Totalitarismo. El mismo perro con distinto collar
Por Vladimir Tismaneanu
Los dos tipos básicos de totalitarismo suelen presentarse como proyectos opuestos e irreconciliables pero en realidad comparten una misma ambición: concentrar todo el poder, moldear enteramente la sociedad y subordinar el individuo a una verdad única e incontestable.

Collage de líderes totalitarios (en cada fila, de izquierda a derecha): Joseph Stalin, Adolf Hitler, Mao Zedong, Benito Mussolini y Kim Il-sung.
El debate sobre la naturaleza y la legitimidad (o incluso la aceptabilidad) de las analogías entre las tiranías ideológicas del siglo XX (el comunismo radical, o más bien el leninismo, o, como algunos prefieren, el estalinismo, de un lado; y el fascismo —o, más exactamente, el nazismo— de otro) se centra en la interpretación del mal político último y su impacto sobre la condición humana. Dicho brevemente: ¿se puede comparar a dos ideologías (y prácticas) inspiradas por visiones esencialmente diferentes de la naturaleza humana, del progreso y de la democracia sin dejar escapar su differentia specifica, difuminando importantes diferencias doctrinales y axiológicas? ¿Fue la centralidad del campo de concentración —la única “sociedad perfecta”, como en cierta ocasión la calificó Adam Michnik— el único y horrible denominador común entre los dos sistemas en su estadio “altamente efectivo” (Zygmunt Bauman describe nuestra época como “un siglo de campos de concentración”)? ¿Tenía razón François Furet cuando supuso que la raíz del comunismo podía ser encontrada en la búsqueda de una democracia de masas tras la Ilustración, en tanto que el fascismo representaba exactamente lo contrario? ¿Fue el fascismo, como afirmó Eugen Weber, “una revolución rival” que vio al comunismo solo como un “competidor en la fundamentación del poder” (en palabras de Jules Monnerot)?
Las comparaciones entre el comunismo y el fascismo, y entre el estalinismo y el nazismo, son útiles y necesarias. Mi propuesta comparativa se centra en el acervo compartido entre ambos movimientos, al tiempo que reconoce sus diferencias cruciales. Más aún, estoy de acuerdo con Timothy Snyder en que “los sistemas nazi y comunista deben ser comparados, no tanto para entender a uno u otro como para entender nuestro tiempo y a nosotros mismos”. El comunismo y el fascismo forjaron visiones de la modernidad basadas en programas de cambio radical que tendían a la homogeneización y la transformación social, económica y cultural implicando “la renovación total del cuerpo social”. Estaban fundadas en utopías inmanentistas imbuidas de fervor escatológico. Dicho de otra forma, las tormentas ideológicas del siglo XX fueron la manifestación de una hybris contagiosa de la modernidad. Por tanto, las lecciones que aprendemos al compararlas tienen un significado universal y casi atemporal para cualquier sociedad que desee evitar un descenso desastroso a la barbarie y a formas genocidas de exterminio. Los dilemas contemporáneos de un mundo globalizado pueden resultar iluminados por un examen adecuado de las falacias desastrosas del pasado.
El fin de una época
La guerra civil europea tuvo lugar realmente en el siglo XX, pero lo que estaba en juego no era la victoria del bolchevismo sobre el nazismo o viceversa. Se trató más bien de la ofensiva conjunta de ambos contra la modernidad liberal. Ambos movimientos totalitarios estaban intoxicados de “un estado de expectación inducido por la certeza intuitiva de que está terminando una fase de la historia para dar paso a otra”, un estado de Aufbruch que se convirtió en la base ideológica del proyecto totalitario de reconfiguración de la realidad social. Esto explica la aquiescencia de tantos comunistas a la complicidad nazi-soviética, incluyendo el pacto de no agresión de 1939: los militantes radicales veían a las “decadentes” democracias occidentales como condenadas a desaparecer y estaban por tanto dispuestos a aliarse con esos fascistas que también eran antiburgueses. Esto no equivale a afirmar que el antifascismo fuese solo un truco propagandístico del Komintern o que el antimarxismo no fuese una componente central del nacionalsocialismo. La tesis es que los dos movimientos eran esencial e inflexiblemente opuestos a los valores, instituciones y prácticas democráticas. El pensador político alemán Karl Dietrich Bracher afirmó en cierta ocasión que “los movimientos totalitarios son hijos de la era democrática”. En su forma más elaborada, en la Unión Soviética y Alemania, el leninismo y el fascismo representaron “un ataque feroz y una alternativa temible a la modernidad liberal”. Sus experimentos simultáneos les situaron en una “intimidad mutua negativa” en el marco europeo de “guerra y revolución”: un “abrazo mortal” que llevó el sufrimiento y la destrucción a niveles sin precedentes en la historia.
En mi opinión, el esclarecimiento de estos asuntos es de enorme importancia para poder comprender las auténticas encrucijadas políticas, morales y culturales del orden de postguerra fría, un orden que Ken Jowitt supone que está “libre de leninismo”, pero en el que el leninismo y su legado fundamentalista-primordialista, sin embargo, todavía pesan sobre la memoria y la imaginación políticas. Por lo demás, vivimos en un mundo en el que no solo siguen resucitando los espectros postcomunistas, sino que los engaños fascistas (y sus consecuencias prácticas) no están enteramente enterrados. La guerra entre el liberalismo y sus enemigos revolucionarios (y la nostalgia de ellos) no ha terminado, y no es imposible que surjan nuevas variedades de utopías políticas extremistas.
En una famosa escena de su novela La condition humaine, André Malraux capturó el gran sueño del comunismo del siglo XX o, al menos, los momentos romántico-heroicos asociados con lo que el escritor francés llamó una vez la ilusión lírica. La escena tiene lugar en China, durante la fallida insurrección comunista de 1926. Se le pregunta a un militante comunista arrestado por el Kuomintang qué encuentra de atractivo en la causa por la que lucha. La respuesta es: “soy comunista porque el comunismo defiende la dignidad humana”. “¿Y qué es la dignidad?”, pregunta el torturador. “Lo contrario de la humillación”, replica el verdadero creyente poco antes de morir. Conozco a muchos excomunistas que se incorporaron al movimiento a causa de esta extraordinaria novela, que apareció a principios de los 30.
Para el joven Malraux, el comunismo era un relato de pureza y regeneración que daba lugar a un compromiso fanático con el futuro prometido, y a una oposición visceral a los esbirros reales o imaginarios del viejo orden declinante. En sus memorias, Arthur Koestler describió la atracción moral del comunismo temprano comparándolo al ascetismo y el martirio de los primeros cristianos. Pero Koestler se apresuraba a añadir que, en pocas décadas, el comunismo se había precipitado desde las alturas del idealismo moral a los horrores de los Borgia y de la Inquisición. Sin embargo, incluso un crítico tan lúcido del totalitarismo como Raymond Aron no estaba dispuesto, hasta los últimos años de su vida, a admitir que el comunismo y el nazismo eran igualmente criminales en su misma naturaleza sistémica. En su influyente libro Démocratie et totalitarisme, basado en unas conferencias dictadas en 1957-58, Aron señalaba una importante diferencia entre los dos experimentos totalitarios, refiriéndose a “la idea que inspira a cada una de las empresas: en un caso, el resultado final es el campo de trabajos forzados, mientras que en el otro es la cámara de gas. En un caso nos enfrentamos a la voluntad de construir al hombre nuevo por cualesquiera medios; en el otro, hay una voluntad literalmente demoniaca de aniquilar a una pseudo-raza”. Más tarde, sin embargo, en sus Memoirs, Aron abandonó la distinción y escribió una requisitoria inequívoca contra ambos sistemas, tratados como igualmente reprensibles: “Abomino el comunismo tanto como detesto el nazismo. El argumento que usé en el pasado para distinguir el mesianismo de clase del primero del mesianismo racial del segundo ya no me impresiona. El aparente universalismo del comunismo se ha convertido, en último análisis, en una mixtificación”. Era un juicio duro que, todavía hoy, muchos no están dispuestos a compartir. La explicación para esta reticencia se encuentra, en mi opinión, en los persistentes mitos del antifascismo, incluyendo los relacionados con la Guerra Civil Española, la participación comunista en los movimientos de resistencia antinazi, y las dificultades para comprender que el nazismo no fue el producto de, sino el enemigo encarnizado del capitalismo liberal.

Mapa hecho con cráneos de las víctimas del régimen de Kampuchea Democrática, exhibido en el Museo Tuol Sleng
El fracaso del comunismo
Recuerdo vívidamente un congreso en Nueva York en octubre de 1987, cuando las afirmaciones de dos disidentes (el ruso Eduard Kuznetsov y el rumano Dorin Tudoran) sobre el comunismo como “una civilización criminal” provocaron una respuesta colérica de Mihailo Markovic, el marxista crítico yugoslavo que en los 90 pasó a ser el principal ideólogo del régimen de Milosevic. En resumidas cuentas, Markovic venía a decir que documentar y sostener la bestialidad de los nazis era aceptable, pero poner el foco en atrocidades análogas perpetradas por la izquierda radical equivalía a incurrir en un anticomunismo burdo. Albert Camus sintetizó en cierta ocasión la perplejidad moral provocada por ese sólido dique de prejuicios ideológicos: “Cuando pido justicia, parece que estoy llamando al odio”. Las revoluciones de 1989 y el colapso de la Unión Soviética en 1991 cambiaron la situación. Los esfuerzos del bloque soviético por crear la Ciudad de Dios aquí y ahora, la búsqueda de la sociedad perfecta, resultaron ser un desastre abismal El historial de esos regímenes se resume en un completo fracaso político, económico y moral. Es hora de que sus víctimas sean recordadas. Norman Naimark ha formulado una prioridad para la investigación histórica: “En último análisis, los dos Estados totalitarios la Alemania nazi y la Rusia estalinista— perpetraron genocidios, el ‘crimen de los crímenes’. Pese a la caída de la Unión Soviética y el acceso más fácil a la información, seguimos sabiendo mucho más sobre las atrocidades nazis que sobre las soviéticas, así como sobre aquellos que las planearon, organizaron y ejecutaron. El asunto crucial de la intencionalidad y la responsabilidad criminal en el caso soviético solo puede ser zanjado definitivamente mediante el completo acceso a los archivos rusos y a los responsables personales que aún están vivos”. Dicha conceptualización debería ser extendida al periodo del “alto estalinismo” en China, Albania, Rumanía, Hungría y Bulgaria (1949-1953), e incluso al terrorismo genocida del régimen de Pol Pot en Camboya. En cada uno de estos casos se puede ver cómo la persistencia de la voluntad de sacrificar sectores completos de la sociedad en el altar del mito político se materializó en un compromiso con la violencia en gran escala.
La evaluación comparativa y la memoria del comunismo y el fascismo estuvieron innegablemente marcadas e instrumentalizadas por la tradición del antifascismo en Occidente. En la raíz de este ethos intelectual y público había una interpretación distorsionada y culpable del pasado comunista. Dicha interpretación venía definida, de un lado, por el silencio, la parcialidad o la ignorancia acerca de los crímenes y la dictadura de los Estados-partidos leninistas, y de otro lado por la dificultad de disociar el antifascismo de la propaganda imperialista de la Unión Soviética durante el siglo XX (o bien de la de China, y de sus diversos satélites). El caso de la Guerra Civil Española sigue siendo paradigmático de la entera historia del antifascismo. François Furet proporcionó una caracterización excelente de la distorsión que engendró esta tradición: “El antifascismo comunista tenía dos caras, ninguna de las cuales era democrática. La primera era la cara de la solidaridad, que había ennoblecido a tantos soldados, ocultando el ansia de poder y la confiscación de la libertad”. El antifascismo funcionó durante la mayor parte de su existencia sobre el principio de que había que mantener la unidad antifascista a cualquier precio, incluso si eso significaba, parafraseando a Francis Ponge, sacar al partido de la realidad. En palabras de Furet, “en la hora del Gran Terror, el bolchevismo se reinventó como libertad en virtud de una negación”.
El antifascismo fue puesto en la tesitura de no resultar ser otra cosa que una retórica de libertad y democracia. Alojaba una serie de “no-verdades existenciales” (por usar el término de Diner) que rehusaba constantemente afrontar a causa de su entrega impenitente a la ideología comunista (es decir, soviética). El antifascismo adquirió por tanto una doble personalidad: “Incluía tanto a los sátrapas totalitarios de Europa oriental como al cosmos político de la izquierda europeo-occidental desde 1945 hasta bien entrada la década de 1970”. Sus adeptos (y hoy día sus supervivientes) reivindicaron la inocencia de la utopía socialista cerrando los ojos a los crímenes de la utopía en el poder. Este monopolio antifascista sobre el pasado “afligió al pasado mismo”.
La paranoia estalinista
El objetivo del estalinismo era la construcción de un consenso pasivo basado en el compromiso ilimitado con el programa ideocrático de la élite gobernante. El verdadero contenido del régimen era descrito por el “culto a la personalidad”. Stalin, como el “egócrata” (por usar el término de Solzhenitzin), era la última figura de poder. Haciéndose eco de críticas anteriores de la lógica vertical-autoritaria leninista hechas por León Trotski o Rosa Luxemburg, el filósofo político francés Claude Lefort señala que ese principio presuponía una específica “lógica de la identificación”: Identificación del pueblo con el proletariado, del proletariado con el partido, del partido con la cúpula dirigente, de la cúpula dirigente con el egócrata [...]. la negación de la división social va de la mano con la negación de una distinción simbólica que es constitutiva de la sociedad”. La personalización del poder político, su concentración en las manos de un semidiós, llevó a su adoración religiosa y a la humillación masoquista de sus “súbditos”. El periodista británico George Urban describió este sistema como “una paranoia despótica” que se ufanaba de su propia (anti)lógica. Hoy nos parece “una forma de locura, pues la observamos desde fuera, pero no parecía eso a cualquiera que se identificara con el contexto en el que operaba Stalin. En ese contexto, Stalin persiguió sus objetivos implacable y racionalmente”.
Como en la Unión Soviética, en Europa oriental el estalinismo mismo fue la revolución: destruyó las ya frágiles estructuras del Antiguo Régimen y puso los cimientos del socialismo de Estado en los países de la región. Creó un Estado-Partido omnipresente que intentó y casi siempre consiguió extender sus tentáculos a todos los rincones de la vida.
Al mismo tiempo, la sovietización era “parte de una concepción imperialista, en la que se aplicaba y racionalizaba un sistema de dominación y subyugamiento, y en la que se asignaba una identidad subalterna a los pueblos sometidos”. La principal debilidad de este sistema, sin embargo, era su déficit crónico de legitimidad. Bajo el estalinismo maduro, tanto en la Unión Soviética como en Europa oriental el despotismo autocrático arruinó el funcionamiento del Partido como una institución autónoma, la capacidad de “impersonal ismo carismático” característica del leninismo como modelo organizativo.
El estalinismo como religión política invertía la moral tradicional: el bien y el mal, el vicio y la virtud, la verdad y la mentira eran drásticamente reevaluados. El objetivo era crear un sistema que unificara a la víctima con el torturador, que aboliera los tabúes morales tradicionales y estableciera un código diferente, con prescripciones y prohibiciones nuevas. La dramaturgia de los juicios-espectáculo, con su “pedagogía infernal” (Annie Kriegel), era el componente principal de un sistema basado en el miedo, la duplicidad y la sospecha universales.

"Portadores de la nueva peste negra", por William Cotton, 1938

La muerte del hombre interior
El “sentimiento oceánico”, el éxtasis de solidaridad, el deseo de disolver la propia autonomía en la entidad mística supraindividual del Partido, eficientemente descritos por Arthur Koestler, fue el cimiento emocional para un tipo de compromiso revolucionario quiliástico. En sus conversaciones con Ceslaw Milosz, el poeta polaco Aleksander Wat formuló una evaluación memorable del fenómeno: “El comunismo es enemigo de la interiorización, del hombre interior [...]. Pero hoy sabemos a dónde conduce la exteriorización: a la muerte del hombre interior, y esa es la esencia del estalinismo. La esencia del estalinismo es el envenenamiento del hombre interior, de forma que se reduzca, en la misma forma que los jíbaros reducen las cabezas, y termine desapareciendo enteramente. [...] El hombre interior debe ser asesinado para que el Decálogo comunista se abra paso en el alma”. La comunidad, definida en términos de clase, era la antípoda del mezquino egotismo del individualismo burgués. El yo tenía que ser negado para conseguir la fraternité real. Generaciones de intelectuales marxistas se apresuraron a aniquilar su propia dignidad en esta carrera apocalíptica hacia las certezas últimas. Toda la herencia del racionalismo occidental fue dejada de lado en nombre de la luz revelada emanada del Kremlin, la edad de la razón iba así a culminar en el universo helado del terror cuasi-racional. Paradójicamente, en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, Georg Lukacs, un epígono de la filosofía marxista y ferviente partidario del bolchevismo, escribió todo un tratado acusando a la filosofía occidental de haber abandonado las tradiciones humanistas, cambiándolas por un intento de destruir la razón.
El sujeto, el ser humano —totalmente ignorado en el nivel del discurso filosófico— fue finalmente abolido como entidad física en el vórtex de las “grandes purgas”. El historiador Jochen Hellbeck indicó acertadamente en su análisis de los diarios del estalinismo que “un individuo que viviera bajo el sistema bolchevique no podía formular concebiblemente una noción de sí mismo independientemente del programa promulgado por el Estado bolchevique. Un individuo y el sistema político en el que vivía no pueden ser considerados como dos entidades separadas”.
El embrujo de la ideología
El impacto mágico del poder en el estalinismo clásico habría resultado impensable si no fuera por la ideología. Se alimentan una a otro: el poder deriva su fuerza mesmerizadora del potencial seductor de la ideología. El hombre es declarado omnipotente, y la ideología supervisa la identificación del hombre abstracto con el poder concreto. La veneración del poder está enraizada en el desprecio por los valores tradicionales, incluyendo los asociados con la supervivencia de la razón. Es importante, por tanto, resistir la tentación del pensamiento crítico, pues la razón es enemiga del totalitarismo. Citemos a uno de los cómplices más importantes (y perversos), Lazar Kaganovich: “La traición en la política siempre comienza con la revisión de la teoría”. En uno de sus últimos aforismos, Max Horkheimer insinuó la revolución filosófica provocada por el marxismo. Defender la dignidad del individuo se convierte en una empresa sediciosa, un desafío al mito de la homogeneidad: “Por muy socialmente condicionado que esté el pensamiento del individuo, por muy necesariamente relacionado que esté con cuestiones sociales, con la acción política, sigue siendo el pensamiento de un sujeto individual que no es simplemente el resultado de procesos colectivos, sino que puede convertir tales procesos en su objeto”. El chamanismo político, practicado por los supuestos adversarios del misticismo, desbarata los intentos de resistir el constante asalto a la mente. El marxismo-leninismo, nombre oficial de la ideología de la nomenklatura, aspiraba a dominar tanto la esfera privada como la esfera pública de la vida social. El hombre, como individuo y como citoyen, tenía que ser masificado. El culto de la violencia y la sacralización de la línea infalible del partido creaban súbditos totalmente sometidos, para los cuales cualquier crimen ordenado por los escalones superiores de la jerarquía estaba justificado en nombre de los “mañanas gloriosos”. Como Eichmann, también impulsado por una ideología, los “verdugos voluntarios” de Stalin actuaban sobre la base de lo que Hannah Arendt llamó “no-pensamiento”.
Se requiere un clima de temor para preservar la unidad monolítica. Para cimentar esta cohesión, la “personalidad belicosa” de Stalin ideó la figura diabólica del traidor: “La percepción característicamente paranoide del mundo como un tablero en el que chocan hostilidades mortales conducidas conspirativamente por enemigos insidiosos e implacables encuentra una expresión sistematizada en términos de símbolos políticos e ideológicos que son ampliamente comprendidos y aceptados en cierto contexto social. Mediante una forma especial y radical de desplazamiento de los afectos privados por objetos públicos, esta imagen del mundo resulta politizada integralmente. En la visión resultante de la realidad, tanto el atacante como la víctima son proyectadas en la escala de las grandes colectividades humanas”.
La construcción del enemigo
¿Quiénes son los enemigos? ¿De dónde vienen? ¿Cuáles son sus propósitos? La principal misión de los juicios espectáculo estribaba en proporcionar respuestas para estas preguntas. Mantener la vigilancia, estigmatizar a los supuestos malvados y preservar la psicología del temor universal eran las tareas que Stalin asignaba a los orquestadores de las sucesivas purgas. No se iban a admitir fisuras en el escudo bolchevique: cualquier vacilación podía favorecer malignos complots dirigidos a socavar el sistema. Una y otra vez, el eslogan era repetido por sicofantes descerebrados: estamos rodeados de enemigos jurados; seremos invencibles solo si permanecemos unidos. Expresar opiniones disidentes significaba necesariamente debilitar a la vanguardia revolucionaria. Romper las filas era considerado un pecado mortal, y la suspicacia era la virtud revolucionaria suprema. De hecho, cuando la aquiescencia es la regla de oro, hace falta mucho valor para rebelarse. En el espacio homogéneo de la dominación totalitaria, la oposición equivalía al crimen, y los opositores eran tratados como simples criminales. Encarnaban la diferencia, y eran considerados por tanto como marginados. El ostracismo conducía a la emancipación mental, la autonomía intelectual adquirida por los zeks de Alexsandr Solzhenitsin, la población del Gulag de Stalin. El alambre de espino era así el símbolo de un nuevo tipo de frontera entre víctimas absolutas y cómplices relativos del mal. Toda la tragedia del comunismo está resumida en esta afirmación alucinante: la visión de una élite superior cuyos fines utópicos santifican los métodos más bárbaros; la negación del derecho a la vida para aquellos que son definidos como “parásitos y depredadores degenerados”, la deshumanización deliberada de las víctimas.
No menos importante, el atractivo del comunismo estaba relacionado con el poder extraordinario de su ideología (y el mito central del Partido como el portador de la razón en la Historia). Ningún otro movimiento revolucionario ha tenido tanto éxito como el leninismo en convertir un credo gnóstico en un arma auto hipnotizadora. Los militantes leninistas de todo el mundo creían en el mito del Partido con un ardor solo comparable al de los iluminados de las sectas religiosas milenaristas.
Una pedagogía diabólica
La mentalidad de las élites estalinistas de Europa oriental fue revelada de manera impresionante por una serie de entrevistas que hizo la periodista polaca Teresa Toranska a comienzos de los 80 a líderes del Partido Comunista Polaco. La más esclarecedora de dichas entrevistas fue la del miembro del Politburó y secretario general del Comité Central Jakub Berman, que intentó defender los actos de su generación política. Según Berman, los comunistas polacos hicieron lo correcto al aplicar las políticas estalinistas en Polonia, pues los soviéticos garantizaban la liberación social y nacional de Polonia. Los líderes de los partidos comunistas del bloque soviético estaban convencidos, como Lenin en el momento de fundar el partido bolchevique, de que la gente necesitaba una fuerza exterior que los iluminase, que sin esa vanguardia no había ninguna esperanza de auténtica emancipación. Berman tenía la convicción de que llegaría un día en que la humanidad haría justicia a este sueño quiliástico de revolución mundial, y todas las atrocidades y crímenes del estalinismo serían recordados solo como incidentes colaterales: “Estoy convencido pese a todo de que la suma de nuestras acciones, hábil y coherentemente desarrolladas, dará finalmente resultado y creará una nueva conciencia polaca; pues entonces se habrán hecho patentes todas las ventajas de la nueva vía que escogimos, y [...] se producirá finalmente un salto cualitativo en la mentalidad que dará a esta un contenido y calidad enteramente nuevos”.
Berman no estaba solo en esta creencia absoluta en que la historia estaba de su lado y del de sus camaradas. La suya era la actitud característica en las élites comunistas de los países satélites de la URSS. Esta (anti)lógica explica el frenético síndrome de sumisión: la disposición a aceptar cualquier forma de autorrebajamiento y autodenigración siempre que ello fuera requerido por el Partido. Los líderes comunistas de Europa oriental fueron militantes para los que la personalidad de Stalin era un ejemplo de conducta revolucionaria correcta. Admiraban la intransigencia del líder soviético y su lucha insobornable contra las facciones opositoras, y compartían su hostilidad hacia Occidente. Creían en la teoría de la intensificación permanente de la lucha de clases e hicieron cuanto estaba en su mano para crear sistemas represivos en los que las tendencias críticas eran inmediatamente erradicadas. Sus mentes eran maniqueas: el socialismo era el bien, el capitalismo el mal, y no había ninguna vía intermedia. Durante su militancia comunista en la clandestinidad, habían aprendido a ver las formulaciones catequísticas de Stalin como la mejor síntesis de sus propios pensamientos y creencias. Interiorizaron plenamente una pedagogía diabólica basada en la creencia de haber sido ungidos a la vez como jueces y verdugos, pues su legitimidad derivaba de una obediencia fanática al vozhd. Cuando murió Stalin, sus discípulos de Europa oriental se sintieron huérfanos: habían perdido a su protector, a la encarnación de sus sueños más altos, al héroe al que habían llegado a reverenciar, al símbolo de su vigor, su pasión y su entusiasmo sin límites.
[Vladimir Tismaneanu, “El mismo perro con distinto collar”, Clío, nº 169, 2015, pp. 70-76]