Cien años de violencia revolucionaria
Por Isidro Vanegas
Hace cien años los socialistas revolucionarios inauguraron el camino de los actos violentos como mecanismo de intervención en la escena pública. Desde entonces, el grueso de la izquierda colombiana ha sido incapaz de romper de modo irreversible con esa escogencia.

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Hace un siglo, los socialistas colombianos comprometidos con una revolución total aparecieron en escena llevando consigo un apego manifiesto a las armas. 1 Cuando iniciaron el Partido Socialista Revolucionario – PSR, aquella simpatía pudo convertirse en actos materiales violentos. El PSR, en efecto, fue fundado en diciembre de 1926 y allí mismo sus dirigentes acordaron recurrir a la insurrección para tomarse el poder. En dos ocasiones, separadas apenas por medio año, ensayaron ese sangriento mecanismo.
El primer plan de insurrección lo idearon los líderes del PSR para que coincidiera con una huelga que empezaría en Cartagena, Barranquilla y la zona bananera del Magdalena y que procurarían extender a los principales núcleos laborales del país. Una vez lograda una amplia movilización obrera y popular, los socialistas desencadenarían la toma armada del poder, para la cual comprometieron a algunos veteranos caudillos liberales. El proyecto, que le ocultaron a los activistas locales y a los trabajadores, contemplaba la división del país en cinco zonas (centro del país, Santander, occidente, Antioquia y Costa Atlántica), al frente de cada una de las cuales habría unos “hombres claves”. Junto a estos habría todo un conjunto de “hombres de confianza” encargados de ayudar en las labores logísticas. De la maquinación lo único que pudieron poner en marcha sus gestores fue la gran protesta en la región bananera (diciembre de 1928), que los socialistas, en concordancia con sus designios, no se interesaron en hacer triunfar en su dimensión laboral sino que convirtieron en una sinsalida, apostándole a la crispación de los trabajadores y de los militares enviados a controlar la protesta. Como bien se sabe, la huelga terminó en una matanza, en la persecución de los dirigentes y en la postergación de los trabajadores. A aquellas lamentadas víctimas hay que sumarle los cerca de 30 muertos que dejaron los ataques armados liderados por los socialistas en los días posteriores a la masacre del 6 de diciembre, además de las agresiones personales, los destrozos e incendios.
El ruidoso fracaso del plan de los dirigentes del socialismo revolucionario no los amilanó ni les enseñó mayor cosa, debido a que estaban obnubilados por su convicción de que el país vivía una situación revolucionaria. La respuesta consistió en trenzarse en una competencia interna por quién llevaría a cabo el siguiente intento de tomarse el poder.
Tomás Uribe Márquez, desde Bogotá, apresuró los preparativos para el levantamiento y en medio de ese afán fue capturado a comienzos de febrero de 1929. Al mismo tiempo otro sector del partido, encabezado por Ignacio Torres Giraldo, echó a andar, sin ninguna planificación y contra el consentimiento de parte de los dirigentes, una nueva rebelión armada. Esta tuvo lugar en los últimos días de julio de 1929 y dio como resultado asonadas intrascendentes en términos militares en el Líbano y otros puntos del Tolima así como en Puerto Wilches y otros lugares de Santander, al igual que ataques a la infraestructura de comunicaciones en el departamento del Valle. También dio como resultado la muerte violenta de 17 personas.

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Aunque los socialistas revolucionarios durante este tiempo siguieron desarrollando diversas formas de proselitismo legal, las actividades ilegales concentraron la atención de sus líderes y de la organización en general. Dedicaron grandes esfuerzos a conseguir dinero y armas, a fabricar y ensayar bombas, a concertar los planes con los cuadros locales, a comprometer a ciertos jefes liberales, a forjar un espíritu conspirativo y una actitud agresiva entre sus copartidarios. Sin embargo, estuvieron lejos de practicar un conspiratismo serio. Los planes de rebelión fueron conocidos de modo anticipado por las autoridades y los artefactos explosivos que fabricaban fueron motivo de aprehensión y de burla en los cafés bogotanos. Pretendían dar un golpe simultáneo en los centros neurálgicos de poder pero en ningún momento reunieron armas en cantidades apreciables, ni le dieron la más mínima preparación marcial a los grupos destinados a ello, aunque, eso sí, le prescribieron a sus huestes el juego del tejo como preparación física para la gran jornada.
Los socialistas se despreocuparon de sus labores doctrinarias y gremiales, y las que prosiguieron las subordinaron al proyecto militar. El periódico La Humanidad —el más importante del PSR— fue suspendido a finales de 1927 y una actividad de tanta importancia en el pasado para la construcción identitaria de los trabajadores y los activistas, como era la celebración del primero de mayo, fue poco menos que abandonada. A ese vanguardismo conspirativo se vieron arrastradas muchas organizaciones y militantes gremiales.
La apuesta de los socialistas revolucionarios por la vía armada les impidió jugar un rol importante en la vida del país. Los aisló en un momento en que sectores importantes de la población eran receptivos a los cambios políticos y culturales, los desacreditó ampliamente y los hizo un blanco fácil de la represión gubernamental. Ese militarismo, además, en lugar de fomentar la unidad de los activistas, estimuló la fragmentación y la rispidez en sus relaciones. Fue de amplio uso en las filas socialistas el lenguaje denigrante, que muchos utilizaron con sus compañeros. Por lo demás, el objetivo de la lucha les parecía tan loable, el ejemplo a seguir tan insigne, que las depuraciones en las propias filas y la vigilancia contra los supuestos enemigos infiltrados se les hacían necesarias. Se trataba de actitudes desconocidas para los primeros socialistas, anteriores al PSR.
Después de aquellas intentonas insurreccionales de hace cien años, la izquierda colombiana (totalitaria, salvo raras excepciones) siguió teniendo en su repertorio muy variadas formas de violencia: soviets, guerrillas, grupos urbanos de choque, insultos sistemáticos, entre otras. Pocas veces ha predominado en la izquierda la convicción de que la violencia es repudiable en términos absolutos. Algo así tuvo lugar entre las décadas de 1990-2010 cuando sus líderes más sobresalientes tomaron distancia de la lucha armada pero en años recientes ese repudio se trocó en una complacencia abierta por los mecanismos cruentos, materiales y simbólicos, que ha conducido a deslegitimar e incluso a destruir los logros positivos de la izquierda en términos de mayor igualdad e inclusión para ciertos grupos sociales.
Tan notorio es en la actualidad aquel gusto arcaico por la violencia entre la izquierda que su bienamado caudillo proclamó esto hace pocos días: “podría levantarme en armas legítimamente y llevarme una parte del ejército”. Ninguno de sus prosélitos ha salido a mostrar un mínimo de rubor por esta y sus demás patochadas belicosas.
Nota:
1 Este texto retoma lo planteado en el tercer capítulo de Los socialistas colombianos, Ediciones Plural, Bogotá, 2024, de mi autoría.