LOS INTELECTUALES Y EL ODIO
Lejos de idealizar su función como guías morales o conciencias críticas de la sociedad, el autor examina cómo escritores, filósofos y artistas han contribuido, en distintos momentos y contextos, a legitimar la violencia, el nacionalismo extremo y la exclusión, convirtiendo la palabra en un instrumento de incitación y no de reconciliación
Hans Magnus Enzensberger

Ilustración anti-alemana en un periódico francés, 1914
A diferencia de los vendedores de helados o los vigilantes de baños, los intelectuales tienen la costumbre de reunirse para debatir sobre sus problemas. Es evidente que se toman algunas precauciones. No es que sólo persigan convencerse mutuamente de su importancia: el dudar de sí mismo y los guiños irónicos no sólo son consentidos sino que son recomendados y de vez en cuando se detecta incluso un toque de masoquismo. Una sola cosa es segura: todo queda en casa. Tácitamente, se exige un mínimo de virtud política. A los malos no se les invita. Como mucho, se alude a ellos en las oraciones subordinadas.
Es una lástima. En otras profesiones, por ejemplo entre ingenieros o expertos de compañías de seguros, es normal que se reflexione sobre el peor de los casos imaginables. Es lo que se denomina worst case analysis. A lo mejor no sería mala idea aplicar este método también a la labor intelectual. Probablemente comprenderíamos entonces que la categoría profesional en cuestión ha desempeñado un papel primordial en un terreno muy concreto: desde la entrada en escena del odio social, los intelectuales han sido siempre especialmente activos.
Por descontado, no pretendo agotar aquí un tema tan amplio: haría falta una voluminosa antología. De atreverse con ella algún editor tan consecuente como brutal, hubiéramos dado un paso adelante. El gran álbum de la criminalidad intelectual sería una lectura variada y provechosa.
Cierto que el placer de leer semejante texto sería moderado, dado que las dotes literarias de sus autores por lo general dejan qué desear, mas la constatación no constituye una objeción válida contra el proyecto. Por abundantes que sean las definiciones de la intelligentsia, nadie puede poner en duda que se trata de una. categoría social bastante numerosa. Así, sería un error, y no solamente desde el punto de vista estadístico, incluir en ella sólo a sus representantes más excelsos. Por lo demás, no es un secreto para nadie que ni siquiera los grandes espíritus están libres de flaquezas morales. Muchos escritores y pensadores de primerísimo orden se han hecho célebres como productores de odio.
En 1809, Heinrich von Kleist escribió un poema que haría carrera: durante más de un siglo, fue reproducido esmeradamente en manuales escolares y en antologías. Su título: Germania an ihre Kinder, Eine Ode (“Alemania a sus hijos: oda”). La madre alegórica de la nación se dirige a sus hijos, que “colmados de besos, trepan a sus rodillas” para que les explique cómo deben comportarse con los franceses enemigos: “Que en todo sitio y lugar sus huesos blanqueen la plaza. Quienes cuervos y zorros desprecian, pasto de los peces sean. Cerrad el Rin con sus cadáveres, que rebose, remansado por sus esqueletos, bordeando el Palatinado, que será nuestra frontera”. Y se augura al coro de niños de tal masacre: “¡Una caza feliz, cual tiradores que del lobo siguen las huellas! ¡Matadlos! ¡Que el Juicio final no va a pediros cuentas!”.
El lector de hoy se limitaría a encogerse de hombros ante esa obra, encontrando las metáforas débiles, la hipérbole de mal gusto, el tono completamente histérico. Sin embargo, hay muchos indicios de que este texto ha causado en varias generaciones de lectores una impresión muy distinta, y muy honda. La historia de su influencia coincide exactamente con la de la evolución de las relaciones franco-germanas desde las guerras napoleónicas hasta la capitulación del Tercer Reich, con esos hitos simbólicos que son Sedán, Verdún, Versalles y Vichy. Sería conceder a la literatura más peso del que se merece, si atribuyésemos al poema de un clásico la responsabilidad de tan funesta hostilidad hereditaria en el corazón de Europa, cuando además tampoco puede descartarse de antemano que la sed sanguinaria de Kleist no fuese sino una pose literaria. Ahora bien, en la época en la que fue escrita la Ode hubo otras de su género. Autores como Arndt y Fichte tampoco se privaron de atizar el chovinismo con textos incendiarios, por no mencionar el tropel de poetas, filósofos y periodistas menores que por entonces ejercían cierta influencia, aun cuando hoy, felizmente, estén bastante olvidados. Fundaron una tradición que se mantuvo ininterrumpidamente hasta 1945. Se observa una continuidad no menos empedernida en la abundante literatura antisemita, muchas veces de la pluma de los mismos autores.
No es que estemos ante especialidades alemanas. Con cierto retraso, Francia también entonó cánticos igualmente estridentes. Con la Action Française, la carrera del armamento ideológico alcanzó su clímax. En una y otra orilla del Rin hubo batallones de intelectuales empeñados en asegurar la escalada del conflicto. Y ambos alcanzaron su propósito precisamente porque sus estrategias se parecían tanto que llegaron a confundirse: venían a ser lo mismo, ejemplos típicos de la producción del odio. El estallido de la Primera Guerra Mundial fue saludado, en ambas orillas, con los gritos de alegría de los profesores, los escritores y los periodistas. “No les quepa duda —escribió Hofmannsthal el 28 de julio de 1914— de que todos nos implicaremos en este asunto y que asumiremos todas sus consecuencias con una resolución para mí hasta ahora inimaginable”.
Thomas Mann, por su parte, escribió unas semanas más tarde: “Cómo no iba el artista, el soldado en la persona del artista, a alabar a Dios por el desmoronamiento de un mundo en paz del que estaba completamente saturado y más que saturado. ¡La guerra! Para nosotros la experiencia de una purificación, de una liberación, al tiempo que una esperanza inmensa!”.
Parecería que el intelectual productor de odio es un invento europeo que, como la mayor parte de las otras conquistas del Viejo Mundo, se impuso más tarde en el mundo entero. En todo caso, el chovinismo, tal como se manifestó en Europa y en las antiguas colonias de países europeos, sería inconcebible sin un soporte literario activo. Muchos de los más brillantes y más terribles intelectuales de los dos siglos anteriores brindaron dicho soporte, y resulta con frecuencia difícil establecer la diferencia entre unos y otros.
Los alemanes lo saben por experiencia: es una empresa sumamente ardua convertir un territorio en una nación. Una de las principales dificultades de ese proceso, que al parecer es ineluctable, proviene de los desfases temporales. El que llega demasiado tarde generalmente hace valer sus pretensiones con un apremio especial. Para suscitar el necesario ardor emocional, los relegados tienen que recurrir a la ayuda del gremio de los autores y oradores. Es algo que en cierto modo se puede observar hoy in vitro en los países del este de Europa. Allí también la historia del chovinismo se adentra bastante en el siglo XIX. De los letones a los rumanos, de los ucranianos a los eslovacos, ningún grupo étnico ha podido prescindir de poetas nacionales cuando había que glorificar la naturaleza profunda, misteriosa y única de la propia etnia, describiendo siempre, en extensas epopeyas, la depravación de los vecinos.
El mundo externo casi no repara en la existencia de la mayoría de estos profetas que en su tierra han sido y son venerados como clásicos. En todas partes, en Kauna como en Struga, en Kiev como en Sofía, en Tiflis o en Tirana, se les han erigido monumentos, siendo inhabitual que a sus pies no se deposite algún ramo de flores frescas. El culto que se les profesa se lo deben sin duda menos a la nobleza de sus sentimientos o a sus méritos literarios que a su facultad para expresar las frustraciones y los rencores de sus compatriotas. Quienes no comparten esos sentimientos se quedan sobrecogidos ante el éxito de su propaganda, como en el caso de Kleist. No todos los cantos de odio pueden liquidarse con un simple discurso moralista; cabe que el odio represente en ocasiones una fuerza política productiva, sin la cual jamás habría habido revoluciones. Pero no son los aspectos morales del problema los que más me preocupan.
Me interrogo más bien por las razones por las cuales precisamente los intelectuales, y más en concreto los escritores, se han destacado tanto en el comercio del odio. Existe una explicación digna. Los filósofos griegos aceptaban como axioma que los poetas eran especialistas en la virtud de exaltar los sentimientos de su público. Las teorías literarias hoy en boga se ríen de Aristóteles; pero la práctica del arte no se preocupa mucho por los principios teóricos, y parece que su interés, bien sea en el escenario, en la pantalla o en la novela, es siempre el de suscitar emociones. Incluso en el pasado más reciente, el poder político se ha tomado a los escritores en serio y no ha escatimado esfuerzos para corromperlos o reducirlos al silencio; a todas luces porque, en el sentido de la poética de la Antigüedad, el poder estaba convencido de que esos individuos eran capaces de expresar sentimientos colectivos o, lo que es lo mismo, de inventarlos.
De haber algo de cierto en lo dicho hasta aquí, no podemos menos que preguntarnos por qué los profetas seculares prefieren tonos tan estridentes y por qué las emociones que saben suscitar tienen que adoptar formas tan iracundas, por no decir histéricas. ¿Es realmente indispensable? Cabe que la causa sea, como ocurre muchas veces, trivial. Un experto digno de ese nombre busca siempre eliminar a sus rivales. Si esa regla vale para los jugadores de tenis, los arquitectos y los matemáticos, ¿por qué los portavoces de la intelligentsia habrían de sustraerse a la misma? En su medio, más incluso que en otros, la transgresión de los tabúes y los excesos pasa por virtud. En cualquier caso, en el contexto de la modernidad, el intelectual que no muestre disposición a sobrepasar los límites del buen gusto y del sentido común no tendría ninguna esperanza de concitar la atención. El escándalo parece causar más dicha que la paz; sobre todo en arte, los residuos de infantilismo son bien valorados, sin que quepa negar a los grandes pensadores y a los grandes escritores una tendencia al overkill verbal. La mesura y el compromiso no resultan nada atractivos a sus ojos.
El belicismo y la glorificación de la violencia no son, evidentemente, prerrogativas de la civilización moderna. Así lo atestiguan los más antiguos documentos literarios de todas las civilizaciones. Leyendas, cantos y epopeyas de héroes yacen en el origen de casi todas las literaturas. Los poetas no se han privado nunca de una jovial brutalidad. Los textos de la Antigüedad y de la Alta Edad Media se distinguen, sin embargo, por su ingenuidad. Todo cálculo estratégico les es ajeno. La Ode de Kleist está impregnada de una ingenuidad que pone los pelos de punta, y no podemos calificar al poeta de aprovechado de la guerra. Hay que esperar al siglo XIX para que la producción de odio se industrialice y se convierta en negocio del que se alimenta una plétora de logreros intelectuales. La Primera Guerra Mundial les ofreció un campo de operaciones ideal. En 1914, por vez primera, la propaganda fue declarada esencial, lo que conllevó su institucionalización. Cada cuartel general contaba con una sección especial, cuya misión consistía en atizar el odio. El entusiasmo espontáneo por la guerra resultó pronto insuficiente, y se reclutó a intelectuales que cumplieron su cometido a conciencia y con eficacia. A partir de 1917, los bolcheviques sabrían también sacar
partido a esa experiencia: desde entonces, en todas partes, el adversario fue tomado como modelo, y las técnicas de adoctrinamiento trascendieron sin dificultad las separaciones ideológicas.
Como retoños de la guerra fría, nos hemos acostumbrado a una distinción simple. Considerábamos que el objetivo tradicional de la derecha era matar por motivos nacionales o raciales, mientras que la izquierda perseguía el mismo objetivo en nombre de la adscripción de clase. Sin embargo, se ha vuelto insostenible una clasificación tan elemental. Ya en tiempos de la Revolución francesa el nacionalismo y el odio de clase estaban estrechamente relacionados, y desde entonces la intelligentsia siempre ha sabido mostrarse a la altura de las exigencias del momento. Hace unos años, críticos franceses sometieron a una atenta lectura el más célebre de los poemas escritos a la gloria de la Revolución: La Marsellesa de Rouget de Lisle. Tuvieron que reconocer que el poema contenía versos extremadamente sanguinarios, por no decir sádicos. Tras la constatación se planteó un intenso debate. ¿Podía un canto que incitaba a la muerte y al terrorismo seguir siendo el himno de la Grande Nation? ¿No convenía revisar el texto y modificar los pasajes más chocantes? Al cabo de unas semanas se dejó de lado la cuestión, sin duda porque prácticamente nadie, y tampoco los franceses, canta de su himno nacional más que la primera estrofa.

El alma de un oficial, boceto de uno de los diarios de Siegfried Sassoon, poeta inglés que participó en la guerra, 1916
No resulta fácil establecer dónde han hallado terreno más fértil los compositores de cantos de odio, si en la derecha o en la izquierda del abanico político. El enorme atractivo que ejerció el comunismo soviético sobre la intelligentstia, tanto del Oeste como del Este, es incuestionable. El encanto de la teoría marxista no ha sido ciertamente el elemento determinante; no habría podido provocar emociones tan violentas. Por lo demás, los cantores del agit-prop no estaban para embrollarse con teorías. Simplemente apelaban a las fuerzas irracionales que era preciso despertar. La siguiente chispa data de 1920:
“¡Altivos y atléticos, todos los músculos tensos!
¡Que la acción sea vuestra religión!
¡Que vuestra alma sea:
vapor, martillo neumático, electricidad!
[...]
¡Que vuestra hacha baile sobre los cráneos calvos
de los egoístas y de los tenderos enriquecidos!
¡Matad! ¡Matad! ¡Matad! Lo que vale es eso:
de sus cráneos haremos ceniceros”.
Aunque sólo fuese por el título que eligió, 150 millones, el autor da a entender claramente que no habla sólo en su propio nombre, sino que presta su voz a un colectivo gigantesco. Maiakovski se ve a la cabeza de una inmensa conjura. El poema se convierte en una fantasía de omnipotencia. El que habla ya no es un individuo al margen de la sociedad. El poeta marginal se ha convertido en el órgano central de las masas. Habla como si de él dependiera quién deberá morir y quién sobrevivir. Su poder, real o imaginario, se le debió de haber subido a la cabeza. Eso sí, pagó un precio. No es casual que los mercaderes de odio más gritones hayan sido al mismo tiempo especialistas en idolatría y en adulación. A los cuatro años de la aparición de 150 millones, Maiakovski publicó otro poema épico consagrado exclusivamente al culto de Lenin. Agresividad y servilismo van de la mano en ese tipo de compromiso. El final de Maiakovski revela el precio al que compró sus triunfos.
Una compilación de poemas a la gloria de Hitler compondría igualmente un volumen bastante considerable, aunque la lista de los autores que han compuesto himnos Lenin y a Stalin es mucho más impresionante; mientras, los intelectuales que no estaban dotados para el verso hacían cuanto podían por rivalizar al menos en prosa. En lo que toca al efecto de estas peroratas, podemos manifestar algunas dudas. Hay que suponer que la llamada a los instintos de muerte tiene un efecto más profundo que la invitación al culto del Führer. El culto a la personalidad tiene siempre un halo de práctica forzosa; en cambio, el resentimiento hace que se manifiesten las emociones más viscerales: envidia, furor y venganza.
Retrospectivamente, la saga secular de la extrema izquierda y de la extrema derecha presenta semejanzas y extraños reflejos. Durante cierto tiempo hemos podido creer que los disidentes de los países del Este habían roto con esa tradición. Respondían a su adversario todopoderoso de una forma inaudita, francamente sensacional: en el tono de los seres civilizados. Pero rápidamente surgieron excepciones a tan buena regla. Intelectuales como Rasputín en Rusia, Csoori en Hungría, Ziedonis en Letonia, y Gamsachuria en Georgia, se dejaron contaminar por la paranoia de sus enemigos, y muchas de sus declaraciones merecerían un sitio en cualquiera de las antologías de los criminales de la pluma.
Con todo, fue en los Balcanes donde la intelligentsia conoció su recaída más espectacular. Escritores y profesores desempeñaron un papel en la preparación de la guerra en Yugoslavia. La vuelta de los mitos nacionalistas, la denigración de la convivencia pacífica entre etnias y confusiones por el estilo las orquestaron sistemáticamente los más eminentes representantes de la intelligentsia, sobre todo serbia y croata. Quienes intentaron oponerse a esas campañas, fueron objeto de amenazas o de deportación. Apenas unos cuantos resistieron. No hay gran cosa que añadir a tan deprimente constatación de nuestro fin de siglo.
En los países occidentales más ricos, la situación es distinta. Los intelectuales de estas metrópolis se benefician de lo que un filósofo norteamericano ha llamado moral luck: hasta ahora no han sido puestos contra la pared. Lo cual no responde tan sólo a que sus países se hayan mantenido al margen de los grandes conflictos sangrientos. Responde también a que las sociedades pluralistas han dejado de esperar de sus poetas y pensadores el menor mensaje de salvación. Un autor que se dirigiese a un público adoptando la actitud de Kleist, o en términos tan patéticos como los de Maiakovski, caería en el mayor de los ridículos. La idea de que las poblaciones de Francia, de Alemania o de Suecia puedan movilizarse con poemas es absurda. Indudablemente, aquí y allá quedan todavía algunos veteranos o sectarios que insisten en ese papel. Los demás se dan perfecta cuenta de que la infamia debe correr a cargo de otros especialistas. Ya no son filósofos o escritores los que expresan el furor, la frustración y el rencor del público, sino animadores de debates, gurús, jefes de
redacción, predicadores y otros expertos en “formación de la opinión”.
Así pues, la élite literaria y universitaria ya no tiene la tentación de adoptar el papel de portavoz autorizado de toda una nación, una clase o cualquier otra gran colectividad, ni la de manipular los detonadores de las próximas masacres. Al menos desde este punto de vista, la tan deplorada pérdida de autoridad de lo escrito constituye una bendición.
Pero resulta un consuelo bien pobre, ya que, a escala planetaria, la situación es distinta. En muchas regiones del mundo, el intelectual productor de odio es más buscado que nunca. Existen en todos los continentes etnias o comunidades confesionales que se sienten humilladas y oprimidas. Dichos grupos amargados y abandonados a su suerte acogen con gratitud a todos los portavoces que prometen expresar su cólera y su odio, y nunca faltarán candidatos a tal función. Ya sea en los Balcanes o en el Oriente Próximo, en el Magreb o en el Cáucaso, en África o en el subcontinente indio, nunca las perspectivas han sido más favorables para el intelectual productor de odio.
[Hans Magnus Enzensberger, “Los intelectuales y el odio”, La Jornada Semanal, enero 25 de 1998]