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El asesinato del presidente Reyes

Por Carlos Díaz

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Interior del Palacio de Justicia, después de los hechos de noviembre de 1985 Fotografía Centro de Documentación Judicial del Consejo Superior de la Judicatura

La investigación de David Marín (Perdida en el fuego, Planeta, Bogotá, 2025) sobre el asalto y recuperación del Palacio de Justicia contiene resultados escandalosos, pero paradójicamente no ha recibido la atención que merece, ni ha propiciado una discusión acerca de nuestra historia reciente, la memoria de los hechos violentos del 6 y 7 de noviembre de 1985 o la lucha política que han librado distintas facciones de víctimas y victimarios en los tribunales y medios de comunicación del país. Da la impresión de que hacer investigaciones rigurosas en Colombia es arar en el mar, porque el conocimiento no es el resultado de una indagación ardua, sino la premisa a ser confirmada de mil maneras.


Insatisfecho con las explicaciones recurrentes sobre lo ocurrido al interior del Palacio de Justicia, desde lecturas mediáticas surgidas cuando el edificio todavía humeaba, pasando por la presunta autoría intelectual de Pablo Escobar, hasta la reconstrucción “forense” de la Comisión de la Verdad del 2021, David emprendió una investigación independiente para comprender qué sucedió durante las 28 horas que duró la tragedia.


Para elaborar esta investigación, se valió del archivo del tribunal especial de instrucción de 1986, de las grabaciones de las comunicaciones militares realizadas por Mike Forero y de los planos del edificio del Palacio de Justicia. El primer archivo desapareció, según denunciaron familiares de las víctimas como Yesid Reyes, hijo del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfonso Reyes. Sin embargo, un funcionario precavido de la rama judicial lo copió antes que la mano negra lo destruyera, y por casualidades de la vida llegó a las manos de David, como si hubiera estado esperándolo por años para ser interrogado. En ese acervo documental, leyó las indagatorias a los testigos de los hechos y las actas forenses del levantamiento de los cuerpos. La segunda fuente de información obedece a la labor de radioaficionado del periodista Mike Forero, quien grabó durante horas las órdenes tácticas que Arias Cabrales (Arcano 6) dio a sus subalternos. Por último, los planos del edificio aportaron el contexto espacial de los hechos.

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Interior del Palacio de Justicia, después de los hechos de noviembre de 1985 Fotografía Centro de Documentación Judicial del Consejo Superior de la Judicatura

Con este arsenal informativo, David reconstruyó minuto a minuto las 28 horas que duró el asalto y recuperación (destrucción) del Palacio de Justicia, y ubicó cada episodio en su tiempo y lugar dentro del edificio, bajo la premisa de que la estructura es inconmovible y su arquitectura revela las condiciones de posibilidad de las acciones bélicas. Las balas solamente viajan en línea recta, por lo que la construcción determina los ángulos posibles de tiro y, como corolario, la posición en que se encontraban los tiradores de ambos bandos. Gracias a esta reconstrucción histórico-arquitectónica, David sostiene que lo ocurrido dentro del Palacio de Justicia no es una “caja negra”, un acontecimiento perdido en el flujo del tiempo, como amañadamente determinó la Comisión de la Verdad. Por el contrario, se trató de una violación sistemática de derechos humanos que dejó múltiples rastros. Vamos a los hechos más graves documentados por David.


El M-19 se apoderó del edificio y usó a los rehenes como escudo de la arremetida militar. Los guerrilleros convirtieron a los secuestrados en una barrera humana frente a las balas oficiales, tanto para contenerlas como para disuadir su uso. Así, se preocuparon hasta el final por preservar la vida del presidente Reyes, pues era su principal carta de negociación con el gobierno. Empero, su estrategia fracasó, porque como es de público conocimiento, Reyes no fue atendido por el presidente Belisario Betancur, a pesar de suplicar su atención durante horas.


Para acabar con la resistencia más fuerte que presentaban los guerrilleros, que estaba ubicada en el cuarto piso del edificio, donde también se encontraban el cabecilla Alfonso Jacquin y el presidente Reyes, la oficialidad al mando decidió quemar el edificio para arrinconar a guerrilleros y secuestrados. “Llamas total al edificio, cambio” y la respuesta que deja entrever una orden previa fue: “QSL, Acero 6”. Posteriormente, el mandato de Arcano 6 fue detonar explosivos de trinchera por un boquete que había abierto el ejército. Sí, como se lee, explotar el techo encima de los rehenes y guerrilleros. Una completa atrocidad. La detonación más poderosa mutiló a muchas personas, y esta es la razón por la que sus cuerpos presentan el tipo de lesiones que están registradas en las actas forenses. La explosión generó la confusión que el grupo de operaciones especiales necesitaba para bajar al cuarto piso y abrir fuego de ametralladora contra prisioneros y subversivos. De esta manera, la acción se saldó con un número no determinado de víctimas indefensas. “Sí, R, R, ya se saltó con un grupo especial, para caerle al personal que está parapetado”. Una de ellas fue el presidente Reyes, que recibió un disparo de subametralladora en el tórax después de que el fuego oficial había cesado por un momento. Para borrar las huellas de esta masacre, el cuarto piso fue saturado con munición incendiaria de los tanques del ejército. “Incendio en la parte superior de la azotea. R, sí, ya lo estamos viendo. Bueno, recibido y QSL”.

 
Una barbaridad similar se cometió en el baño del entrepiso 2-3. Allí la fuerza pública puso cargas explosivas en una pared del baño, y a través del agujero creado por la detonación dispararon a rehenes y guerrilleros. Así terminó la vida de quienes habían sobrevivido al intenso fuego de artillería de las horas previas. Después de este baño de sangre sucedió la evacuación total del edificio, y comenzó a circular la idea de los “desaparecidos” del Palacio de Justicia, que eran básicamente las personas que no habían salido vivas del edificio ni fueron identificadas entre los cadáveres. En este punto, David realiza otra revelación. Según los datos forenses de la época y los que han surgido en las exhumaciones posteriores al 2007, la única persona desaparecida es la guerrillera Irma Franco, que fue entregada viva por la Brigada 13 a la Brigada 20 del ejército, responsable de la inteligencia. Las demás personas que se aducen como desaparecidas han sido ubicadas en años recientes en tumbas equivocadas. Este fue el motivo que llevó a la absolución de Plazas Vega del delito de desaparición forzada, y que fue retomado en el fallo contra Ramírez Quintero.


Estas y otras conclusiones de la investigación de David Marín sobre el Palacio de Justicia se encuentran en el podcast Arcanos y Reyes (2020) y el libro Perdida en el fuego (2024). Su trabajo no interesa solamente a los aficionados al tema, sino a la ciudadanía en general. Las graves violaciones a los derechos humanos nunca desaparecen de la historia, sino que siempre dejan huellas documentales y materiales que permiten explicarlas, incluso décadas después. Esto deberían saberlo los perpetradores de todas las épocas.

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Carlos Díaz

Es historiador colombiano de la Universidad Nacional de Colombia y doctor en Historia de El Colegio de México. Sus investigaciones se concentran en la construcción del Estado en América Latina, para lo cual ha contribuido a la recuperación y activación de archivos históricos.

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