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EL ESPIONAJE

EN LA EDAD MEDIA

Lejos de la imagen romántica de castillos y caballeros, el espionaje medieval aparece como una práctica silenciosa pero decisiva en la configuración del poder. En un mundo atravesado por guerras, intrigas cortesanas y disputas territoriales, la información se convirtió en un recurso estratégico cuya obtención, manipulación y circulación podían inclinar el curso de las disputas.

Por Jonathan Sumption

01-2 The Siege of Orléans (1428–29).png

El conde de Salisbury es mortalmente herido mientras observa el sitio de Orleans (1428), en Les Vigiles de Charles VII, c.1484

Los gobiernos siempre han valorado la información, pero no toda información constituye inteligencia. En la Edad Media, los reyes dependían de viajeros, como mercaderes, peregrinos y heraldos, para obtener noticias políticas que, en épocas posteriores, irían a aparecer en la primera plana de un periódico. El uso de exploradores por parte de los jefes militares es tan antiguo como la guerra misma. Reconocían el terreno o evaluaban la fuerza de los ejércitos enemigos e informaban sobre sus movimientos.


El verdadero espionaje, sin embargo, va más allá del mero reconocimiento. Es el arte de descubrir los secretos del enemigo. La recopilación sistemática de información secreta comenzó tardíamente en Europa. No fue sino hasta el siglo XVI que se convirtió en una herramienta habitual de la diplomacia y la guerra, pues antes su recopilación había sido asistemática. Los desafíos de la recopilación de inteligencia eran comunes a las guerras de todo el mundo, pero la larga serie de guerras entre Inglaterra y Francia entre los siglos XIII y XV ilustra muy bien las técnicas que fueron empleadas antes de que se crearan los primeros servicios de inteligencia profesionales de Europa.


El método más común para obtener información secreta era también el más rudimentario: enviar espías a escuchar chismes. Las cortes medievales eran notoriamente inseguras. Multitudes de cortesanos, peticionarios y simples curiosos se congregaban en los salones abiertos de los palacios reales. Había muy poco control sobre la entrada y la salida. La consulta era una parte esencial del ejercicio del gobierno, y muchas personas participaban en el proceso de toma de decisiones. Los campamentos militares no eran más seguros: ciudadelas de tiendas de campaña habitadas por miles de soldados, comerciantes, proveedores y prostitutas y a las cuales los extraños podían acceder fácilmente.

La principal dificultad de este método de recopilar inteligencia radicaba en el idioma. Los espías debían integrarse. El idioma, el acento y el dialecto delataban a los forasteros curiosos incluso en un país relativamente homogéneo como Italia. Los ingleses solían superar esta dificultad, pues contaban con numerosos francófonos. Casi siempre había flamencos, habitantes de Hainault y gascones francófonos o exiliados políticos franceses en su corte. Cuando Edward III estuvo en campaña en los Países Bajos entre 1338 y 1340, miembros de la corte de su reina francófona eran enviados regularmente a vigilar cualquier indiscreción en París. Froissart nos cuenta que los ingleses infiltraron en las filas del ejército francés agentes que hablaban con fluidez en inglés, francés y alemán.


Con el paso del tiempo, estas operaciones se volvieron más sofisticadas. En marzo de 1386, mientras los franceses preparaban una enorme flota de invasión en los puertos de Flandes, los ingleses enviaron a Francia a un mercenario de Hainault llamado Hennequin du Bos, quien, al parecer, se infiltró en las casas del conde de Saint-Pol y de Jean de Sempy, gobernador francés de Flandes occidental, ambos involucrados en los preparativos logísticos de la invasión. La misión de Hennequin no duró mucho, pues fue descubierto husmeando en Montreuil y finalmente ejecutado en París. Las confesiones que le extrajeron en las mazmorras de la prisión de Châtelet fueron una mina de información sobre otros espías ingleses. En el apogeo de su actividad, entre 1386 y 1387, dichos espías operaban en gran parte del norte y occidente de Francia, recopilando información desde los trabajos humildes que desempeñaban en las casas de prominentes nobles franceses. También deambulaban por las principales zonas de reclutamiento y concentración disfrazados de tratantes de caballos, hojalateros, comerciantes de telas, monjes o mercenarios. Hacían llegar sus informes de boca en boca al capitán inglés de Calais, quien los analizaba y los transmitía a los ministros ingleses en Westminster. Durante más de 200 años, Calais fue una fortaleza inglesa con guarnición en la costa de Francia, y una ventana abierta a los acontecimientos en Francia. Allí, la administración inglesa era probablemente lo más parecido a un servicio de inteligencia profesional que se podía encontrar en toda Europa en aquel entonces.

A los reyes de Francia, reclutar espías angloparlantes resultaba más difícil. En el siglo XIV, no existía en Francia una comunidad anglófona en la cual reclutar. El idioma inglés apenas se hablaba fuera de Gran Bretaña, ni siquiera como segunda lengua. En 1359, el Delfín Charles, regente durante el cautiverio de su padre, Jean II, en Inglaterra, logró reclutar a dos ingleses naturalizados en Francia que entraron clandestinamente en Inglaterra, pero pronto fueron identificados como espías y se ordenó su arresto. Este fue un caso excepcional.


El gobierno inglés creía que cualquier espía francés en Inglaterra probablemente sería un francés con alguna coartada adecuada para explicar su presencia. Viajaban como comerciantes o mensajeros, o pertenecían a alguna de las comunidades mercantiles extranjeras en Londres. Los monjes pertenecientes a las diversas comunidades monásticas francesas dispersas por Inglaterra constituían otro tipo de extranjeros residentes, perpetuamente bajo sospecha. Esta prevención estuvo justificada por incidentes ocasionales como lo sucedido en 1369 con Jean Bocquet, el prior francés del priorato benedictino de Hayling Island, que fue trasladado a una casa en el interior del país tras ser sorprendido con correspondencia incriminatoria en su poder, situación que fue citada en el Parlamento para justificar el cierre de todos los prioratos extranjeros en Inglaterra. Las autoridades inglesas respondieron a la amenaza de los extranjeros enemigos imponiendo un estricto control sobre los puertos de entrada y las casas de huéspedes. Registraban el equipaje de los viajeros extranjeros. Cerraron los puertos al tráfico civil en preparación para las grandes expediciones continentales. Hubo intentos periódicos de internar o deportar extranjeros. En 1345 y nuevamente en 1380, se informó que la prisión de Newgate en Londres estaba repleta de presuntos espías franceses, lo cual, en gran medida, era simple paranoia. Las personas arrestadas bajo la sospecha de ser espías solían ser interrogadas por funcionarios reales, pero rara vez se encontraban pruebas incriminatorias, como sucedió en 1380, cuando no pudo hallarse evidencia contra ninguno de los prisioneros de Newgate, con solo ocho excepciones, todos los cuales fueron posteriormente absueltos en sus juicios.

Revuelta campesina de 1381 en Inglaterra. A la izquierda, la muerte de Wat Tyler, a la derecha, Richard II dirigiéndose a sus tropas. En Chroniques de Jehan Froissart

Aquel tipo de espionaje era inherentemente poco fiable. Los espías solían repetir chismes oídos de diversas fuentes. Estaban deseosos de ganarse su paga exagerando sus hallazgos. Entre 1384 y 1394, el duque de Borgoña empleó una sofisticada red de espías dirigida desde la ciudad flamenca de Malinas por una persona conocida únicamente por su nombre en clave (“el hombre sin barba”). Se decía que al menos uno de sus agentes estaba destinado en Inglaterra, pero la información que obtuvo era inútil. La mayor parte parece haber procedido de bebedores de taberna en Calais, comerciantes flamencos en Londres o la locuaz comunidad inglesa del puerto holandés de Middelburg. Del mismo modo, los “amigos especiales” que informaron desde Flandes al consejo real inglés en 1435 sobre los planes del duque de Borgoña para atacar Calais causaron pánico en Westminster, pero sus informes eran una mezcla de lo que se conocía públicamente y de fantasías de su propia invención.

La información más fiable provenía de traidores de alto rango que estaban al tanto de las decisiones de los reyes y sus capitanes. Tenían diversos motivos para rebelarse contra sus propios gobiernos. El soborno burdo parece haber sido raro pero un factor común era la condonación de rescates, que tal vez venía a ser lo mismo. Los rescates exigidos a los ricos prisioneros de guerra podían arruinarlos de modo que siempre existía una fuerte tentación de espiar a cambio de la libertad. Uno de los primeros y más notorios casos fue el de Sir Thomas Turberville, quien fue hecho prisionero por los franceses en 1295 durante las guerras de Gascuña y liberado por sus captores a cambio de aceptar que espiara para ellos. Una vez de regreso en Inglaterra, redactó informes para el preboste de París sobre el ejército de Edward I, sobre el estado de las defensas costeras de Inglaterra y sobre muchos asuntos políticos delicados. Turberville fue ahorcado tras ser traicionado por el mensajero que había contratado para llevar sus informes a Francia.

Los rencores fueron otro motivo para servir como espía. Sir John Minsterworth entró al servicio francés luego de enemistarse con su comandante durante la desastrosa campaña inglesa de 1370 en Francia, y luego con la comisión de investigación designada para considerar la causa de la debacle. Fue ahorcado, descuartizado y desmembrado. Pero ni siquiera las horribles penas por traición fueron suficientes para disuadir a algunos ingleses de ofrecerse como voluntarios para espiar a los franceses. A pesar de las restricciones a los viajes y los arrestos masivos, los planes de invasión de Edward III de Inglaterra en 1359 fueron filtrados al rey francés por alguien en Inglaterra descrito en los registros franceses como “excepcionalmente fiable y bien informado”. En 1372, cuando Edward III planeaba la que resultó ser su última campaña militar, el rey francés Charles V recibía informes detallados y precisos de sus decisiones, cuya fuente describió como “personas notables bien dispuestas hacia nosotros en quienes tenemos plena confianza”. Probablemente eran antiguos prisioneros de guerra o funcionarios sobornados.

No obstante, la administración francesa era más vulnerable que la inglesa, ya que durante gran parte de este periodo Francia estuvo dividida por guerras civiles en las que los ingleses se aliaron primero con un bando y luego con el otro. Por lo tanto, no faltaban personas descontentas dispuestas a trabajar por una victoria inglesa. En 1336, mientras Inglaterra y Francia se encaminaban hacia la guerra, el rey de la segunda, Philippe VI se reunió en secreto con dos agentes escoceses en Lyon y acordó enviar un ejército a Escocia para unirse a un ejército escocés e invadir Inglaterra cruzando el río Tweed. En cuestión de semanas, un informe de la reunión de Lyon llegó a manos de los consejeros de Edward III, junto con una descripción extraordinariamente detallada de las fuerzas navales y militares que los franceses planeaban enviar a través del Mar del Norte, información que debió ser obtenida de alguna persona influyente al servicio del rey francés. Dos años después, un traidor francés, o posiblemente un italiano al servicio de Francia, fue ahorcado por delatar los planes para enviar un barco cargado de armas y dinero en efectivo para apoyar un ataque escocés contra Inglaterra, información que permitió a los ingleses interceptar la carga en alta mar. “¿Acaso no puedo hablar en voz baja en mi habitación sin que el rey de Inglaterra me escuche?”, “¿siempre tiene que estar sentado a mi lado?”, se quejó alguna vez Philippe VI. Los sucesores de este tenían motivos para compartir su desesperación. En una ocasión, los embajadores ingleses comentaron a sus interlocutores franceses en los últimos momentos de una conferencia diplomática que todo lo que ocurría en el consejo real francés les era comunicado de inmediato.

 

La queja de Philippe VI sin duda era metafórica, pero los espías enviados para infiltrarse en el enemigo a veces escuchaban las reuniones de planificación francesas. En 1364, el conde de Foix repitió a Carlos el Malo, rey de Navarra, información que había obtenido del secretario privado de Charles V sobre los planes del rey para declararle la guerra a Inglaterra. Tomaron la precaución de hablar al aire libre, en un jardín cerrado, lejos de los secretarios y sirvientes curiosos. Sin embargo, un espía francés a sueldo de los ingleses los escuchó desde detrás de un muro y envió un informe detallado a Inglaterra. Cuando el duque de Orleans invadió el ducado inglés de Aquitania en 1406, el senescal del rey inglés y la ciudad de Burdeos organizaron una impresionante red de inteligencia que proporcionaba información frecuente y generalmente precisa sobre los planes franceses. Al menos parte de esta información fue obtenida por un espía gascón que pudo escuchar a escondidas a los comandantes franceses desde fuera de sus tiendas. Algo bastante similar debió ocurrir en 1424, cuando el rey francés Charles VII planeaba una gran ofensiva en Normandía. Sus capitanes elaboraron sus planes en su cuartel general de Bourges y los modificaron varias veces. Un espía anónimo en Bourges, presumiblemente francés, proporcionó al regente inglés, John, duque de Bedford, información que permitió a los ingleses concentrar sus fuerzas en el lugar y momento precisos, factor que resultó determinante en la desastrosa derrota del ejército francés en Verneuil pocas semanas después.

La correspondencia interceptada era quizás la fuente de información más fiable, pues en ella el enemigo hablaba con su propia voz. La seguridad documental a finales de la Edad Media era laxa. Los mensajes debían escribirse y ser transportados por mensajeros o jinetes. Los códigos y cifrados se usaban raramente antes del siglo XVI y, cuando se usaban, solían ser extremadamente rudimentarios. Los mensajes cifrados del aliado de Inglaterra, Carlos el Malo, rey de Navarra, en la década de 1360, simplemente disfrazaban nombres propios con seudónimos, la mayoría de los cuales se podían adivinar fácilmente. En 1372, los franceses descubrieron el tratado secreto entre Edward III y el duque de Bretaña al interceptar a la esposa inglesa del duque en el camino y registrar su equipaje. La captura del traidor inglés Sir John Minsterworth por las autoridades inglesas en Gascuña en 1377 arrojó un valioso botín de documentos sobre la planeada invasión francesa de Gales. En 1412, durante la cruenta guerra civil entre los príncipes Armagnac y Borgoña, los planes de los Armagnac de aliarse con los ingleses quedaron al descubierto cuando sus representantes fueron capturados mientras se dirigían a la costa para embarcarse rumbo a Inglaterra. Lograron escapar, pero tuvieron que abandonar su equipaje, que contenía instrucciones detalladas y un fajo de cartas náuticas en blanco.

El trabajo de inteligencia eficaz requiere un análisis experto de información procedente de múltiples fuentes independientes. El carácter fortuito de gran parte de la inteligencia medieval dificultaba la búsqueda de múltiples fuentes, pero sin ellas era imposible verificar los informes de agentes inherentemente erráticos o distinguir entre lo auténtico y lo exagerado o falso. También requería un buen conocimiento del contexto político y administrativo en el que el enemigo generaba la información, algo que pocos Estados poseían antes de la era de los embajadores residentes. Los gobiernos inglés y francés de la Baja Edad Media a menudo ignoraban de forma asombrosa datos básicos sobre la política de sus enemigos, lo cual dificultaba, con frecuencia, la interpretación de los secretos que lograban descubrir. Tales eran los principales defectos de la recopilación de inteligencia medieval. Tarde o temprano, los problemas se identificarían y superarían, pero para ello serían necesarias las grandes guerras internacionales del siglo XVI y el drástico aumento de los recursos financieros y burocráticos del Estado.

[Jonathan Sumption, “Inside the world of medieval espionaje”, enero 16 de 2025, en engelsbergideas.com]

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Jonathan Sumption

Es un juez e historiador inglés. Magistrado del Tribunal Supremo del Reino Unido entre 2012 y 2018, es también autor de varios libros de historia medieval.

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