Los indios del Peñol que se opusieron a "la libertad"
Por Edgardo Pérez Morales
Hace dos siglos, los líderes independentistas justificaron su rompimiento con España aludiendo al sometimiento intolerable en que permanecían los nativos americanos. Muchos indígenas no quisieron repudiar al rey y rechazaron la idea de los derechos individuales. El episodio nos recuerda que la división facilista del mundo en buenos y malos implica una distorsión interesada de la historia.

Camino por las montañas de la provincia de Antioquia, ca. 1800. Archivo General de Indias, MP - Estampas 257
Las revoluciones políticas son cambios súbitos hacia un nuevo norte y, al mismo tiempo,
conflictos civiles en los que la opinión divide a comunidades, familias y antiguos allegados. Durante la Revolución Neogranadina, proceso por el cual Colombia surgió como un nuevo país hace dos siglos, los indígenas no tuvieron una opinión unificada, pero se opusieron casi siempre a la idea de separarse de España. ¿Preferían malo conocido que bueno por conocer?
La Conquista de América se había cerrado con un acuerdo según el cual el rey de España prometía evangelizar y defender a los indígenas, mientras que estos entregaban su lealtad al monarca y le pagaban un impuesto anual, el tributo. La cristianización de los indígenas era justificación de la colonización. Como todo pacto político, este nunca funcionó perfectamente; tampoco fue solo propaganda o letra muerta. Como la custodia de los nativos americanos era política de Estado, los monarcas se tomaban el asunto en serio. A los indígenas este arreglo les permitía elegir sus propias autoridades, imponer sus normas internas y ejercer propiedad colectiva sobre sus tierras, a menudo extensas. Ahora bien, sobre ellos pesaban restricciones claras, pues no se les permitía elegir libremente su oficio y se les impedía también formar familias por fuera de sus pueblos. Muchos tenían que trabajar de gratis para los españoles.
Las revoluciones de independencia, entonces, también buscaron hacer de los indios una de sus justificaciones principales. La emancipación de esas comunidades se presentó como objetivo noble de la transformación política. Los abogados, curas, políticos y militares (descendientes, muchos, de conquistadores) que lideraron la gesta, usaron la idea del indio sometido para validar su movimiento. Sin embargo, muchos indios se opusieron a la idea de ser libres o ciudadanos.
En Antioquia, la Revolución despegó con la instalación de una Junta Superior Provincial, organismo autónomo de gobierno, en 1810. A mediados de 1811, la Junta expidió una Constitución Provisional, transformando esta provincia en un Estado, es decir, acercándola todavía más a la independencia. Los líderes de esta mutación decidieron que los indios dejarían de ser comunidad de tributarios tutelados por el gobierno para que, libres de semejante pupilaje, pudieran convertirse en individuos verdaderos, en ciudadanos. Pero todo parece indicar que no consultaron el asunto previamente con las comunidades.
El 1 de enero de 1812, la Junta hizo publicar en el pueblo de indios de San Antonio del Peñol una orden que los daba por “libres de la pensión de Reales tributos”. En otras palabras, los hombres del Peñol quedaban eximidos de pagar la capitación a la que estaban obligados. También quedaban libres para contraer matrimonio por fuera de su comunidad, lo cual muchos ya hacían, aunque seguía siendo mal visto. Este cambio en su estatus implicaba, entre otras cosas, que, de ahora en adelante, tendrían que pagarles a los curas por bienes espirituales que el rey, como su protector religioso, les había subsidiado siempre. La idea de tener que buscar dinero para solventar sus bautismos, matrimonios, entierros y para cubrir los honorarios de los sacerdotes les pareció aterradora.
José Vicente Ciro y otros líderes del pueblo protestaron. En lugar de abrazar esta “gracia de libertad” que les ofrecía la Junta, querían seguir sirviendo fielmente al rey de España, pagando tributo como lo habían hecho “desde nuestro antiguo tiempo”. Argumentaban que los nuevos pagos a la Iglesia podían deshacer el tejido social y espiritual de la comunidad: sería imposible acceder a los ritos que marcaban el ciclo vital a la hora del nacimiento, el casamiento y la muerte.

"La carga de la libertad", por Camilo Uribe Posada @camilouribeposada
La lógica de su crítica al nuevo orden propuesto era clara: como no tenían con qué pagar la celebración de los sacramentos, introducir el dinero en la relación entre unos feligreses
pobres y unos curas por lo general rapaces implicaba que los niños quedarían en el pecado original, la juventud conviviría en relaciones ilícitas y los muertos serían sepultados en los montes. En los cambios de aquellos años revolucionarios, algunos veían una cierta mercantilización de la vida espiritual y una banalización riesgosa de acuerdos políticos estables.
Al “llorar” la potencial pérdida de su “antiguo estado de Indios”, los del Peñol aseguraban que preferían seguir en el humilde puesto que les había dado el creador. Esto también implicaba continuar en las faenas de “cargueros”, llevando sobre sus espaldas mercancías y viajeros entre el río Magdalena y las montañas de Antioquia. En la promesa de cambio detectaban un mal negocio que los haría falsamente libres, una intención fingida de los líderes de la Junta. A esta actitud contraponían su autenticidad, pues decían no sentirse en nada movidos por la “ambición o vanagloria de ser ciudadanos”.
Manuel Buriticá, Domingo Pamplona, Bautista Quinchía, Lucas Morales, Melchor Chalarca y otros ciento y pico de hombres juntaron sus voces a esta protesta. Cien mujeres hicieron lo propio, entre ellas Plácida Blandón, María de Jesús Usme, Antonia Colorado, Valeria Buriticá y Salvadora Mayo. Todos decían estar dispuestos a rendir sus vidas, de ser necesario, en la defensa del soberano. Ahora bien, una opinión política jamás es el resultado mecánico de la posición de clase, linaje o género que ocupe un individuo. Aunque tenemos menos pistas sobre el sentido de su decisión, sabemos también que en El Peñol hubo cincuenta y cinco personas, entre hombres y mujeres, que apoyaron a la Junta porque querían “ser libres y no tributarios”.
Sin embargo, los indios del Peñol que se opusieron a “la libertad” anticiparon con sagacidad lo mucho que vendrían a perder con el cambio de régimen, incluyendo tierras comunitarias, instituciones de autogobierno, y principios legales prehispánicos incorporados por los colonizadores en las leyes que gobernaban los reinos españoles de América.
Para hacer una revolución en nombre de los indios, había que dejar de lado semejantes complejidades y pintar el mundo en blanco y negro. En esa versión de la historia solo podían actuar dos tipos de protagonistas, unos malos y explotadores, los otros buenos y explotados. El nativo americano, idealizado, no podía ser sino víctima de los reyes europeos, jamás de los líderes de la independencia.
De manera parecida, el rey de Inglaterra había sellado pactos con las naciones nativo-americanas del norte del continente, poniendo una frontera que los separaba de los colonos: estos no debían cruzar los Apalaches, pues el oeste quedaba demarcado como lugar donde los indios podían hacer sus propias vidas. No sin razón, estas comunidades se opusieron a la independencia de los Estados Unidos. Este país libre, en efecto, también desconocería lo que se había pactado anteriormente, permitiendo que los pueblos originarios fueran hostigados hasta el borde del exterminio.