top of page

García Márquez y
la servidumbre voluntaria

Por Isidro Vanegas

Un repaso al itinerario de la sumisión entusiasta del escritor ante Fidel Castro abre la posibilidad de cuestionar la opción de muchos intelectuales por regímenes despóticos, no sólo en América Latina.

1960 Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir extasiados ante Fidel Castro, que a su vez está

Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir extasiados ante Fidel Castro, que a su turno se muestra extasiado consigo mismo, 1960

Es bien conocida la sumisión voluntaria de dos escritores colombianos a feroces dictadores. Fernando González se esforzó por ganarse la benevolencia personal de Juan Vicente Gómez y escribió un libro ditirámbico en homenaje de quien mandó en Venezuela durante 27 años, aniquilando cualquier oposición mediante el destierro, el encarcelamiento y la tortura de los disidentes. José Antonio Osorio Lizarazo, buscó y le sirvió, como burócrata, periodista y escritor a Rafael Leonidas Trujillo, que durante los 31 años en que despotizó a República Dominicana hizo asesinar a unas 50 mil personas.

La sumisión entusiasta de Gabriel García Márquez a Fidel Castro es igualmente conocida, pero es posible abordarla de un modo que abra nuevos interrogantes. Conviene comenzar recordando los hechos más salientes de esa relación.

En 1959 el escritor colombiano, con el entusiasmo que en tantos latinoamericanos despertaron las promesas revolucionarias cubanas, trabajó en la agencia de información oficial (Prensa Latina), constituida por los nuevos gobernantes de la isla. Con motivo de sus actividades periodísticas, García Márquez se encontró en aquellos años varias veces con el caudillo, pero este le correspondió su acendrada admiración con el obsequioso desinterés que desplegaba ante quienes no eran servidores distinguidos. Para 1971, convertido en uno de los principales referentes de la literatura latinoamericana (cuatro años atrás había publicado Cien años de soledad), García Márquez entraba ya en el radar del jefe supremo. En aquel año tuvo lugar el caso Padilla, un acontecimiento importante en la historia intelectual de nuestros países. El poeta Heberto Padilla fue encarcelado y torturado durante más de un mes para obligarlo a retractarse de su falta de entusiasmo por la revolución. Mientras que varios escritores e intelectuales hasta entonces simpatizantes con el orden castrista se indignaron por el ignominioso procedimiento, García Márquez se esforzó por quedar bien al mismo tiempo con el dictador y con quienes le reprochaban sus desmanes, negándose a firmar una carta de protesta pero avalando “la honradez intelectual y la vocación revolucionaria” de quienes la suscribieron.

Un salto en la subordinación de García Márquez al tirano tuvo lugar en 1976, cuando el que era ya el escritor latinoamericano más famoso a nivel mundial, decide jugárselo todo para que Castro reconozca la valía de su adhesión, e incluso lo integre a su círculo íntimo. Para lograrlo, se dispuso a hacer cualquier cosa, por infame y lastimosa que pudiera ser en términos de la moral convencional.

Como lo cuenta su biógrafo, García Márquez viajó a comienzos de aquel año a la Habana para postularse ante un alto funcionario como autor de una apología de la operación bélica desplegada en Angola, mandada por los soviéticos pero camuflada como filantrópico internacionalismo que, sin embargo, le dio carta blanca a los militares cubanos para depredar sistemáticamente aquel país. El funcionario le contestó que la ofrenda literaria debía ser aceptada por el destinatario, cuyo aval esperó García Márquez, trémulo, encerrado durante un mes en un hotel habanero. Habiendo recibido la razón de que el tirano le hacía el honor de aceptar aquella muestra de fidelidad, el novelista colombiano escribió “Operación Carlota”, no con datos obtenidos sobre el terreno sino exclusivamente con la información que le suministraron en La Habana, los jefes castrenses. Castro, empero, no aceptó sin más el panegírico sino que tardó tres meses en aprobarlo, después de hacerle las correcciones convenientes. Comenzó entonces la gesta servil del hombre de letras ante el amo de la isla, la que ambos trataron de cubrir con la ingenua hoja de parra de presentarla como una amistad centrada en la literatura y la gastronomía.

El primero de mayo de 1980, García Márquez acompañó en la tribuna a Castro. Más de diez mil cubanos ansiosos por escapar de aquel reino encantado habían ocupado la embajada del Perú en La Habana. Con su presencia ese día, el escritor avaló los ultrajes del jefe supremo para aquellas personas desesperadas que a sus ojos no eran más que desclasados, antisociales, lumpen. El resto de cubanos, al decir del gobernante, eran “hombres y mujeres absolutamente libres” que vivían en la sociedad con el “ambiente moral más sano”, de donde, no obstante, terminaron huyendo ese año ciento veinticinco mil personas. Trescientas mil más habían hecho lo mismo entre 1965 y 1973. En total, hasta hoy, más de dos millones de cubanos se han visto empujados a abandonar la patria americana del hombre nuevo.

García Márquez no paró de cumplirle encargos a Castro, de los más formales a los más menudos. Desde ganar el buen ánimo del presidente estadounidense Bill Clinton para un tratamiento favorable a su gobierno, hasta servirle de chino de los mandados. Según cuenta Norberto Fuentes, miembro de las más encumbradas élites cubanas de entonces, el novelista colombiano fue enviado en la década de 1980 a Madrid para que dijera al presidente español, Felipe González, estas palabras textuales: “Oye, Felipe, dice Fidel que tú eres un maricón”. García Márquez le transmitió las mismas palabras al dictador panameño Omar Torrijos. Por esas heroicas gestiones recibió la entusiasta admiración de la nomenklatura fidelista.

1924 Juan Vicente Gómez en el 25º aniversario de la Batalla de Tocuyito (1899) El redactor

Juan Vicente Gómez en 1924, durante la conmemoración del 25º aniversario de la Batalla de Tocuyito. El redactor del Nuevo Diario le lee un texto de su periódico

El autor de Cien años de soledad en muchas ocasiones más sirvió a Castro de un modo que a primera vista no parecía ser un favor para este. Le solicitó, con los debidos circunloquios, que liberara a algunos presos políticos o dejara partir a algunos desencantados, a lo que el dictador accedió en diversas ocasiones. García Márquez estuvo muy orgulloso de ese rol suyo, que alguien de su entorno más próximo defendió de este modo en 1984: “Su amistad con Castro le ha permitido intervenir con eficacia para obtener la libertad de un gran número de presos políticos”. Lo mismo respondió García Márquez a Susan Sontag, dos décadas después, cuando la escritora estadounidense lo criticó por su silencio ante la represión de la dictadura: “no podría calcular la cantidad de presos, de disidentes y de conspiradores que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o a emigrar de Cuba en no menos de veinte años”.

Con razón dijo Mario Vargas Llosa que las personas “salvadas” por García Márquez en Cuba eran regalos que el dictador le hacía, de vez en cuando, a sus cortesanos. Estos, se beneficiaban de la excarcelación de inocentes, alimentaban con ellas su vanidad y calmaban su eventual desasosiego. Al mismo tiempo, y esto quizá fuera más importante, aquellas víctimas redimidas eran ofrendas que el tirano se hacía a sí mismo, para su mayor gloria y su apoteosis como gobernante magnánimo. García Márquez, como lo habían hecho Máximo Gorki o Romain Rolland en la Unión Soviética con Stalin, mediante sus gestiones humanitarias ante el verdadero culpable, ayudaron a diluir el carácter despótico de este, a quien tales liberaciones hicieron aparecer humanizado, incluso como alguien bondadoso. Al liberar a un preso, el dictador obraba una especie de milagro. Y como lo indica Nadiezda Mandelstam para el caso de Stalin, el milagro dejaba de serlo cuando no conllevaba admiración. García Márquez, que en realidad era un activo publicista de su presunto humanitarismo, se prestaba complacido para suscitar un motivo adicional de admiración hacia Castro: sacar de la cárcel a quienes nunca debió encarcelar.

García Márquez concibió la tiranía castrista como un orden que los cubanos debían agradecer y los extranjeros admirar. Una de las muchas afirmaciones en esa dirección la hizo en 1976, en la revista Alternativa: “Todos los grandes hechos de la revolución… todos están consignados para siempre, con una técnica de reportero sabio en los discursos de Fidel Castro. Gracias a esos inmensos reportajes hablados, el pueblo cubano es uno de los mejores informados del mundo sobre la realidad propia, y mediante un canal más directo, profundo y honrado que el de los periódicos tramposos del capitalismo”. ¡Inefable! Es cierto que en ocasiones hizo reparos al poder cubano, pero fueron críticas remilgosas, para hacer creer que su autor conservaba un espíritu independiente y que el criticado no era infalible, como en realidad lo era. En los asuntos cruciales y en los momentos decisivos, García Márquez se puso, sin remilgos, de lado de su “amigo”.

Con frecuencia se apuntó a favor de García Márquez el no haberse convertido al comunismo, suponiendo que esta actitud dejaba ver que no era un incondicional de Castro. Fue todo lo contrario. Al exhibirse con ostentación como no comunista, le hacía un favor adicional al tirano. Etiquetarse como “independiente” le facilitaba tener relaciones con políticos y hombres de letras diversos y poner esos contactos al servicio de su valedor. Además, resultaba más valioso el aplauso de un compagnon de route que el de un camarada, porque el del primero parece desinteresado y atrae la simpatía de un público más amplio que la zalema del militante. Por eso, Stalin tuvo más atenciones para autores franceses no comunistas, como André Gide o Romain Rolland, que para militantes comunistas como Henri Barbusse o Louis Aragon. Por añadidura, los aplausos que estos le prodigaban al déspota soviético le salían mucho más baratos, prácticamente gratis: ¿para qué iba a tratar de comprarlos?

El tipo de poder que desplegó Fidel Castro tenía una necesidad mucho mayor de la aquiescencia de los intelectuales que el poder instituido por dictadores del tipo de Juan Vicente Gómez o Rafael Leonidas Trujillo. Estos, por ejemplo, aceptaron la genuflexión de Fernando González y de Osorio Lizarazo, pero no les concedieron un rol significativo. Mientras que Gómez o Trujillo querían todo el poder para ellos y a cambio les ofrecían a sus respectivas sociedades poco más que estabilidad, Castro quería todo el poder para sí, pero a cambio creía estarle dando a Cuba, e incluso a la América Latina toda, un modelo de comunidad humana que rehacía radicalmente la historia, juntando en ella lo justo, lo verdadero y lo bello. Los intelectuales eran necesarios a ese efecto, puesto que les correspondía certificar, alabar y difundir un logro tan eximio.

Sin embargo, más importante que indagar las razones del tirano para cortejar y usar al intelectual, es tratar de dilucidar por qué este acepta e incluso busca el regazo del déspota. En el caso de García Márquez, Enrique Krauze ha sugerido que esa actitud podría hallar explicación en su temprano desprecio de la democracia y los valores republicanos, su animadversión hacia Estados Unidos y la transferencia al líder carismático de la veneración que el niño Gabriel había sentido por su abuelo. Cualquiera sea la explicación de la actitud de García Márquez, el caso es que él no fue sino el más renombrado áulico letrado del dictador caribeño. ¿Cómo explicar, entonces, que gran parte de la intelectualidad latinoamericana haya experimentado hacia Castro una devoción semejante, que está lejos de haberse extinguido? La cuestión no es en absoluto exclusiva de América Latina. Tzvetan Todorov mostraba su asombro por el hecho de que en Europa gran parte de los intelectuales, que se suponen el “sector más lúcido” de la sociedad, hubieran optado en el siglo XX por la defensa de regímenes violentos y tiránicos. “¿Cómo es posible, me preguntaba una vez instalado en Francia, que la media de la población sea políticamente más lúcida que sus élites? ¿Se trata de un error de tipo meramente individual, o debemos buscarle una explicación global y unas razones, por decirlo de algún modo, estructurales? ¿Por qué los intelectuales muestran una complacencia semejante con los regímenes totalitarios?”.

Bibliografía

Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli, Gabo y Fidel, Espasa, Bogotá, 2004.

Enrique Krauze, “A la sombra del patriarca”, Letras Libres, nº 130, octubre de 2009, pp. 14-26.

Fidel Castro, Discurso en el primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, abril 30 de 1971, en Así habló Fidel Castro, Ediciones IDEA, Santa Cruz de Tenerife, 2008, p. 89.

Fidel Castro, Discurso del 1º de mayo de 1980, en http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1980/esp/f010580e.html.

Gerald Martin, Gabriel García Márquez. Una vida, Debate, Bogotá, 2009.

“Gabo responde a Susan Sontag”, El Tiempo, abril 29 de 2003, Bogotá.

Marlene Azor Hernández, “Totalitarismo corriente en Cuba”, en Cuba totalitaria, Editorial Hypermedia, Madrid, 2022, pp. 221-243.

Nadiezhda Mandelstam, Contra toda esperanza, Acantilado, Barcelona, 2012, pp. 233-239, 587.

Norberto Fuentes, Dulces guerreros cubanos, Seix Barral, Barcelona, 1999.

Reinaldo Arenas, Antes que anochezca, 12ª ed., Tusquets, Barcelona, 2015.

Sophie Cœuré, “Romain Rolland, la Russie et le communisme. L’apport des archives soviétiques”, Cahiers de Brèves, nº 34, 2014, pp. 24-31.

Tzvetan Todorov, El hombre desplazado, Taurus, Madrid, 1998.

Zoé Valdés, La ficción Fidel, Rayo, Nueva York, 2008.

bottom of page