todo tiempo pasado fue peor, La Carreta, Medellín, 2007, p. 283.
Comisión de Historia de las FARC, comps., Resistencia de un pueblo en armas, t. 2, Teoría & Praxis, Bogotá, 2017, p. 323.
Álvaro Villarraga y Nelson Plazas, Para reconstruir los sueños, Fondo Editorial para la Paz, Bogotá, 1994, pp. 35, 50, 83, 93, 122, 161.

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Isidro Vanegas Useche

Doctor en historia por la Universidad de la Sorbona. Profesor en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC-Tunja). Es autor, entre otros libros, de La Revolución Neogranadina y Los socialistas colombianos

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