Los emigrados. Leyenda histórica, por Evangelista Correa de Rincón Soler
Poco se conoce la autora, que debería ser objeto de una buena investigación. Sabemos que vivía en Tunja, pues allí firmó la “Advertencia” que antepuso a Los emigrados. En ese mismo texto, Evangelista Correa se describió a sí misma como “pobre, viuda y desvalida”. El político boyacense Felipe Pérez la caracterizó, además, como “hija de próceres y viuda de un mártir” que, atormentada por las necesidades, escribió su libro con “las lágrimas”, esperando una “venta copiosa” que le ayudara a cambiar de suerte.
Por Daniel Gutiérrez

Indios guahibos, en Jules Crevaux, Voyages dans l'Amérique du sud, 1883
Los emigrados se publicó en 1869 en los talleres tipográficos de Medardo Rivas (hay, por fortuna, una edición reciente de la Universidad Distrital). Según Evangelista Correa la suya no era una obra de ficción, sino “una historia verdadera”, una reconstrucción de la que, en tiempos de su niñez, le contaba su abuela sobre las vicisitudes familiares en tiempos de la independencia.
En realidad, Los emigrados es, mucho más que un relato personal, una leyenda histórica, porque las vivencias de una joven tunjana en los llanos del Casanare durante los años críticos de 1816 a 1819 estaban inextricablemente ligados a los de sus compañeros de aventura y, en ese sentido, eran una construcción colectiva. Además, la errancia en tiempos de “Reconquista” se transformó, tras la batalla de Boyacá, en el gran episodio mítico de la independencia y en parte esencial de la liturgia nacional. Finalmente, todas aquellas experiencias fueron reformuladas en dos momentos capitales. Primero, a la luz de los acontecimientos que entre 1826 y 1831 marcaron la disolución de Colombia, cuando se arruinó la reputación de Simón Bolívar y cuando el antiguo Libertador se transformó para muchos en un déspota. Después, como consecuencia de la guerra de los Supremos (1839-1841), pues dicha confrontación reactualizó la idea de que el legado de la independencia estaba amenazado por una casta aristocrática.
Puede decirse entonces que Los emigrados es una publicación militante, que ofrece una visión del pasado típica de la década de 1860 y de los Estados Unidos de Colombia. Según tal visión, “la colonia” era un régimen opresivo y solo podía existir la libertad “en la República”, encarnada por Francisco de Paula Santander y sus más cercanos colaboradores. Aquellos neogranadinos no solo habían sido víctimas durante la emigración al Casanare de la desconfianza y la arbitrariedad de Simón Bolívar y sus lugartenientes venezolanos, sino que también debieron combatir su equivocada obsesión con la toma de Caracas y convencerlos de derrotar primero a España en el Reino. De hecho, en Los emigrados un personaje histórico (Fray Ignacio Mariño) toma la vocería de sus compañeros neogranadinos para hacer entrar en razón al líder caraqueño:
“Ir a libertar Venezuela con nuestro pequeño ejército sería ir a sacrificar inútilmente las vidas de nuestros valientes; sería ir a colocarnos audazmente en el pecho del tirano para que nos ahogara con sus espantosos brazos; nuestra audacia no sería suficiente a librarnos de la desgracia”.

Carmelita Hernández, de Tunja, fotógrafo desconocido, 1860
Es preciso retomar ahora la trama de Los emigrados. Angélica, hija de un español progresista, se casa con un joven que adhiere a la revolución y que obtuvo durante ella el empleo de intendente del Cocuy. A la llegada de las tropas realistas que aniquilaron las Provincias Unidas de la Nueva Granada en 1816, este se niega a purificar su conducta y opta por emigrar con su familia hacia los llanos de Casanare para incorporarse en el ejército rebelde. A partir de entonces, Los emigrados se convierte en la narración del extrañamiento de los “reinosos”, es decir, de los andinos, en la “inmensa sabana” tropical. La rememoración oral de la abuela relumbra con años de distancia en abundantes detalles. Por ejemplo, en los comentarios sobre los indios (mansos y bravos), y en particular, en lo concerniente a los guahibos y su terrorífica reputación. Pervive, así mismo, en la descripción de la fauna de los Llanos: además de las menciones al puma y al jaguar, desfilan por el libro los tembladores (anguilas eléctricas) y los caribes (pirañas), las serpientes y los vampiros, los “marranos salvajes” y los caimanes del Pauto y el Meta.
Obviamente, los recuerdos prestados no podían más que sufrir la doble usura de la transmisión y del tiempo. La memoria de las reminiscencias ajenas se desvirtuó, por ejemplo, en la descripción de las rayas de agua dulce, que se transformaron con décadas de distancia en animales terrestres:
“Estos son unos animales que se encuentran pegados a la tierra, entre la paja; son de color de tierra, redondas y aplanadas, de manera que se confunden del todo con la superficie, y no hacen mal siempre que no se pisen; pero una vez que esto sucede, rompen hostilidades y levantan un arpón largo y resistente que se introduce por la planta del pie y lo atraviesa perfecta e instantáneamente. En este caso un reinoso se siente morir y cae a tierra, es preciso socorrerlo; pero un llanero saca el cuchillo, corta el arpón por encima del pie, que sacude con indiferencia, arrojando lejos a su enemigo indefenso”.
La protagonista de Los emigrados no solo experimentó un viaje excepcional por razones políticas, también vivió en el seno de una pequeña sociedad castrense, condenada por sus circunstancias al nomadismo y a la guerra irregular. En tal contexto no podían más que cambiar las convenciones relativas al género. Así, Angélica trabajaba recogiendo hierro en los campamentos del Casanare para alimentar las fraguas donde se elaboraban las puntas de lanza del ejército patriota. También enseñaba el ejercicio y el manejo de las armas a los reclutas “más torpes”, con el fin de aligerar las labores de los oficiales.
Sin embargo, una incursión realista la obligó a separarse de los combatientes, protegida por siete familias de indios mansos “que debían servirla en los bosques”. El grupo huyó con una tercerola, un par de baúles, una cama, una frasquera y unas cargas de arroz y panela. También llevaba “un gran paraguas” que servía como “tienda de campaña”:
“La comitiva de Angélica seguía oculta apenas por el tupido pajonal que cubría sus cuerpos, y que producía un áspero sonido de chis-que-chis a lo que los viajeros movían su incierto paso. De repente se detuvo [el paje] Capistrano y levantando un pie, sacó el cuchillo que llevaba al cinto y cortó un objeto que Angélica no pudo ver. Era el arpón de una raya”.
Obligada a ocultarse, mientras los revolucionarios deambulaban por el Casanare, Angélica llevó durante meses una vida marcada por la más extrema frugalidad, que la condenaba a desayunar con “un poco de aguasal” y a complementar el monótono arroz con carne de armadillo, mico, iguana o culebra. Resulta apenas lógico que tales experiencias maravillaran a la pequeña niña que escuchaba los relatos de la abuela, sobre todo porque estos coincidían con el catecismo patriótico que le enseñaban en la escuela. La historia familiar se confundía con la de la República, más aún, la complementaba y le daba sentido.
Sin embargo, Los emigrados no son (ni podían ser) una transcripción de aquellas historias escuchadas una y otra vez por la niña que fue Evangelista Correa en la década de 1840. Son, de hecho, la recuperación tardía de una experiencia femenina excepcional a partir de la cruda banalidad de la privación y la pobreza. Al mismo tiempo, las desventuras de la viuda letrada del Estado de Boyacá y los penosos trabajos que afrontaba para mantener a sus hijos se reflejaban en los de su antepasada errante por las tierras del Casanare. Viéndolo bien, el destino de una de las raras literatas de los Estados Unidos de Colombia no estaba tan alejado del de la abuela libertadora.
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Daniel Gutiérrez Ardila
Es historiador de la Universidad Nacional de Colombia-sede Medellín, Doctor en Historia de la Universidad París 1 y profesor titular de la Universidad Externado de Colombia.
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