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EL EMBRUJO DEL MICRÓFONO, DE MAGDA MORENO

En la Colombia de los años cuarenta, la radio abrió un espacio inesperado para la presencia pública de las mujeres y transformó la voz en un nuevo instrumento de influencia social. A partir de la historia de María Cristina Iriarte —protagonista de El embrujo del micrófono— se puede explorar cómo el ingreso femenino al mundo radiofónico representó una forma de intervención política y cultural en el país

Por Daniel Gutiérrez Ardila

CIFD - Universidad Externado

1938 Bucaramanga Radio revista femenina, en El Deber, diciembre 24, Bucaramanga.JPG

Promoción de la radio revista femenina "Cultura", en El Deber, Bucaramanga, diciembre 24 de 1938

Magdalena Moreno Ceballos, que nació en 1900 y falleció sesenta y cuatro años más tarde, es conocida por dos novelas (El embrujo del micrófono, publicada en 1948, y Las hijas de Gracia, que lo fue en 1951) y por un ensayo que escribió a propósito de los escritores Tomás Carrasquilla y Francisco de Paula Rendón (Dos novelistas y un pueblo, 1960).


El embrujo del micrófono cuenta a su manera la irrupción de la radio en la sociedad colombiana. La protagonista, María Cristina Iriarte, es huérfana y perteneciente a una familia antioqueña venida a menos que, ante las dificultades, debió emigrar desde Santo Domingo (llamado Soria, en la novela) a Medellín con el fin de mejorar su suerte en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.


Luisa Ávila, tía solterona y acudiente de Iriarte, regentó un colegio pueblerino durante años. En la casa empobrecida, donde se pugnaba con la aguja para solventar las dificultades económicas, podían faltar “los adornos, pero nunca los libros”. De hecho, se preservaban en ella los que habían pertenecido al abuelo, “empastados en ese cartón jaspeado de negro y oro, tan común en las encuadernaciones de fin de siglo”. La tía permitió la afición de María Cristina por los libros de Pérez Galdós y aun intercedió ante el cura para que la autorizara a leer Ifigenia, la novela de Teresa de la Parra, que se consideró en Colombia al momento de su publicación (1924) obra corruptora: “Todavía está muy chiquita, no entenderá lo malo”, arguyó la tía Ávila para obtener el permiso.


En un país cambiante en el que desde 1932 las mujeres podían disponer de sus bienes sin autorización del marido; en el que algunas cursaban el bachillerato desde 1933; en el que la reforma constitucional de 1936, sin concederles derechos políticos, las había autorizado a ejercer oficios que llevaran “anexa autoridad y jurisdicción”; en un país en el que comenzaban a graduarse las primeras egresadas de la Universidad; en tal país, María Cristina Iriarte decide encargarse de un programa en Radio Antioquia. Su decisión, nos advierte la novelista, fue posible, en buena parte, por la pobreza: igual atrevimiento habría sido inaceptable para las primas ricas. No tenían necesidad y, por lo tanto, “sería ridículo que lo intentaran”. La incursión en el mundo de la radio fue también posible por la educación formal de María Cristina Iriarte en el Colegio Superior de su pueblo natal, pero sobre todo gracias a su crianza al lado de una educadora liberal “por herencia y por temperamento”, cuya familia había dado refugio a Rafael Uribe Uribe en tiempos de la guerra civil de 1895. Sin embargo, la tía era, evidentemente, una liberal de principios del siglo XX, que no vio con buenos ojos el proyecto radial (sobre todo porque la sobrina debía conseguir “propaganda de oficina en oficina”), del mismo modo que se oponía al divorcio, al matrimonio civil, a los bailes y a los deportes.

1909 Santo Domingo (Antioquia), en P. A. Pedraza, Excursiones presidenciales.jp2

Iglesia de Santo Domingo, Antioquia, pueblo natal de Magda Moreno, en Pedro A. Pedraza, Excursiones presidenciales, 1909

Al empezar a ejercer su nuevo oficio, María Cristina Iriarte defendió sus convicciones políticas, coherentes con la saga familiar:

 

Desde que empezó la Segunda Guerra Mundial habíase dedicado a hacer propaganda aliada, proveyéndose de cuanto libro de historia se puso a su alcance para allegarse datos sobre el final que habían tenido los conquistadores ávidos de poder y escuchando atentamente los programas de la BBC y la National Broadcasting para pescar notas que suministraba después, en comprimidos, a sus oyentes. Así, podría definir claramente la obra de la democracia.

 

El embrujo del micrófono, título de la novela, alude entonces a uno de los nuevos caminos que se abrieron a las mujeres en la sociedad colombiana de la década de 1940. En efecto, no fue María Cristina Iriarte la única que se incorporó en Radio Antioquia (aunque fue de las pocas que consiguieron licencia de primera clase, expedida por el gobierno tras rigurosos exámenes). Tampoco fue raro el caso en otras ciudades de Colombia, como se deja ver por estos comentarios publicados en un periódico de Tunja también en la década de 1940:

 

Josefina Canal de Reyes es ampliamente conocida en nuestro país y en el exterior, ya que ella dirigió con lujo de acierto por más de tres años la “hora del hogar”, de la Voz de Colombia; en ese lapso de tiempo Josefina fue para nuestros hogares como una estrella luminosa y pura que diariamente esparció sus magníficos rayos de luz, de consejo, de enseñanza, de consuelo, frases llenas de sabiduría que fluían de sus labios como cascadas de diamantes (La verdad. Semanario liberal al servicio de los intereses boyacenses N. 13, 8 de octubre de 1943).

 

La osadía de la joven bachillera (como se llamaba despectivamente a las mujeres educadas) tuvo tan buenos resultados que el salario le permitió mejorar la situación familiar y aun viajar a Popayán como turista, acompañada lógicamente de su tía. En el Hotel General Mosquera se topó, a finales de 1947 con Francisco Castillo, un liberal moderado y editor de un radio-periódico en Bogotá, que se había prendado de ella escuchando su programa.

El “embrujo del micrófono” se refiere también entonces a otro elemento clave de la novela: la transmisión tecnológica de la voz humana. Ello no solo creó un nuevo modo de comunicación masivo de insospechados alcances. También generó una disyunción entre la voz y la presencia, que idealizó la primera y generó una fantasmagoría muy propia de los años 40.

El matrimonio de María Cristina Iriarte termina frustrándose como consecuencia del 9 de abril, pues su prometido muere al tratar de impedir que la estación de radio bogotana donde trabajaba se transformara en un instrumento de la revuelta tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. El “embrujo del micrófono”, que abrió perspectivas laborales a ciertas mujeres colombianas, como medio siglo antes lo había hecho el telégrafo, y que dotó a la voz humana de un prestigio social inédito, se había convertido también, lógicamente, en espacio de pugna y confrontación.

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Daniel Gutiérrez Ardila

Es historiador de la Universidad Nacional de Colombia-sede Medellín, Doctor en Historia de la Universidad París 1 y profesor titular de la Universidad Externado de Colombia. 

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