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El género de las utopías en  Colombia

En 1925, Tomás Uribe Márquez imaginó el año 2026 como culminación de una revolución socialista planetaria que habría abolido el capitalismo, las clases, la propiedad, la guerra e incluso la enfermedad, inaugurando una humanidad reconciliada consigo misma y con la naturaleza. Esta pieza desconocida del utopismo colombiano revela las tensiones y peligros latentes en toda promesa de perfección: una fraternidad universal que elimina el disenso, una ingeniería humana que roza la pesadilla

Por Isidro Vanegas

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Fragmento de 'Las amazonomaquias', por Pedro Nel Gómez, 1928

Tomás Uribe Márquez describió en 1925 una sociedad utópica que se desplegaba a los ojos de sus lectores un siglo después, más exactamente este año de 2026. No se conoce sino otra incursión de un colombiano en el género de las utopías. Se trata de Roberto Restrepo, que en 1936 publicó Dicarquismo o si la razón fuera gobierno.

El texto en cuestión de Uribe Márquez es la segunda parte de su libro Rebeldía y acción, cuyo segmento inicial es un catecismo que enseña la doctrina y los métodos con que los socialistas colombianos aspiraban a tomarse el poder e instaurar la sociedad ideal. El autor era, en ese momento, uno de los principales adalides del socialismo y al año siguiente se convertiría en uno de los más destacados dirigentes del Partido Socialista Revolucionario, que alcanzó cierta notoriedad en la política nacional durante su corta existencia pues logró movilizar sectores significativos de trabajadores e intentó en dos ocasiones una insurrección armada.

En el año 2026, según el designio futurista de Uribe Márquez, el profesor Vera Manú da a un grupo de alumnos de enseñanza primaria una charla sobre los orígenes del nuevo mundo al tiempo que deja ver algunos de sus rasgos.

La mutación se había producido de modo bastante rápido y a escala universal. El capitalismo cayó en la bancarrota intelectual, los trabajadores ya no soportaban las imposiciones y abusos, la sociedad estaba sumida en tinieblas espirituales y dividida por un profundo abismo de clases, de modo que a los ricos estaba reservada la producción artística y científica. Por añadidura, los mandones nacionales estaban subordinados a magnates extranjeros, que eran, en realidad, quienes succionaban los más jugosos recursos del país. El descontento había sido planetario: después de la revolución bolchevique de 1917, y empezando por Inglaterra, sucesivas revoluciones en los países europeos y asiáticos echaron por tierra el orden burgués.

 

En las nuevas circunstancias, se marchitaron hasta perecer las formas parasitarias de la vida social capitalista. Declinaron hasta desvanecerse el lujo, la moda, el salario, la propiedad individual, las castas y clases sociales; su lugar lo tomó la justicia, el bienestar y la liberación de las personas. La vanidad, como sentimiento contrario a la igualdad, fue abolida en la nueva sociedad. Todas las personas debieron ocupar algún puesto en la producción y con el correr del tiempo se redimieron de todos los defectos: el egoísmo, la envidia, la codicia, la inhumanidad, la adoración del dinero. Ahora, hombres y mujeres creaban las obras de arte o de ciencia sin buscar con ellas ninguna retribución distinta al goce propio de servir a sus semejantes.

Los humanos, asimismo, aprendieron a amar a todos sus congéneres. Así, en lugar de las constantes guerras, la humanidad vive ahora en una paz imperturbable que no se limita a la relación entre los grandes conglomerados humanos. Todos los individuos de todas las esquinas del planeta viven en un vínculo armonioso, en un estado de mutua y amorosa comprensión. La benevolencia humana se proyecta incluso al resto de los seres vivos: “ahora ni se atormentan los insectos, ni se cogen las flores, ni al caballo se le emplea como animal de tiro y carga; los perros no hablaban por aquel entonces, porque se ignoraba que con la pequeña operación quirúrgica que ahora se les hace, pueden modular”. Los únicos animales exterminados fueron los gérmenes, con lo que resultaron abolidas las enfermedades, lo que también contribuyó a la entera y permanente felicidad del género humano.

El grado de unificación a que han llegado los humanos es tal que en lugar de las múltiples sectas religiosas de antaño, con sus necias filosofías, ahora todos profesan la religión de la Asunción, una especie de panteísmo indulgente y devoto de la reencarnación según el cual la vida jamás queda aniquilada en ningún ser, por débil que sea, sino que adquiere, ciclo tras ciclo, nuevas y más perfectas formas, no ya en este planeta sino en otros lugares del universo.

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Bolívar educado por los mitos de la selva, por Pedro Nel Gómez, 1945

En el nuevo orden, los humanos cambiaron incluso en su fisonomía. Las vellosidades en la cara de los varones, que los hacían parecer simios, les fueron erradicadas. La intervención en el jardín humano fue mucho más decisiva: en el nuevo mundo “se aplica la eutanasia a los niños monstruosos y a los ancianos valetudinarios, por medio de narcóticos, protóxidos de azoe y gases hilarantes, buscando en cada caso el máximo de seguridad y el mínimo de padecimientos”. Cámaras de gas que necesariamente evocan otras cámaras de gas. Aunque no lo dice explícitamente, el administrador de esta ingeniería de la vida es un poder público al que Uribe Márquez no alude específicamente en ninguna parte pero que deja entrever como una potencia mínima, según corresponde a una sociedad en que nadie tiene motivo para el disenso, no existen divisiones significativas, todos tienen satisfechas todas sus necesidades materiales y espirituales y viven con sus semejantes en absoluta fraternidad. Enorme incongruencia, hay que decirlo, la de aquel poder político mínimo que al mismo tiempo puede disponer de la vida de sus asociados.

Caben algunos apuntes rápidos acerca del vínculo que puede establecerse entre ciertos rasgos de la utopía uribemarquiana y las coordenadas en que estaba inscrita su experiencia como activista político y como individuo. La importancia que le concede a lo religioso así como su ideal de religiosidad post-cristiana están ligados al auge de la heterodoxia religiosa, especialmente la teosofía, entre los activistas políticos liberales y socialistas de rango medio, a comienzos del siglo XX. La adhesión a la eugenesia, por otro lado, fue muy amplia tanto en la izquierda como en la derecha del espectro político en todo el mundo al momento en que Uribe Márquez escribía. Muchos fueron los creyentes en que por fin, mediante instrumentos científicos, los seres humanos podrían ser sanados y elevados a la perfección.

Importa recalcar, así mismo, que la fuente del utopismo de Tomás Uribe Márquez es el marxismo-leninismo, que constituye una narrativa utópica en toda regla. Lenin, en efecto, describió con detalle su sociedad imaginaria, sin clases, sin penurias, sin contradicciones, sin Estado, sin seres humanos defectuosos, y toda esta ficción la recubrió con un pobre barniz científico. Nuevo mundo feliz clausurado en sí mismo y feroz con el mundo exterior y los disidentes y los dubitativos. En todas partes donde se ha buscado materializarlo ha sido una atroz distopía.

El marxismo-leninismo, sin embargo, ha sido apenas una de las variantes importantes del utopismo en Colombia. El marxismo-leninismo pertenece a las utopías que tendrán su materialización como fruto del esfuerzo humano. Narraciones de sociedades imaginarias con cierto nivel de formalización discursiva cuyas primeras expresiones solemos asociar a la Grecia antigua pero que en realidad tienen mayor antigüedad y amplitud geográfica, según la delimitación que propone Lyman Tower Sargent, un estudioso del tema. El otro tipo de utopías que nos han marcado fuertemente como sociedad son aquellas cuya realización parece no estar en las manos de los seres humanos, esto es, mitos de un pasado paradisiaco, intangibles y fastuosos. En esta variante pueden incluirse al menos el país de Cucaña, la edad de oro y el paraíso terrenal. Para nuestro desconcierto, los dos tipos de utopismo siguen constituyendo un vector poderoso en nuestra experiencia como nación.

 

Fuentes

Tomás Uribe Márquez, Rebeldía y acción. Al proletariado colombiano, Editorial Minerva, Bogotá, 1925.

Roberto Restrepo, Dicarquismo o si la razón fuera gobierno, Casa Editorial Arturo Zapata, Manizales, 1936.

Lyman Tower Sargent, “Utopian Traditions: Themes and Variations”, en Utopia. The Search for the Ideal Society in the Western World, Oxford University Press, Nueva York, 2000, pp. 8-17.

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Isidro Vanegas Useche

Doctor en historia por la Universidad de la Sorbona. Profesor en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC-Tunja). Es autor, entre otros libros, de La Revolución Neogranadina y Los socialistas colombianos

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