MISTICISMO, PSEUDOCIENCIA Y NAZISMO
ENTREVISTA CON ERIC KURLANDER
Por Ondřej Bělíček

Juramento anual a medianoche de las tropas de las SS en Feldherrnhalle, Múnich, 1938
A fines del siglo XIX, la Europa en proceso de industrialización era el epicentro de lo que Max Weber denominó “el desencantamiento del mundo”. Las prácticas religiosas tradicionales estaban siendo desafiadas por las fuerzas de la modernidad. Sin embargo, la famosa expresión de Weber suele omitir la segunda parte de su tesis, que sostiene que el mundo también estaba siendo reencantado por algo nuevo. En aquel momento surgieron nuevas doctrinas esotéricas, religiosas y científicas de frontera como alternativas aparentemente modernas a la religión y la ciencia tradicionales.
Entre ellas, la antroposofía (una variante austroalemana de la doctrina esotérica de la teosofía, que combinaba elementos de la espiritualidad oriental con el cristianismo, la filosofía occidental y las ciencias naturales), la ariosofía (una versión más explícitamente racialista y eugenista de la teosofía), la Teoría del Hielo Mundial (una teoría “científico-fronteriza” que insiste en que el hielo es la sustancia básica detrás de todos los procesos cósmicos, geológicos y evolutivos de la Tierra), la astrología y la parapsicología (el estudio de los fenómenos psíquicos y las afirmaciones paranormales). Esta tendencia también incluyó a las religiones alternativas, la Nueva Era, la homeopatía, el folclore y el renovado interés por el hinduismo y el budismo.
En Hitler’s Monsters. A Supernatural History of the Third Reich (Yale University Press, New Haven, 2017) Eric Kurlander analiza la influencia de las ideas sobrenaturales en el surgimiento de la ideología nazi y en el curso que tomó como movimiento. Sostiene que la apropiación de creencias populares esotéricas, científico-fronterizas y religioso-mitológicas ayudaron al partido de Adolf Hitler a atraer partidarios, deshumanizar a sus enemigos y perseguir sus ambiciones imperiales y raciales. Tales ideas echaron raíces en un contexto sociopolítico particular, que encuentra ecos en nuestro propio presente.
A finales del siglo XIX se desarrolló un fuerte movimiento dedicado a las ideas sobrenaturales, las doctrinas esotéricas, el espiritismo y el ocultismo. ¿Qué tenía de diferente este movimiento en Alemania y Austria, en comparación con otros lugares donde también florecieron esas tendencias?
La singularidad es doble. Por un lado, en Alemania y Austria lo que yo llamo el “imaginario sobrenatural” tuvo una influencia más amplia. No fue solo un aspecto discreto de lo cotidiano, como cuando se va a la iglesia o a una sesión de espiritismo el domingo. Se integró en la política y en las teorías sociales de forma mucho más directa y ubicua. Muchas de esas figuras esotéricas empezaron a sacar conclusiones políticas basadas en dichas creencias. Eso también ocurrió en Francia y Gran Bretaña, por ejemplo, pero no en la misma medida. Por otra parte, el contenido del imaginario sobrenatural, donde había muchos movimientos como la teosofía, la astrología, etc., también estuvo mucho más ligado al folclor y a lo racial en Alemania y Austria que en Francia o Gran Bretaña.
En el siglo XIX mucha gente hablaba de diferentes razas, no solo en Alemania y Austria. Pero si se observa el modo en que estas doctrinas esotéricas y científico-fronterizas alternativas se desplegaban en la esfera pública, la raza y el antisemitismo eran aparentemente más prominentes allí en comparación con Francia, Gran Bretaña e incluso Estados Unidos, que tenía sus propios grupos folclórico-esotéricos, como el Ku Klux Klan y los “Silvershirts” de William Pelley.
En resumen, la raza también formaba parte del lenguaje oficial de la ciencia y el reformismo social en Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, pero no estaba en el centro de las prácticas científicas y ocultistas de frontera; y dichas prácticas, por el contrario, no desempeñaban un papel tan central en las ideologías o teorías de la derecha sobre la política o la sociedad.
También menciona usted que el folclore alemán, la mitología, la religión indoaria y las teorías racistas formaban parte del sistema escolar alemán. Alude específicamente a la influencia que el profesor de Hitler, Leopold Pötsch, tuvo sobre él en su juventud. ¿Era esta también una particularidad nacional?
Esto remite al concepto de ciencia fronteriza. Todo el mundo hablaba de Charles Darwin y de la decadencia civilizatoria de Occidente, del ascenso de las razas no blancas, todo lo cual formaba parte de las discusiones científicas naturales y sociales dominantes en la segunda mitad del siglo XIX. El concepto de raza en aquella época lo utilizaban incluso los progresistas y socialistas de izquierda, que ahora no lo aceptarían.
Si alguien iba a la escuela en Francia o Estados Unidos en las décadas de 1880 y 1890, oía teorías sobre la superioridad racial de unos grupos sobre otros, teorías de la historia que tendían a idealizar al hombre blanco, o la historia de su país, de una manera muy nacionalista. La diferencia fue que en Alemania y Austria, la mitología y el folclore nórdicos se mezclaron con este pensamiento supuestamente “científico” sobre la raza, se politizaron y luego se integraron en la pedagogía. No solo ocurrió en la escuela, sino también en la literatura popular y científica.
Muchas personalidades destacadas de los movimientos sobrenaturales de la Alemania de Weimar fueron posteriormente eminentes nazis. ¿Los demás partidos de entreguerras contribuyeron políticamente de algún modo a la creencia en lo sobrenatural, o fue algo específico de los nazis?
Hubo algunos individuos en partidos de centroizquierda que se interesaron por la astrología y la mitología alemanas, pero en general no las integraron a sus ideas políticas ni a su propaganda. Si alguien era miembro de uno de los dos partidos liberales, o de los socialdemócratas o los comunistas, no era muy probable que invocara imágenes de los vampiros y el diablo, los hombres lobo o las brujas para describir a sus oponentes políticos o a sí mismo. Tampoco hablaría con frecuencia de las esvásticas o de las antiguas ruedas solares o de las runas “Sig” como símbolo de la raza aria o nórdica.
Pero no solo los nazis invocaban esa iconografía. Había todo tipo de grupos paramilitares que utilizaban este tipo de símbolos, que organizaban festivales de solsticio y hablaban de restaurar el imperio alemán y repoblar el este europeo con “campesinos guerreros”.
Los partidos de centroizquierda alemanes, como en la mayoría de países, ciertamente proponían qué hacer con las finanzas, los impuestos y la educación, pero los partidos de centroderecha eran propensos, además, a invocar la propaganda emocional vinculada a teorías basadas en la superioridad de la raza germánica y el peligro casi sobrehumano de los monstruosos judíos y bolcheviques, de formas que eran difíciles de abordar racional o empíricamente. ¿Cómo se puede discutir con alguien que apela al carácter casi mítico del pueblo alemán, rubio y de ojos azules, y que argumenta que su país ha sido colonizado por una cábala de judíos-bolcheviques, masones y razas inferiores? No todos los alemanes creían estas cosas: muchos, quizá incluso la mayoría, no lo hacían. Y recuerden que solo un tercio votó por Hitler. Los nazis nunca obtuvieron más del 37% de los votos, a pesar de la Gran Depresión y otros factores. Pero la gente que votó por los nazis parece haber creído desproporcionadamente en el imaginario sobrenatural.

El esoterista de las SS, Karl Maria Wiligut, alias “Thor el Sabio” (extremo izquierdo), acompañado del jefe de las SD, Reinhard Heydrich (ligeramente oculto), del jefe de las SS, Heinrich Himmler, y de otras personas en una iglesia báltica medieval, 1934
Supongo que tras la derrota en la guerra en 1918 y la Gran Depresión esas ideas sobrenaturales debieron extenderse por toda la población alemana. ¿Se puede saber qué tipo de personas tendieron a apoyar esas ideas?
La historia, la sociología y la ciencia política han mostrado que, aunque los nazis atraían a un número considerable de alemanes de todas las categorías demográficas, los católicos y los obreros no solían contarse entre sus votantes en gran número. Por el contrario, los protestantes de clase media-baja o de origen sociológico rural votaron de forma desproporcionada por el partido de Hitler. Lo que se encuentra, observando el funcionamiento del imaginario sobrenatural, es que no aparece como algo tan prominente en el medio urbano socialista y obrero. No es que las clases trabajadoras alemanas fueran inmunes a las ideas sobrenaturales, ya fuera el ocultismo, la ciencia fronteriza o la religión alternativa. Ciertamente, algunos miembros de la clase obrera leían sus horóscopos o creían en aspectos de lo paranormal. Pero por diversas razones, las clases trabajadoras estaban generalmente más aisladas de las consecuencias políticas de tales ideas debido al carácter poderosamente izquierdista, a menudo abiertamente marxista, del medio urbano proletario.
Más allá de la fuerza de esta cultura proletaria, del propio interés socioeconómico de los trabajadores y de su típica afiliación a partidos socialdemócratas o comunistas, tenemos el énfasis intelectual de la teoría marxista en las explicaciones materialistas de la realidad sociopolítica. Por estas razones, fue muy difícil para los partidos no marxistas y las ideologías no materialistas abrirse paso entre las clases trabajadoras alemanas, especialmente entre los trabajadores cualificados de las zonas urbanas, que demostraron ser notablemente resistentes a las políticas conservadoras, clericales y, en menor medida, fascistas, durante el periodo de entreguerras.
De hecho, incluso entre los grupos más proclives al pensamiento no materialista y basado en la fe, como los católicos rurales y de las ciudades pequeñas, la fuerza del entorno social y religioso católico —reforzado por décadas de persecución protestante— aisló a los católicos devotos de las formas alternativas de pensamiento sobrenatural, así como de los partidos nacionalistas radicales, desproporcionadamente protestantes, como el Partido Popular Nacionalista Alemán y los nazis.
Estas ideas parecen haber sido más populares entre los alemanes de clase media que quizá ya no eran católicos o protestantes devotos, pero que probablemente seguían interesados en ideas religiosas alternativas, esotéricas cuasi-cristianas o cuasi-paganas y otras ideas sobrenaturales. En Alemania esas tendencias esotéricas también parecen haber estado notablemente marcadas por el género, especialmente en lo que se refiere a la política, lo que parece otra diferencia en cuanto a la forma en que estas doctrinas se difundieron y en cómo funcionó el “imaginario sobrenatural” en Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, por ejemplo, en comparación con Alemania y Austria.
En los primeros países parece que las mujeres participaban en estos movimientos casi tanto como los hombres, ciertamente como seguidoras, pero también a veces como líderes. En Alemania y Austria, la propagación del esoterismo, la ciencia fronteriza y el paganismo folclórico parecía ser una empresa casi exclusivamente masculina.
Eso se ve también en el movimiento nazi, que también era muy masculino. Se trataba principalmente de hombres blancos que no eran particularmente educados en términos de formación científica, pero que tenían alguna educación universitaria. Trabajadores de cuello blanco, pequeños empresarios, ingenieros, este es el tipo de personas que encontraron estas ideas más interesantes.
¿Cómo reaccionaron los intelectuales, los científicos y las autoridades a esta tendencia pseudocientífica en aquella época?
Muchas figuras destacadas de la izquierda o del centro liberal observaron esta tendencia al pensamiento sobrenatural y basado en la fe y dijeron: “Aquí hay un fenómeno anticientífico, irracional, preocupado por el pensamiento mágico, la historia alternativa y la religión y parece estar ayudando a las fuerzas antidemocráticas de la extrema derecha. Deberíamos tener cuidado con eso”.
Bertolt Brecht y algunos socialistas se burlaron en la prensa de los nazis por coquetear con esas ideas. Les resultaba chocante que los alemanes creyeran en los llamamientos emocionales de Hitler y Goebbels, en algunos casos escritos por Hanns Heinz Ewers, un escritor de terror famoso por sus novelas sobre vampiros, científicos locos y adoradores del diablo y que por un breve tiempo fue propagandista nazi. Algunos simpatizantes de los partidos liberales, que perdieron con los partidos conservadores y de extrema derecha muchos más votantes que los socialdemócratas o los comunistas, incluso estaban dispuestos a culpar de su fracaso político al comportamiento irracional de los alemanes.
Alfred Rosenberg, el ideólogo nazi, admitió que mucha gente votaba por los nazis porque se interesaba por lo oculto. El influyente filósofo político conservador Carl Schmitt señaló la generalizada inclinación hacia lo que llamó “romanticismo político”. Así, con el declive del centro liberal, los únicos partidos políticos que podían oponerse a los nazis eran los de izquierdas, pero hablaban un lenguaje totalmente diferente y no podían competir con los nazis en cuanto a su apelación emocional al nacionalismo y al renacimiento de lo folclórico, basado en el “anhelo de mito” de los alemanes y en su deseo de trascender las crisis políticas y económicas y las divisiones sociales del periodo de entreguerras.
¿Qué hay del propio Hitler? ¿Cuál fue su relación con las ideas sobrenaturales, el ocultismo o la ciencia fronteriza?
Hitler era emblemático del típico miembro del partido nazi —o ciertamente, líder nazi— en este sentido. No estaba tan comprometido con las ideas sobrenaturales como Himmler, Hess o Alfred Rosenberg, por ejemplo. Siempre fue más reticente a que las teorías sobrenaturales más amplias se convirtieran en una parte demasiado importante de la propaganda nazi. Aún así, recurrió a ellas y su retórica estuvo impregnada de argumentos científicos de frontera, invocaciones a la mitología y apelaciones a las emociones. Aunque no se hubiera tragado todas las doctrinas esotéricas sobre la raza que hacían algunos de sus colegas, entendía que eso era importante para el partido nazi y utilizaba ese lenguaje.
En Hitler’s Monsters, menciono la famosa cita de Hitler en Mein Kampf en la que advierte que el partido nazi se convertiría en el hogar de “eruditos errantes envueltos en pieles de oso”. Le preocupaba que el Partido Nazi pudiera perder el apoyo de los principales electores de clase media. Pero aunque Hitler tratara de distanciar públicamente a los nazis de los grupos religiosos esotéricos y paganos como la Sociedad Thule y los folclóricos “eruditos errantes con pieles de oso”, seguía reconociendo que sus partidarios se sentían atraídos por las ideas sobrenaturales y las teorías de la conspiración para dar sentido a un mundo cada vez más complejo y amenazante.

Los nazis celebran una ceremonia nocturna en la Polonia ocupada, hacia diciembre de 1939
¿Cuál fue la relación de los nazis con las ideas sobrenaturales tras la llegada de Hitler al poder? En su libro menciona que para el partido nazi era peligroso dejar que el movimiento sobrenatural y el ocultismo crecieran, pues temían que pudieran salirse de su control.
No era un rechazo del razonamiento sobrenatural. Temían específicamente que los grupos ocultistas presentaran un desafío sectario a una “comunidad racial” unificada dirigida por el partido nazi. Aquellas doctrinas y asociaciones ocultistas y folclóricas, como la teosofía, la ariosofía, el movimiento antroposófico de Rudolf Steiner y otros grupos mesiánicos (que tenían sus propios rituales, tradiciones secretas y, sobre todo, su propio Führer) eran vistas por los nazis como sectarias. Esto significaba que tenían su propia identidad sociocultural y, potencialmente, una ideología alternativa al nazismo.
De ahí que muchos estudiosos señalen la represión del ocultismo durante el Tercer Reich, diciendo, en mi opinión, erróneamente: “mira, los nazis odiaban el ocultismo”. No lo hacían. Intentaron controlar ciertos tipos de ocultismo y otros grupos “sectarios” por muchas razones, del mismo modo que intentaron controlar la religión, los programas sociales, las mujeres, los trabajadores, los campesinos o los industriales. Su proclividad natural como régimen fascista era intentar controlar las cosas y hacer que todo el mundo “trabajara para el Führer”, pero eso no significa que rechazaran el pensamiento esotérico o religioso völkisch o el pensamiento científico de frontera.
La hostilidad de los nazis hacia los ocultistas no era, por lo tanto, del mismo tipo que aquella desarrollada contra los socialistas, los comunistas o los judíos. Aceptaron repetidamente a antiguos líderes ocultistas en el partido siempre que dejaran de intentar mantener organizaciones folclóricas-esotéricas separadas, como la Thule Society, la Werewolf Bund o la Tannenburg Bund.
Los nazis también estaban divididos en cuanto a lo que era “ocultismo científico” y lo que era ocultismo popular para ganar dinero. El ayudante de Hitler, Rudolf Hess, los miembros del Ministerio de Educación del Reich, Himmler y las SS, e incluso el Ministerio de Propaganda de Goebbels, se esforzaron en ocasiones por diferenciar las doctrinas ocultas “científicas”, o al menos pragmáticamente útiles, y las ideas e individuos científicos de frontera, de lo que llamaban ocultistas populares o “judíos” de bulevar, como Erik Hannusen, que, según ellos, solo robaban dinero a la gente.
Así pues, los nazis vigilaron y arrestaron o interrogaron periódicamente a los ocultistas que supuestamente ganaban dinero a costa de socavar la “ilustración pública”. Pero para Himmler, Hess, Walther Darré y otros líderes nazis, los “verdaderos” ocultistas científicos y los científicos de frontera podan seguir investigando si el rayo de Thor era mágico o si la posición de las estrellas y la luna promovían la agricultura ecológica.
Estos “científicos” estaban patrocinados por varios ministerios nazis y especialmente por las SS de Himmler. Por lo tanto, rechazaban selectivamente algunas ideas e individuos ocultistas por considerarlos poco serios y poco científicos, pero estaban dispuestos a legitimarlos e incluso a emplearlos cuando simpatizaban con la doctrina científica o esotérica concreta o la creencia religiosa völkisch. La dudosa Teoría del hielo mundial, que tanto Himmler como Hitler la patrocinaron, reforzaba la idea de una antigua raza aria y ponía en duda la “física judía” así como la relatividad y la mecánica cuántica.
Usted menciona que la imaginación sobrenatural “proporcionó un espacio ideológico y discursivo en el que fue posible deshumanizar, marginar a los enemigos de los nazis y convertirlos en monstruos”. ¿Podría explicar con más detalle cómo funcionó esto?
Una vez que se abandona el ámbito de la ciencia moderna, como la biología y la física, y se empieza a operar en el ámbito del “imaginario sobrenatural”, donde todo es posible o justificable, una vez que se empieza a mezclar la biología con el esoterismo, la historia y la arqueología con el folclore y la mitología, se podía convertir a los judíos asquenazíes, que eran un pueblo parcialmente europeo que compartía con los alemanes una ascendencia común de Europa Oriental y Central, en monstruos biológicos totalmente ajenos, con tendencias sobrehumanas y malignas, que estaban detrás de todo lo malévolo que había ocurrido en la historia.
El imaginario sobrenatural, que mezclaba ciencia y ocultismo, historia y mitología, también permitió a los nazis elegir las características que querían atribuir a su enemigo, comparándolo con vampiros, zombis, diablos y demonios. También les permitió atribuir ciertas características superiores a los alemanes, a veces extraídas por igual de la mitología o de la ciencia de frontera.
En su último esfuerzo por crear una división partisana de élite, a fines de 1944, invocaron a los hombres lobo, procedentes del folclore germánico. Mientras que los hombres lobo eran considerados héroes trágicos o nobles, eventualmente vinculados al grupo de Odín o a los berserkers nórdicos, en Francia eran seres malditos vinculados al satanismo y la brujería. En el folclore alemán, los hombres lobo eran, por tanto, héroes trágicos ligados en última instancia a la sangre y a la tierra; criaturas que defenderían sus bosques y tierras contra los intrusos eslavos. Los vampiros, por el contrario, no eran figuras románticas trágicas, ni siquiera héroes —como se los representaba en Francia o Gran Bretaña—, sino parásitos orientales degenerados vinculados a los judíos y a los pueblos eslavos, que intentaban enervar la pureza de sangre alemana.
El folclore, la mitología, las teorías de los extraterrestres, la Teoría del hielo mundial, los gigantes de la escarcha, los dioses y los monstruos fueron utilizados, en última instancia, para alegar el derecho de los alemanes a invadir el Este europeo y subyugar o destruir a las razas inferiores y al llamado “judeo-bolchevismo”. El pensamiento sobrenatural tuvo un efecto multiplicador de las políticas violentas que ya existían en la eugenesia de la época, de la que se abusó en muchos otros países, como Gran Bretaña, Suecia o Estados Unidos, pero nunca en la misma medida desenfrenada. El ingrediente “secreto” en esto fue el pensamiento “sobrenatural”.
Parece que los alemanes que creían en el imaginario sobrenatural realmente creían que los eslavos eran vampiros, los judíos alimañas y los soviéticos básicamente monstruos.
No puedo decir que millones de soldados en el campo de batalla vieran realmente a los judíos como monstruos sobrehumanos; muchos alemanes tenían amigos y cónyuges judíos tanto antes como después del Tercer Reich. Pero los nazis ciertamente utilizaron el imaginario sobrenatural para deshumanizar a los judíos, a los eslavos y a los bolcheviques y transformarlos en un enemigo inhumano. Algunos alemanes étnicos informaron que fueron atacados, ciertamente durante el trauma de la guerra, por “bebedores de sangre” eslavos.
La pregunta es: ¿cómo ocurrió eso? Mi argumento es que no fue solo la ciencia de la biología, el imperialismo, el capitalismo industrial o la violencia masiva y el trauma de la “guerra total” —por importantes que fueran todos esos factores—, sino también el imaginario sobrenatural nazi. La medida en que se creyera realmente en las diversas doctrinas, tropos e ideas que constituían ese imaginario dependía de la persona. Sin embargo, a veces parece que algunos nazis realmente creían que había otras especies y razas enteras, los judíos en particular, que eran simplemente monstruos inhumanos, ya sea literal o figurativamente, que debían ser eliminados para que la civilización “aria” sobreviviera.
[Ondřej Bělíček, “Misticismo, pseudociencia y nazismo. Una entrevista con Eric Kurlander”, en jacobinlat.com]
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