top of page

Cuando las mujeres combaten
en la guerra

Por Daniel Gutiérrez Ardila

Camille Boutron muestra cómo cuando las mujeres se han convertido en protagonistas de la violencia, logran superar ciertas barreras impuestas por factores de género pero no han superado radicalmente las constricciones ligadas a su “naturaleza femenina”.

Mujeres militantes de Sendero Luminoso presas, frente a un mural de su líder.png

Mujeres militantes de Sendero Luminoso frente a un mural de su líder, Abimael Guzmán, en una cárcel

Camille Boutron, Combattantes. Quand les femmes font la guerre, Les Pérégrines, París, 2024, 289 pp.

 

Camille Boutron comenzó a estudiar las atletas antes de enfocarse en las combatientes, aquellas mujeres que toman las armas y se convierten en protagonistas de la violencia. Su idea inicial era que la participación en la lucha armada podía ser una forma de emancipación. Así comenzó un largo recorrido de dos décadas que la llevó a hacer una tesis doctoral en sociología sobre las militantes de Sendero Luminoso (2009); a trabajar, desde la Universidad de los Andes, a propósito de las guerrilleras de las FARC en el marco de las negociaciones de paz (2015-2018) y a explorar el mundo de las soldadas y oficiales que forman parte del ejército francés.

El punto de llegada puede describirse como un desencanto, pero también como un descubrimiento. La posesión de un fusil y la participación en la lucha armada no modifican las relaciones de género. De hecho, la división sexual del trabajo se reproduce en la comunidad combatiente: “corresponden a los hombres oficios que consolidan su capital económico y simbólico, mientras que las mujeres acceden a empleos poco calificados, concebidos como una prolongación de las labores domésticas”.

Boutron entendió entonces que resultaba ilusorio concentrarse en el momento mismo del combate y adoptó en cambio una estrategia global: inspeccionar el conjunto de actividades (por ejemplo, el trabajo político y la inteligencia) que hacen posible el enfrentamiento armado.

Había, no obstante, algo más importante. A través de la nutrida experiencia de las mujeres en la guerra podía mostrarse que esta es un hecho social comprensible únicamente a través del prisma masculino. En otras palabras, el militarismo resulta ser un “dispositivo de dominación”, no solo entre los pueblos y las naciones, sino también entre los sexos. Se trata, en suma, de un fundamento esencial del patriarcado. Por lo tanto, estudiar los destinos femeninos marcados por la violencia permite interrogar, de acuerdo con Boutron, “la manera en que concebimos la historia y lo que merece o no formar parte de nuestra memoria colectiva”:

 

Mientras consideremos a las mujeres combatientes como individuos insólitos, no cuestionaremos las asunciones tradicionales sobre la guerra ni, por tanto, la guerra misma. La experiencia combatiente femenina debe ser abordada antes que nada como una vía para revelar lo que ocultan los grandes trabajos sobre la guerra.  

 

Si a comienzos del siglo XX la modernización de los ejércitos excluyó formalmente a las mujeres, la Primera Guerra Mundial las integró en el esfuerzo bélico, pues reemplazaron entonces a los hombres en el campo, en las fábricas y en la administración. No obstante, fue en tiempos de la Segunda Guerra Mundial cuando se produjo la verdadera ruptura: reclutadas por los ejércitos aliados, las mujeres ocuparon funciones juzgadas compatibles con su sexo (enfermeras, operadoras de radio, secretarias), pero también actividades menos conformes con las concepciones de género imperantes (mecánicas de aviones o de buques, conductoras de camiones blindados, etc.)

Numerosos movimientos insurgentes de la segunda mitad del siglo XX otorgaron a las mujeres un lugar más o menos importante (3 % en el Frente de Liberación Nacional argelino; 40 % en el Frente Popular de Liberación de Eritrea; 70 % en las Tropas de Choque Juveniles vietnamitas), pues el reclutamiento femenino daba consistencia a las reivindicaciones rupturistas y al contenido revolucionario de la lucha armada. Sin embargo, muy pocas mujeres han llegado a la comandancia de los ejércitos rebeldes. Un examen de las mesas donde se discutieron acuerdos de paz en el mundo entre 1992 y 2019 indica que representaban solo el 13 % de los negociadores, el 6 % de los mediadores y el 6 % de los firmantes.

Las mujeres son también las grandes damnificadas de los acuerdos de desarme, desmovilización y reinserción. Como muchas de ellas forman parte de los grupos insurgentes, mas no portan un fusil, se ven excluidas de los programas destinados a los excombatientes o evitan presentarse a ellos por temor a la estigmatización individual o familiar. Además, el posconflicto es un período de reafirmación de los valores patriarcales. Por una parte, se invisibiliza en forma casi sistemática el papel de las mujeres combatientes, que tienden a ser vistas únicamente como víctimas, porque la violencia femenina es tabú y, por lo tanto, su militancia se silencia o se analiza como anomalía. Por otra, se intenta confinar a las excombatientes al ámbito doméstico. Existe, pues, un relato ficticio, dice Boutron, que hace de las mujeres seres esencialmente no violentos y por lo tanto inaptos para combatir o mandar.

Mujeres posan con armas de la guerrilla salvadoreña Frente Farabundo Martí, década de 1980

Mujeres posan con armas de la guerrilla salvadoreña Frente Farabundo Martí, década de 1980 aprox.

Las guerrillas latinoamericanas de los años 60 y 70 del siglo pasado emplearon también mujeres, porque necesitaban aquella mano de obra y porque su posición en el espacio doméstico les confería una extraordinaria capacidad de movilización y de acción colectiva. La mayor parte de esos movimientos politizaron las cuestiones relativas a la familia y a la sexualidad, y propusieron una alternativa a la vida burguesa y a las relaciones habituales de género. Fue así como una parte de las militantes logró escapar al estrecho destino de madres o de esposas. De acuerdo con la autora de Combattantes, la lucha armada se convirtió en una manera de experimentar una autonomía que no existía más que en raras ocasiones en el mundo civil, sobre todo en lo relativo a las mujeres de extracción popular o campesina.

En el Perú, Boutron comenzó estudiando la policía para darse cuenta de que las mujeres componían la mayor parte de los agentes de tránsito, como resultado de las políticas adoptadas en la década de 1990 para luchar contra la corrupción. Una vez más, resurge un espacio paradójico, pues las mujeres lograban superar ciertas barreras impuestas por cuestiones de género, pero se veían constreñidas al mismo tiempo por su “naturaleza femenina”. El resultado fue una modernización que no cuestionó la supremacía masculina.

Boutron entrevistó, a continuación, a antiguas senderistas que en su mayoría purgaban onerosas penas en las cárceles de Lima. Consiguió así elaborar una “fotografía generacional”: nacidas en el seno de familias politizadas, se trataba por lo general de mujeres que ingresaron a la universidad cuando el Perú conoció una expansión sin precedentes de la educación superior. Se confirmaba así la intuición del antropólogo Carlos Iván Degregori: el ingreso a Sendero luminoso representó un canal de movilidad social para esas jóvenes dislocadas entre dos mundos: el tradicional y el de la modernidad occidental: “La mayoría de las mujeres entrevistadas me describieron ese sentimiento de no encontrar su lugar ni en el seno de sus familias, que consideraban ancladas en el pasado, ni en el “mundo moderno” que se les dejó entrever cuando realizaban sus estudios”.

En 2015, Boutron se interesó por las FARC, una guerrilla que distaba de ser feminista, pues sus dirigentes consideraban que la liberación de las mujeres sería un efecto de la lucha de clases. Sin embargo, tras la Séptima conferencia (1982), cuando la organización insurgente proyectó tomarse el poder a la vuelta de pocos años, se produjo un reclutamiento masivo de mujeres. Estas se incorporaron en las filas por motivos que, de acuerdo con Boutron, van desde el contexto familiar y la militancia en movimientos estudiantiles hasta la búsqueda de seguridad en un contexto marcado por la violencia y la pobreza: “El ingreso de las mujeres a la lucha armada [colombiana] no estaba entonces motivado únicamente por la adhesión a un proyecto revolucionario, sino también por la posibilidad de salir de su condición, femenina para empezar”. ¿Fue entonces la lucha armada un vector de emancipación para las combatientes de las FARC? Para Boutron, no hay duda de ello, aunque en forma muy limitada. El comportamiento sexual de las mujeres era más controlado por la comandancia, que castigaba sus “infidelidades” con severidad, mientras miraba con indulgencia el mismo comportamiento entre los hombres. Además, había un estricto control de la fecundidad (mediante inyecciones cada tres meses): muchas de ellas quedaron embarazadas, a pesar de la prohibición imperante, y debieron abortar o desertar.

Además de estas prácticas opresivas, la representación femenina en la comandancia guerrillera era muy pobre. Ninguna mujer hizo parte del Secretariado y su presencia en el Estado mayor fue siempre anecdótica. Si algunas llegaron a ser jefes de frente (es decir a tener autoridad sobre doscientos combatientes), por lo general el techo era el comando intermedio. Boutron concluye que la igualdad de género se veía limitada a las tareas cotidianas y a la militancia de base. “La planificación estratégica de las operaciones y los debates sobre la orientación ideológica del partido siempre fueron patrimonio masculino”.

Durante el proceso de paz con las FARC, las mujeres gozaron de una visibilidad sin precedentes, gracias a la intensa movilización de la sociedad civil. En 2012, cuando empezaron las conversaciones, no había una sola mujer en los equipos negociadores. Dos años más tarde, surgió la Subcomisión de género, gracias a la movilización de la teniente de navío Juanita Millán y a la de la comandante insurgente Victoria Sandino. De acuerdo con Combattantes, la Subcomisión significó un verdadero hito a nivel mundial:

 

representó un espacio privilegiado de participación política para sus miembros, en particular para excombatientes de la guerrilla, que tuvieron la oportunidad de conocer a dirigentes feministas, funcionarios internacionales, miembros del gobierno, a las que no tenían acceso en tiempos de guerra. Además, se beneficiaron de cierta autonomía con respecto a la comandancia, que no atribuía mucha importancia a las cuestiones de género.

 

Como en otros casos, el postconflicto equivalió para las farianas a una pérdida de autonomía. Por una parte, a causa de las expectativas sociales de que se reincorporaran a la vida civil como esposas y madres; por otra, debido a ofertas limitadas de formación, marcadas por concepciones anticuadas de género, que buscaban transformarlas en peluqueras, costureras o vendedoras.

bottom of page