CHAMBÚ, DE GUILLERMO EDMUNDO CHAVES
En 1946 salió de la imprenta oficial del departamento de Caldas esta novela escrita por un abogado que ejercía su profesión en Ansermanuevo. Había publicado unos años antes un libro de poesía (Oro de lámparas), ilustrado por Sergio Trujillo Magnenat. Bien recibido por la crítica, Chambú ha sido reeditado varias veces y aun dio pie en 1961 a una adaptación cinematográfica dirigida por Alejandro Kerk.
Por Daniel Gutiérrez Ardila
CIFD - Universidad Externado

Mineros en el río Güelmambí en Barbacoas, Nariño, foto de Robert West,,1950-1954
La novela transcurre entre mediados de la década de 1930 y la Segunda Guerra Mundial, y tiene como escenario una parte del departamento de Nariño, aquella que va de Pasto a Tumaco pasando por Barbacoas. Da consistencia literaria a aquella ruta la vida de Ernesto Santacoloma, un estudiante de derecho que abandona su carrera para tentar la suerte en una mina del río Telembí, impulsado, en parte, por su “regular posición social” (pues la riqueza actúa las más de las veces como aliciente para la inmovilidad y el usufructo). Lo impulsa también una ambición literaria: observar y describir las tierras que lo rodean. Son estas inmediatas y a la vez lejanísimas, en términos geográficos y culturales, por las dificultades del transporte y porque las pueblan compatriotas muy distintos a él.
Una pulsión colectiva, avienta, finalmente a Santacoloma: la atracción del mar, que sienten así mismo los nariñenses menos afortunados, aquellos que se alquilan como peones en las obras públicas o desafían la malaria en las tierras malsanas. Experimentan aun esta pasión las niñas pastusas de buena familia que, disgustadas con los moldes sociales de la encajonada provincia, viajan en vapores a los Estados Unidos y aprenden los encantos del flirt, el baile, los balnearios y el deporte.
Así, Chambú describe la insatisfacción de una sociedad periférica frente al presente; la rebeldía con respecto a la postración serrana del minifundio y la hacienda improductiva; la incredulidad que va ganando los espíritus frente a las distinciones de clase y raza, cuya materialidad va cediendo como un dique enmohecido. Chambú es, sobre todo, reflejo de una insubordinación ante al “minifundio espiritual”, es decir, ante la carencia de “audacia creativa” que suscitaba por doquiera “pequeños minifundios de dolor”.
Para llegar al entable del río Güelmambí, donde lo espera su socio minero, Ernesto Santacoloma debe trasegar por el desfiladero rocoso de Chambú. Allí trabaja su hermano ingeniero en la construcción de la carretera al Pacífico. Santacoloma observa así a los peones que, suspendidos de cables de ochenta y cien metros sobre el abismo, taladran las rocas con sus barretones de acero para sembrar de dinamita las paredes y abrir un corte que permita al cabo sortear un desnivel de seiscientos metros. “Parecía que las rocas estuvieran floreciendo resonancias; y todo Chambú vibró como una inmensa campana de ecos”. Cuando cede el humo, una “línea plomiza” se vislumbra: es el arduo camino, “como si fuera un surco, sobre el propio dolor de la piedra”.
Santacoloma prosigue su deambulación por la trocha que conduce a Barbacoas a lo largo de tres días lluviosos. Es una angostura compartida por los que bajan y por los que suben, esto es, por los viajeros y las recuas, cuya inminencia anuncian las voces de los arrieros: “Lado… laado”; “Adentro, mula bruta”; “Enfilarse carajo”.

Buenaventura, foto de Robert West, 1950-1954
Entre los taludes desgajados por los aguaceros, Santacoloma observa como un cineasta aquellas vías enaltecidas “en su abandono por el seguro trajinar de una gente sencilla y fuerte […] cual si debiera sustentarse sobre las espaldas agigantadas de los arrieros el esfuerzo de un pueblo para sobrellevar el áspero peso de su destino”.
Si era tan arduo el transporte de bayetas y cueros por aquellas lomas, lo era mucho más el de la maquinaria destinada a las minas, que requería la fuerza combinada de varias mulas equilibristas. Gastaban estas hasta diez días en el ascenso, cuando no se despeñaban, ellas también, como los obreros de Chambú…
Comienza a continuación la tercera etapa del viaje iniciático de Santacoloma, esta vez abordo de una canoa que avanza penosamente durante treinta horas:
Trasiega la selva un sopor letal, húmedo y denso como el vaho de una caldera. El aire inmóvil reverbera en espejismos de bochorno. Se ahonda una quietud de estanque turbio, que solo a veces se conmueve con el apagado rumor de un torrente que cae detrás de una lometa de barrancos.
Unos balsos gigantescos hacen fluctuar la sombra marcando la pesadez del tiempo sobre los desolados playones. Al fondo dos bohíos encenizan la selva. Reptan millonadas de insectos. La hora es profunda, viscosa y lenta como el tufo de los cenagales.
Santacoloma llega así al país de la batea y el paludismo. De los buscadores solitarios de oro que se enclaustran en la selva. Es también el lugar donde se encuentran los aventureros serranos con los habitantes de color de las costas. Es el caso de su socio, quien fue jefe de una banda de contrabandistas en la frontera con el Ecuador y ahora vive con una muchacha de diecinueve años, “de apretado temblor de sombra”.
Tras la breve aventura del Telembí, Santacoloma concluye sus estudios en Bogotá y reaparece en Tumaco como visitador del ferrocarril de Nariño para atender los reclamos de los trabajadores. Aquella obra era entonces “un claro en la selva humeante como una charca”, apenas un corredor de sesenta metros de ancho entre los árboles que esperaba encontrarse un día la carretera de Chambú. Los obreros andinos morían por centenares (los “morenos de la costa” preferían recolectar tagua), porque trabajaban haciendo desagües para levantar el terraplén,
con el agua fangosa a la cintura, bajo la lluvia de todas las horas, enfebrecidos por las emanaciones putrefactas de la selva, y succionados por millonadas de mosquitos que hacen odiar hasta el aire y sentir asco de la propia piel.
La deambulación de Santacoloma lo conduce por fin a Pasto. La larga ausencia le permite ahora comprender mejor la situación del indio (su arrinconamiento en campos estrechos, su pupilaje miserable), justo cuando empieza a manifestarse una agitación por la tierra que achaca a treinta años de enseñanza en las escuelas rurales. El abogado impecune observa la fertilidad impotente de los campos del Galeras y constata con amargura que por la carretera tallada en piedra y por el ferrocarril abierto en la selva húmeda no se moviliza casi nada porque la Segunda Guerra Mundial paraliza el comercio, y porque ante la escasez de llantas para los automóviles las mulas han vuelto a encargarse de abastecer los mercados:
¡Brazos caídos, Frutos desesperados!... Pero los hombres no abandonaron la tierra. Así lo quisieron. ¡Así debía quererse!...
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Daniel Gutiérrez Ardila
Es historiador de la Universidad Nacional de Colombia-sede Medellín, Doctor en Historia de la Universidad París 1 y profesor titular de la Universidad Externado de Colombia.
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