Memorias de micos, de Thomas R. Defler
Por Daniel Gutiérrez Ardila
A través de encuentros con comunidades indígenas, desafíos en territorios remotos y una inagotable curiosidad por el mundo natural, emerge el retrato de una Colombia poco conocida, donde la investigación de campo se convierte en una experiencia humana tan intensa como el descubrimiento científico.

Huaacu y Thomas Defler, Archivo personal de Thomas Defler
Thomas Defler llevaba más de cincuenta y cuatro horas flotando en el río Apaporis cuando por fin llegó a Vila Bittencourt, el primer poblado brasileño del otro lado de la frontera con Colombia. Se hallaba agotado, hambriento y tenía numerosas púas clavadas en el cuerpo, pues durante parte del azorado viaje se aferró al tronco espinoso de una palmera. Sin embargo, estaba con vida. Había logrado escapar de las FARC, que lo expulsaron de su casa y tenían la intención de matarlo, porque juzgaban, sin ningún fundamento, que era un agente de la CIA.
Terminaban así diecisiete años en el Vaupés, adonde Defler había fundado, a diez horas de distancia del pueblo más cercano, una estación biológica (Caparú) con el propósito de estudiar a los micos en libertad y ofrecer una existencia digna o (con suerte) reintroducir al monte a los que lograba rescatar de cautiverios tristes.
Defler nació y creció en Colorado, en el seno de una familia católica que se sintió discriminada por sus creencias hasta la elección de John F. Kennedy. Cursó biología en la universidad del estado, así como una maestría en botánica. Horrorizado con el “conductismo”, que pretendía estudiar el comportamiento animal en laboratorios, tuvo la oportunidad de formarse con la etóloga Margaret Altmann, para quien la observación de los seres vivos solo tenía sentido en el medio natural. A continuación, Defler trabajó en el laboratorio de primates de su alma mater. Allí conoció a Heliodoro Sánchez, jefe del sistema de parques naturales de Colombia, encuentro que decidió su destino.
Tras terminar su doctorado, Defler se convirtió en voluntario del Cuerpo de Paz y llegó a Colombia en 1976 para trabajar como dependiente del INDERENA (Instituto Nacional de los Recursos Renovables y del Ambiente) en el Parque Nacional El Tuparro (Vichada). Allí aprendió muchas cosas sobre micos y comprendió que “los cielos brillantes y estrellados” de las zonas aisladas “dificultaban el sueño debido a toda esa bioluminiscencia”: eran como “un gran grito” que exigía atención y resonaba “una y otra vez durante toda la noche”. También conoció entonces a Federico Medem, un conde letón experto en cocodrilos que le proporcionó contactos clave en el Bajo Caquetá, y a Jorge Hernández Camacho, antiguo miembro del Instituto de Ciencias Naturales y descollante funcionario del INDERENA, quien ponderaba la importancia biológica del Bajo Apaporis. Tras un primer viaje de exploración que le permitió comprobar la existencia de ocho especies de monos en las selvas de la región, Defler decidió que allí haría su vida.
Consiguió quince mil dólares con Wildlife Conservation International y viajó en diciembre de 1981 a La Pedrera con una tonelada de carga. Después de divagar un poco, se topó con el lago Taraira, el más grande de la Amazonia colombiana, con
veinticuatro kilómetros de longitud. Primero escuchó los “gritos roncos” del tucán de Cuvier (Ramphastos cuvieri), el parloteo de loros y guacamayas y el clamor de los monos aulladores (Allouatta). Después vio unos delfines pescando y se encontró con un gran grupo de monos uakarí (Cacajao melanochephalus), especie para él desconocida. En los días siguientes, Defler observó monos lanudos (Lagothrix lagothricha), monos ardilla (Saimiri sciureus) y monos capuchinos (Cebus apella), además de tapires, pecaríes de collar, venados colorados y una gran cantidad de aves. Sintió entonces que podía pasar allí el resto de su vida. Hizo una roza con sus ayudantes indígenas y construyó con ellos una casa cerca de un pequeño arroyo de lecho pedregoso.

Thomas Defler y una amiga en la estación biológica Caparú, Archivo personal de Thomas Defler
Con el tiempo, aquel asentamiento se transformaría en un complejo de seis edificaciones, donde estudiantes colombianos y extranjeros realizarían estancias de investigación. El lugar también se convirtió en un refugio para monos huérfanos (que abundan en las selvas como consecuencia de la habitual cacería indígena) o víctimas de cautiverio, y en un centro de experimentación para la reintroducción de primates en la naturaleza. Se trataba de un asunto polémico:
Algunos creen que no es bueno realizar reintroducciones, debido a la posible propagación de enfermedades a las poblaciones silvestres, y porque los recursos gastados para apoyar a los primates orientados a humanos podrían usarse mejor para apoyar a las poblaciones naturales. Además, debido a que hay tantos primates arrancados de su grupo social y de sus padres para ser criados como juguetes humanos, los esfuerzos para salvar a la mayoría de ellos son, de hecho, imposibles. Algunos creen que sería mejor matar a estos animales huérfanos y colocar sus pieles y cráneos en una colección de museo […] No puedo aceptar esta opinión. Al igual que muchas otras personas que dedican su vida al estudio y conservación de los animales salvajes, considero que cada animal confiscado es un individuo que experimenta dolor, siente hambre y experimenta la ausencia de su hábitat natural. En general, estos animales comparten muchos deseos básicos con los humanos: anhelan libertad, alimento, y ser parte de un grupo social. Muchos de nosotros no vemos una línea trazada que nos separe de los monos y que justifique deshacernos de estos seres vivos como si nada. Muchos de nosotros creemos que vale la pena esforzarse por darles una segunda oportunidad en la vida e intentar los máximos esfuerzos para que regresen a sus bosques.
Defler procedió a trazar una densa red de senderos, única forma de evaluar los desplazamientos y actividades de los micos de Caparú. Poco a poco, construyó ciento veinte kilómetros de trochas: “uno de los sistemas más extensos jamás desarrollados para un estudio de primates”. Durante los primeros días, los animales se alarmaban con su presencia, daban alaridos y le disparaban con palos, ramas secas, semillas duras y bombas de excrementos que, por estar compuestas de pepas ingeridas, constituyen temibles proyectiles. Con el tiempo, los monos se acostumbraron a la compañía del primatólogo y aceptaron su presencia. Defler pudo así convivir con ellos y probar todas las frutas que comían sus primos amazónicos.
La tranquilidad del Bajo Apaporis comenzó a resquebrajarse tras el descubrimiento de oro en un río de la zona en 1988. La Pedrera se convirtió en un pueblo grande lleno de prostitutas, bares, bazuco y cocaína. Su población aumentó en tal forma que los mil habitantes se multiplicaron por ocho en poco tiempo. La fiebre del oro provocó también la llegada de las FARC, dispuestas a sacar provecho de la bonanza. Los guerrilleros visitaron a Defler y le arrebataron sus canoas brasileñas de aluminio y sus motores fuera de borda. El primatólogo digirió con resignación el percance: “al igual que la posibilidad de pisar una serpiente venenosa, acepté el peligro de los traficantes y las guerrillas colombianas como parte de mi elección de vida”.
Tras unos años de tranquilidad, las FARC volvieron a Caparú, desterraron a Defler y lo amenazaron con matarlo si se atrevía a regresar. Lo conminaron a dejar su computador y todas sus notas, que compilaban muchos años de observaciones. Más tarde les prendieron fuego.
El proyecto de Caparú, no obstante su triste final, tuvo importantes consecuencias. Defler contribuyó en forma decidida a la creación en octubre de 2009 del Parque Nacional Natural Yaigojé-Apaporis, que con más de un millón de hectáreas augura la preservación de la cuenca baja de aquel río. Además, dos de sus colaboradores colombianos (Ángela Maldonado y Jaime Castillo) se convirtieron en reconocidos primatólogos. No menos importante, Defler ha escrito este libro entrañable que aboga por la preservación de nuestros pequeños primos, cuatro de cuyas especies están en peligro crítico en Colombia, es decir, al borde de la extinción.
Los largos años observando a los micos y conviviendo con ellos, llevaron a Defler a una conclusión sin atenuantes: mientras que las hembras nunca causaron problemas en Caparú, todos los machos criados en la estación se tornaron agresivos tarde o temprano e hicieron difícil la convivencia. Ello conduce a Defler a formular un interrogante capital:
Los datos sobre la violencia humana, la guerra y el homicidio muestran de forma abrumadora cuál es el sexo culpable de fomentar los problemas de agresión y violencia. Este es un problema masivo en nuestra civilización primitiva, y debemos abordarlo y resolverlo de alguna manera o al menos mejorarlo. ¿Cómo evitar que los machos humanos destrocen la sociedad? ¿Podría ser una solución parcial sustituir a los líderes políticos masculinos por mujeres, por el bien del planeta?
Thomas R. Defler, Memorias de micos. Una vida salvaje en la Amazonia colombiana, Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Bogotá, 2024.
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Daniel Gutiérrez Ardila
Es historiador de la Universidad Nacional de Colombia-sede Medellín, Doctor en Historia de la Universidad París 1 y profesor titular de la Universidad Externado de Colombia.
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