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El lugar común del descarrilamiento de las guerrillas

Por Isidro Vanegas

La idea de que las guerrillas colombianas comenzaron como proyectos idílicos que sólo en una segunda etapa se desviaron hacia la barbarie es puesta en cuestión mediante una revisión de sus objetivos y sus prácticas desde los orígenes.

Fabio Vásquez Castaño, jefe del ELN, con imagen de guerrilleros venezolanos del FALN, déca

Fabio Vásquez Castaño, jefe del ELN, con imagen de guerrilleros venezolanos del FALN, década de 1960

El intento por descifrar las guerrillas revolucionarias en Colombia es resuelto muchas veces dividiendo su largo itinerario en dos etapas. Una segunda, malsana, que se habría caracterizado por las barbaridades que cometieron y siguen cometiendo aquellos grupos; y otra etapa primigenia, en la que estos habrían tratado de alcanzar sus nobles ideales mediante métodos incruentos o escasamente censurables. Dignas de encomio en sus comienzos, las guerrillas se habrían desnaturalizado por el camino.

 

Como tantos otros supuestos de la narrativa de nuestra violencia política, la tesis de la desviación de los grupos guerrilleros, de su objetivo filantrópico y de sus apacibles procederes originarios, expresa una dimisión moral e intelectual. Una ceguera ante los fines que buscaban y ante los medios que utilizaban para conseguirlos, desde sus respectivos momentos fundacionales.

En primer lugar, las guerrillas colombianas que optaron por el objetivo de la revolución lo hicieron inscribiéndose en el horizonte de un poder totalitario que no podía desplegarse sino anulando cualquier iniciativa de la sociedad y aplastando cualquier asomo de libertad. Los comunistas pusieron en marcha las FARC, y las guerrillas que las precedieron, como instrumentos para la instauración de una sociedad como la soviética, donde ya avanzaba el establecimiento de la felicidad definitiva del género humano, según lo proclamaron muchas veces. 1 En realidad, y tal como lo muestran montones de testimonios, Nadiezhda Mandelstam entre ellos, los hombres al mando del Estado soviético emprendieron el aniquilamiento de la humanidad en sus connacionales, mediante el terror sistémico, hasta el punto de hacer de la risa auténtica un acto inusual. “Todos estaban ocupados, todos hacían lo que se les había encomendado, todos cumplían sin rechistar las disposiciones y volvían a sonreír. La ausencia de la sonrisa significaba descontento o temor y nadie se atrevía a reconocerlo: si una persona tiene miedo significa que se siente culpable de algo, que no tiene la conciencia limpia… […] La máscara no se quitaba sino en casa, pero no siempre: ante los hijos había que ocultar el propio espanto, no quiera Dios que en la escuela se les escape algo”. 2


El grupo guerrillero denominado Ejército Popular de Liberación (EPL), por su parte, fue puesto en marcha por una corriente disidente del Partido Comunista que se colocó bajo la tutela de Mao Tse-Tung para materializar con más ímpetu el designio de ofrecerle al mundo un nuevo amanecer. Como el que se ocuparon en construir desde el inicio las huestes del Gran Timonel para los chinos, no sólo mediante el aplastamiento brutal de todo individuo y de todo pensamiento disonante con el del jefe omnisapiente, sino mediante el control de la vida íntima y de los sentimientos. Una joven estudiante en los comienzos del gobierno comunista lo rememora así: “Todos nosotros estábamos asustados. Dejamos de hablar incluso con las personas a las que solíamos ver como muy cercanas. Nadie se atrevía a expresar lo que pensaba, ni siquiera a los más íntimos, porque era muy probable que nos denunciaran. Todo el mundo denunciaba y era denunciado. Todo el mundo vivía con el miedo en el cuerpo”. 3


En cuanto al ELN y al M-19, ambos pusieron en marcha sus dispositivos de muerte para realizar en Colombia una sociedad como la cubana, el primer grupo proclamándolo abiertamente mientras el segundo lo hacía de manera vergonzante. En la isla, el poder omnímodo encabezado por Fidel Castro desterró a cientos de miles de personas, elevó a principio el partido único, aniquiló cualquier forma de disidencia, censuró la plena autonomía individual y persiguió con saña a los homosexuales. Construyó miseria y desesperación para la inmensa mayoría de la población, a las que nos acercan estas palabras del poeta Reinaldo Arenas, desde su destierro: “No tenemos el mar, / pero tenemos mares que no podremos olvidar: / El mar encrespado de la cólera, / el mar viscoso del destierro, / el fúlgido mar de la soledad, / el mar de la traición y del desamparo”.


Los grupos guerrilleros colombianos existieron para hacer advenir aquel orden tétrico que no entra en absoluto en las cuentas de quienes les asignan unos inicios idílicos. Tampoco entran en sus cuentas los mecanismos de espanto que esos grupos utilizaron desde su estreno para alcanzar aquellos objetivos.


Tan coincidente es el terror con la instalación de un grupo armado en cualquier territorio que el cura Camilo Torres, once días antes de incorporarse a las filas del ELN, en octubre de 1965, llamó a los campesinos que presumía simpatizantes con el ejército que liberaría a la nación a que fueran “purificando las zonas de traidores a la causa del pueblo”. 4 En otras palabras, avaló el destierro y el asesinato de los desafectos con el control que estaban imponiendo ya a los campesinos aquellos forjadores del hombre nuevo. Sin embargo, ningún estudioso de las guerrillas ha intentado reconstruir los sufrimientos infligidos a la población de Simacota o de San Vicente de Chucurí o de cualquiera de las zonas donde esos liberadores trataron de implantarse. Tampoco lo que hicieron sufrir a los campesinos del Alto Sinú los guerrilleros del EPL ni se habla en absoluto de las víctimas del M-19, más allá de un manojo de casos que terminan convertidos en anécdotas inocuas de la desenfadada fiesta revolucionaria. Pero si no sabemos mayor cosa de los mecanismos efectivos de coacción de esas guerrillas en el periodo tenido por idílico, en cambio disponemos de amplia información acerca de la forma como intimidaron a la población los primeros destacamentos armados del Partido Comunista de Colombia.


Durante las décadas de 1950 y 1960, los grupos comunistas mataron en combate a soldados y policías, y también en la feroz guerra que libraron, particularmente en el Tolima, contra los liberales, que solo en los años de 1950 a 1952 dejó en el sur de ese departamento más de 200 combatientes liberales y cerca de 40 comunistas muertos. 5 Así mismo, cometieron crímenes como reacción emotiva a las agresiones sufridas o como acto de venganza partidista. En ocasiones, los asesinatos revistieron un carácter sádico, como aparece en cierto hecho de Villarrica hacia 1953, contado por uno de los perpetradores: “la guerrilla se capturó un poco de gente, liberales, godos, y se llevaron pa’l monte detenidos; algunos se dieron de baja, otros inclusive pasaron a las filas de la gente armada y se mató un tipo que vivía más arriba de la casa de nosotros. A raíz de ese problema de la muerte del tipo, la señora salió llorando y los hijos se fueron pa’l pueblo y nosotros teníamos el comando ahí al pie. Entonces, nosotros no lo dejamos sacar y ellos intentaban sacarlo y nosotros no dejábamos, cada vez que llegaban y se tirotiaban y no lo podían sacar; duró como veinte días y al fin en una madrugada, se nos metió la Policía con el fin de sacar el tipo y sacarnos a nosotros”. 6


El asesinato constituyó un recurso pedagógico para enseñar a la población la obediencia sumisa, ante las más diversas órdenes y requerimientos, como el de financiar a los grupos armados. Así, en Villarrica después de 1953 fueron asesinados quienes no pagaban las cuotas exigidas o se negaban a colaborar. Uno de los testigos contó: “hoy mataron a Don Pedro, cuyo apellido no sé y este señor estuvo en mi almacén hace unos ocho días y me dijo que en su casa habían estado exigiéndole contribución para el Movimiento comunista y que le habían dicho que si no se afiliaba y no daba lo de su cuota lo mataban, lo que efectivamente hicieron hoy”. 7 Los homicidios cometidos por los destacamentos comunistas en la década de 1950 fueron muchos más, en todas las zonas donde ejercieron influencia, como Viotá y el Sumapaz, dominado por los partisanos de Juan de la Cruz Varela, miembro del comité central del Partido Comunista desde su incorporación a este. 8

Poster que publicita un documental acerca de la visita de un grupo de teatro japonés a China, en 1967

Simultáneamente con la herramienta del asesinato, los grupos comunistas desarrollaron una política del despojo. Protegían a una parte de la población de ciertas exacciones, pero cometían otras, que incluso fueron elevadas a la categoría de principio político, como se ve en un documento interno de mediados de la década de 1960: “A medida que el enemigo pierda terrenos y dentro de ellos se encuentren intereses de enemigos, el comando deberá irlos confiscando y poniéndolos al servicio de la revolución [...] La revolución necesita ir acabando poco a poco con sus enemigos, los latifundistas, mediante la confiscación de sus propiedades”. 9 No fueron despojados de sus propiedades sólo algunos propietarios de fincas más o menos extensas. Diversos testimonios e investigadores, desde Germán Guzmán, muestran que tanto los mandamases como la organización comunista misma “vivieron de la exacción a los labriegos”, que fueron obligados a pagarles tributos permanentemente. En diversos casos, fueron extorsionados para que hicieran contribuciones económicas e incluso para que les entregaran parte de sus cosechas. Tal lo sucedido en Villarrica, donde los jefes de la “resistencia” en cierta ocasión tomaron para sí los dineros que la comunidad había recolectado para subvenir a sus grandes necesidades. 10

 

El destierro de los adversarios y de los grupos eventualmente hostiles fue un mecanismo adicional para tomar el control de los territorios y su población. Desde la década de 1950, el mandato de los alzados en armas en las zonas donde operaban fue: “o se une o se muere”, que tuvo otra versión no menos cruel: “o se une, o se va, o se muere”. 11 Germán Guzmán corroboró el despliegue de ese dispositivo intimidatorio para que poblaciones enteras desocuparan territorios que los comunistas esperaban controlar. A los habitantes de Santa Rita, les escribieron: “Están muy gloriosos porque están con los hijueputas limpios. Les avisamos que tienen que desocupar, grandísimos amangualados”. 12 En el Sumapaz, el destierro fue practicado a una escala considerable. Un caso típico, entre las decenas que recogió Alonso Moncada en su libro, es relatado por un hombre que poseía algunas fincas. En 1953, cuando vivía en la vereda El Tunal, “llegaban comisiones de hombres desconocidos a la casa y me invitaban que fuera con ellos a juntas que estaban haciendo; una vez fui a una donde habló un tal ‘Titiribí’ y un tal ‘Minuto’; allí en los discursos que echaron recuerdo que decían que había que trancarle al gobierno; nos decían también que no había que ir donde los curas, que no debía ser amigo de ellos; que ese era el lema de ellos y que el que no siguiera con ellos lo mataban. Yo viendo esto, no volví a más juntas de esa clase y entonces por eso me cogieron antipatía y me trataban de sapo. Cuando ya siguió avanzando esta violencia y nos veíamos más amenazados, yo me salí el 28 de abril, me vine por el Páramo para Une y desde esa fecha no volví más por allá”. 13 La estrategia del destierro ponía de presente tanto la potestad sobre la vida como el despojo sistemático de los bienes de quienes no se acomodaban a los propósitos de los grupos armados comunistas.


Aparte de los asesinatos, despojos y destierros, los combatientes comunistas ejercieron diversas formas de coacción para que la población se enrolara en sus filas. Sin duda, muchas personas se sumaron de modo voluntario, por afinidades doctrinarias, pero sobre todo sentimentales, derivadas de las experiencias de violencia sufridas o temidas. No obstante, ha pasado en silencio el reclutamiento forzoso. Diversos campesinos de la región controlada por Juan de la Cruz Varela y sus partisanos contaron cómo fueron intimidados para que tomaran las armas. En la coerción intervenían desde Varela hasta los perdonavidas que comandaban sus grupos armados, siguiendo este itinerario típico. Por la noche, llegaba un pequeño grupo armado a la casa del campesino escogido, llamaban, lo obligaban a salir, le anunciaban que pronto llegaría la policía o el ejército y mataría a toda la familia. Si esto no funcionaba, amenazaban con matarlo, le entregaban un arma y lo incorporaban. 14 En la zona de El Pato, según contó un testigo, este tipo de reclutamiento seguía la misma pauta. Allí, en la década de 1950 un jefe guerrillero comunista de nombre Óscar prometía matar a quienes no se le unieran. “El que no entrara a la fila, lo pelaba”. La amenaza no se quedaba en palabras. 15 En las zonas de Cunday y Purificación, los pobladores también fueron requeridos para que engrosaran los grupos armados, por las buenas o por las malas, y también allí fue usado deliberadamente el miedo a los enemigos locales o los organismos militares del Estado, para obtener adhesiones y obediencia. 16 Los reclutadores esperaban, con razón, que el nuevo combatiente le tomaría el gusto a la revolución y a la sangre, tan familiares la una con la otra siempre.


En síntesis, desde sus inicios, los destacamentos armados comunistas buscaron el control de la población mediante una adhesión voluntaria, que conjugaron con una serie de mecanismos coercitivos; una “administración del temor”, como la denomina un historiador. Esta incluía el asesinato selectivo, el asalto en cuadrilla, el rapto, el secuestro y las desapariciones, el reclutamiento forzado, además de la obligación de hacer contribuciones, en trabajo y en especie, y la persecución a los adversarios políticos. Para administrar el temor también llevaron a cabo un control militar cotidiano, recurrieron al establecimiento de un sistema regular de comunicación, de retenes, de espías y de salvoconductos para la movilización de las personas. 17

 

La tesis del descarrilamiento de las guerrillas deja pervivir sus propósitos, sus procedimientos, su pobre interpretación del país así como la idealización de sus fundadores y sus gestores intelectuales: los grupos armados no pierden nada de su justificación. Más aún, aquella actitud con frecuencia deja entrever cierta contrariedad con el fracaso de dichos engranajes de muerte para alcanzar sus objetivos.

 

Al fin de cuentas, lo único candoroso que hay en las guerrillas es la mirada de quienes no terminan de vindicar unos medios y unos fines lúgubres para llevar este país, atormentado por tantos problemas, a un estado semejante al que imperaba en el mundo antes del pecado original.

Notas

1. “Un modo de vida que garantiza a todos la felicidad”, Voz Proletaria, nº 954, noviembre 3 de 1977, Bogotá, p. 10; Nicolás Buenaventura, ¿Qué pasó camarada?, Ediciones Apertura, Bogotá, 1992, p. 25.

2. Nadiezhda Mandelstam, Contra toda esperanza, Acantilado, Barcelona, 2012, pp. 478-479.

3. Frank Dikötter, La tragedia de la liberación, Acantilado, Barcelona, 2019, espec. p. 308. 

4. Camilo Torres, “Mensaje a los campesinos”, Frente Unido, n° 7, octubre 7 de 1965.

5. Wilmer Tafur, El movimiento guerrillero y el bandolerismo en los municipios de Chaparral y Rioblanco, monografía ciencias sociales, Universidad del Tolima, Ibagué, 2007, p. 91.

6. Jacques Aprile, La crónica de Villarrica, Ilsa / Revista Opción, Bogotá, 1991, pp. 55, 63.

7. Proceso por rebelión contra Isauro Yosa y otros, Villarrica, diciembre de 1954, en Archivo Judicial de Ibagué, Juzgado 5º de Instrucción Penal Militar, expediente 1610, cuaderno 2, ff. 45v-46r, 57r, 58v-59r.

8. Una extensa lista de asesinatos en la zona dominada por Varela en Alonso Moncada, Un aspecto de la violencia, Promotora Colombiana de Ediciones y Revistas, Bogotá, 1963, pp. 249,252, 255, 257, 276-277, 288, 294, 303, 306, 309, 312-313, 316, 319-320, 323, 331-333, 339,342, 346. Ver, también “El foco comunista de Sumapaz, grave amenaza para Colombia”, El Tiempo, octubre 25 de 1961, información departamental, p. 9.

9. Mario Aguilera, Contrapoder y justicia guerrillera: fragmentación política y orden insurgente en Colombia (1952-2003), Iepri, Bogotá, 2014, p. 179.

10. Germán Guzmán y otros, La violencia en Colombia, t. 1, Universidad Nacional, Bogotá, 1962, p. 189; Víctor Eduardo Prado, Sur del Tolima, León Gráficas, Ibagué, 2011, p. 40; Proceso por rebelión contra Isauro Yosa y otros, Villarrica, diciembre de 1954, en Archivo Judicial de Ibagué, Juzgado 5º de Instrucción Penal Militar, expediente 1610, cuaderno 2, f. 62rv; José Jairo González y Elsy Marulanda, Historias de frontera, CINEP, Bogotá, 1990, pp. 134-137, 183; Alonso Moncada, Un aspecto de la violencia, ob. cit., pp. 255, 257.

11. José del Carmen Buitrago, Guerrilleros, campesinos y política en el Sumapaz, Universidad delTolima, Ibagué, 2006, pp. 75-77, 111-112.

12. Germán Guzmán y otros, La violencia en Colombia, t. 1, ob. cit., p. 144.

13. Alonso Moncada, Un aspecto de la violencia, ob. cit., p. 307.

14. José del Carmen Buitrago, Guerrilleros, campesinos y política en el Sumapaz, ob. cit., pp. 75-77, 84-95.

15. José Jairo González, El estigma de las repúblicas independientes, CINEP, Bogotá, 1992, p. 127.

16. Proceso por rebelión, Cunday, mayo de 1955, en Archivo Judicial de Ibagué, Juzgado 6º Superior, expediente 4839, ff. 158v-160v; Proceso por rebelión, Purificación, enero de 1956, en Archivo Judicial de Ibagué, Juzgado 54 de Instrucción Criminal, expediente 6415, ff. 68v-69r.
17. José del Carmen Buitrago, Guerrilleros, campesinos y política en el Sumapaz, ob. cit., pp. 75-77, 81-143.

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Isidro Vanegas Useche

Doctor en historia por la Universidad de la Sorbona. Profesor en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC-Tunja). Es autor, entre otros libros, de La Revolución Neogranadina y Los socialistas colombianos

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