La guerra híbrida en América Latina. Cuando la amenaza deja de tener uniforme
Por Carlos Díaz
En América Latina, los conflictos contemporáneos ya no se libran únicamente con fusiles y ejércitos, sino también mediante campañas de desinformación, presión económica, manipulación política, crimen organizado y disputas culturales. La guerra híbrida describe precisamente esa convergencia de herramientas destinadas a erosionar instituciones, moldear percepciones y alterar el equilibrio de poder sin recurrir necesariamente a una confrontación abierta.

Ataques a la población en México por el Cártel de Jalisco Nueva Generación después de que uno de sus cabecillas, alias el Mencho, fue neutralizado por las fuerzas estatales
En América Latina, la seguridad ya no se entiende solamente como la defensa de las fronteras ni como la persecución del delito común. En varios países, las amenazas se mueven entre puertos, cárceles, redes digitales, selvas, barrios periféricos y corredores de frontera. A veces están acompañadas de armas. Otras veces tienen empresas, rutas, cuentas bancarias y funcionarios a su alcance. Su objetivo no siempre consiste en derrotar al Estado, sino en disputar espacios, condicionar decisiones y hacer rentable la ilegalidad. La finalidad es construir santuarios criminales vedados a la injerencia estatal.
Por eso, hablar de guerra híbrida o de amenazas asimétricas exige cierta prudencia. No se trata de aplicar una fórmula importada a realidades distintas, sino de observar cómo cada Estado nombra aquello que lo inquieta. Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú coinciden en reconocer que el crimen organizado, las economías ilícitas y la violencia política o territorial han modificado el lenguaje de la seguridad. Los remedios, sin embargo, son variados.
De las guerrillas a los grupos criminales
Durante la Guerra Fría, la Revolución cubana y la disputa hemisférica entre Estados Unidos y la Unión Soviética estimularon el surgimiento de guerrillas comunistas y nacionalistas en América Latina, orientadas a promover proyectos revolucionarios de inspiración socialista. Después de 1959, aparecieron o se consolidaron organizaciones armadas en Argentina, como Montoneros; Colombia, como las FARC, el ELN, el M 19 y el EPL; El Salvador, como el FMLN; México, alrededor de Lucio Cabañas; Nicaragua, con el FSLN; Perú, con el MIR, el ELN y Sendero Luminoso; Uruguay, con los Tupamaros, y Venezuela, con las FALN, entre otros casos. En este proceso, Cuba desempeñó un papel relevante como referente político, campo de entrenamiento y apoyo logístico, aunque la trayectoria de cada organización dependió de condiciones nacionales específicas.
La respuesta norteamericana a estos desafíos a su poderío regional fue la llamada Doctrina de Seguridad Nacional, que promovió la construcción de enemigos internos en América Latina. Bajo este marco, los guerrilleros, sus simpatizantes políticos y, en numerosos casos, personas asociadas con organizaciones de izquierda fueron tratadas como amenazas al orden político. Esta concepción favoreció políticas contrainsurgentes, persecuciones estatales y formas de violencia que desbordaron el combate contra organizaciones armadas, como detenciones ilegales, torturas y desapariciones forzadas.
El final de la Guerra Fría incentivó la desmovilización de varios grupos armados existentes en ese momento, ya fuera por derrota militar y política, como ocurrió con Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru en Perú; por el reconocimiento de un empate militar costoso, como sucedió en El Salvador entre el FMLN y el Estado; o por la combinación de debilitamiento estratégico y negociación, como pasó con el M 19 y, años después, con las FARC en Colombia.
En la actualidad, la única guerrilla latinoamericana surgida en los años sesenta que permanece activa es el ELN de Colombia, cuya presencia se ha extendido hacia estados occidentales de Venezuela. Si bien no cuenta con la capacidad organizativa necesaria para aspirar a la toma armada del poder nacional, conserva fuerza militar y política suficiente para producir desestabilización, sostener una guerra de desgaste y cooptar gobiernos locales. Además, su doctrina milenarista tiende a excluir el tiempo de sus cálculos estratégicos, pues supone que alguna fractura en la integridad estatal, en diez, cincuenta o cien años, abrirá la situación revolucionaria necesaria para el advenimiento del orden social prometido por sus sacerdotes-comandantes, sin importar la sangre derramada en el camino. En esa concepción, el regreso al paraíso no tiene fecha de caducidad.
De los fallos en la desmovilización de las guerrillas y de grupos paramilitares, como las contras nicaragüenses o las autodefensas colombianas, surgieron organizaciones criminales que heredaron parte de las economías ilícitas de las antiguas agrupaciones armadas. Estas nuevas asociaciones del crimen controlan actividades económicas transnacionales como el narcotráfico, la minería de metales preciosos, minerales estratégicos y tierras raras, la trata de personas y otros negocios. Estos nuevos empresarios ilegales aprovechan las crecientes redes de circulación de información, capitales y mercancías que caracterizan a la globalización, con el fin de producir bienes codiciados en los mercados mundiales: drogas y minerales. Estas organizaciones, por lo demás, no tienen como objetivo la toma armada del poder nacional, pues aspiran, sobre todo, a controlar gobiernos locales capaces de brindar complicidad y protección a sus negocios.
En suma, los nuevos grupos criminales no son ejércitos irregulares que aspiran a convertirse en fuerzas estatales, sino agrupaciones más pequeñas y con recursos suficientes para adquirir drones y otras armas de punta. Su violencia se orienta a proteger la operación de sus rentables inversiones ilegales. De ahí la dificultad que enfrentan los estados para caracterizarlos y combatirlos, pues son versátiles y móviles, mientras la doctrina militar sufre de inercia institucional. Además, sectores importantes de la clase política latinoamericana han sido históricamente tolerantes, cuando no simpatizantes, con estos grupos de “nuevos ricos”. Una solución provisional a esta dificultad conceptual es el uso de la expresión “guerra híbrida”.
Usos y significados de la “guerra híbrida”
Acerca de la “guerra híbrida” no hay consenso, cada país la define y afronta de forma diferente, pues los nuevos fenómenos tensan la tradicional clasificación seguridad-policía y defensa-fuerzas militares. En este sentido, las autoridades argentinas han tomado la postura más cautelosa. Su Ministerio de Defensa advierte sobre el “riesgo de la importación de doctrinas”, entre ellas la “denominada guerra híbrida y sus múltiples variantes”, porque podrían resultar “desprofesionalizantes” para las Fuerzas Armadas. Tras esa prevención está la memoria de la Doctrina de Seguridad Nacional y de sus efectos sobre la vida política. La conclusión argentina es clara: narcotráfico, terrorismo y criminalidad organizada pertenecen a la seguridad interna, no al Sistema de Defensa Nacional.
Sin embargo, esa separación doctrinal no elimina el problema. El propio Estado argentino reconoce que la narcocriminalidad y la marginalidad social pueden facilitar el control territorial de grupos criminales en zonas determinadas. La paradoja es evidente: el país busca impedir que las Fuerzas Armadas vuelvan a ocupar funciones de seguridad interior, pero al mismo tiempo observa que algunos grupos delictivos adquieren poder territorial, capacidad de intimidación y presencia social.
El gobierno de Brasil parte de otra premisa. Allí el sector defensa reconoce que los conflictos del futuro pueden tener origen impreciso, estructuras de mando difusas y un uso intenso de las redes sociales. Su doctrina menciona guerras de información, conflictos de pequeña escala, drogas, ilícitos transnacionales, actos terroristas y grupos armados al margen de la ley, como son el Primer Comando de la Capital y el Comando Vermelho. En esa lectura, la frontera entre defensa y seguridad no desaparece, pero se vuelve más porosa. El Estado debe vigilar ríos, ciudades, cárceles, fronteras y circuitos financieros.
El Estado chileno formula con mayor claridad la categoría de amenazas híbridas. Las define como actividades hostiles que combinan métodos convencionales y no convencionales, entre ellos desinformación, ciberataques, terrorismo, sabotaje e insurgencia, sin cruzar necesariamente el umbral de una agresión militar convencional. También considera que el crimen organizado transnacional puede constituir una amenaza para la seguridad nacional.
En Colombia, marcada por décadas de conflicto armado, el gobierno usa otra voz: multicrimen. Con ella designa a grupos armados organizados y grupos delictivos organizados que amenazan la vida y los derechos ciudadanos, entre los que se encuentran el ELN, las disidencias de las FARC y organizaciones posparamilitares como el Clan del Golfo de Urabá. La expresión busca captar una mutación: actores que ya no viven de una sola renta ni obedecen a una sola causa. Coca, cocaína, minería ilegal, extorsión, corrupción y contrabando forman un portafolio que les da continuidad territorial y recursos políticos.
Las entidades de seguridad mexicanas, por su parte, reconocen que sus Fuerzas Armadas deben ser modernas y adaptables ante amenazas asimétricas. En su diagnóstico, el crimen organizado transnacional, el lavado de dinero y el financiamiento al terrorismo se ubican entre las principales amenazas a la seguridad nacional. La experiencia mexicana muestra que los grupos criminales pueden disputar rutas, ciudades y economías locales sin necesidad de presentarse como ejércitos regulares, que es como operan, por ejemplo, el Cartel de Jalisco Nueva Generación y el Cartel de Sinaloa, que son las principales organizaciones delictivas del país.

La Pampa, área devastada por la minería ilegal en la región de Madre de Dios, en Perú
El gobierno de Perú adopta un enfoque multidimensional. Bajo esa fórmula incluye terrorismo, delincuencia organizada transnacional, drogas, corrupción, lavado de activos, tráfico ilícito de armas y delitos conexos. La inteligencia nacional clasifica el crimen organizado y la delincuencia común como amenazas centrales. La seguridad pública, a su vez, identifica la acción de organizaciones criminales nacionales y transnacionales como el problema principal.
Este mapa doctrinal de la región deja algunas reflexiones. Todos los países observan amenazas más móviles, mezcladas y difíciles de clasificar. Sin embargo, la respuesta institucional depende de la historia política de cada Estado. Argentina teme repetir viejas confusiones entre defensa y seguridad interna. Brasil y Chile aceptan una zona de cooperación entre instituciones. Colombia y México conceden un papel mayor a la Fuerza Pública y a las Fuerzas Armadas. Perú conserva un papel central para la Policía Nacional.
Las respuestas estatales
Las estrategias estatales latinoamericanas frente a la “guerra híbrida” comparten un vocabulario: inteligencia, cooperación interagencial, coordinación internacional, control territorial y ataque a las finanzas criminales. Sin embargo, ese vocabulario común no produce instituciones iguales. Cada país decide hasta dónde llegan las fuerzas armadas, qué lugar ocupa la policía y qué riesgos implica trasladar una amenaza criminal al lenguaje de la defensa.
El Estado argentino mantiene la línea divisoria. El combate al crimen organizado corresponde a las fuerzas de seguridad interna. Esta decisión busca proteger la profesionalización militar y evitar que la defensa nacional sea usada para ordenar conflictos sociales o criminales internos. Su fortaleza es la prudencia institucional, mientras que su dificultad es enfrentar redes criminales que no respetan esa separación.
El gobierno de Brasil apuesta por integración e inteligencia. Su estrategia consiste en enfrentar el crimen organizado y los flujos que lo alimentan: mercancías ilícitas, drogas, fraudes bancarios, lavado de dinero y corrupción. También plantea articular el Sistema Único de Seguridad Pública, intensificar la inteligencia y mapear liderazgos criminales en prisiones de máxima seguridad. La frontera aparece como un espacio clave de cooperación internacional.
Las agencias de seguridad chilenas buscan adaptar la defensa sin convertirla en sustituto de la seguridad pública. Su política contra el crimen organizado procura disminuir la actividad de las organizaciones criminales mediante la acción planificada y coordinada del Estado. La Defensa coopera con control de zonas fronterizas, apoyo técnico logístico, transporte e inteligencia residual.
En Colombia, el Estado intenta una aproximación más directa, aunque no puede ser considerada una estrategia. El gobierno ha ordenado a la fuerza pública que desarticule las organizaciones multicrimen mediante cooperación interagencial, vínculos con países de la región y socios internacionales, además de ataques contra las economías ilícitas. La lógica es clara: mientras el actor armado dependa de rentas criminales, la acción militar o policial debe afectar sus recursos. Sin embargo, el anhelo de “pacificación total” del actual gobierno ha ampliado el límite de lo tolerable frente a ciertos grupos criminales, como el ELN y las disidencias de las FARC, con el propósito de generar condiciones para una eventual negociación política, que aquellas organizaciones han usado más bien como un recurso táctico. El resultado ha sido el aumento de la presencia territorial de estos grupos y de su capacidad de causar daño a la población.
El gobierno de México recurre a la acción conjunta del Ejército, la Fuerza Aérea y la Guardia Nacional para mantener el orden interno. Las operaciones en zonas fronterizas han producido detenciones y decomisos de armas, según los informes oficiales. Esa estrategia muestra el peso que han adquirido las fuerzas militares en la seguridad cotidiana, aunque también obliga a preguntar por los controles civiles, la eficacia sostenida y los efectos territoriales de largo plazo.
Por último, el Estado peruano formula una lucha frontal contra la delincuencia común y el crimen organizado. El plan asigna a la Policía Nacional el fortalecimiento del control territorial y la lucha contra organizaciones criminales. Frente a otros casos, la respuesta peruana conserva una conducción policial más marcada, aunque sus desafíos se extienden hacia territorios donde la economía ilegal se conecta con mercados internacionales.
Una región ante amenazas mezcladas
La guerra híbrida, el multicrimen y las amenazas asimétricas no son sinónimos. Nombran fenómenos próximos, pero no idénticos. La guerra híbrida alude a la combinación de medios convencionales y no convencionales bajo umbrales ambiguos de agresión. El multicrimen describe grupos que acumulan rentas ilegales, control territorial y violencia. Las amenazas asimétricas señalan la distancia entre actores estatales y no estatales que no combaten con los mismos medios. Usarlas como etiquetas generales puede oscurecer más de lo que aclara.
Por esa razón, el principal desafío analítico consiste en no transformar la complejidad delictiva en un asunto exclusivamente militar. El crimen organizado puede amenazar la seguridad nacional sin convertirse siempre en un problema de defensa. También puede exigir cooperación militar limitada sin desplazar a las policías, fiscalías, jueces, aduanas, unidades financieras y gobiernos locales. La eficacia no depende solo de quién porta las armas del Estado, sino de quién entiende las economías que sostienen al actor criminal.
La comparación entre los gobiernos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú muestra una región que comparte riesgos, pero no una sola doctrina. Cada país traduce la amenaza desde su historia, sus instituciones y sus temores. No hay una receta regional. Hay, más bien, una pregunta común: cómo enfrentar actores que mezclan delito, economía, violencia, tecnología y control territorial sin desordenar los límites que protegen a la población civil.
La proliferación regional del crimen organizado y de economías ilegales transnacionales exige replantear las narrativas que explican su surgimiento y persistencia, así como fortalecer la cooperación entre los países para romper las redes de circulación que las sustentan. Estos grupos no aspiran a la toma armada del gobierno ni a la revolución social. Su objetivos políticos se limitan a impedir la intervención del Estado en sus actividades criminales, por ello, busca santuarios delictivos en los cuales la soberanía no se ejerce. La negociación que les corresponde es el sometimiento a la justicia, pues concederles estatus político implica otorgarles una legitimidad que no tienen y que, a la larga, puede fortalecerlos. La pobreza no produce por sí sola organizaciones armadas, aunque facilita la reposición constante de reclutas. La lucha armada revolucionaria perdió vigencia en América Latina y conviene reconocerlo sin ambigüedades.
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Carlos Díaz
Es historiador colombiano de la Universidad Nacional de Colombia y doctor en Historia de El Colegio de México. Sus investigaciones se concentran en la construcción del Estado en América Latina, para lo cual ha contribuido a la recuperación y activación de archivos históricos.
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