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José Raquel Mercado en medio de dos de sus secuestradores, El Bogotano, 1976

José Raquel Mercado nació en Cartagena en 1913, donde trabajó como albañil y carguero del puerto. Desde temprano mostró vocación sindical, pues fue fundador del sindicato del Terminal Marítimo. Después de estudiar contaduría en la Universidad de Cartagena y de dirigir la Asociación Colombiana de Músicos Profesionales en Bogotá, en 1960 fue elegido presidente de la Confederación de Trabajadores de Colombia (CTC), cargo que ejerció hasta el final de su vida. Además, fue congresista entre 1960 y 1970 y representó al país ante la Organización Internacional del Trabajo. En suma, Mercado ocupó un lugar destacado en el sindicalismo colombiano.

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El 15 de febrero de 1976, aniversario de la muerte de Camilo Torres Restrepo, José Raquel Mercado fue secuestrado por el M-19. Luego de tres meses de seguimientos, los comandos Simón Bolívar y Camilo Torres Restrepo lo raptaron con el propósito de someterlo a un “juicio popular” por los delitos de “traición a la patria, traición a la clase obrera y enemigo del pueblo”, según rezaba un panfleto de ese grupo guerrillero. Su máximo comandante, Jaime Bateman, planeó personalmente la operación.

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Una vez encerrado el líder sindical en una “cárcel del pueblo”, el M-19 convocó a un plebiscito que decidiría si era o no pasado por las armas. Circularon numerosos panfletos requiriendo a la voluntad “popular”, cuyo contenido era: “¿culpable, sí o no? ¡Empuñe su mano y decida! ¡Que el pueblo lo juzgue!”. En otras palabras, el M-19, como supuesto vocero del pueblo, se declaraba autorizado a decidir sobre la vida o la muerte de su rehén, del mismo modo que los violentos siempre lo hacen. Varios de estos documentos fueron impresos en CLAC Impresores y Editores, un establecimiento de Bogotá ubicado en la Carrera 4ª n.º 26A-16.

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Una de las doce preguntas de este “plebiscito popular” fue la siguiente:

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“¿Decide usted que José Raquel Mercado, al introducir en el interior de las Centrales Sindicales las ideas burguesas de armonía entre patrones y obreros, de apoliticidad de los sindicatos y de legitimidad de la propiedad privada, y condenando las ideas proletarias de la necesidad de una nueva sociedad sin patronos, sin explotación y sin miseria es culpable de traición a la clase obrera?”.

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Tal pregunta expone con claridad varios de los supuestos políticos del grupo guerrillero: el ideal sindical no es la cooperación, sino la confrontación; la propiedad privada resultaba condenable; y todo aquel que no simpatizara con el socialismo, con la “nueva sociedad sin patronos, sin explotación y sin miseria”, era repudiable.

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José Raquel Mercado representado por los comunistas, en Voz de la Democracia, nº 96, septiembre 24 de 1960

El mismo panfleto exhortaba al “pueblo” a pronunciarse sobre la explotación, el capitalismo y el imperialismo que, según el texto, eran encarnados por Mercado, por eso, supuestamente, era uno de los enemigos mortales de aquel pueblo. Aunque esta apelación pudo ser un recurso retórico, también revela la pretensión del M-19 de asumirse como una vanguardia iluminada que representaba al pueblo como un todo unificado, sin fisuras. La exhortación fue la siguiente:

 

“Que el pueblo todo juzgue la explotación y decida.

Que el pueblo todo juzgue el capitalismo y decida.

Que el pueblo todo juzgue el imperialismo y decida.

Que el pueblo todo juzgue a sus enemigos y decida.”

 

Mayorías, publicación semanal de la ANAPO de izquierda, justificó el secuestro con las siguientes palabras: “es de sobra conocido por la clase obrera el accionar de este líder sindical, a quien desde hace muchos años se ha señalado como un fiel instrumento de los patronos, al servicio de los explotadores y en contra de los intereses de los trabajadores” (n.º 204, 26 de febrero de 1976).

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La “cárcel del pueblo” donde Mercado fue recluido, que había sido diseñada por Gustavo Arias Londoño, alias Boris, había sido excavada tres meses antes por el M-19 en el sótano de una casa en Bogotá. Ese pequeño infierno contaba con agua, luz eléctrica, escasa ventilación y estaba justo debajo del baño de la edificación. Mercado, que llegó al lugar de su encierro bajo sedación química y con un ojo morado, fruto del golpe de un guerrillero, se negó a comer durante gran parte de su cautiverio y pidió la Biblia para leerla a cada momento. Abatido tras meses de torturas psicológicas, reconoció tener relaciones con los Estados Unidos y con exiliados cubanos, ¡como si ello fuera un delito!, pero negó de forma rotunda ser “agente de la CIA”. Tal vez, de haber prolongado la tortura, Mercado habría terminado por “confesar” sus relaciones con la CIA, como ocurre con tantas víctimas que satisfacen a sus verdugos para poner fin al tormento.

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La organización envió fotos de Mercado a varios medios de la ciudad, para que sirvieran como prueba de su supervivencia. En una de ellas, el rehén aparece custodiado por dos guerrilleros armados y encapuchados, con la bandera del M-19 y al fondo la espada de Bolívar robada en 1974, así un exministro colombiano diga que fue “recuperada”. Un teatro completo. De esta manera, el M-19 se hacía pionero en presentar públicamente registros de personas secuestradas, convirtiendo el sufrimiento humano en un espectáculo. Además del poder y las armas, esta guerrilla amaba las cámaras. Un narcisismo sangriento. Tal vez Bateman y sus discípulos soñaban con que la toma de la Casa de Nariño fuera transmitida en vivo y en directo por todos los canales de televisión colombianos. Aprendieron de Woody Allen en Bananas (1971).

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El Partido Comunista agredió ininterrumpidamente a José Raquel Mercado desde 1960. Caricatura en Voz Proletaria, n.º 18, abril 2 de 1964

A cambio de no asesinar a Mercado, el M-19 exigió que todos los trabajadores despedidos fueran reintegrados a sus trabajos, que el gobierno realizara una reforma laboral y que el boletín de la organización fuera reimpreso y distribuido por la “gran prensa”. Sabiendo que sus desmedidas peticiones no podrían ser aceptadas, el M-19 intentó atribuir al Estado colombiano la responsabilidad de su sevicia. El presidente López Michelsen respondió que el gobierno no cedía a los chantajes de los violentos, porque, de hacerlo en aquel momento, los guerrilleros aumentarían los secuestros para pedir cuanto se les ocurriera.

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El “veredicto popular” contra Mercado fue la pena capital, como lo anunció el grupo secuestrador en su propio periódico. “El pueblo”, o sea Bateman, Álvaro Fayad, Iván Marino Ospina, Carlos Pizarro y demás dirigentes, lo habían condenado a muerte. Bateman decidió abandonar Bogotá antes del asesinato de Mercado, pues temía ser capturado una vez que se conociera el crimen. 

 

El 19 de abril de 1976, Bateman estaba en Coveñas celebrando el sexto cumpleaños del M-19 junto a Pizarro y Fayad. Mientras tanto, el cuerpo de Mercado fue abandonado en un parque del barrio El Salitre, en Bogotá. La autopsia reveló que las balas habían perforado su corazón y el pulmón izquierdo. Sin ningún tipo de remordimiento, estos “jóvenes rebeldes”, como los denomina Gustavo Petro, festejaron el cumpleaños de su organización guerrillera sobre el cadáver de José Raquel Mercado. A partir de este momento, Bateman ordenó a toda la organización no volver a tocar el tema. Él, sumo sacerdote de la organización, era el único autorizado para hablar sobre el asunto.

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El asesinato de Mercado no fue, sin embargo, una ocurrencia de Jaime Bateman. Tampoco fue el clamor del “pueblo anapista”, del que el M-19 se consideraba el brazo armado. La muerte de Mercado fue la culminación de una serie de ataques a su figura pública que durante años realizó el Partido Comunista Colombiano (PCC), escuela política y militar de Jaime Bateman. Organización de la que formó parte en el Comité Ejecutivo Central de la Juventud Comunista, junto a Manuel Cepeda, Carlos Romero, Carlos Ruiz, Carlos Villegas y Hernando González.

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El 1 de septiembre de 1960, el semanario Voz de la Democracia, órgano oficial del PCC, “en nombre de los trabajadores del petróleo”, había denunciado como “traidores a la clase obrera a los señores Víctor Julio Silva, José Raquel Mercado, Gustavo Cuadros, Manuel Díaz Enríquez y compañía, entregados todos a los patronos y al gobierno”. El 24 de septiembre del mismo año, Voz sostuvo que la salida de la Federación de Trabajadores del Valle de la CTC había sido obra de un “grupo minoritario de traidores encabezados por Víctor Julio Silva, Arnoldo Tabares, Raquel Mercado, Virgilio Conde, Manuel Díaz Henríquez y Gustavo Cuadros, agentes de la Embajada Americana en Bogotá, de los patronos y del Ministerio del Trabajo”.

Los líderes sindicales no comunistas, según Voz de la Democracia, 1960, n.º 108, diciembre 12 de 1960

El 19 de marzo de 1964, Voz calificó de la siguiente manera a la Confederación de trabajadores de Colombia: “Dirigentes de CTC: rompehuelgas. Organizan el esquirolaje en Gaseosas Colombianas. Los dirigentes de la CTC [entre ellos José Raquel Mercado], entidad patronal, defensora del Frente Nacional oligarca y sumisa al imperialismo, viene empeñada en una criminal campaña divisionista dentro de los trabajadores de Gaseosas Colombianas que se hallan en huelga”.

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La animadversión contra Mercado, expresada en las citas anteriores, surgió de la convicción doctrinaria según la cual solo el Partido Comunista podía representar al proletariado, mientras las demás organizaciones políticas eran vistas como criaturas de la burguesía. En otras palabras, los comunistas creían que los trabajadores eran propiedad privada de su partido.

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Además de columnas de prensa belicosas contra la CTC y Mercado, en las que se le acusaba de ser enemigo de la clase obrera, amigo de los burgueses y esbirro del imperialismo yanqui, las mismas acusaciones que el M-19 esgrimió años después, Voz publicó varias caricaturas de Manuel Parra Pardo, Espartaco, que representaban estas mismas ideas con las que el Partido Comunista buscaba liquidar moralmente a Mercado. El 24 de septiembre de 1960, Mercado fue retratado como una enfermera que recoge la orina de Víctor Julio Silva y Otto Morales, dos enfermos atendidos por otra enfermera, el tío Sam, quien inyecta dólares a los pacientes. La orina enferma eran decretos laborales. El 12 de diciembre de 1960, Voz presentó a Mercado como un muñeco de cuerda del imperialismo y el Frente Nacional, que repetía la frase “¡Aquí hay comunistas!”. Por último, para no extender más esta muestra, el 2 de abril de 1964, Voz Proletaria, nuevo nombre del órgano oficial del PCC, transformó a Mercado en una prostituta caribeña manoseada por el presidente Guillermo León Valencia.

 

De esta manera, la muerte física de José Raquel Mercado, perpetrada por el M-19, fue la materialización de un asesinato moral que había preparado el Partido Comunista Colombiano, la escuela política de Jaime Bateman, fundador y comandante de la guerrilla. 50 años después, este crimen permanece impune, mientras la memoria de sus perpetradores es exaltada a próceres de la patria.

 

Bibliografía de apoyo:

Darío Villamizar, Jaime Bateman. Biografía de un revolucionario, Bogotá, Intermedio, 2002.

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