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LA POSESIÓN DEL PRESIDENTE OLAYA HERRERA, EN 1930

Por Isidro Vanegas

El presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, posa cargado y rodeado de símbolos patrios,

El presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, posa cargado y rodeado de símbolos patrios, 1989

Las ceremonias de toma de posesión de los presidentes son un momento privilegiado para percibir la manera como el poder político pretende ser visto por la sociedad y como es que los actores del evento se insertan en la historia republicana y recrean las diferencias respecto a sus competidores. La investidura de Enrique Olaya Herrera, el 7 de agosto de 1930, es particularmente significativa no solo porque fue, en el primer siglo y medio de régimen democrático en Colombia, una de las pocas veces en que la sustitución del partido político al mando se hizo de modo pacífico, sino también porque en estos años buena parte de los hombres públicos de los distintos partidos vivieron la política de un modo agonista, inédito en nuestra trayectoria nacional.


El día señalado, los liberales estaban tan entusiasmados con la asunción del nuevo jefe del ejecutivo que muchos percibieron aquel suceso como el “más trascendental e interesante” que hubiera tenido la república en toda su existencia. El cronista del periódico El Tiempo no tuvo dudas al respecto: “en la capital no se tiene noticia de que antes se hubiera registrado ni remotamente un espectáculo de tal magnitud e imponencia”. Agregó que era un acontecimiento desconocido porque nunca, supuestamente, la plaza de Bolívar había albergado un número tan grande de personas pero también porque las muchedumbres que deambulaban por los lugares públicos del centro de la ciudad eran un solo ente imbuido de total confianza en lo que había de acaecer “desde las tres de la tarde en adelante”, cuando el nuevo presidente lo sería ya formalmente. No se trataba, según el narrador, de un estado de ánimo particular de un segmento de los bogotanos, más exactamente de los liberales. Flotaba en el ambiente una especie de aliento mágico o religioso que unificaba la sociedad. Había en la ciudad, indica, un “fluido extraordinario y misterioso que invadió ayer a todos los corazones y se percibía en todas las cosas”. El periodista exageraba, excitado en extremo como lo deja ver su relato, pero un colega liberal, Mario Ibero, apuntó que en un momento el cortejo presidencial había sido objeto “de la más loca, de la más delirante, de la más extraordinaria apoteosis popular de que haya noticia en la república”. Y el principal periódico conservador coincidió en la gran emoción que había embargado a la muchedumbre, que en presencia del mandatario entrante, estuvo “como enloquecida de entusiasmo” gritando vivas.


A la posesión del sucesor de Abadía Méndez concurrieron a Bogotá liberales de muy diversas poblaciones del país, que el jueves 7 fueron por la ciudad de un lado a otro lanzando, de cuando en cuando, vivas al liberalismo, a la Concentración Nacional y a Olaya. La zona céntrica de la capital había sido engalanada y la bandera nacional colocada en los edificios de alguna significación. En diversos lugares, especialmente en las vitrinas de las casas de comercio, fueron exhibidos cuadros patrióticos y documentos alusivos a la elección del político liberal, símbolos persuasivos para los “peregrinos”, que desde las 10 de la mañana buscaron sitio para presenciar la ceremonia, cuyas alocuciones fueron transmitidas por altoparlantes instalados en la plaza de Bolívar y sus alrededores y por todos los teléfonos de Bogotá, que fueron enlazados a los aparatos de radiodifusión del gobierno.


A las tres de la tarde comenzó el acto de investidura, en el salón de plenarias del capitolio nacional, que ocuparon los diplomáticos, el arzobispo y demás autoridades eclesiásticas, los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado, los legisladores, aparte de los invitados, entre quienes había gran cantidad de mujeres. La ceremonia estuvo presidida por los presidentes de las dos cámaras del legislativo, que llamaron a lista a los senadores y representantes y luego de constatar el quórum declararon abierta la sesión. Enseguida, y como era tradicional, el presidente del congreso nombró una comisión para que fuera a la vivienda particular del presidente electo a anunciarle que el cuerpo legislativo estaba instalado para su reconocimiento. Nombró otra comisión encargada de conducir a Olaya desde la puerta del salón hasta el solio presidencial.

El presidente estadounidense James Garfield en la ceremonia de su posesión, marzo  4 de 18

El presidente estadounidense James Garfield en la ceremonia de su posesión, marzo 4 de 1881

Olaya Herrera recibió a la comisión y salió acompañado de esta y de su familia, en medio de una guardia de honor y de una densa aglomeración de personas, cuya emoción, ya intensa, fue exacerbada por el himno nacional, interpretado por varias bandas de música militares y de policía cuando el mandatario se aproximaba al capitolio. Al acercarse al salón, todos los asistentes se pusieron de pie y guardaron silencio por un momento, tras de lo cual prorrumpieron en un emotivo aplauso. Una vez instalado Olaya en el solio, el presidente del congreso, Florentino Goenaga, le tomó el juramento reglamentario. De pie, y ciñendo en su pecho la banda distintiva del cargo, Olaya extendió su mano derecha sobre el capítulo primero del Evangelio de San Juan y pronunció con solemnidad la fórmula constitucional: “Juro a Dios, cumplir fielmente la constitución y leyes de Colombia”, a lo cual Goenaga contestó, “Si así fuere, que Dios y la Patria os lo premien. Si no, que Él y ella os lo demanden”, fórmula sacramental conocida desde las primeras repúblicas neogranadinas.


El presidente del congreso le dirigió entonces al ya formalmente reconocido presidente un corto discurso, que este respondió con otro cuya lectura duró 55 minutos, durante los cuales fue interrumpido por once andanadas de aplausos. Olaya recalcó su voluntad de innovar —aunque de modo sosegado y dentro de la legalidad—, su talante conciliador, su convicción de que lo valioso que había en la experiencia nacional era el resultado del esfuerzo de todos los partidos. En sus palabras apenas dio cabida al mito de origen de la nación (mencionó a Bolívar como símbolo de la unidad que era preciso forjar) pero algunos símbolos que tradicionalmente eran desplegados en este ritual de investidura paliaron esa ausencia. El emblemático edificio en que se desarrolló la ceremonia, el despliegue de banderas, el himno nacional, la banda que portaba el presidente, todo ello tendía a recrear el vínculo afectivo con los hombres que se suponía creadores de la nación, con las mejores tradiciones políticas, con las gestas y las instituciones de las que debían sentirse orgullosos los colombianos.


La ceremonia colombiana de investidura del jefe del ejecutivo era parca en artefactos y en gestos simbólicos, si se la compara con la venezolana. Allí, en gran parte del siglo veinte, el protocolo civil (había también un protocolo militar y otro diplomático) se desarrollaba en cuatro lugares distintos y recurría a tres símbolos centrales: el himno nacional, la banda presidencial y el collar presidencial, que daba acceso a dos símbolos más poderosos aún. En el ostentoso collar, en efecto, reposa la llave del arca donde se conserva el libro de actas del congreso de 1811 y otra llave de la urna donde yacen los restos de Simón Bolívar.

Una vez Olaya Herrera concluyó su discurso, se dirigió a la casa presidencial, donde lo esperaba el presidente saliente, Miguel Abadía Méndez, con quien los acompañantes de uno y otro intercambiaron breves saludos. Olaya comenzó entonces a gobernar, oficio en que debió interactuar con unos actores políticos, comenzando con los dirigentes de su propio partido, que si bien recibieron con entusiasmo su disposición conciliadora, pronto comenzaron a desplegar un estado de ánimo litigioso, como correspondía a un aire social cargado de emociones palingenésicas. Los rituales del poder político en un régimen democrático pueden atenuar pero no borran la fragmentación inextinguible de su sociedad. Pueden menguar la animosidad y ayudar a quitarle sus aristas más irritantes pero no puede deshacer la divergencia y el conflicto.

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Isidro Vanegas Useche

Doctor en historia por la Universidad de la Sorbona. Profesor en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC-Tunja). Es autor, entre otros libros, de La Revolución Neogranadina y Los socialistas colombianos.

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