MANUEL CEPEDA O EL SUFRIMIENTO COMO ARMA
Las actuales elecciones presidenciales se han estado dirimiendo, en no poca medida, en torno al significado de la vida y la muerte de Manuel Cepeda, un hombre de guerra que ha sido transformado, en contra de toda evidencia histórica, en un amante de la paz. A esta operación narrativa, salida de las oficinas orwellianas del Ministerio de la Verdad, es conveniente oponerle el simple rigor y la incredulidad del historiador.
Por Isidro Vanegas

Atentado terrorista del MOEC en Buga, El Espectador, diciembre 26 de 1961
Las actuales elecciones presidenciales se han estado dirimiendo, en no poca medida, en torno al significado de la vida y la muerte de Manuel Cepeda, asesinado en 1994 por paramilitares en complicidad con algunos funcionarios del Estado. Desde hace años, su hijo lo presenta como alguien que creía “firmemente en la democracia y en la acción política no violenta”,1 razón por la cual, precisamente, habría sido asesinado. De ahí su carácter de víctima emblemática. El ahora candidato del partido de gobierno se ha destacado casi exclusivamente por presentarse como quien representa el sufrimiento infligido por los actores violentos a muchísimos colombianos y por erguirse como vengador, legal y político, del crimen de su padre, cuyos responsables últimos promete acabar de aplastar, si resulta elegido presidente.
El asesinato de Manuel Cepeda es injustificable para quien profese unos mínimos morales. No por ello un hombre de guerra puede ser transformado, en contra de toda evidencia histórica, en un amante de la paz. Peor aún es que tal transmutación sea puesta en función de intereses políticos. A esta operación narrativa, salida de las oficinas orwellianas del Ministerio de la Verdad, es conveniente oponerle el simple rigor y la incredulidad del historiador.
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Con poco más de veinte años, Manuel Cepeda comenzó a militar en el Partido Comunista de Colombia (PCC), cuyo propósito último es instaurar un orden social en que no haya clases sociales, desigualdad ni desventuras humanas, para lo cual esa organización puso en práctica, desde sus inicios, la exigencia leninista de combinar las acciones legales con las ilegales, es decir, la combinación de las formas de lucha.2 Cepeda subsumió su entera existencia en la del PCC que, según sus propias palabras, lo rescató de la mediocridad y dio sentido a su vida. Un impulso místico lo animaba, así como a muchos de sus camaradas, según lo declaró al rememorar sus anhelos juveniles: “fuimos hacia el futuro en un éxtasis, como quien va hacia unos esponsales”.3 Tres antiguos copartidarios suyos recalcan aquella exaltación. Armando Borrero, recordó a Cepeda “como un cura”, que reprendía a los remisos. Álvaro Delgado, lo llamó “cancerbero del marxismo-leninismo”. Medófilo Medina evocó su solemnidad hasta en las cosas intrascendentes y añadió que, “vivió en un pedestal épico del cual le resultaba muy difícil descender”.4 Aquel revolucionario en la vigilia y en el sueño, que por añadidura carecía de dudas de cualquier especie en asuntos políticos, fue promovido, en 1958, a la dirección de la Juventud Comunista –JUCO–, donde permaneció ocho años, cruciales en el despliegue de la nueva variante de la vieja táctica de la combinación de las formas de lucha.
En efecto, el Partido Comunista acordó en los primeros años de la década de 1960 hacerle algunos ajustes a su plan para tomarse el poder. Los núcleos guerrilleros de que ya disponía fueron integrados formalmente a la estrategia de la organización, orientándolos para que pasaran de grupos sedentarios a móviles con vocación expansiva, sin que constituyeran, por el momento, el agente primordial de la lucha, pues tal papel siguió correspondiendo al aparato legal del partido, que debía liderar el forjamiento de las condiciones para la insurrección. La certidumbre de los comunistas en cuanto a la inminencia de la toma del poder, que indujo el avivamiento de su sección armada, activó así mismo las pulsiones agresivas en los demás componentes del partido.
La Juventud Comunista orientó a sus militantes para que pusieran en marcha diversas iniciativas violentas que pueden cobijarse bajo el término de “trabajo clandestino”, término que usó su coordinador, Manuel Cepeda, para referirse al encargo que al respecto le hicieron a Jaime Bateman, uno de los cuadros más sobresalientes en esta vertiente de proselitismo. Aquella orientación se materializó de diversas formas. Por un lado, de las filas de la JUCO salieron los miembros de un grupo encubierto que recibió la designación de AD (Autodefensa) y que luego fue conocido como las Adelitas, encargado de promover prácticas militares y conspirativas entre algunos militantes escogidos, así como de organizar la seguridad en las manifestaciones y los enfrentamientos con la policía. Aparte de las Adelitas, los comunistas colombianos también formaron por esta época la llamada Justicia Patriótica Juvenil (JPJ), que fue “una de las primeras propuestas de guerrilla urbana”, según indica Darío Villamizar. La JUCO, así mismo, formó en sus distintos núcleos de actividad un “secretariado de autodefensa que se haría cargo del adiestramiento conspirativo de los miembros”, añade este investigador.5
Los muchachos liderados por Cepeda no se limitaron a las peleas en las calles o en las universidades, a romper escaparates y a tirarle piedra a la policía. Al igual que ciertos militantes del Movimiento Obrero Estudiantil Campesino, del Frente Unido de Acción Revolucionaria y de las juventudes del Movimiento Revolucionario Liberal, entre otros, ellos también hicieron propaganda armada y colocaron bombas, según lo reconocieron algunos de quienes participaron en tales acciones, como Alejandro Gómez Roa e Iván Marino Ospina, quien declaró: “Participamos en acciones de solidaridad armada con Marquetalia. […] Pusimos bombas”. Por lo que se sabe, los jóvenes comunistas colocaron cuando menos explosivos en Barranquilla, en 1963, uno de cuyos responsables fue capturado. También pusieron en 1966 la que mató a tres personas en el Centro Colombo-Americano de Bogotá.6
La JUCO, así mismo, organizó el envío de algunos de sus militantes más exaltados en comisión a los enclaves armados, para familiarizarlos más aún con la violencia. A fines del año 1960, remitieron delegados a Marquetalia, Riochiquito, El Pato, Guayabero y Sumapaz para una estancia de dos semanas. Su función era impartir un breve curso político a los combatientes, pero lo más importante era llevarles la palabra revolucionaria —palabra cuasi sagrada—, inflamar de un ánimo aún más belicoso a los jóvenes militantes urbanos y estrechar los vínculos entre el componente civil y el militar del partido.7 Cuatro años después, la JUCO delegó a dos de sus cuadros como comisarios políticos en destacamentos guerrilleros. Hernando González Acosta en Marquetalia, y Arturo Alape en el Guayabero.8 El coraje irreflexivo de los jóvenes también fue utilizado para ampliar con bandoleros la capacidad militar del PCC. Hacia 1961 sus directivas dispusieron que el estudiante y militante comunista Ricardo Otero se sumara al grupo de Pedro Brincos, un bandolero sanguinario que operaba en el norte del Tolima desde inicios de la década de 1950. Otero llegó a ser el segundo al mando y murió con las armas en la mano el 15 de septiembre de 1963 en Lérida, población de aquel departamento.9
Manuel Cepeda fue uno de los animadores más destacados de aquella actitud belicosa de los jóvenes comunistas en la primera mitad de la década de 1960. Los incitó con artefactos discursivos en artículos vindicatorios de la combinación de las formas de lucha y en poemas a la gloria de los guerrilleros marquetalianos que irían a regenerar el país. Para él, los hombres en armas de su partido, más que unos campesinos que se defendían de los supuestos agresores estatales, eran el símbolo de la nueva Colombia, que sería parida a balazos. Cepeda incitó a la violencia, también, desde su rol de dirigente, haciendo de los más agresivos el modelo del militante comunista. Así, cuando Jaime Bateman se distinguió como el más brutal de los atacantes del Instituto Colombo-Americano, en Bogotá, en la asonada que la JUCO realizó contra esa institución en 1961, Manuel Cepeda organizó en honor suyo un acto formal de reconocimiento y felicitación.10

Ciudadanos checos repudian a las tropas soviéticas que han invadido su país, agosto de 1968
La impetuosa e incansable labor al frente de la Juventud Comunista le valió a Cepeda su promoción a un puesto en el exterior. En 1966, el PCC lo designó como su delegado permanente en el comité directivo de la Organización Latinoamericana de Solidaridad – OLAS, que Fidel Castro había creado ese mismo año para impulsar y coordinar la lucha revolucionaria en América Latina, particularmente bajo la modalidad guerrillera. En Cuba, Cepeda profundizó su entusiasmo guerrillerista, en la creencia de que las armas eran la expresión más avanzada de la lucha por el cambio social, como lo proclamaban los castristas y lo ponían en práctica de modo sangriento muchos grupos en América Latina. Cuando la OLAS fue disuelta por el gobierno cubano, hacia finales de 1967, Cepeda fue reubicado en otro cargo de la diplomacia extraoficial del comunismo mundial, esta vez en Praga.11
En Checoslovaquia, Cepeda estuvo otros dos años, aproximadamente, ocupando el puesto de delegado de su partido en la Revista Internacional, que editaban allí los soviéticos en 29 idiomas, con la ayuda de cuadros políticos de muy diversos países, como parte de su dispositivo de dirección doctrinaria del comunismo mundial, uno de los últimos vestigios de la Cominform, la agencia de coordinación de los partidos comunistas dirigida desde Moscú. Mientras desempeñaba aquella labor, tuvo lugar, en agosto de 1968, la invasión de las tropas soviéticas a Checoslovaquia, para aplastar la movilización de la mayor parte de la población de ese país a favor de reformas democráticas, buscando transformar el régimen en un socialismo con rostro humano. En aquel periodo incierto, Cepeda se distinguió en los círculos de la Revista por defender de manera intransigente la ortodoxia leninista, según lo pudo observar personalmente su copartidario Álvaro Vásquez. Cuando los carros de combate dijeron la última palabra, Cepeda también defendió la potestad de la metrópoli soviética para hacer cualquier cosa con tal de impedir que sus países satélites tomaran el rumbo que decidieran por sí mismos. Los pueblos debían, inexorablemente, plegarse a los designios científicamente establecidos por la vanguardia revolucionaria, según los cuales el comunismo era la única vía para mejorar la vida humana. No importaba que el comunismo fuera un fiasco en Checoslovaquia —y en todas partes donde se había implantado— y que muy pocos checoslovacos avalaran a las autoridades controladas por Moscú, como lo había podido constatar Álvaro Delgado, el dirigente del PCC que había ocupado el cargo de delegado en la Revista Internacional justo antes de Cepeda. La fe de este en el edén comunista tampoco había menguado por el control policíaco y los seguimientos constantes a que se veían sometidos incluso los delegados extranjeros en aquella publicación.12
A los ojos de Cepeda, y de los demás comunistas colombianos, la invasión soviética de una nación que ellos mismos llamaban libre, era una decisión loable. Por el contrario, la tentativa del Estado colombiano de ejercer el control soberano sobre Marquetalia y demás zonas hegemonizadas por el PCC con sus destacamentos armados, era un acto repudiable. Según ellos, la primera iniciativa tenía como finalidad salvaguardar la paz mundial. La segunda era pura y simple barbarie.13
Al regresar a Colombia, a comienzos del año 1970, Cepeda fue nombrado por la jefatura del PCC como director del periódico de la organización, Voz Proletaria, cargo que ejercería por cerca de 20 años. El semanario, en cabeza suya, continuó siendo portavoz y defensor de los hombres en armas del partido y de todos sus crímenes, en un periodo en que sus frentes de guerra se instalaron en muchas regiones del país. Ni sus asesinatos, ni el terror en las zonas donde se implantaban, ni el secuestro, que los guerrilleros farianos comenzaron a realizar a gran escala a mediados de la década de 1970, recibieron nunca una sola crítica en las páginas del periódico. Así, cuando las FARC secuestraron y luego asesinaron al industrial antioqueño Octavio Echavarría Hernández, en 1976, el editorial de Voz Proletaria —escrito seguramente por Cepeda— proclamó, con asombroso desparpajo e impostada indignación, que el Partido Comunista nunca había predicado el secuestro como un método de lucha.14 En suma, aquella infame práctica era promovida en forma ostensible para luego negar públicamente todo compromiso con ella.15 No se trataba, por supuesto, de una actitud exclusiva o particular de Cepeda, sino de una doctrina y un sentimiento arraigados entre los dirigentes y militantes del PCC.
Desde la dirección de Voz Proletaria, Cepeda fue uno de quienes impulsó con más denuedo el protagonismo del brazo armado comunista en el conjunto de la organización, lo cual ya venía sucediendo debido al crecimiento inercial de las FARC, pero se agudizó con la interpretación entusiasta que toda la izquierda hizo del paro cívico de 1977 y con el auge de las guerrillas en Centroamérica. La capacidad de influencia de Cepeda al interior del PCC se consolidó en 1980, en el 13º congreso de este, que lo escogió para el quinteto del secretariado del comité ejecutivo, las voluntades decisivas, una de cuyas funciones era coordinar la estrategia y los planes con la jefatura del destacamento armado. El punto de vista de Cepeda se constituyó, desde ese momento, en el más decisivo en la dirección y en las filas partidistas, como lo apuntan varios observadores.16
Aquel incremento del protagonismo de las FARC, la guerrilla del PCC, acordado por las directivas comunistas coincidió con el fortalecimiento significativo de ella al tiempo que se incrementaban sus ambiciones. Así, en mayo de 1982, en su séptima conferencia, las FARC acordaron un plan estratégico que debía cumplirse en ocho años, el cual, con algunas modificaciones, sirvió de horizonte a esa guerrilla. Consistía, en líneas gruesas, en dotarse de unos precisos y enormes recursos financieros, logísticos y humanos, para tomarse el poder en un corto periodo mediante un avance envolvente hacia Bogotá y los centros de poder económico, político y militar.17 Este ambicioso proyecto pronto recibió un impulso poderoso e inesperado. El presidente Belisario Betancur les permitió a las FARC vigorizar tranquilamente su aparato armado y hacerse visibles ante la sociedad, creyendo que pronto renunciarían a la guerra. Esto a los farianos ni siquiera se les pasó por la cabeza, como lo dijeron en un documento interno de 1987: “La tregua es una forma de guerra y en ese sentido tiene que ser entendida y utilizada por las FARC-EP con el bien entendido [sic] de que ella se reviste de política en el más amplio sentido de la palabra, con el fin de hacer que las concepciones revolucionarias lleguen a la masa, que es lo vital”.18
El plan de las FARC ante la iniciativa de paz de Betancur fue construido y materializado en acuerdo con el PCC, como era lógico, dado que eran una sola organización. Para los llamados acuerdos de La Uribe, “hubo una coordinación entre los secretariados del PCC y el de las FARC para las grandes líneas de esta política”, contó Álvaro Salazar, por entonces cuadro medio del grupo guerrillero.19 Los logros de las FARC con aquellos diálogos podían verlos con júbilo los interesados, como Manuel Cepeda. Este, según el relato del dirigente comunista Alberto Rojas Puyo, sacó dos conclusiones que estaban en perfecta consonancia con la voluntad de llevar la guerra hasta su desenlace revolucionario. La primera, que “el acuerdo de La Uribe constituía el reconocimiento, por parte del Estado colombiano, de un segundo ejército: las Farc”. La segunda, que “el país debía acostumbrarse a la presencia de ese segundo ejército y que, por lo tanto, la presencia de los efectivos de las Farc, uniformados y en armas, era un hecho bien fundado en el acuerdo de La Uribe y en la nueva situación política creada por el mismo. […] Para Manuel Cepeda, para muchos otros comunistas, sin duda, y para las mismas Farc, había llegado el momento casi de la oficialización de ese segundo ejército”.20
En el marco de aquella búsqueda de la paz condenada de antemano al fracaso por los comunistas legales e ilegales, las FARC crearon, a fines de 1984, la Unión Patriótica, iniciativa ante la cual los dirigentes del PCC tuvieron reticencias inicialmente, que pronto abandonaron para entrar a coordinar el proyecto, temerosos de no poder controlarlo.21 El anudamiento FARC-PCC en el proyecto de la UP se hizo con tanta naturalidad que uno de los arreglos de los jefes de las dos estructuras consistió en un ardid, organizado a fines de 1986, para proteger a los militantes de aquel movimiento político de las previsibles consecuencias sangrientas que tendría el endurecimiento de la confrontación militar ante la decisión de las FARC de acelerar sus planes de guerra. Como lo cuenta el mismo Álvaro Salazar (que esta guerrilla había colocado en un puesto de dirección de la UP), en enero de 1987, se reunieron en el Sumapaz los principales dirigentes de las FARC y el PCC (en ese pleno del comité central, tal es el término técnico, debió estar Cepeda) y acordaron, por un lado, declarar que la UP era independiente de las FARC, lo que hicieron un mes después en el quinto pleno de la Unión Patriótica; y por el otro, poner a mentir a los miembros de las FARC con puestos en la dirección de la UP diciendo que ya no eran combatientes.22
Mientras que las FARC acrecentaban su potencial de muerte, en el PCC “el sector amigo del uso de la fuerza representado por Manuel Cepeda”, enarbolaba con estridencia el objetivo de la solución política a la lucha armada, es decir, presionaba al Estado para que le hiciera concesiones sustanciales a los insurgentes, de modo que estos siguieran procurándose mejores posibilidades de tomarse del poder, último acto de su lucha, que no podría decidirse sino por medios violentos, según el designio explícito de la constelación comunista. “Eso de la supremacía de la lucha armada al final de la jornada, repetido una y mil veces, terminó por ser acatado por el conjunto y aquellos que no participábamos de la fórmula nos quedábamos callados”, concluía el dirigente comunista Álvaro Delgado. Otro dirigente comunista de muchos años, Carlos Romero, también describió la actitud encabezada por Cepeda que prevalecía en el PCC: “sostener la necesidad de la solución política negociada y seguir aferrados a la idea de un posible desenlace militar favorable”. El periodista Steven Dudley, por su parte, concluyó: “La combinación de todas las formas de lucha, la vieja estrategia del Partido Comunista de usar al mismo tiempo medios legales e ilegales para tomarse el poder, era el credo de Manuel [Cepeda] y, como miembro del Comité Ejecutivo del Partido Comunista, tenía entre sus responsabilidades mantener el contacto con las FARC”.23

Una de las personas asesinadas por las FARC en la masacre de La Chinita,
enero de 1994, foto Jesús Abad Colorado
Como disciplinado militante comunista que, según los estatutos y el habitus conspirativo del partido, debía guardar los secretos de su organización, Manuel Cepeda nunca se permitió el menor desliz que revelara el hecho de que su partido tenía una guerrilla, como llegó a reconocerlo en un descuido Gilberto Vieira.24 A lo más que llegó Cepeda fue a conceder que su partido practicaba la combinación de las formas de lucha, pero esta afirmación en él siempre llevaba implícito el artificio explicativo según el cual el aparato armado comunista no era sino la reacción autónoma de los humildes ante los atropellos de los poderosos.25 Asociar al PCC y a la UP con las FARC siempre le dio motivo a Cepeda para encendidas pataletas discursivas, que siguen teniendo un éxito absoluto. Quienes afirmaban tal cosa eran a sus ojos personas moralmente desdeñables, socialdemócratas, derechistas, imperialistas, amigos de la opresión, en fin, seres ruines.26
Un conocido colega de Cepeda en la dirección de la constelación comunista deja sin embargo por el piso aquellas pretensiones. En efecto, Manuel Marulanda en un documento interno de 1988, que figura en la compilación oficial de su propia organización, reconoció abiertamente la unicidad de los aparatos legal y armado del comunismo colombiano. “En la fundación de las FARC, estuvo presente el Partido; desde esa fecha hasta la actualidad, no hay evento donde no esté presente, ayudando, sobre la base de las Conclusiones de los congresos. Es que las FARC son el Partido Comunista. Recientemente, en reunión de los dos secretariados, se acordó elaborar un documento acerca del funcionamiento del Partido en las FARC. […] Hasta ahora, lo que tenemos es bueno; así lo indican los veinticuatro años de existencia de las FARC, donde es obligatoria la militancia partidista, y al calor del Partido, que son las FARC, en todas las áreas guerrilleras hay Partido comunista creado por nosotros. Seguramente, nos hace falta que las células de Partido no sólo se ocupen de la formación político-ideológica de sus militantes, sino que también posean una mayor claridad de la estrategia militar y dominio del Plan de ocho años, para que, en determinado momento, sea todo el Partido el que encare las dos estrategias con miras a la toma del poder. Esta no es tarea exclusiva de las FARC; es del conjunto del Partido, como una organización de masas”, dijo Tirofijo.27
Como adalid irreductible de la lucha armada, Cepeda no se cansó de estigmatizar a quienes dudaran de las bondades del fusil. Encabezó, pues, la cruzada en contra de la corriente que en el seno de la Unión Patriótica lideró Bernardo Jaramillo Ossa, en 1989, la cual renegó del leninismo, la combinación de las formas de lucha y el ideal de la revolución como tabula rasa del pasado. Cepeda, en cabeza de la mayoría del Partido Comunista, le cerró el paso a la candidatura presidencial de Jaramillo, descalificando moralmente a los reformistas, y en el periodo posterior al asesinato de este, libró una lucha denodada para que no fructificara un movimiento socialdemócrata a partir de la Unión Patriótica.28 Fue tanta la prevención hacia los tanteos con la heterodoxia por parte de Jaramillo Ossa que los jefes comunistas interceptaron su correspondencia, lo que algunos adjudicaron específicamente a Cepeda. Aquella fue, según Alberto Rojas Puyo, una actitud “sucia, inaceptable desde todo punto de vista, de manejo inescrupuloso, estalinista […] ese hecho era una expresión de cosas muy hondas, de porquerías muy profundas en la conducta, en la mentalidad de los comunistas”.29
En sus últimos años de vida, mientras crecía exponencialmente la brutalidad de los distintos actores de la violencia en el país, Cepeda no vio, no sintió y no repudió sino las agresiones en contra de los suyos. El narcotráfico, según él, agigantaba los instrumentos de muerte del Ejército y los paramilitares, pero nunca denunció que las FARC también se habían involucrado de lleno en ese negocio.30 Según escribió él mismo, en 1991 visitó al ministro de gobierno para denunciar las atrocidades de los paramilitares, para lo cual, entre otras cosas, le mostró fotografías de alguien torturado y asesinado salvajemente en el Caquetá. “El ministro se crispó ante el horror”, añadió.31 En ninguna parte hay testimonio de que Cepeda hubiera reaccionado de manera semejante ante la barbarie de la guerrilla de su partido, que también la prodigaba sin descanso por todo el país.
Notas
1. “Palabras de Iván Cepeda en el acto de reconocimiento de responsabilidad del Estado por el asesinato de Manuel Cepeda Vargas”, agosto 8 de 2011, en www.prensarural.org/spip/spip.php?article6289.
2. José Cardona Hoyos, “La participación revolucionaria en la lucha electoral”, Documentos Políticos, n° 86, marzo-abril de 1970, p. 46.
3. Manuel Cepeda, Yira Castro: mi bandera es la alegría, Colombia Nueva, Bogotá, 1981, pp. 21, 53.
4. Darío Villamizar, Jaime Bateman, Intermedio, Bogotá, 2002, p. 125; Álvaro Delgado, Todo tiempo pasado fue peor, La Carreta, Bogotá, 2007, pp. 154-155, 18.
5. Darío Villamizar, Jaime Bateman, ob. cit., pp. 133-134; Darío Villamizar, Las guerrillas en Colombia, Debate, Bogotá, 2018, p. 270; Patricia Ariza y otros, Bateman, ob. cit., pp. 76, 164; Patricia Lara, Siembra vientos y recogerás tempestades, 7ª ed., Planeta, Bogotá, 2002, p. 73.
6. Patricia Lara, Siembra vientos, ob. cit., p. 73; Comisión de la Verdad, Hay futuro si hay verdad, t. 11, vol. 13, pp. 66-67; “Por la libertad de Alejandro Gómez Roa”, Voz Proletaria, diciembre 5 de 1963, p. 7; Darío Villamizar, Jaime Bateman, ob. cit., pp. 192-193; “Cuatro muertos y seis heridos por una bomba en Bogotá”, El Tiempo, agosto 5 de 1966, p. 1.
7. Darío Villamizar, Jaime Bateman, ob. cit., pp. 133-134, 200; Arturo Alape, Las vidas de Pedro Antonio Marín, 2ª ed., Planeta, Bogotá, 2004, pp. 12-13, 21.
8. Darío Villamizar, Jaime Bateman, ob. cit., pp. 200-201; Luis Alberto Matta, Colombia y las FARC-EP, Editorial Txalaparta, Pamplona, 1999, p. 144.
9. Orlando Villanueva, Pedro Brincos, Editorial El Búho, Bogotá, 2017, pp. 22-26, 120-127.
10. Manuel Cepeda, “La tarea más importante hasta marzo es el trabajo electoral”, Voz Proletaria, enero 11 de 1968, p. 10; “‘El socialismo ha dado al mundo el más grande ejemplo de humanismo’”, Voz de la Democracia, diciembre 6 de 1962, p. 6; Manuel Cepeda, Vencerás Marquetalia, Editorial Colombia, Bogotá, 1964; Darío Villamizar, Jaime Bateman, ob. cit., p. 137; Patricia Ariza y otros, Bateman, ob. cit., p. 84.
11. Patricia Calvo, “La Organización Latinoamericana de Solidaridad […]”, Revista de Historia Social y de las Mentalidades, vol. 22, nº 1, 2018; “Delegados de OLAS saludan mensaje del Che”, OLAS, nº 15, mayo de 1967, La Habana, p. 32.
12. Lilly Marcou, El movimiento comunista internacional desde 1945, Siglo XXI, Madrid, 1981, pp. 110-111; Álvaro Vásquez, Memoria y luchas sociales, Ediciones Izquierda Viva, Bogotá, 2010, p. 49; Álvaro Delgado, Todo tiempo pasado fue peor, ob. cit., p. 267; Álvaro Delgado, en “Gilberto Vieira: memoria a muchas manos”, texto mecanografiado, Bogotá, 2002, cap. 8, p. 7.
13. Manuel Cepeda, “Tropas del Pacto de Varsovia salvan las conquistas socialistas”, Voz Proletaria, agosto 22 de 1968, p. 1; “Checoslovaquia es y seguirá siendo un país socialista”, Voz Proletaria, agosto 22 de 1968, p. 1; Manuel Cepeda, Yira Castro, ob. cit., p. 26.
14. “Ante la táctica de la provocación”, editorial de Voz Proletaria, abril 29 de 1976, p. 3.
15. Sobre el hecho de que la dirección comunista discutió acerca del secuestro por parte de su guerrilla fariana, y lo aprobó, véase Álvaro Delgado, Todo tiempo pasado fue peor, ob. cit., pp. 230-231, 286, 292.
16. Javier Duque, “El Partido Comunista”, Estudios Políticos, nº 41, julio-diciembre de 2012, p. 137; José Fernelly Domínguez, Las FARC-EP: de la guerra de guerrillas al control territorial, tesis maestría sociología, Universidad del Valle, Cali, 2011, pp. 61, 94; Alberto Rojas Puyo, La paz, un largo proceso, Universidad del Rosario, Bogotá, 2018, p. 221.
17. Carlos Agudelo, “La combinaison de toutes les formes de lutte”. Developpement et crise de la stratégie du Parti Communiste Colombien, monografía de pregrado en sociología, Instituto de Altos Estudios de América Latina IHEAL, París, 1994, pp. 43, 89-90.
18. “Conclusiones generales del ejecutivo ampliado del Estado Mayor Central de las FARC”, febrero 16-18 de 1987, en Mario Aguilera, Guerrilla y población civil, CNMH, Bogotá, 2014, p. 128.
19. Carlos Agudelo, “La combinaison de toutes les formes de lutte”, ob. cit., p. 91.
20. Alberto Rojas Puyo, La paz, un largo proceso, ob. cit., pp. 218-219, 221.
21. Carlos Agudelo, “La combinaison de toutes les formes de lutte”, ob. cit., p. 92.
22. Carlos Agudelo, “La combinaison de toutes les formes de lutte”, ob. cit., pp. 55-56, 93-94; “La UP se declara independiente ante las FARC”, El Espectador, febrero 23 de 1987, p. 7-A; “El congreso de la UP”, El Tiempo, febrero 24 de 1987, p. 4-A.
23. Álvaro Delgado, Todo tiempo pasado fue peor, ob. cit., p. 288; Álvaro Delgado, “Anotaciones a la política del Partido Comunista”, Controversia, nº 190, junio de 2008, p. 67; “Fui ortodoxo, pero ahora he cambiado”, El Tiempo, noviembre 22 de 1991, p. 7-A; Steven Dudley, Armas y urnas, Planeta, Bogotá, 2008, p. 266.
24. Umberto Valverde, ed., Colombia: tres vías a la revolución, Círculo Rojo Editores, Bogotá, 1973, pp. 57, 43.
25. Manuel Cepeda, “¿Vías civilistas o vías excluyentes?”, Margen Izquierda, nº 46- 47-48, marzo-abril de 1990, Bogotá, pp. 4-5; Manuel Cepeda, “Pro y contra de un tema polémico”, Margen Izquierda, nº 51, noviembre-diciembre de 1990, pp. 5-7.
26. Manuel Cepeda, “Un artículo de Socarrás”, Voz Proletaria, nº 1240, junio 30 de 1983, Bogotá, p. 3; Manuel Cepeda, “Guerra sucia y medios de comunicación”, Margen Izquierda, nº 27, junio de 1988, p. 6.
27. Comisión de Historia de las FARC, eds., Resistencia de un pueblo en armas, t. 2, Teoría & Praxis, Bogotá, 2017, pp. 530-531. Los subrayados son míos.
28. “Surge guerra comunista contra la UP”, El Tiempo, diciembre 18 de 1989, p. 7-A; “‘Golpes’ de izquierda entre el PC y la UP”, El Tiempo, noviembre 2 de 1991, p. 6-A; “Fui ortodoxo, pero ahora he cambiado”, El Tiempo, noviembre 22 de 1991, p. 7-A; “La tolerancia fue acallada”, El Tiempo, noviembre 21 de 1991, p. 6-A.
29. Álvaro Delgado, Todo tiempo pasado fue peor, ob. cit., p. 302; Alberto Rojas Puyo, La paz, un largo proceso, ob. cit., p. 277.
30. Manuel Cepeda, “Nace el narcofascismo”, Margen Izquierda, nº 40, septiembre de 1989, p. 7.
31. Manuel Cepeda, “Flecha en el blanco”, Voz, enero 17 de 1991, p. 4.
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Isidro Vanegas Useche
Doctor en historia por la Universidad de la Sorbona. Profesor en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC-Tunja). Es autor, entre otros libros, de La Revolución Neogranadina y Los socialistas colombianos
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