EUGENIO DÍAZ: VÍCTIMA FELIZ DE SÍ MISMO
Manuela es una novela profundamente marcada por el desencanto conservador ante la República en la que el autor muestra cómo la independencia, lejos de inaugurar un orden estable, abrió paso a guerras civiles, desórdenes políticos y disputas ideológicas que fracturaron la vida nacional. Con agudeza, la pieza examina la tensión entre liberalismo, religión y autoridad, y presenta la novela como un espejo de las frustraciones políticas del siglo XIX colombiano.
Por Daniel Gutiérrez Ardila

Mulero antioqueño, por Ramón Torres Méndez, 1850
En la novela Manuela, que comenzó a publicar por entregas en un periódico bogotano en 1858, Eugenio Díaz imagina este diálogo entre un cuidador de cerdos y su amigo:
— Mejor gobierno yo a mis marranos que los gobiernos de la República, porque no les ofrezco derechos, sino que les doy maíz.
— Para venderlos o matarlos. ¡Mire qué gracia!
— Lo peor es que nuestros gobernantes nos matan y no nos engordan.
Este corto intercambio sintetiza elocuentemente el discurso preponderante de los conservadores de nuestro país a propósito de la independencia y del establecimiento de la República y sus consecuencias. Aunque algunas de las ideas que componen este discurso aparecieron muchos años atrás, el pesimismo que revelan se incubó en el contexto inaugurado por la elección presidencial de 1849. A partir de entonces, y por más de tres décadas (salvando el corto paréntesis de las administraciones Mallarino y Ospina, entre 1855 y 1861) el partido liberal monopolizó el poder, lo que le permitió adelantar diversas reformas que fueron sentidas por los católicos ortodoxos como una amenaza para la religión y, en general, como un ataque sistemático al orden social y al principio de autoridad.
En ese ambiente caldeado, los conservadores expresaron una y otra vez en sus periódicos balances muy negativos acerca de la trayectoria republicana del país, caracterizada, en su opinión, por guerras civiles sucesivas y un proceso agravado de desmoralización y anarquía. Y aunque, por lo general, defendían la independencia, solían concluir que esta había sido extemporánea y juzgaban que desde su nacimiento el nuevo Estado había tomado un rumbo equivocado, marcado por las reformas imprudentes y un afán insensato de demolición.
La novela Manuela es tributaria de estas ideas. El examen detallado de las vicisitudes de una parroquia de tierra templada cerca de Bogotá sirve de excusa a Eugenio Díaz para denunciar que la implantación de la República tuvo como efecto perverso el encumbramiento en el nivel local de hombres sin escrúpulos que atizaban el descontento social y tiranizaban a sus conciudadanos. Como otros líderes conservadores, Díaz consideraba que dicho ascenso se había producido por la manía de los liberales de proponer desatinadamente la importación de instituciones foráneas. Su ceguera resquebrajó así la unión de los notables, produciendo guerras civiles y alentando liderazgos inéditos y perjudiciales.
La novela de Eugenio Díaz describe la educación política de un gólgota o liberal radical (debería llamarse, de hecho, Don Demóstenes y no Manuela), tan encandilado con los Estados Unidos y Europa como ignorante de la verdadera situación de su país. La estadía del joven en aquella parroquia de la cordillera Oriental y la visita a las haciendas de trapiche le abren los ojos y lo acercan al cura y a los terratenientes para contener los desmanes del gamonal de la aldea. La prueba de que la conversión de Don Demóstenes no es circunstancial se percibe en el cambio de actitud que acusa frente a las ideas religiosas de su prometida, a la que en un comienzo quería alejar de la Iglesia. El viaje a las profundidades de la Nueva Granada obra entonces como un remedio eficaz contra el desvarío político y como una experiencia capaz de restaurar la alianza aristocrática. Para Eugenio Díaz no había otra manera de enderezar el rumbo, cuando el golpe de José María Melo acababa de mostrar que las dictaduras locales preparaban en realidad el establecimiento de un despotismo general de tinte castrense.
Como sus copartidarios, Eugenio Díaz no se hacía, sin embargo, muchas ilusiones. La prueba la ofrece la novela misma, que concluye con el matrimonio frustrado y la muerte de Manuela en un incendio perpetrado por el impenitente tinterillo de la parroquia. Significativamente, tal atentado se produce el 20 de julio, lo que indica que la fiesta nacional conmemoraba en realidad la injusticia, la arbitrariedad y la ilegalidad.

Trapiche de caña de azúcar, en Geografía pintoresca de Colombia, 1875
Volvamos ahora al diálogo del “porquerizo”. La asimilación de los habitantes de un país a un rebaño de animales es, por supuesto, una idea muy antigua. Para no ir muy lejos a comienzos del siglo XIX se empleó abundantemente (manadas o rebaños de ovejas y carneros) para contrariar la idea de que los reyes podían disponer tranquilamente de sus vasallos, abdicando la Corona o cediendo partes enteras de sus dominios. La piara de Eugenio Díaz no tiene “derechos” ilusorios, como los granadinos, pero comida no le falta. Y aunque la vida del común en la monarquía y en la República se confunde por los trabajos y los sufrimientos, al menos la primera no suscitaba falsas esperanzas.
Los lectores habrán reconocido la familiaridad que estos propósitos guardan con la fábula de George Orwell (La Granja de los animales). En ambos casos (como en la Vida y opiniones filosóficas de un gato, de Hippolyte Taine) se hace una amarga advertencia contra el espejismo revolucionario: las mudanzas radicales, parecen decir en coro, afianzan en realidad la servidumbre al reemplazar un yugo quizá detestable por otro peor.
Eugenio Díaz no lo dice (ni hace falta), pero la idea subyacente de su novela es clara: el régimen colonial era preferible al republicano, porque la lejana tiranía del rey de España fue reemplazada por la de cientos de pequeños gamonales inmisericordes.
Manuela puede leerse entonces como una versión novelada de las tesis esgrimidas habitualmente por los conservadores granadinos en sus periódicos a propósito de la independencia y la trayectoria del país en el siglo XIX. Aun cuando solo fuera por eso, valdría la pena adentrarse en la obra. Sin embargo, su merecida fama, aquello que hace tan recomendable su lectura todavía hoy, proviene de su profunda incoherencia. En efecto, el libro es una pugna constante entre el credo político del autor y la evidencia que lo contraría y que allega constantemente gracias a sus facultades natas de observador.
Para los personajes de la novela y para el propio narrador, la Nueva Granada de 1856 era una sociedad compuesta por dos clases sociales: la una numerosísima, ignorante y miserable; la otra, diminuta, no siempre menesterosa y en ocasiones ilustrada. La manera de nombrar estos dos grupos disímiles es significativa: los descalzos y los de botas. Sin embargo, la misma Manuela se encarga de mostrar que el fundamento de ese mundo bipolar es fantasioso, porque no eran escasos los hombres y mujeres que llevaban quimbas o alpargatas. Algo semejante sucede con esa otra manera en que a mediados de siglo conservadores y liberales pretendieron dividir la población de Bogotá entre gente de ruana y de casaca. Basta con mirar muchos de los retratos de hombres pudientes de esa época para convencerse de que la primera era una prenda que no respetaba fortunas ni grupos sociales.
Al enfocarse en un pueblo dedicado al cultivo y el procesamiento de la caña de azúcar, Eugenio Díaz refuerza inteligentemente en el lector la sensación de que los granadinos vivían en una República de oropel, en una democracia falsísima. La aplicada descripción que hace de las haciendas de trapiche y de las aterradoras condiciones de los trabajadores, los testimonios que invoca sobre amputaciones, quemaduras y sobre los abusos a que eran sometidas las niñas que tomaban parte en la molienda parecerían indicar que esa realidad particular de las laderas de la cordillera Oriental era en verdad la de toda la Nueva Granada. Por fortuna, el ojo sagaz del autor de Manuela, su curiosidad incesante y su voracidad descriptiva nos llevan hasta Ambalema, donde las plantaciones de tabaco daban empleo y salarios dignos a muchos hombres y mujeres que escapaban de la miseria del altiplano cundiboyacense o de las haciendas de trapiche. De hecho, aun en la triste parroquia de vertiente que es el escenario principal de la novela, Díaz muestra que entre el peón y el propietario de la hacienda existía una capa intermedia a la que pertenecía, por ejemplo, la propia madre de Manuela como dueña de una venta que hacía también las veces de posada.
La simplificación abusiva de la realidad no es nunca inocente. Muchos de los que la promueven saben que esa operación genera réditos políticos y procuran canalizarlos para su provecho. Así, al alentar la idea de que la Nueva Granada era un océano de pobreza e ignorancia donde sobreaguaba un pequeño y anegadizo islote de civilización, se propagaba fácilmente la especie de que la posición de la minoría privilegiada corría inminente peligro. Por lo tanto, era insensato menguar los privilegios de la Iglesia (que supuestamente mantenía a los desarrapados conformes con su suerte) o introducir reformas audaces que generaran nuevas demandas o exigencias. No menos grave, un pueblo infeliz y degradado que no sabía leer ni escribir (¿debo decir que el mismo Díaz indica en diferentes apartados de su novela que las gentes del pueblo también leían?) no podía ejercer empleos públicos ni participar en las elecciones más que incautamente.
En suma, Manuela prueba que la literatura (como el arte en general) no se conforma con los moldes estrechos que edifica la política para constreñir la realidad. Eugenio Díaz recita por momentos sus creencias como una lora, pero su gusto por la realidad le tiende las más de las veces una celada en la que cae una y otra vez sin resistirlo. Por esas trampas felices que se pone a sí mismo es que Manuela constituye una fuente imprescindible sobre nuestro siglo XIX.
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Daniel Gutiérrez Ardila
Es historiador de la Universidad Nacional de Colombia-sede Medellín, Doctor en Historia de la Universidad París 1 y profesor titular de la Universidad Externado de Colombia.
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