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UNA REINA NEGRA EN LAS AMÉRICAS:
RUMORES DE LIBERTAD EN ÉPOCAS DE ESCLAVITUD

Por Edgardo Pérez Morales

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Festival de la Reina Negra, por Carlos Julião, Brasil, década de 1760, aproximadamente

En diciembre de 1798, cuando los habitantes de Medellín se preparaban para las fiestas de Año Nuevo, un comentario alarmante se esparció a lo largo y ancho del valle de Aburrá: los esclavos estaban conspirando para levantarse y obtener su libertad por la fuerza. Como los mensajes que difunden los rumores nunca son del todo coherentes, también se murmuraba que esos mismos esclavos estaban esperando la publicación de un decreto del rey de España que les concedía la libertad. Algunos decían que estos siervos pensaban que la orden saldría a la luz el primero de enero de 1799. Esas navidades de fin de siglo fueron tensas en Medellín, especialmente para las autoridades y la gente libre. Entre los esclavos, sin embargo, fue una época de tensión pero también de renovada esperanza, pues muchos de ellos aspiraban ver el fin de la servidumbre.
 

Diecisiete años antes, rumores similares habían circulado en Antioquia y otras regiones del Nuevo Reino de Granada durante la Revolución de los Comuneros, en diciembre de 1781. En aquel entonces, algunos esclavos habían discutido la existencia de un decreto real que les otorgaría la libertad. Los dueños de esclavos y las autoridades, por su parte, también se habían apegado a su libreto habitual: aseguraban que los siervos estaban conspirando para poner el mundo patas arriba, recurriendo a las vías de hecho.
 

Como se ve, en esos momentos de efervescencia (en 1781 como en 1798), se hablaba de violencia, por un lado, y de legalidad por el otro. ¿Había algo de cierto en esos rumores? ¿Quién tenía la razón? ¿Los que predecían actos de fuerza o los que profetizaban un cambio pacífico?
 

Dado que la historia no es una ciencia, es imposible repetir el contexto social y político de aquella época en un laboratorio o mediante un modelo estadístico. Para conocer e interpretar esos rumores de violencia y legalidad aparentemente contradictorios no nos queda más que analizar los documentos antiguos que se conservan en archivos y bibliotecas. Ahora bien, ¿cómo podemos leer esas fuentes? Entre varias posibilidades, hay una que, en mi experiencia como historiador, resulta bastante útil para rebasar los lugares comunes: la lectura de indicios, es decir, la atención a los pequeños detalles, a las palabras o frases inesperadas, a las expresiones a las que casi nadie les presta atención. Modestas, casi invisibles, estas pistas pueden transformarse en ventanas que dejan pasar la luz para iluminar universos culturales insospechados.
 

En los documentos sobre los rumores que circulaban en 1797 hay pistas cruciales que le restan verosimilitud a la hipótesis de las autoridades, según la cual los esclavos estaban conspirando para levantarse y tomar su libertad por la fuerza. Para empezar, ni los espías que escucharon las conversaciones privadas de algunos esclavos, ni los esclavos interrogados por los jueces, mencionaron la violencia; por el contrario, insistían en el comentario de un presunto decreto que los emanciparía por las vías legales. Además de esto, algunos siervos mencionaron que el decreto real les permitiría comprar su libertad por “un peso de oro”: precio simbólico, pues un esclavo joven y sano podía costar hasta entre 200 y 300 pesos de plata, es decir, 150 de oro. Quienes transmitían este rumor estaban convencidos de que su libertad llegaría mediante una transacción legal, sancionada por las autoridades.

Ilustración de Camilo Uribe / @camilouribeposada

José Manuel y Pablo, dos esclavos de la familia Restrepo, en la parroquia de Envigado, dijeron que si su libertad no llegaba en el día de Año Nuevo de 1799, viajarían a Madrid para presentar su causa frente al rey. Otros siervos afirmaron que, tras recibir su libertad, se les permitiría vivir en sus “propios pueblos” y elegir sus magistrados. Se trata de otro detalle relevante, pues durante los días de los Comuneros algunos esclavos habían manifestado su aspiración a ser libres y a entregar tributo “como los Indios”, es decir, a pagar impuestos para alcanzar la libertad y vivir en comunidades semi-autónomas.
 

En vez de un gran complot criminal, estos indicios sugieren que hubo esclavos interesados en encontrar una ruta negociada para cambiar de estatus y convertirse en vasallos libres. Estos indicios, sin embargo, son elusivos. Aparecen en los documentos como por error, pues ningún magistrado o juez les prestó atención ni intentó comprender su procedencia o su lógica. Otro detalle aparece casi por descuido: en una carta al gobernador de Antioquia, el teniente asesor Antonio de Viana manifestó que las autoridades de Medellín no tenían evidencia alguna sobre la conspiración de los esclavos. Al mismo tiempo, otros burócratas aseguraban que sí había un complot, y que los esclavos lo habían “bautizado” con el nombre de “La Candanga”. No obstante, enero de 1799 llegó y ningún evento de esa naturaleza se presentó en Medellín.
 

Siete años más tarde, en 1806, el rumor de un decreto que ordenaba la libertad de los esclavos alarmó nuevamente a las autoridades. Se abrió una investigación criminal de la que se conservan documentos. En estos, la palabra Candanga aparece nuevamente. Un testigo declaró que una “Reina Negra” había llegado a la provincia de Antioquia para liberar esclavos. Se trataba, además, de una reina católica como el monarca español, pues el declarante informó que la soberana escuchaba misa “todos los días en su escondite”. También llamada Candaces o Kandake, la reina Candanga pudo haber sido la versión local de la Reina de Etiopía que aparece en el Nuevo Testamento (Hechos 8:27), conocida en la América Española como uno de los personajes africanos que hacían parte de la historia cristiana de salvación. Años más tarde, en una carta que se conserva en los archivos de Popayán, un amo reportaría que en sus minas de oro se rumoraba que una “Reina Negra había llegado a las Américas a traerles la libertad a los esclavos”, detalle al que nadie parece haberle otorgado importancia.
 

Emerge de estos indicios un patrón cultural complejo: algunos esclavos, interesados en encontrar vías poco riesgosas para obtener su libertad, trataron de utilizar principios legales y religiosos de la época para imaginarse un futuro libre de servidumbre en el que pudieran vivir en la paz cristiana que la monarquía española garantizaba, en teoría, a sus vasallos. Estos esclavos no estaban interesados en trastornar el mundo, sino en incorporarse a él mediante un pacto político más justo.
 

En coyunturas comparables, sociedades humanas a veces encuentran respuestas semejantes: entre los siervos rusos (que no eran más que esclavos en la práctica), el rumor sobre un decreto del zar que estaba a punto de darles la libertad se extendió por esa misma época, en los años 1796-1797. Comunidades de esclavos en Martinica, Venezuela y Barbados también basaron sus esperanzas de libertad en rumores parecidos.
 

Por la vía de los indicios, podemos cuestionar una versión de la historia según la cual las comunidades de trabajadores no libres (siervos, esclavos) veían el fin de su cautiverio únicamente a través del prisma de la revolución, de la violencia. A pesar de la dureza de la esclavitud en las Américas, la rebelión armada fue el camino menos transitado en la tortuosa ruta hacia la libertad.

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