Breve historia de la nota
al pie de página
Inútiles para unos, valiosas para otros, las notas a pie de página son una ventana al taller de los académicos. Desde que comenzaron a ser usadas, ellas eventualmente revelan los sesgos y la pedantería. Incluso han sido escenarios de escándalos y un teatro donde chocan los egos académicos.

Un taller de imprenta, miniatura del "Recueil des Chants Royaux", Francia siglo XVI
Hacia el final de su carrera, el profesor de literatura inglesa Thomas McFarland intentó persuadir a su editor para que le publicara un libro sin notas a pie de página. Estas, según él, hacen que leer sea “como conducir por una carretera llena de baches”, y añadió que no les veía ninguna utilidad salvo “permitir que los lectores académicos se apropien de mis citas sin tener que darme el crédito”.(1)
Las notas a pie de página generan controversia. Anthony Grafton, autor de The Footnote: A Curious History, recurrió a una serie de metáforas para reivindicar su pertinencia. Las notas a pie de página son alcantarillas y retretes, afirma, que organizan y distribuyen de forma segura los desechos académicos. O, si se prefieren metáforas entomológicas, son hormigueros rebosantes de conocimiento que de otro modo pasaría desapercibido. Algunos han empleado notas a pie de página, continúa, para interpretar un texto “peligroso”, que, como una “bomba”, puede “explotar” si lo manipulan “personas comunes”. Los egos académicos individuales también chocan en las notas a pie de página, que constituyen un lugar idóneo para saldar cuentas. Grafton asemejó el uso que el poeta Alexander Pope hizo de las notas a pie de página a la manera como “el protagonista monstruoso de la película de terror norteamericana usa una sierra: para descuartizar a sus enemigos y desparramar sus extremidades sangrientas por todo el paisaje”.(2)
En las humanidades, las notas a pie de página evolucionaron como parte de la maquinaria de la investigación moderna; una herramienta para referenciar, citar, comentar y divagar. Para algunos, como Grafton, pueden ser un arte refinado que humaniza el trabajo académico, que sin ellas sería árido. Para otros, no son más que un recurso obsoleto que ralentiza innecesariamente la lectura, satura el texto con información irrelevante y, como parece que pensó McFarland, es una fuente para que otros investigadores se apropien de las fuentes.
El aspecto más decisivo de una nota a pie de página es, quizá, que se escribe y se lee con una voz distinta a la del texto principal. Un escriba de la ciudad de Deventer, en los Países Bajos, que ejerció su oficio hacia 1420, ofrece un ejemplo encantador de cómo podía ser utilizada esta segunda voz. Tras un largo día encorvado sobre su manuscrito, se retiró a descansar, dejando el volumen abierto. Al amanecer, cuando acercó su pluma al papel, descubrió que estaba húmedo. Durante la noche, un gato había intentado reclamar el libro como su territorio; un hecho que nos ha llegado gracias al erudito, quien explicó así la antiestética marca: “Maldito sea el gato fastidioso que orinó sobre este libro durante la noche […] ¡cuidado con dejar libros abiertos por la noche donde puedan entrar los gatos!”.(3)
La explicación que garabateó aquel desafortunado escriba de Deventer no era, estrictamente hablando, una nota a pie de página. Era una nota al margen. Estas, por lo general, consistían en comentarios, explicaciones, referencias, ampliaciones o argumentos sobre el texto mismo. Así, los márgenes de las Biblias parecen haber sido campos de batalla académicos particularmente animados, con anotaciones y citas que, como lo indica el historiador Chuck Zerby, eran lanzadas por católicos que atacaban a luteranos, quienes a su vez se afanaban en arremeter contra los calvinistas, ocupados estos a su turno en criticar a la Iglesia de Inglaterra. Los escribas y eruditos siempre han sentido la necesidad de añadir, corregir o enmendar, chocando entre sí en el proceso. El problema con las notas al margen consistía en que eran descuidadas y a menudo caóticas y desorganizadas, lo cual las hacía estorbosas para la labor de impresión. Se cree que Richard Jugge, el impresor de la reina inglesa, introdujo la nota a pie de página en la Bishops’ Bible, la versión de aquel libro que fue editada en 1568 bajo la autoridad de la Iglesia de Inglaterra. Resultaba conveniente como recurso para organizar el texto e introducir los comentarios necesarios, de modo que el conjunto resultara presentable en la impresión.(4)
Para el siglo siguiente, las notas a pie de página comenzaron su evolución como herramienta académica. Pierre Bayle, hijo de un pastor protestante en la Francia católica, huyó a Holanda en 1685, debido al Edicto de Fontainebleau. Desde allí, planeaba escribir una obra de referencia que recopilara todos los errores que habían cometido otros autores sobre un tema determinado, ya fuera una persona, un lugar o un acontecimiento. Finalmente, se convenció de que era una idea descabellada —¿quién querría consultar los errores de otra persona?— y terminó escribiendo una obra de referencia más convencional, Projet d’un Dictionaire critique. Pero Bayle no era de los que dejaban que una buena idea se desperdiciara. Lejos de abandonar el proyecto de presentar los errores de todos los demás, los incluyó todos en notas a pie de página que ocupaban más espacio que el propio texto. Por ejemplo, en las nueve páginas que le dedicó al poeta latino Virgilio, el texto sólo eran 44 líneas. A estas añadió 1144 líneas de comentarios en notas a pie de página. Eso sin mencionar las 109 notas al margen que revelan sus fuentes.(5)
Aunque el entusiasmo de Bayle por las notas a pie de página parezca excesivo, reflejaba su deseo de dar al público un relato histórico honesto. La información y las anécdotas tenían cabida, incluso si algunos las consideraban perturbadoras o malvadas. En la entrada correspondiente a Caspar Schoppe, un erudito alemán de principios del siglo XVII, contó cuando este, siendo estudiante, vio a un gorrión apareándose veinte veces seguidas antes de morir. “¡Oh, feliz gorrión!”, exclamó Schoppe, reflexionando sobre la alegría y el final poético que le fue concedido a este pájaro, mas no a la humanidad. Los comentaristas católicos y calvinistas consideraron inaceptable semejante digresión, pero Bayle —que había huido a Holanda porque autoridades similares lo consideraban inaceptable a él y a sus creencias protestantes— insistió en su importancia. Los historiadores, cuando contaban sus historias, solían distorsionar los hechos. Él, en cambio, había producido una obra de “compilación”, y en tal empresa, era importante representar la “verdad”.(6)

Página de la llamada Bishops' Bible, edición de 1569, en que aparece la reina Elizabeth I adornada de cuatro virtudes
A finales del siglo XVIII, la nota a pie de página evolucionó aún más, cuando el político e historiador inglés Edward Gibbon introdujo una práctica que reflejaba el debate y la oratoria parlamentarios. Su texto principal ofrecía un argumento o narración, mientras que sus notas a pie de página presentaban las objeciones, los contraargumentos y las digresiones. Sin embargo, al exponer ciertos hechos a veces manipulaba hábilmente los sentimientos del lector para que este sintiera empatía hacia su enfoque. En su famosa Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, por ejemplo, Gibbon dice del emperador Cómodo que ningún animal o persona estaba a salvo de sus caprichos y su gusto por la matanza en el anfiteatro. Las notas a pie de página de Gibbon describen una colección de criaturas sacrificadas para la satisfacción del cruel emperador. Un avestruz tiene un cuello de “tres pies de largo, compuesto por diecisiete vértebras”; la nota a pie de página deja claro que se trataba de una criatura rara, lo que hace que su matanza sea aún más atroz. La jirafa es el cuadrúpedo más alto, más dócil y más inútil. Indefenso, en otras palabras. La crueldad de Cómodo se ve amplificada gracias a esta digresión aparentemente irrelevante sobre anatomía y zoología.(7)
Esa crítica sutil pero mordaz iba acompañada de chistes sobre penes. Por ejemplo, acerca de la destreza sexual de ciertos profetas y de sus penes erectos que apuntaban al cielo.(8) Nada en Decadencia y caída del imperio romano “regocijó a los amigos ni encolerizó a los enemigos del autor como sus notas al pie”.(9) Digresión tras digresión, las notas a pie de página ayudaron a Gibbon a ofrecer un relato histórico bien perfilado, exuberante y humano. La parte inferior de la página se convirtió en el lugar donde podía dar rienda suelta a su libertad. Ofrecía abiertamente sus opiniones, contaba chistes, se quejaba de la gente y se entregaba a sus prejuicios. “Conocer las notas a pie de página de Gibbon, es conocer a Gibbon el hombre”, concluye Chuck Zerby. Pronto habría poco espacio en la erudición para este tipo de caprichos o sutilezas.
En efecto, durante el siglo XIX algunos eruditos comenzaron a sentir la necesidad de un tipo de historia que fuera sistemática. Leopold von Ranke, que podría ser considerado el fundador de la historiografía moderna, defendió la importancia del empirismo en la investigación histórica e hizo hincapié en las fuentes primarias, a propósito de lo cual desarrolló una práctica de las notas a pie de página inspirada en el método científico. Adiós a la retórica colorida y a las bromas subidas de tono. En su lugar, surgió el erudito serio, sobrio y distante: el historiador profesional. El objetivo de Ranke era hacer que la investigación académica fuera visiblemente crítica y autónoma respecto a la autoridad. El rigor era la norma, junto con la disciplina y el método. Tras la estela de Ranke, los historiadores ahora deben examinar todas las fuentes relevantes y construir un nuevo argumento o narrativa a partir de ellas. También deben tener en cuenta el trabajo de otros investigadores que han abordado cuestiones relacionadas. Las notas a pie de página se convirtieron en parte fundamental de esta historiografía, principalmente para citar y referenciar fuentes. En el siglo XIX, si un erudito en sus notas a pie de página hubiera expresado sus prejuicios y su carácter con la misma libertad que en el pasado lo habían hecho Bayle o Gibbon, podría haber sido considerado poco profesional.
Sin embargo, no todos los eruditos sentían la necesidad de alardear de sus lecturas en las notas a pie de página. Algunos, como el filólogo Jacob Bernays, contemporáneo de Ranke, reunían todas sus notas en lo que él llamaba su Giftschrank, o “alacena de venenos”, o, como podríamos llamarlas hoy, “notas finales”. Al ser criticado por este método, Bernays alegó que de haber puesto citas que cubrieran la mitad inferior de sus páginas, su trabajo “habría adquirido una apariencia verdaderamente espantosa de erudición”. Como muchos eruditos de hoy en día —en particular los que escriben para editoriales comerciales—, tenía en mente a su lector. “No imaginé un público con la capacidad pulmonar requerida para estudiar a fondo veinte pliegos de ese tipo de un solo golpe”, dijo Bernays.(10)
La percepción de las notas a pie de página sigue transformándose, y lo ha hecho durante varias décadas, a medida que académicos como Grafton y Zerby elogian el arte de elaborarlas. Con razón señalan que las notas a pie de página tienen gran interés histórico. No solo es enriquecedor, sino también históricamente valioso, saber que los gatos orinaban sobre manuscritos medievales, sobre todo porque nos revela detalles acerca de los habitantes de las bibliotecas medievales y sus felinos guardianes que mantenían a raya a los ratones mordisqueadores. Este es parte del encanto de las notas a pie de página, según sus defensores: humanizan el texto. Ofrecen al lector un respiro de la densa prosa académica. Son una ventana al “taller interno de los académicos”, donde eventualmente caben los sesgos y la pedantería. Incluso pueden convertirse en escenarios de escándalos y un teatro donde chocan los egos académicos. Esa es una perspectiva. Se podría adoptar otra.
El actor, dramaturgo y compositor inglés Noel Coward dijo que “tener que leer notas a pie de página es como tener que bajar a abrir la puerta en pleno acto sexual”. Los defensores de las notas a pie de página replican que la interrupción podría ser aceptable si la persona que toca a la puerta es buena conversadora. Grafton y Zerby parecen dar por hecho que el texto académico será, por lo general, árido, y por ello celebran cada interrupción originada en una nota a pie de página. Quizás esta expectativa sea consecuencia del método disciplinado y metódico de Ranke, que Walter Benjamin, sin embargo, describió como “el narcótico más potente del siglo XIX”.(11)
Las tradiciones y los métodos académicos siguen evolucionando. En la actualidad ya hay espacio para el sesgo, la pedantería, los escándalos y el dramatismo en el texto principal. La aridez no debería ser una condición para escribir prosa académica, y nuestro encuentro con ella no debería requerir el aderezo de un invitado sorpresa.
Notas
1. Thomas McFarland, “Who was Benjamin Whichcote? or, The Myth of Annotation”, en Annotation and Its Texts, Stephen A. Barney, ed., Oxford University Press, Nueva York, 1991, pp. 164, 170.
2. Anthony Grafton, Footnotes: A Curious History [traducción al español: Los orígenes trágicos de la erudición], Harvard University Press, Cambridge, MA, 1997, pp. 6, 9, 32, 114; Anthony Grafton, “The Footnote from de Thou to Ranke”, History and Theory, vol. 33, nº 4, 1994, p. 54.
4. Chuck Zerby, The devil’s details: a history of footnotes, Invisible Cities Press, Montpelier, 2002, p. 39.
5. Chuck Zerby, The devil’s details, ob. cit., pp. 63, 64.
6. Anthony Grafton, “The Footnote from de Thou to Ranke”, ob. cit., pp. 73-74.
7. Chuck Zerby, The devil’s details, ob. cit., pp. 81, 82.
8. R. J. Schork, “Gibbon in the ‘Wake’: A Note on Footnotes”, James Joyce Quarterly, vol. 39, nº 2, 2002, pp. 331-336.
9. Anthony Grafton, Footnotes, ob. cit., p. 1.
10. Jacob Bernays citado en Anthony Grafton, Footnotes, ob. cit., p. 109.
11. Walter Benjamin citado en Todd Samuel Presner, “‘What a Synoptic and Artificial View Reveals’: Extreme History and the Modernism of W. G. Sebald’s Realism”, Criticism, vol. 46, nº 3, 2004, pp. 341-360, 343, n. 4.
[“A Short History of the Footnote”, mayo de 2022, en https://www.lexacademic.com. No indican el nombre del autor]