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La verdad efectiva de Maquiavelo, según Harvey Mansfield

Por Paul A. Rahe

El florentino es interpelado por Mansfield desde la perspectiva de la verittà effetuale de su propia vida y su propia obra, juguetona e inextiguiblemente desafiante.

La Batalla de Pavia, febrero de 1525, entre el ejército francés y las tropas germano-españ

La Batalla de Pavia, febrero de 1525, entre el ejército francés y las tropas germano-españolas, por Rupert Heller

Harvey Mansfield es un prodigio. En su larga y distinguida carrera tradujo El Príncipe de Maquiavelo. Cotradujo la Historia de Florencia y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio de Maquiavelo, así como La democracia en América de Tocqueville. Editó una selección en un solo volumen de la correspondencia de Edmund Burke. Publicó libros sobre Tocqueville y sobre el gobierno de partidos tal como es conceptualizado en los escritos de Burke y Bolingbroke. Dedicó volúmenes a temas tan diversos como la virilidad, el espíritu del liberalismo, el alma constitucional de Estados Unidos y aquello que los estudiantes universitarios necesitan saber sobre el estudio de la filosofía política. También escribió un extenso comentario de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio de Maquiavelo y una monografía sobre el poder ejecutivo tal como lo analizan Maquiavelo y sus sucesores.


Cuando, hace veintiocho años, en vísperas de su sexagésimo quinto cumpleaños, Mansfield publicó una colección de los ensayos que había escrito sobre el florentino, se podría haber pensado que era su contribución de despedida a la república de las letras. Nadie habría imaginado que a sus noventa y dos años publicaría otro volumen de este tipo; pero aquí lo tenemos, en Machiavelli’s Effectual Truth: Creating the Modern World. La espera ha valido la pena.


Estas dos obras tienen algo en común y quizás deberían leerse conjuntamente. Cada una ostenta un título deliberadamente ambiguo. Al adentrarse en Machiavelli’s Virtue,  el primero de los dos, uno se da cuenta rápidamente de que Mansfield no sólo pondera la concepción de virtud desarrollada por el florentino sino que también invita a sus lectores a valorar la singular excelencia de dicho pensador. Lo mismo ocurre con el volumen que aquí se reseña.

Mansfield no solo se interesa por lo que Maquiavelo tenía en mente cuando recurrió al término “effettuale” en el capítulo quince de El Príncipe, yuxtaponiendo “la verdad efectiva de la cosa” (la verità effettuale della cosa) a “la imaginación de la misma”; cuando desestimó como irrelevantes “las repúblicas y principados imaginarios que nunca se han visto ni se ha sabido que existan en la realidad”; y cuando sugirió que “un hombre que desea hacer de la  bondad su profesión en todo, necesariamente debe sufrir entre tantos que no son buenos”. También le interesa el logro de Maquiavelo: la verità effettuale de su vida y sus obras. En resumen, quiere ver al hombre caer en su propia trampa  juzgado según el criterio que él mismo estableció para sopesar la importancia de todo— y nos muestra que esto es precisamente lo que Maquiavelo esperaba y deseaba.


Mansfield y Maquiavelo se parecen en un aspecto en particular. Su prosa tiene algo de juvenil, algo francamente travieso, algo encantador y audaz, y ambos están dotados de ingenio. Mansfield disfrutó escribiendo los ensayos recopilados en este volumen, y quienes tengan la paciencia de leerlos también lo harán. Solo se necesita tiempo, determinación, gusto por la transgresión y sentido del humor.


Este no es un libro académico ordinario. No hay nada en él que suene a pedante. Con frecuencia, Mansfield ni siquiera se molesta en demostrar su punto. En algunos pasajes, incluso advierte a sus lectores que su argumento es irrefutable. En otros, les pide que comparen un pasaje con otro y sugiere que el mensaje de Maquiavelo es más profundo de lo que parece a simple vista. Quienes no puedan imaginar que un escritor de antaño pudiera tomarles el pelo odiarán este libro.


Cuando, por ejemplo, el florentino afirma que el cristianismo “ha revelado la verdad y el verdadero camino”, los estudiosos carentes de sensibilidad literaria suelen suponer que, a pesar de todas las críticas que dirige a lo que a veces denomina con énfasis “la religión actual”, Maquiavelo es un creyente. Mansfield sugiere lo contrario: que “la verdad y el verdadero camino” a los que se refiere el florentino tienen que ver con la técnica. Según esta interpretación, el cristianismo “ha revelado la verdad y el verdadero camino”, pero solo en el sentido de que, gracias a su éxito, ha desvelado “la verdad efectiva” de la vida política al demostrar la eficacia de la guerra espiritual mediante la propaganda. Desde esta perspectiva, Jesucristo no fue un profeta desarmado, al menos no en el aspecto más importante.


Para comprender las intenciones de Mansfield, primero hay que leer El Príncipe (prestando especial atención a los capítulos 6 y 15), luego leer y releer el prefacio de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio de Maquiavelo, el capítulo 2 de la segunda parte de esa obra y el primer capítulo de la tercera. En definitiva, todo depende de si los “nuevos órdenes y modos” que, según se dice en el sexto capítulo de El Príncipe, fueron articulados por los “nuevos” príncipes más admirables, son similares a los “nuevos modos y órdenes” que Maquiavelo afirma haber descubierto él mismo en el prefacio de sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Si son similares, hay que aceptar que el florentino se considera a sí mismo una especie de nuevo príncipe y un profeta a imagen y semejanza de Jesucristo… armado únicamente con un libro (pero bien armado, no obstante). La audacia de Mansfield reside en esto: simplemente pide que se relea El Príncipe y el prefacio de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio teniendo en mente esa posibilidad, y luego anima a continuar leyendo el resto de estas dos obras de la misma manera.


Por supuesto, Mansfield no es el primero en sugerir tal interpretación de esos textos. Como él mismo deja bien claro, ese honor le corresponde a Leo Strauss, quien planteó este argumento en sus Pensamientos sobre Maquiavelo. Lo que distingue la interpretación de Mansfield de la de Strauss es el énfasis que pone en la palabra “efectivo”. Era una palabra nueva en la época de Maquiavelo y se popularizó rápidamente, especialmente en la versión King James del Nuevo Testamento, donde se emplea repetidamente. La virtud de esta palabra, según Maquiavelo, no reside solo en que desvía la atención de “lo que debería hacerse” a “lo que se hace”, sino también en que obliga a prestar atención a lo que es efectivo.


Como observa Mansfield, cuando Maquiavelo destaca la necesidad como una limitación para la habilidad política, no se limita a sugerir que, en el ámbito político, surgen circunstancias —la guerra, por ejemplo— en las que hay que hacer lo que de otro modo estaría prohibido. El pensamiento político clásico y cristiano abarcaba esta posibilidad. Lo que Maquiavelo plantea es algo mucho más duro y subversivo. El capítulo quince de El Príncipe no describe cómo los príncipes y otros deben tratar a sus enemigos. Se centra en sus relaciones “con los súbditos y con los amigos”. La verdad esencial de la concepción maquiaveliana de las relaciones humanas es la guerra de todos contra todos de Hobbes. La única diferencia radica en que Hobbes concibe el contrato social como un medio de escape y que, si Maquiavelo se hubiera enfrentado al argumento de Hobbes, se habría reído a carcajadas. Su postura es que lo que Aristóteles y otros llamaron “amistad” es una trampa y un engaño, que el cristianismo es una estafa elaborada y muy eficaz digna de imitación, y que no hay escapatoria de lo que Hobbes denomina “el estado de naturaleza”. Lo que Hobbes afirma sobre la condición humana antes del surgimiento de la sociedad civil —que en ella no hay justicia y que la “fuerza y ​​el fraude” son en ella “las virtudes cardinales”— es cierto, en opinión de Maquiavelo, también después.

Henry VII de Inglaterra, fundador de la casa Tudor, pintado por un artista desconocido, 15

Henry VII de Inglaterra, fundador de la casa Tudor, pintado por un artista desconocido en 1505

El Maquiavelo de Mansfield no alberga como debilidad más que desprecio. Como “una forma de educación”, explica, la religión cristiana “nos hace menospreciar el honor del mundo”. Gracias a la “ociosidad ambiciosa” (ambizioso ozio) de sus clérigos, confiere “más gloria a los hombres humildes y contemplativos que a los activos”. Deposita “el mayor bien en la humildad, la abyección y el desprecio por las cosas humanas”, y hace que “el mundo sea débil” y lo entrega “a merced de los malvados, que pueden controlarlo con seguridad, ya que la colectividad [università] de los hombres, para ir al paraíso, piensa más en soportar sus castigos que en vengarlos”.


El objetivo del florentino es restaurar “el honor del mundo”. Para ello, abraza la violencia, la crueldad y la guerra, y sugiere que este modus operandi es compatible con un cristianismo liberado, bajo su influencia, “de la cobardía de aquellos que han interpretado nuestra religión según el ocio y la ociosidad [ozio] y no según la virtud”.


Hay quienes —y son muchos— no pueden soportar la idea de que un pensador tan incisivo y ameno como Maquiavelo pudiera estar tan comprometido con la violencia y la crueldad como parece ser el caso, e intentan convertirlo en un patriota italiano, un demócrata o un protoliberal de algún tipo. Una de las grandes virtudes de Mansfield es su negativa a ceder a esta tentación. Reconoce que el autor de El Príncipe es propenso a la exageración y disfruta escandalizando a sus lectores pero resiste la inclinación de moralizar a quien, en generaciones posteriores, se le adjudicó el haberle proporcionado al diablo su apodo de “Viejo Nick”. No hay nada laxo, gentil ni complaciente en el Maquiavelo de Mansfield. La referencia ocasional del florentino al “bien común” la trata, con razón, como una artimaña comparable a la afirmación de que el cristianismo “ha mostrado la verdad y el verdadero camino”. El “bien común” en cuestión es o bien el robo y la redistribución de las tierras ajenas, o bien el “bien común de cada uno”; es decir, un bien individual que también reciben otros individuos. Para el Maquiavelo de Mansfield, la comunidad política no es más comunitaria que una banda de ladrones. “Querer adquirir”, como afirma el autor de El Príncipe, es “algo muy natural y ordinario”.


En el prefacio de sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Maquiavelo se compara con Cristóbal Colón y su compatriota florentino Américo Vespucio. Allí, al afirmar que ha descubierto “nuevos modos y órdenes”, añade que ha trazado un camino hasta entonces “inexplorado por nadie”. En este sentido, Maquiavelo se atribuye una empresa, una compañía. Reconoce sin reparos que no podrá llevarla a término. Predice que otros completarán la obra.


La mayoría de estudiosos pasan por alto este prefacio. Su Maquiavelo es un humanista común y corriente que no se distingue de sus contemporáneos sino por su talento literario y su predilección por la jactancia. Mansfield, en cambio, toma al florentino al pie de la letra, en parte porque, como lo demuestra, Francis Bacon y Montesquieu hicieron precisamente eso. Su argumento es que, con la frase “la verità effettuale della cosa”, Maquiavelo realmente provocó una revolución: sentó las bases tanto de la ciencia moderna —con su enfoque inquebrantable en lo que los seguidores de Aristóteles llamaron causalidad eficiente— como de la Ilustración, preparada por Hobbes y Locke y continuada por figuras como David Hume, Montesquieu y Adam Smith.


Al final del capítulo quince de su Príncipe, Maquiavelo sugiere que las virtudes y los vicios examinados por Aristóteles y Tomás de Aquino —las cualidades, como ellos y él las definieron, por las que los hombres son alabados y censurados— no deben ser juzgadas por su valor intrínseco. Tampoco deben ser evaluadas a la luz de su supuesto valor a los ojos de un dios imaginario. Deben ser consideradas como actitudes que deben adoptarse o evitarse únicamente en función de su contribución a la securtà e il bene essere suo —es decir, a la propia seguridad y bienestar—. En opinión de Mansfield, fue la impactante crítica de Maquiavelo a las enseñanzas aristotélicas y cristianas sobre la virtud moral lo que inspiró la profunda reorientación del saber y de la política defendida por Bacon, Hobbes, Locke, Hume, Montesquieu y Smith.


Quienes estén familiarizados con la línea argumental presentada en los ensayos recopilados en este volumen deberían leerlos en el orden en que aparecen. Aquellos a quienes el relato de Mansfield les resulte desconocido y les parezca descabellado, si no absurdo, podrían beneficiarse comenzando por el apéndice, donde Mansfield refuta a quienes consideran a Maquiavelo un hombre de su tiempo. Deberían entonces pasar al ensayo en el que compara a Maquiavelo con su predecesor florentino Leonardo Bruni, pues es en este último donde describe con cierto detalle el pensamiento de Aristóteles y aclara el carácter de la ruptura radical de Maquiavelo con la filosofía política clásica y el humanismo de su época. Los ensayos restantes pueden leerse en el orden en que aparecen. En los cuatro primeros, Mansfield desvela el carácter de la empresa de Maquiavelo y muestra cómo, al igual que David en su enfrentamiento con Goliat, persigue la victoria adoptando las armas de su adversario. En los dos últimos ensayos, teniendo en cuenta que el objetivo de Maquiavelo era la conquista de la fortuna, Mansfield examina la propia fortuna del hombre como autor, la verità effettuale de su esfuerzo literario: su impacto en los pensadores posteriores.


Este análisis es incompleto. Lo que se expone es meramente orientativo. En él, Mansfield examina a dos herederos de la obra del florentino: Montesquieu y Tocqueville. Al primero le dedica un capítulo de noventa y siete páginas a modo de comentario sobre El espíritu de las leyes. Este capítulo es mucho más breve y específico que el extenso comentario que dedicó a los Discursos sobre la primera década de Tito Livio de Maquiavelo. Por lo demás, es similar. Para una lectura provechosa, es necesario repasar el material de Montesquieu que se va a tratar, leer el análisis de Mansfield con la obra completa de Montesquieu en la mano y, finalmente, releer el capítulo pertinente de Montesquieu.


La interpretación que Mansfield hace de Montesquieu no es menos especulativa y audaz que su análisis del pensamiento de Maquiavelo. Habrá quienes la consideren extravagante. Sin embargo, en un aspecto importante, podría resultar indiscutible. Mansfield demuestra que, en El espíritu de las leyes, Montesquieu acepta el desafío de Maquiavelo de limitar el ámbito de estudio a la verità effettuale; que sigue a Hobbes y Locke al emplear esta arma contra el propio Maquiavelo; y que lleva su proyecto aún más lejos al situar el comercio en el centro de la vida moderna. Si el criterio para juzgar todo es la securtà e bene essere del individuo y el hombre es, por naturaleza, un animal adquisitivo, entonces el modo de adquisición favorecido por Maquiavelo, la guerra y la conquista, difícilmente puede ser preferido al progreso tecnológico y al comercio.


El último capítulo del volumen es breve. Fue redactado por la difunta esposa de Mansfield, Delba Winthrop, y revisado por él. Se centra en Tocqueville, quien sólo menciona a Maquiavelo en La democracia en América una vez. No obstante, constituye una conclusión apropiada para este libro, pues en ese estudio monumental, como demuestran Winthrop y Mansfield, Tocqueville rastrea la verdad efectiva de la revolución iniciada por Maquiavelo y muestra que se volvió en contra de su instigador.


Maquiavelo admiraba el espíritu combativo. Deseaba que sus lectores estudiaran y practicaran el arte de la guerra. Acusaba al cristianismo de debilitar y someter a los hombres. Sin embargo, al desacreditar la virtud moral y todo tipo de nobleza, al repudiar la espiritualidad, al ensalzar la acumulación de bienes y al reorientar la política hacia la seguridad y el bienestar individual en este mundo, preparó el camino para una nueva forma de debilidad y servidumbre, mucho más debilitante según Tocqueville. El temor de este era que, bajo la tutela de un sistema político dedicado a promover la seguridad, el bienestar y la adquisición de propiedades, los ciudadanos no fueran más que “un rebaño de animales tímidos y laboriosos, cuyo pastor es el gobierno”. El remedio que proponía incluía un resurgimiento de la nobleza y del cristianismo espiritual que Maquiavelo había despreciado y pretendido reemplazar.

Harvey C. Mansfield, Machiavelli’s Effectual Truth: Creating the Modern World, Cambridge University Press, 2023, 250 páginas.

[Paul A. Rahe, “The Machiavelli effect”, marzo de 2024, en newcriterion.com]

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