EL CORAZÓN COMO
RELIQUIA POLÍTICA
A varios personajes colombianos, una vez muertos, se les extrajo el corazón, que fue trasladado a un recipiente para su preservación, con el designio de convertir ese órgano en un símbolo. Sucedió así con los cuerpos de Atanasio Girardot, Simón Bolívar, José María Castillo y Rada, Pedro Prestán y Jorge Eliécer Gaitán, entre otros. Cabe indicar que la utilización del corazón como reliquia política, y, más aún, religiosa, es muy antigua y para nada exclusiva de Colombia.
Por Isidro Vanegas

Mapamundi en forma de corazón, o proyección cordiforme, por Oronce Fine, 1534
El 30 de septiembre de 1813, el neogranadino Atanasio Girardot cayó muerto en el combate de Bárbula, en el centro de Venezuela. El mismo día —lo que sugiere una decisión bien meditada— Bolívar dio inicio a una operación meticulosa de sacralización de la figura del héroe independentista, utilizando para el efecto el cuerpo de Girardot. El 30, Bolívar promulgó un decreto según el cual, en adelante, aquella fecha sería de luto para los venezolanos. En una de las disposiciones adicionales ordenó que el corazón de Girardot fuera conducido en solemne procesión a Caracas, donde sería depositado en un mausoleo construido en la catedral para tal fin, mientras que sus huesos serían trasladados a la capital de Antioquia.
El corazón del joven militar fue colocado en un recipiente de cristal, exhibido con grandes formalidades ante las sucesivas poblaciones del tránsito —presuntamente devotas del independentismo— y homenajeado en suntuosas ceremonias católicas en la capital, tras de lo cual fue depositado en una urna de madera. Aquí no terminaron las peripecias de aquel órgano destinado a reliquia patriótica. Cuando los realistas retomaron el control de Caracas (en julio de 1814), le pidieron al arzobispo Narciso Coll y Prat que les entregara aquel símbolo, ominoso a sus ojos, a lo que este se negó. Pocos años después, Coll y Prat murió en España y su secretario dispuso que le extrajeran el corazón, que debía ser enviado a Venezuela. Esta historia, ya rocambolesca, tiene un giro adicional pues de acuerdo a ciertos cronistas, el corazón que repatriaron a Venezuela creyendo ser del arzobispo era en realidad el de Girardot, que Coll y Prat habría llevado consigo a España.
La exaltación religiosa del corazón de Girardot por parte de Bolívar fue más que un recurso propagandístico ocasional. El Libertador —título oficial que sus paisanos le dieron por entonces— era consciente de que el triunfo sobre los ejércitos españoles requería, entre otras cosas, de la intensa cohesión de los venezolanos alrededor de las huestes independentistas. Máxime en ese momento en que las fuerzas realistas, si bien en derrota, seguían siendo muy fuertes militarmente y contaban con el respaldo de amplios sectores de la población. Bolívar seguramente pensaba ya que para hacer nacer a Venezuela como nación independiente, los líderes de este proyecto debían ser nimbados de cualidades extraordinarias. Así las cosas, el creador de la estrategia ceremonial para honrar al héroe difunto buscó exaltar, con más fuerza aún, al héroe vivo autoelevado al rango de demiurgo de la nación, Bolívar, cuyas virtudes cívicas fueron más resaltadas, en los impresos y en las liturgias, que las del muerto cuyo corazón estaba siendo transformado en reliquia.
Aunque Bolívar parece no haber dado instrucciones en ese sentido, su propio corazón le fue extraído por el médico Alejandro Reverend cuando practicó la autopsia de su cadáver, en diciembre de 1830. El órgano fue colocado en una urna, junto al cuerpo, en la catedral de Santa Marta, donde ambos reposaron hasta 1842, cuando el gobierno venezolano despachó una fastuosa comitiva para repatriar los restos del caraqueño. Joaquín Posada, gobernador de Santa Marta y presidente de la comisión granadina nombrada para tomar parte en esta actividad, logró que los enviados venezolanos dejaran el corazón en prueba de la amistad de las dos naciones, de modo que la reliquia continuó depositada en el mismo sepulcro. Los neogranadinos, sin embargo, no le prestaron mayor atención, como lo indicó en la década de 1850 Juan Francisco Ortiz, que lamentó la absoluta inactividad de sus compatriotas para honrarla. Disculpaba esa desidia por la falta de dinero, pero esta, seguramente, no era la principal razón de una actitud que expresaba más bien el desapego de gran parte de los hombres públicos de este país hacia una figura que en el siglo XIX no logró sobrepasar el carácter de líder de un partido.

Joven con un libro en forma de corazón, por Maestro de la Vista de Santa Gúdula, c.1480
El destino final de aquella “víscera procera” o “amada víscera” (como la llamó un historiador de altos quilates patrióticos) se desconoce. De acuerdo a una versión, en el incendio que se produjo en la catedral samaria durante la guerra de 1859-1862, el cofre que la contenía quedó calcinado, con todo y reliquia. Joaquín Posada Gutiérrez expresó, hacia 1865, el temor de que hubiera terminado tirada en cualquier parte: “¿qué suerte habrá corrido o correrá en aquel sagrado recinto, reducido a paredes derruidas, sin techumbre, la urna cineraria que contenía el corazón de Bolívar que yo dejé en él? ¿Habrá tenido o tendrá que sufrir el abandono y el ingrato olvido aquel corazón reducido a polvo, que tanto sufrió cuando latía?”. Algunos samarios tradicionalistas siguen ansiando la posesión de aquel corazón que los neogranadinos / colombianos fueron incapaces de venerar, lo que sí hicieron los venezolanos con el conjunto del ser al que había pertenecido, a quien sacralizaron, para regocijo de los sucesivos gobernantes que los han despotizado reclamándose sus herederos.
Otro corazón destinado a reliquia fue el de Pedro Prestán. Era este un liberal panameño, abogado, negro y de origen plebeyo, que logró tener una importante figuración en las luchas políticas del Istmo en la década de 1880. A Prestán, que fue en el Estado de Panamá uno de los líderes en la guerra a que se lanzaron los liberales contra el gobierno de Rafael Núñez, lo acusaron de haber iniciado el incendio de la ciudad de Colón (el 31 de marzo de 1885), cargo que los liberales colombianos rechazaron de manera decidida. José María Vargas Vila, por ejemplo, alegó que Prestán era un “joven abogado, y valiente militar, que no cometió otro crimen, sino oponerse al desembarco de los yankees en Panamá”. Los militares estadounidenses, cuya antipatía hacia Prestán aumentó en razón de su color de piel, lograron finalmente hacerlo prender y morir en el patíbulo.
Prestán, que le había entregado su corazón a la patria y a su partido, en sentido metafórico, se lo entregó, en un sentido literal, a su mujer. Poco antes de ser ejecutado, le escribió: “Si te lo permiten, hazte cargo de mi cadáver […] Lo que es el corazón, es tuyo; ve que me lo saquen y consérvalo para que vaya junto contigo a la tumba, cuando Dios quiera llamarte a su reino”. Su voluntad, sin embargo, no se cumplió. De acuerdo con el relato de un próximo, “uno de los médicos que hicieron la autopsia o el descuartizamiento del cadáver de Prestán se llevó consigo el corazón destinado, según él creía, para ser entregado a la viuda; pero a los pocos días se le obligó con fuerza armada a entregarlo al Gobierno, para que pasara a poder de los americanos que lo habían comprado”. No se sabe en realidad el destino final de este corazón, que su dueño quiso convertir en un símbolo de afecto privado y terminó participando en una puja política.
El cuarto corazón de esta historia, el de Jorge Eliécer Gaitán, fue extraído por los médicos, liberales, que le practicaron la autopsia y parecen haber obrado en esto por propia iniciativa y sin tener un propósito definido. Luis Guillermo Forero, uno de ellos, contó que él había tenido en su poder por varios días el corazón y el cerebro del caudillo, cuyo cuerpo fue inhumado en la que había sido su residencia, que de este modo quedó convertida en una especie de santuario. Parte del conjunto funerario es una especie de monumento, con vitrales alegóricos y placas de mármol en que grabaron fragmentos de sus discursos y mensajes de sus seguidores. Gaitán sigue siendo un referente decisivo de la vida nacional. No obstante, la conservación del corazón y el cerebro del “ilustre conductor” no tuvo ninguna trascendencia simbólica. De hecho, hace pocos años su hija preguntó por aquellos órganos a la Universidad Nacional, que administra el mausoleo, como si se tratara de algún objeto más o menos valioso que temiera ver refundido.
La transformación del órgano cardíaco de un sujeto sobresaliente en una reliquia puede ser interpretada como un acto cursi o banal. También puede ser interpretada como una estrategia para dotar de trascendencia a un proyecto político. En los casos que he mostrado, la pretensión de investir con atributos del ámbito de lo sagrado al personaje fracasaron de manera rotunda. El recurso a reliquias corporales, sin embargo, no ha sido la única forma como se ha pretendido teñir de sacralidad a ciertos líderes políticos. Con tal fin a algunos se los ha rodeado de un aura de catolicidad acendrada y tradicional. Los actos de otros han sido purificados de cualquier defecto humano. Y aunque muchos colombianos le han dado a Jorge Eliécer Gaitán un estatus parecido al de un santo secular, los intentos de sacralizar personajes han fracasado sistemáticamente. No obstante, ciertos sujetos, portadores de sotanas, de espadas o de virus galácticos de la vida siguen siendo presentados, o presentándose ellos mismos, como candidatos a la canonización.
Fuentes
Pablo Rodríguez, “Cuerpos, honras fúnebres y corazones en la formación de la República colombiana”, Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. 38, nº 2, julio-diciembre de 2011, pp. 155-179.
José Dolores Monsalve, “El corazón de Atanasio Girardot”, Boletín de Historia y Antigüedades, nº 206, febrero de 1930, pp. 101-118.
“Ley de la República de Venezuela para honrar la memoria del coronel Atanasio Girardot”, Gazeta de Caracas, octubre 7 de 1813.
“Conducción triunfal del gran corazón del inmortal Girardot desde ciudad de Valencia hasta la capital de Caracas”, Gazeta de Caracas, extraordinaria, octubre 14 de 1813.
Jorge Flores, “Muerte, exequias y corazones”, en ¡He aquí el año terrible!, Centro Nacional de Estudios Históricos, Caracas, 2017, pp. 15-79.
Juan Francisco Ortiz, Reminiscencias, Librería Americana, Bogotá, 1907, pp. 144-145.
Joaquín Posada Gutiérrez, Memorias histórico-políticas, t. 1, Foción Mantilla, Bogotá, 1865, pp. 69-70.
Pedro A. Peña, “Disertación elegíaca sobre los últimos días del libertador Simón Bolívar”, BHA, nº 393/395, 1947, pp. 453-465.
Antonio C. de Janón, El General Pedro Prestán y sus victimarios, s.e., San José de Costa Rica, 1888.
José María Vargas Vila, La Regeneración de Colombia ante el tribunal de la historia, Tipografía de “Los Ecos del Zulia”, Maracaibo, 1889, p. 106.
Arturo Alape, El Bogotazo, Ministerio de Cultura, Bogotá, 2016, p. 633.
“Monumento a Jorge E. Gaitán”, El Tiempo, abril 9 de 1964, Bogotá, p. 19.
“Gloria pregunta por el cerebro y el corazón de Gaitán”, Semana, febrero 12 de 2020.
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Isidro Vanegas Useche
Doctor en historia por la Universidad de la Sorbona. Profesor en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC-Tunja). Es autor, entre otros libros, de La Revolución Neogranadina y Los socialistas colombianos.
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