La vida intelectual de las clases trabajadoras británicas
Por Jonathan Rose
The Intellectual Life of the British Working Classes, que estudia las experiencias de lectura de los trabajadores británicos, constituye un texto pionero y desafiante aún hoy. Rose recuerda los orígenes de su libro y reflexiona sobre su resonancia en el mundo actual.

Lección de teología en la Sorbona, ilustración de un texto escrito por Nicolas de Lira, siglo XIV aproximadamente
La vida intelectual de las clases trabajadoras británicas comenzó como un trabajo estudiantil mal redactado, una de las primeras investigaciones que escribí en el posgrado. La pregunta que deseaba abordar era simple: ¿leían los trabajadores de la Gran Bretaña victoriana lo que hoy definiríamos como clásicos? Mi profesor, con razón, me lo devolvió tachado con tinta roja, pero decidí que algún día retomaría el tema y lo haría bien. Eso no me llevó sino otros 25 años.
Mi plan de vida era convertirme en un historiador del campo intelectual convencional, centrado en Grandes Libros, Grandes Ideas y Grandes Pensadores. Sin embargo, estábamos a mediados de la década de 1970 y esas suposiciones estaban siendo puestas en tela de juicio. ¿Quién definía los Grandes Libros? ¿Acaso no era un club de blancos de élite que sólo hablaban entre sí? ¿Y ese discurso no era irrelevante para las “masas inarticuladas”? Esto me parecía infundado y me propuse demostrarles a los escépticos que estaban equivocados, pero me di cuenta de que no podía hacerlo apegándome a las formas tradicionales de escribir historia. Era el apogeo de la “Nueva Historia Social”, que exploraba la vida cotidiana de la gente común centrándose en cuestiones muy concretas como la vivienda, la dieta, los lugares de trabajo y la estructura familiar. Pero ¿por qué no podían emplearse los mismos métodos para estudiar algo menos tangible: las experiencias de lectura de un cocinero, un obrero textil o un trabajador agrícola? No hacía falta ser deconstruccionista —y yo no lo era— para darse cuenta de que un mismo texto puede ser leído de forma muy distinta por distintos lectores: eso es evidente para cualquiera que haya pertenecido a un grupo de lectura. De modo que necesariamente tendría que preguntarme no sólo qué leían las clases trabajadoras, sino también cómo lo leían, para de alguna manera recuperar la vida interior de lectores desconocidos, pero a menudo voraces. Eso me obligó a estudiar fuentes que los historiadores no estaban acostumbrados a tratar: principalmente las memorias de la clase trabajadora (había literalmente miles), pero también diarios, sondeos sociales, cartas a editores y registros bibliotecarios.
El resultado fue La vida intelectual de las clases trabajadoras británicas, texto por el cual la mayoría de editoriales no estaban dispuestas a arriesgarse. Sin embargo, resultó ser un libro multidisciplinar que atrajo a muchos lectores profanos, como lo esperaba. De hecho, me interesa menos escribir para los colegas profesores. Recibí cartas de agradecimiento de personas (no solo de Gran Bretaña) que recordaban haber tenido un padre o un abuelo autodidacta, casos muy parecidos a aquellos cuyas historias había recuperado.
Una desventaja de la historia social es que a menudo reduce a los individuos a “las masas”, a estadísticas, en lugar de considerarlos como seres humanos únicos. Ciertamente, utilicé la cuantificación, pero mi metodología fue esencialmente
puntillista: ensamblaba un mosaico de experiencias personales de lectura hasta que emergía una imagen. Y esa imagen resultó ser un vasto retrato de grupo, no de una “multitud” sino de cientos de pensadores independientes.

Mensajero leyendo a un grupo, de Ludolf de Jongh, siglo XVII
Esa metodología cambió radicalmente la dirección misma de los estudios literarios, al alejarse de los autores y las obras para volverse a centrar en lo que Richard Altick (un historiador pionero de la lectura) había denominado el “lector común”. Al mismo tiempo otros académicos estaban trabajando en líneas similares. Por ejemplo, Elizabeth McHenry en su libro Forgotten Readers: Recovering the Lost History of African American Literary Societies (2002). En cuanto a mi, confieso estar más interesado en una camarera que lee Middlemarch que en la novela en sí, en gran medida porque los lectores comunes a menudo leen libros sorprendentes de maneras sorprendentes. Cuando más tarde investigué acerca de un proyecto de vivienda pública para negros en Louisville, en 1943, me quedé atónito al descubrir que entre ellos la novela más popular era Lo que el viento se llevó. Del mismo modo, mi último proyecto de investigación conduce a una serie de conclusiones bastante contraintuitivas. Estoy indagando acerca de las lectoras de la revista Playboy, de las cuales hubo millones, que superaban en número a las lectoras de la revista Ms. Aquellas mujeres, sorprendentemente, leyeron Playboy como un exponente feminista liberador, y aunque en su mayoría eran heterosexuales, también eran atraídas por las voluptuosas páginas centrales.
En 2001, muchos historiadores aún dudaban de que pudiéramos recuperar las respuestas de los lectores comunes. Desde entonces se ha producido un vasto cuerpo de literatura académica que hace justamente eso, incluyendo Romantic Readers de H. J. Jackson; Book Clubs: Women and the Uses of Reading in Everyday Life de Elizabeth Long; When Books Went to War: The Stories That Helped Us Win World War II de Molly Guptill Manning; She Hath Been Reading: Women and Shakespeare Clubs in America de Katherine West Scheil; y What Middletown Read: Print Culture in an American Small
City de Frank Felsenstein y James J. Connolly. Hoy, los historiadores no occidentales aún dudan de que las experiencias de los lectores comunes no occidentales sean recuperables, pero observan (por ejemplo) el trabajo de Arun Kumar acerca de
trabajadores textiles de Bombay que se autosuperaron.
Si hoy tuviera la oportunidad de reescribir La vida intelectual de las clases trabajadoras británicas, ¿revisaría algo? He cambiado de opinión sobre un tema importante. En 2001, asumí que la tradición del autodidacta se extinguió después de
1945, pero hoy sigue muy vigente. Los clubes de lectura del siglo XXI —incontables miles en el Reino Unido y Estados Unidos— son los sucesores de las “sociedades de mejora mutua” del siglo XIX. Se trata de seminarios sin profesorado, donde los estudiantes seleccionan democráticamente sus lecturas y se educan mutuamente.
Internet es, a pesar de todos sus defectos, la mayor máquina de autoformación jamás inventada, y hace mucho más bien que mal. El hecho de que los poderosos y los ricos quieran controlarlo y censurarlo es un testimonio de su inmensurable valor social. Cuando la desigualdad económica bate récords, cuando los medios de comunicación están cada vez más concentrados en menos manos y son profundamente cómplices de corporaciones y gobiernos, cuando las universidades crean vastas burocracias dedicadas a silenciar el debate, cuando los liberales occidentales han abandonado el liberalismo, los grupos de discusión en línea y los sitios web deben ser preservados como islotes de libre pensamiento y autodirección individual. Por poner un ejemplo ilustrativo, los padres de niños con autismo (soy uno de ellos) pronto descubren que los médicos y los funcionarios públicos les informan poco sobre la epidemia del autismo (ni siquiera admiten que es una epidemia). Así pues, estos padres han eludido los canales oficiales y se informan mutuamente a través de una enorme red comunitaria de plataformas de redes sociales. Estos padres son los sucesores naturales de los trabajadores victorianos que, apoyándose en sus propios recursos mentales, lucharon por comprender un orden social extremadamente injusto. Para consternación de los “expertos”, la búsqueda de la educación autodirigida continúa.
[Jonathan Rose, “The Intellectual Life of the British Working Classes – 50 Years in 50 Books”, octubre 11 de 2023, en yalebooksblog-co-uk]
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