DEBATE SOBRE LA PAZ EN MEDIO DE LA GUERRA. VENEZUELA, 1820
En la Venezuela de 1820, la prensa se convirtió en un campo de batalla tan decisivo como el propio frente militar: mientras la guerra desgastaba ciudades y cuerpos, periódicos como La Segunda Aurora y el Correo del Orinoco disputaban el sentido de la paz, la legitimidad y la soberanía en medio de la incertidumbre. Entre el discurso conciliador de los monárquicos constitucionales y la respuesta estratégica de los republicanos, la palabra impresa abrió un espacio inesperado para imaginar la reconciliación sin que cesara la violencia.
Por Ángel Rafael Almarza Villalobos
Instituto de Investigaciones Históricas
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Óleo sobre lienzo representando el momento en que Páez manda a volver sobre el enemigo, Arturo Michelena, 1890
El 12 de mayo de 1820, la primera plana de la Gaceta Extraordinaria de Caracas lanzaba al público una frase que sonaba casi a desafío: “La Nación Española que en la guerra ha sido siempre la primera, acaba de manifestar a todo el mundo que en la paz no es la segunda”. No era una declaración militar. Era un editorial de periódico. Y en ese gesto —el de convertir la tinta en arma política— residía algo que ningún cañón podía lograr por sí solo: la posibilidad de convencer.
Ese año, Caracas era una ciudad exhausta. Diez años de guerra civil habían diezmado poblaciones enteras, arrasado haciendas, vaciado familias. El territorio venezolano permanecía partido en dos: al norte y oeste, las fuerzas realistas; al sur y oriente, los ejércitos de la República de Colombia que comandaba Simón Bolívar. La línea de fuego no era estable ni clara. Era, antes que nada, una herida abierta en el cuerpo de una sociedad que ya no sabía bien quién era ni a dónde pertenecía.
En medio de ese paisaje, ocurrió algo inesperado: los periódicos proliferaron. El pronunciamiento del teniente coronel Rafael del Riego en enero de 1820 y la jura forzada de Fernando VII a la Constitución de 1812 abrieron un paréntesis liberal de consecuencias imprevistas. En Caracas, bajo dominio realista, se restableció la libertad de imprenta. Lo que siguió fue un experimento político singular: un debate público sobre la paz en plena guerra.
El giro liberal y sus consecuencias imprevistas
El jefe político de Caracas, Ramón Correa, publicó en la Gaceta de Caracas una declaración significativa: “Podéis publicar vuestras opiniones e ideas: os es ya libre la imprenta: esta arma tan útil cuando la honradez la dirige, y tan perjudicial y funesta cuando sirve de instrumento a las venganzas”. La metáfora era reveladora: la imprenta era un arma. Y los funcionarios realistas lo sabían perfectamente.
Lo que quizás no anticiparon fue la velocidad con que otros también la empuñarían. En los meses que siguieron, Caracas fue testigo de una efervescencia editorial sin precedentes: La Segunda Aurora, El Fanal de Venezuela, El Celador de la Constitución, La Mosca Libre, La Araña, La Mariposa Negra… Pequeñas publicaciones que circulaban entre las manos de una ciudad letrada hambrienta de debate. Pero la apertura liberal inquietó también al sur: el Correo del Orinoco calificó a los líderes del pronunciamiento como “Campeones de la Libertad”, para una semana después preguntarse si bastaría que los principios liberales se impusieran en la península para que los españoles reconocieran la justicia de la causa americana. La respuesta era negativa. Y eso lo decía todo.
La guerra de los significados
Lo que se jugaba en aquellos periódicos no era solo propaganda. Era algo más profundo: la disputa por el significado de las palabras. Paz. Reconciliación. Legitimidad. Constitución. Cada uno de estos términos era, en realidad, un campo de batalla.
La Segunda Aurora, cuyo primer número apareció el 27 de julio de 1820, fue el periódico que articuló con mayor claridad la propuesta monárquica. Su redactor, José Domingo Díaz, encabezó la publicación con un lema latino: salus populi suprema lex esto, “El bienestar del pueblo debe ser la ley suprema”. La paz no se presentaba como una rendición, sino como un imperativo moral. Pero bajo esa apariencia de moderación latía una argumentación más aguda: en su tercer número, el periódico deslegitimaba abiertamente al gobierno republicano del sur y advertía que las “legiones que aterraron a Roma” podían llegar en cualquier momento. El discurso conciliador y el discurso coercitivo convivían en las mismas páginas, y esa coexistencia revelaba la fragilidad de la posición monárquica: si la reconciliación fuera tan atractiva por sí sola, no haría falta amenazar.
La respuesta republicana, articulada desde el Correo del Orinoco, operaba en un registro diferente. Bolívar, en una carta a su amigo Guillermo White, manifestaba satisfacción por los sucesos de España —principalmente porque los soldados que venían a combatirlos se convertían en potenciales aliados— pero su entusiasmo era estratégico, no ideológico. En sus instrucciones al ministro de Relaciones Exteriores era terminante: cualquier negociación de paz dependía del reconocimiento previo de la soberanía colombiana.

Acción del Castillo de Maracaibo, tomado del Museo Nacional de Colombia, 1823
La fatiga como argumento político
Hay un elemento que tiende a perderse cuando se lee este debate solo como enfrentamiento ideológico: la dimensión emocional. Diez años de guerra habían producido una fatiga social que ningún proyecto político podía ignorar. La Segunda Aurora argumentaba que “la masa general está contenta con la ocasión de terminar una guerra cuyos horrores ya han cansado a los pueblos”. Y relataba escenas de oficiales republicanos que, durante la proclamación de la Constitución en Cumaná, habrían gritado “¡Viva la nación, viva la constitución, viva el Rey!”.
Es imposible verificar hoy la veracidad de esas escenas. Pero su función retórica es transparente: mostrar que incluso entre las filas enemigas había un anhelo de paz. Lo que el periódico presentaba como realidad era, en buena medida, un deseo proyectado. Pero ese deseo era real. La fatiga de la guerra era real. Y el debate sobre la pacificación fue el espacio en que esa fatiga encontró expresión pública.
El realismo caraqueño y sus fisuras internas
El campo monárquico caraqueño no era un bloque homogéneo. Había absolutistas que veían en la Constitución una traición al rey legítimo; constitucionalistas moderados que esperaban que el liberalismo gaditano pudiera convencer a los disidentes; y liberales más radicales, como Tomás Lander, cuyas posiciones se acercaban más a la crítica social que a la defensa del orden monárquico. Esta heterogeneidad era, a la vez, una riqueza y una debilidad: generó un debate genuinamente plural, pero reveló la falta de un proyecto político coherente.
El constitucionalismo monárquico era una propuesta seductora en teoría, pero su credibilidad estaba corroída por una pregunta que nadie podía responder: ¿por qué confiar en una monarquía que había derogado esa misma constitución seis años antes? Y cuando Pablo Morillo —el general que había comandado la represión más brutal contra los independentistas— se vio obligado a negociar con el bando republicano, la contradicción se hizo visible para todos. La legitimidad del discurso monárquico liberal llevaba dentro de sí la memoria de sus propias violencias.
Fue en ese contexto donde se produjeron los Tratados de Trujillo, en noviembre de 1820: un acuerdo de humanización de la guerra que representó quizás el momento más interesante del período. Dos ejércitos que seguían combatiéndose acordaron tratar a los prisioneros como seres humanos. Era un gesto mínimo, pero revelador. La guerra continuaría —la batalla de Carabobo, en junio de 1821, sería el golpe definitivo—, pero en el ínterin la prensa había hecho algo que los fusiles no pueden hacer: crear un espacio donde la idea de la paz resultara pensable.
Lo que permanece
Doscientos años después, la pregunta que animaba aquellos periódicos sigue siendo una de las más difíciles de la política: ¿cómo se construye la legitimidad en medio de un conflicto que ha destruido la confianza entre los bandos? ¿Puede la palabra convencer donde la violencia ha fallado? ¿O la retórica de la reconciliación es siempre, en el fondo, una estrategia de quienes están perdiendo la guerra?
La Segunda Aurora quería convencer a los disidentes de que la monarquía constitucional era la única salida razonable. El Correo del Orinoco quería convencer a los vacilantes de que la independencia era el único camino digno. Ninguno de los dos era solo propaganda: ambos expresaban visiones genuinas del mundo y respondían a preguntas reales sobre el futuro. Los actores de 1820 no sabían que Carabobo consagraría la independencia. Vivían en una incertidumbre radical, y sus periódicos son el registro de esa incertidumbre.
Hoy, cuando los debates políticos se libran en plataformas digitales con la misma mezcla de argumentos, estrategias, pasiones y manipulaciones que animaba aquellos pequeños impresos caraqueños, la pregunta de fondo no ha cambiado mucho. Los redactores de La Segunda Aurora y del Correo del Orinoco no tenían respuestas definitivas. Nosotros tampoco. Pero el hecho de que siguieran escribiendo, en medio del estruendo de los fusiles, sugiere que apostaban —quizás a ciegas, quizás con lucidez— por la posibilidad de que las palabras importaran. Esa apuesta, a pesar de todo, no parece tan ingenua.
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Rafael Almarza
Doctor en Historia por la UNAM. Profesor-investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Sus investigaciones se han desarrollado dentro del campo de la historia política y conceptual hispanoamericana .


