Las memorias del odio, de Rogerio Velásquez Murillo
Por Daniel Gutiérrez Ardila
A partir del trágico destino de Manuel Saturio Valencia, lejos de legitimar la destrucción material como respuesta definitiva al agravio, Rogerio Velásquez advierte sobre la naturaleza cíclica y estéril del estallido colérico, invitando en su lugar a una poderosa contraposición histórica: frente a la trágica ruina del adalid que sucumbe ante el patíbulo, se alza el camino de la redención intelectual personificada por un etnólogo nativo que eligió combatir el olvido a través del rescate riguroso de la cultura, la memoria y las tradiciones de su propia tierra.

Negro del Chocó, en Phanor Eder, Colombia, 1913
Este asombroso libro publicado en 1953 es compendio de varios géneros o mejor, de varias búsquedas. El autor era un etnólogo chocoano que, insatisfecho con el estudio de las sociedades del presente, revolcó archivos y, nuevamente decepcionado por los mensajes balbucientes de los documentos (iba tras sesenta y un fojas útiles de una causa criminal), se decantó por la ficción. Como consecuencia de este itinerario vacilante, el individuo que debía protagonizar la obra perdió sus facciones propias y adquirió una valencia general y borrosa. Así mismo, el contexto particular de la Colombia de fines de siglo XIX (la Regeneración, la guerra de los Mil Días y el gobierno de Rafael Reyes) se esfumó para dar paso a una cronología inmóvil donde el racismo y la pobreza perduran como fuerzas ahistóricas, inmunes al tiempo, indiferentes a la política, impermeables a las fuerzas económicas.
En el comienzo, pues, Manuel Saturio Valencia, condenado a muerte en 1907 como incendiario (quiso destruir Quibdó, llamado Berenjenal en la novela). Al final, trastocado por la literatura, un heraldo intemporal de la rabia, un vengador generalista y, a través suyo, un enjuiciamiento a la sociedad local y al país entero. Por ese camino, Rogerio Velásquez llega, sobre todo, a una pregunta trascendental, no acerca del uso legítimo de la violencia, sino a propósito de las consecuencias del sobresalto destructivo. La tea arde, la madera se consume, se apagan los rescoldos y quedan cenizas, cascotes, damnificados, más sufrimiento, reacción y silencio. La lista de agravios de uno o muchos puede explicar el gesto demoledor, la denuncia iconoclasta, el estallido y el estrépito, pero el observador que se pregunta, como lo hace Rogerio Velásquez, sobre circunstancias de mediana duración, concluye que el arrebato colérico (y la heroización de tristes adalides) hace parte natural de la misma dinámica histórica.
Lo dice ya, muy a su modo, la dedicatoria del libro (“A mi hija Rosa y a los que nacen procesados”) que establece una disyuntiva detrás de la aparente conjunción. El etnólogo chocoano Rogerio Velásquez rompió un círculo que lo extrajo del mundo que recrea cuando se apropia de la voz del incendiario condenado:
Yo nací bueno, puedo asegurarlo. Vine al mundo limpio, con el alma vacía de cosas que me trajeran al patíbulo. Pero ya desde mi menor edad, viví momentos que me perjudicaron. ¿Qué fuerza ciega me hizo arder como pavesa en la hoguera de la fatalidad hasta hacer tambalear mi conciencia hacia la derecha y a la izquierda como un barco desgobernado en la corriente? No sé.
La historia, entonces, dista de ser sencilla, aun para el reo que recuerda en busca de justificaciones. Si el padecimiento era patrimonio común de muchos chocoanos, Manuel Saturio Valencia se convirtió en letrado y abandonó la postración en que debían reptar muchos otros hasta el final de sus vidas. Ciertamente, fue “paje de señores ociosos”, como tantos niños pobres. Llevaba ropa roída, comía mal, y trabajó en la mina “como hombre minúsculo”. Vio allí abortar a las madres al pie de los barrancos y a los hombres “perder las uñas y desollarse los dedos para peinar un grano de oro”. Observó también a los varones hipotecar “en la obra del día todo su futuro”, cuando se hundían “en los zambullideros con chaleco de piedra”.

Indi ́gena del Chocó, en Phanor Eder, Colombia, 1913
El niño Manuel Saturio Valencia conoció, así mismo, la violencia del padre putativo, el maltrato sufrido por la madre y la discriminación en la escuela como trasunto del orden social. Pero no podía o no quiso preguntarse más adelante cuántos de aquellos rasgos trascendían la línea racial y lo hermanaban con otros seres en apariencia muy distintos a él en muchos rincones de Colombia.
Manuel Saturio Valencia fue forjando un temperamento impaciente, más dado al porrazo que a la astucia, y a la lucha vana en lugar de la estrategia paciente: “Como los hombres no veían mi desamparo, quise que hablara la tierra, el agua, el viento, todas las cosas que me habían visto en la marcha, levantando tristezas con mi fatiga y mi deseo. Pero el cielo no quiso decir nada y empecé a odiar al cielo que callaba, al cielo mismo, sordo, lejano y anchuroso…”.
No incidieron en este talante las lecciones de los capuchinos que lo recogieron y lo salvaron de la pobreza y de los oficios ruines. El estudio de las genealogías tampoco le sirvió, a pesar de que comprendió que las “familias rumbosas” escondían “apellidos regalados, hijos incestuosos, mujeres vendidas o compradas por el alcohol, nombres de niños ahogados en la cuna para ocultar una vergüenza”. Si bien quedó al descubierto una hermandad insospechada entre los de arriba y los de abajo, y se hicieron evidentes las conexiones entre ambos mundos, Manuel Saturio Valencia no abandonó su interpretación de la sociedad como espacio de interacción desigual entre “grupos atrincherados”. Pervivió así su voluntad de arrasamiento.
El joven Manuel Saturio tampoco abandonó las certezas que atesoraba cuando viajó como acólito, cocinero y peón por las tierras chocoanas. La geografía le pareció escenario voluble de una misma tragedia, a pesar de que no solo se adentró en la selva de sus antepasados, sino que experimentó las alturas de Caramanta y de la serranía del Baudó. Por doquier, “pueblos semisalvajes”: la monomanía del cruzado. Manuel Saturio Valencia concibió entonces la fundación de una escuela como “misión providencial”, es decir, como desafío al universo. La policía terminó cerrando el plantel, y cuando eso ocurrió, los vecinos lanzaron al iluminado “nubes de guijarros”. Manuel Saturio Valencia fracasó también como juez municipal, porque concebía la justicia como “igualdad aritmética en las relaciones humanas”, el código como un instrumento “para hacer orden en el caos”, la indumentaria como provocación (vestidos blancos, zapatos lustrados, corbatas chillonas) y su autoridad como parcialidad redentora:
¿Cómo cumplir mi tarea de ser proporcionado si en Berenjenal el fraude al hombre es continuo, sistemático, sin que se oiga jamás en los estrados judiciales el grito ni el sollozo, ni el estertor ni la muerte de los que caen por las contribuciones ilegales, por el rabulismo, por las roscas?
Quedaba el alzamiento, el desafío armado. La ocasión se presentó con la guerra de los Mil Días, que permitió a Manuel Saturio Valencia vengar ultrajes: “Porque odiaba la escala de valores en que se apoyaban los que me combatían, buscaba arar la tierra con los huesos de enemigos, clavar cruces en los ríos y meandros, escupir a los que me habían vejado o rendirme fiero y valiente en los desfiladeros siempre como soldado”.
Tras el desahogo vino el acomodamiento de los partidos, una breve prisión y el sueño de las llamas, desencadenadas por una bola de trapo empapada en petróleo. Manuel Saturio Valencia deseaba una expiación colectiva, la destrucción de Berenjenal, el sufrimiento de sus semejantes, el llanto de los niños, “el olor a cabello y a carne”. Obviamente, ante “la masa de fuego que trataba de devorar el caserío, nadie podía encogerse de hombros”. Llegaron el arresto, la prisión, el consejo verbal de guerra y la ejecución.
Al leer Las memorias del odio es preciso contraponer, me parece, el destino del incendiario Manuel Saturio Valencia con el del muchacho de Sipí que se hizo etnólogo en Popayán e investigador del Instituto Colombiano de Antropología, que compiló los cantos populares y los cuentos del Chocó e investigó sobre la historia de su departamento.
Nota: En 2024 salió la tercera edición de Memorias del odio en la colección Posteris Lumen de la Universidad del Cauca.