Ayacucho sin bronce
Por Carlos Díaz
La presencia colombiana en el Perú entre 1823 y 1827 fue, entre otras cosas, un proyecto de seguridad y hegemonía regional. La lectura patriótica de la Batalla de Ayacucho es matizada al examinar las tensiones que tenían lugar entonces en los Andes Centrales entre liberación, soberanía, tutela política y dominación militar.

Batalla de Ayacucho, 1890. Pintura iniciada por Martín Tovar y Tovar y culminada por Antonio Herrera Toro
El 9 de diciembre de 1824, en el campo de Ayacucho, en el alto Perú, las tropas republicanas se preparaban para una batalla decisiva. José Antonio Sucre se dirigió a sus soldados y pronunció una frase hecha para la memoria: “El gran Simón Bolívar me ha prestado hoy su rayo invencible”. Para muchos combatientes colombianos, aquello no era solo una operación militar. Era una misión de redención continental. Esa es la imagen que la historiografía patriótica nos ha dejado. Colombia como libertadora de América. Bolívar como conductor providencial. Sucre como encarnación de la victoria. Ayacucho como cierre glorioso de la dominación española. Pero esa imagen, como toda estatua, deja sombras a su alrededor.
Conviene formular una pregunta menos cómoda: ¿Colombia fue al Perú solo por altruismo? ¿O también buscaba proteger su propia supervivencia y proyectar poder sobre los Andes Centrales? La presencia colombiana, esto es, venezolana y neogranadina, en el Perú no puede entenderse solo como empresa libertadora. También fue un proyecto de hegemonía regional, sostenido en el realismo político, en la construcción del Perú como problema de seguridad y en la apelación al derecho de conquista.
El relato tradicional es conocido. José Manuel Restrepo, el primer historiador colombiano, definió Ayacucho como el acontecimiento que “aniquiló enteramente el poder español”. En esa lectura, Sucre aparece como vencedor magnánimo y la campaña peruana como consecuencia natural de la misión americana de Colombia. La imagen se volvió todavía más heroica con el paso del tiempo. Pilar Moreno de Ángel presentó a Sucre como la “encarnación de la victoria” y llegó a sugerir que las balas se desviaban para no tocarlo. Camilo Riaño vio en Ayacucho el “sello definitivo” de una estrategia militar superior.
Ayacucho, sin duda, fue una batalla decisiva en la independencia de la América del sur. El problema está en sustraerle sus elementos políticos menos evidentes. Cuando Colombia aparece solo como redentora de América, quedan fuera del cuadro las tensiones locales, las resistencias peruanas y los intereses estratégicos de Colombia. Como explicaban Heraclio Bonilla y Karen Spalding: en el caso peruano, la independencia fue, en buena medida, llevada desde afuera por ejércitos que también buscaban asegurar sus propias fronteras.
¿Por qué Colombia envió tropas a miles de kilómetros de su territorio? Bolívar dio una respuesta directa a Santander. Si los españoles tomaban Lima, tendrían “inmensos recursos con que invadir las fronteras de Colombia”. La frase dota a la campaña de un sentido distinto al que usualmente le asigna el relato patriótico. El Perú ya no aparece solo como una república hermana que debía ser liberada. Aparece como un problema de seguridad para Colombia. En otras palabras, la guerra en el Perú se presentó como una forma de impedir que la guerra de España regresara a Colombia.
A eso podemos llamarlo, usando un término contemporáneo, como securitización. Un asunto político es convertido en una amenaza existencial para la supervivencia del Estado, por lo que exige medidas excepcionales para enfrentarla. En este sentido, si el Perú cae, la seguridad colombiana queda expuesta. Con ese razonamiento, Bolívar y sus colaboradores justificaron disposiciones extraordinarias: envío de hombres, recursos fiscales, ocupación militar y mando político fuera de las fronteras propias. Aún con peligro real, la retórica fue deliberadamente alarmante. El secretario de Bolívar sugirió que, si el Perú caía, los españoles podrían avanzar hasta los llanos de Neiva y el centro de la República. No se trataba solo de convencer. Se trataba de producir urgencia política.
El proyecto también generó una tensión jurídica. Colombia defendía el uti possidetis, es decir, el respeto por las fronteras heredadas de 1810. Ese principio servía para ordenar el mapa de las nuevas repúblicas. Pero, al entrar al Perú, ese mismo principio se volvió incómodo. La trayectoria colombiana entre 1819 y 1822 ya había combinado ocupación militar, anexión territorial y negociación política. En el Perú, esa lógica reapareció bajo una fórmula ambigua: dominar para liberar. La tutela militar se presentaba como condición necesaria para producir independencia.

Batalla de Ayacucho, por Denis Auguste Marie Raffet, 1830
El caso más revelador fue la capitulación de Ayacucho. No fue un acuerdo entre el ejército español y una autoridad peruana soberana. Fue un pacto entre Canterac y Sucre, es decir, entre mandos militares españoles y colombianos. Los peruanos quedaron en una posición subordinada dentro de la decisión sobre su propio territorio. Aquí aparece el derecho de conquista. La soberanía no pasaba simplemente del rey español al pueblo peruano. En la práctica, quedaba mediada por las armas colombianas.
La tutela se justificaba con un argumento paternalista: los peruanos, divididos por facciones y por la anarquía, no podían conducir por sí solos su destino político. Ese lenguaje no era neutro. Servía para legitimar el mando colombiano y para convertir la ocupación en tutela. También permitía presentar la subordinación peruana como una necesidad transitoria, aunque sus efectos políticos fueran muy concretos.
Esto, por supuesto, no niega que la concepción de América como patria común fuera una narrativa política movilizadora, ni que muchos venezolanos y neogranadinos perdieran la vida por la independencia del Perú. Sin embargo, el altruismo no lo explica todo: en la decisión colombiana también pesaron, tanto o más, los cálculos estratégicos.
Con el retiro de San Martín, Colombia quedó como el principal eje militar de Sudamérica. Sucre lo expresó con claridad: la victoria en el Perú daría a Colombia una “influencia poderosa en la política de América” por mucho tiempo. Bolívar no actuó solo como libertador. También ejerció un poder dictatorial en el Perú, esto es legal, temporal y extraordinario, por lo que suspendió el Congreso y nombró gobernadores militares colombianos. La creación de Bolivia llevó esta influencia a su punto más visible: un nuevo Estado con un nombre derivado de Bolívar, constitución redactada por él y diplomáticos definidos desde Bogotá. La independencia, vista desde este ángulo, no fue solo emancipación. También fue reorganización del poder en la región.
Pero ese proyecto tenía límites. El primero fue material. Las poblaciones locales, como en Arequipa o Trujillo, estaban agotadas por las contribuciones, los suministros y la presión de los ejércitos. Sucre se quejaba de que apenas recibía “miserables donativos” de pueblos que ya no tenían nada que entregar. El segundo límite fue militar. Las propias tropas colombianas se sublevaron en Lima y Cochabamba. Pedían pagos atrasados y el regreso a su patria. Esa protesta revela un punto central: incluso el ejército vencedor estaba exhausto. La hegemonía podía proclamarse, pero debía pagarse, alimentarse y sostenerse.
El llamado “sueño bolivariano” no fue solo un ideal romántico de unidad americana. Fue también un ejercicio de realismo político. Colombia buscó maximizar su poder en un escenario sudamericano inestable, donde la caída del poder español no produjo un orden inmediato, sino una competencia entre proyectos estatales. Esto no le quita valor a la experiencia de los soldados ni a la importancia de Ayacucho. Pero sí obliga a mirar la independencia con menos bronce y más política.
Los libertadores no fueron figuras místicas. Fueron dirigentes de guerra que actuaron en nombre de repúblicas frágiles, con ambiciones, temores y cálculos estratégicos. Por eso, al volver sobre Ayacucho, no conviene ver solo el brillo de los sables. Conviene observar también la disputa por la seguridad, la soberanía y la hegemonía en los Andes Centrales.
Bibliografía
Heraclio Bonilla y Karen Spalding, “La independencia en el Perú: las palabras y los hechos”, en La independencia en el Perú, Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 1972.
Carlos Alfonso Díaz Martínez, Economías de guerra: Nueva España, Nuevo Reino de Granada y Venezuela, 1776–1821, ICANH, Bogotá, 2024.
Daniel Gutiérrez Ardila, “¿Movimientos de cuartel o sobresaltos republicanos? Los pronunciamientos de las tropas auxiliares en Perú y Bolivia, 1826 a 1828”, Revista de Indias, vol. 84, nº 290, 2024.
José Manuel Restrepo, Documentos importantes para la Historia de la Revolución de la República de Colombia en la América Meridional, Universidad de Antioquia /Universidad Nacional / Universidad del Rosario, Medellín, 2009.
Antonio José de Sucre, De mi propia mano, compilación de Inés Mercedes Quintero Montiel y Andrés Eloy Romero, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1981.