DE RAÚL REYES A SIMÓN BOLÍVAR
Entre los archivos de las FARC y algunos símbolos de la independencia se despliega una inquietante disputa por el sentido de la historia y de la legitimidad política. La figura de Simón Bolívar, convertida durante décadas en emblema de unidad y emancipación, aparece reinterpretada y apropiada por proyectos armados y discursos revolucionarios que buscaron justificar la violencia contemporánea bajo el lenguaje de la liberación continental. Desde Raúl Reyes hasta el chavismo, emerge una cadena de referencias ideológicas en la que el pasado deja de ser memoria para convertirse en herramienta de combate político.
Por Daniel Gutiérrez Ardila

Imagen de Mitú, luego de la toma guerrillera del 1º de noviembre de 1998. Archivo de El Espectador
Selva roja, de Juan José Lozano y Zoltán Horváth (2022), cuenta los últimos años de vida de Raúl Reyes, el segundo hombre más poderoso de las FARC. La acción de la película se desarrolla entre 2003 y 2008, cuando el líder guerrillero murió en un ataque del Ejército colombiano en territorio del Ecuador. Durante ese período, Reyes se esforzó desde el Putumayo por que su organización armada fuera reconocida como beligerante en términos del derecho internacional, y para lograrlo instrumentalizó el infame cautiverio de cientos de civiles, policías y militares.
Ante el acoso del Ejército de Colombia, Reyes debía cambiar a menudo el emplazamiento del campamento, lo que no le impedía sentirse como un pupilo de dos destacados diplomáticos de la Guerra Fría, Henry Kissinger y Andrei Gromiko, cuyos libros trasteaba cuidadosamente envueltos en plástico por las trochas montunas.
Selva roja está basada en el voluminoso archivo de los computadores de Reyes, esto es, en los 11.660 mensajes de correo electrónicos que se encontraron en los aparatos. Por eso, la misma película asegura al comienzo que en ella “todo (o casi)” es cierto.
Vale la pena entonces tomarse en serio una idea que Lozano y Horváth plantean insistentemente. Raúl Reyes soñaba frecuentemente con la ofensiva final, como los farianos en general y la dirección del Partido Comunista. No debe olvidarse que en 1982 se había fijado un plan según el cual la toma del poder debía suceder en ocho años. En la película, cuando Reyes imagina la toma de Bogotá se ve a sí mismo como un nuevo Bolívar que, vestido con casacas bordadas, cabalga hacia la gloria junto a Marx, Lenin y el Che Guevara. Es conocido el febril bolivarianismo de las FARC, pero ¿qué tan sólido resulta el paralelo entre ellas y el llamado Ejército libertador, que emprendió en 1819 la campaña de la Nueva Granada?
Podría decirse que se trataba de organizaciones insurgentes, que ambas luchaban por tomar el control de las poblaciones andinas a partir de los territorios marginales situados al sur, y que aquí como allá se combatía por el triunfo de una causa revolucionaria. También puede afirmarse que tanto las FARC como el Ejército libertador reconocían la importancia de la propaganda, pues eran conscientes de que las buenas relaciones con el exterior eran capitales para el exitoso desarrollo de la guerra.
Ahí concluyen las semejanzas entre las FARC y el Ejército libertador. Las diferencias, en cambio, son importantísimas. En primer lugar, en lo relativo a la retaguardia. Mientras que las FARC en tiempos de los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) estaban obligadas a una penosa trashumancia por las selvas, la República rebelde de Venezuela contó desde mediados de 1817 con un gobierno establecido en Angostura (hoy Ciudad Bolívar), población ubicada en un punto estratégico del Orinoco que permitía, aguas abajo un comercio fácil y constante con el Caribe y el Atlántico, y aguas arriba, relaciones fluidas con el Apure y el Casanare, donde estaban otros importantes grupos de revolucionarios.
La segunda diferencia entre las FARC y los revolucionarios de Venezuela y Casanare fue consecuencia, precisamente de aquel triunfo decisivo en Angostura. Allí podían funcionar las incipientes instituciones revolucionarias y de hecho allí se creó un Consejo de Estado —encargado del Poder Legislativo, de las relaciones exteriores y de asistir al Gobierno en los negocios más arduos—, una Alta Corte de Justicia y un tribunal de comercio. En 1818 se inauguró también un periódico, El Correo del Orinoco, de cuya redacción se encargó el neogranadino Francisco Antonio Zea. El Correo del Orinoco fue desde entonces un órgano de propaganda capital que dio unidad a la causa republicana y difundió por el mundo, según dice el historiador Restrepo, “las crueldades que cometían o habían cometido los españoles, así como las falsedades de sus partes y relaciones de batallas”. El Correo del Orinoco también desperdigó “los principios que justificaban la Independencia de la América española” y dio a conocer “el estado de la revolución de Venezuela, sus desgracias o sus triunfos, tanto a sus pueblos como a las naciones extranjeras”. En Angostura, finalmente, se reunió el 15 de febrero de 1819 el Congreso de Venezuela, que asumió importantes funciones de gobierno y aprobó una Constitución para la República.

Cartel de la película "La selva roja"
El contraste con las FARC de comienzos del siglo XXI es gigantesco, pues estas no disponían de una verdadera retaguardia, lo que les impidió implantar un gobierno digno de ese nombre e implementar instituciones distintas a las precariamente castrenses de que siempre dispusieron. Esta flaqueza impregnó todas las acciones guerrilleras. Basta con mirar los campos donde eran hacinados sus prisioneros, meros corrales circunscritos por altísimas alambradas de púas. La debilidad territorial de las FARC condenó a la desprotección a sus partidarios civiles, fácilmente manipulables por el Ejército, la policía y los paramilitares. Otro aspecto paradigmático de la situación irregular de las FARC son las comunicaciones. Como lo muestra Selva roja, Raúl Reyes, con todo y ser el segundo al mando, tenía ciertamente un computador en el campamento y en él redactaba sus correos, pero no podía enviarlos él mismo por razones de seguridad, de manera que los copiaba en una USB, remitida enseguida con un arriero hasta un lugar distante.
La tercera diferencia entre Bolívar y Raúl Reyes tiene que ver con los propósitos de sus respectivos levantamientos. A comienzos del siglo XIX se pretendía desgajar dominios ultramarinos de España para crear en ellos Estados republicanos, cuyas instituciones estaban en consonancia con muchas ideas propias de las revoluciones de finales del setecientos, así como con la libertad moderada reivindicada por los regímenes que surgieron tras las guerras napoleónicas. En otras palabras, la existencia de Colombia no impugnaba las Restauraciones europeas ni representaba una amenaza para el orden internacional.
Por el contrario, las FARC querían implantar una sociedad comunista y esa lucha tenía también un aspecto “antiimperialista”, es decir antiestadounidense, que las llevó a aliarse con regímenes enemistados con Washington (Cuba y la Venezuela chavista, principalmente). Por ambas razones, su inserción en la comunidad internacional era en extremo difícil.
A ello debe agregarse el problema de la cocaína, droga global a la que los Estados Unidos y las potencias europeas habían declarado la guerra décadas atrás. Las FARC incurrieron sin reparos en la producción y el tráfico del alcaloide, lo que significó relaciones muy turbias con carteles y organizaciones delictivas alrededor del planeta. Desde Angostura, por el contrario, se comerciaba con mulas, cueros, tabacos y otras mercancías inofensivas.
La cuarta diferencia no es menos importante. Para asegurar el triunfo de su causa, el Congreso de Venezuela expidió leyes que imponían al ejército en campaña el respeto de los realistas, siempre y cuando se comprometieran con el nuevo orden tras la “liberación” de sus respectivos territorios. Las FARC, por el contrario, transformaron a los colombianos en enemigos y en una fuente de financiación a través de prácticas abusivas como el secuestro, la extorsión o el abigeato.
La quinta diferencia es capital. En la mayor parte del Nuevo Reino, los revolucionarios imperaron tranquilamente entre 1810 y 1816, cuando se produjo su derrota a manos de las tropas reales. Entonces se implementó en muchas provincias un gobierno punitivo que erigió cadalsos, desplumó a los habitantes del virreinato sin conmiseración, generalizó el reclutamiento y castigó a los pueblos con onerosos tributos y con la construcción de caminos en parajes mortíferos. Las razones del triunfo del Ejército Libertador tras una brevísima campaña son fácilmente comprensibles en ese contexto: la población neogranadina estaba harta en muchas provincias de la pacificación fernandina. Las FARC, entre tanto, fueron labrando el hastío de los colombianos con sus exacciones interminables, sus atentados a la infraestructura, sus ataques a las pequeñas poblaciones y, en general, por el curso de una guerra que llevaba cuarenta años y podía durar otros tantos.
Selva roja insiste en la insania de Raúl Reyes, que aguardaba la victoria, a pesar de todas las evidencias, engullido por la manigua y por una concepción presuntamente científica de la historia. Quizás por eso los directores de la película dan tanto relieve a los insectos voladores que plagaban los campamentos de día y de noche, indiferentes a los discursos grandilocuentes y los delirios del burócrata de la revolución.
Reyes tenía la cabeza puesta en el terreno ilusorio de la diplomacia y el cuerpo en una selva que le domesticaban a cada paso sus subordinados. No podía marchar por el monte sin ayuda, atravesaba los caños cargado, como un niño, y descendía de las canoas en que se transportaba a través tablones que lo preservaban del agua, la misma que mojaba democráticamente a la guerrillerada. Portaba camuflado y armamento, pero se ensangrentaba solo el alma, porque los encargados de matar y combatir eran los de la tropa. Aquella senectud iracunda y prepotente se combinaba entonces con una senilidad de cegatón. Reyes, por supuesto, no fue el único afectado por aquellas dolencias. El resultado fue la pesadilla que todos conocemos.
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Daniel Gutiérrez Ardila
Es historiador de la Universidad Nacional de Colombia-sede Medellín, Doctor en Historia de la Universidad París 1 y profesor titular de la Universidad Externado de Colombia.
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