top of page

Vulgaridad y modernidad
Entrevista a Bertrand Buffon

Por Philippe Petit

Bertrand Buffon, autor de un novedoso libro sobre la cuestión, reflexiona acerca de los rasgos de la vulgaridad y de los factores que alimentan este fenómeno, tan sobresaliente en los tiempos actuales.

Silvio Berlusconi con Barack Obama y su mujer en septiembre de 2009 AA.jpg

Silvio Berlusconi con Barack Obama y su mujer en septiembre de 2009

La observación es evidente, pero el remedio no tanto: la vulgaridad va en aumento. El libro de Bertrand Buffon —Modernité et vulgarité— bien podría haberse titulado “La extensión del dominio de la vulgaridad”.

“Puedo ser vulgar a veces”, nos dijo el autor nada más empezar. Sin embargo, nos recibió “cortésmente”!

 

Philippe Petit: Usted plantea la idea de un incremento de la vulgaridad en todas las clases sociales desde finales del siglo XVIII, cuando Madame de Staël (1776-1817) popularizó el término. ¿Es casualidad que una mujer lo acuñara?

Bertrand Buffon: Nietzsche creía que las mujeres nacieron para civilizar a los hombres... La vulgaridad es una forma de incivilidad. Combina defectos flagrantes en modales, lenguaje y vestimenta con una gran dosis de presunción o pretensión. De Madame de Staël a Lydie Salvayre, pasando por Marie d’Agoult, Delphine Gay y muchas otras, numerosas mujeres han alzado la voz contra la vulgaridad.

De acuerdo, pero ¿qué le hace creer en esta irreprimible tendencia hacia una menor civilidad y una mayor vulgaridad?

La espiral descendente es irresistible porque la vulgaridad resulta de una aplicación desenfrenada de los principios modernos, ahora promovidos por la ideología dominante: el neoliberalismo. La concepción del ser humano como un ser constituido por su voluntad, que se funda en sí mismo, que se eleva por encima de todo, el materialismo sistemático que reduce todo a un mero medio, y la excesiva expansión de la idea de igualdad contribuyen a la presunción, la pretensión y la falta de civismo y buenos modales. Sin embargo, aunque estos principios posibilitan la vulgaridad, e incluso la fomentan, no necesariamente conducen a ella; de lo contrario, todos seríamos vulgares. La vulgaridad se propaga y se vuelve común; no se generaliza.

Usted asocia ese auge con la modernidad. En términos generales, con el advenimiento del individuo democrático y de los derechos humanos, como si el régimen de derechos constriñera el libre desarrollo de nuestra “naturaleza”. Como si, al silenciar nuestras “pasiones”, nuestra condición jurídica le impidiera a nuestra “razón” aprender a discernir nuestras buenas y malas inclinaciones? ¿Lo he entendido bien?

Por supuesto. Definirse como un ser titular de derechos equivale a anteponerle a todo lo que uno piensa y hace un “yo tengo derecho”. La proclamación del derecho precede y prevalece sobre el pensamiento o el acto que él justifica; por lo tanto, su legitimidad proviene más de su acreditación que de su cualidad intrínseca. Los motivos naturales e intelectuales que los fundan pasan a un segundo plano; sin embargo, la reflexión en torno a estos motivos es constitutiva de nuestra vida interior y condiciona nuestra libertad: al centrarse demasiado en sus derechos, se atrofian ambas. Por consiguiente, no son tanto los derechos en tanto tales los que favorecen la vulgaridad, sino el régimen actual de derechos, que los convierte en fines en sí mismos. Quienes critican la vulgaridad son, además, modernos, pero están insatisfechos con el rumbo que ha tomado la modernidad.

¡La lista de autores que en los siglos XIX y XX le declararon la guerra a la vulgaridad es impresionante! Algunos acusaron a Victor Hugo de ser vulgar. ¿Eso es una exageración?

Por supuesto, pero debemos considerar el contexto: Hugo estaba vivo, su vanidad era descarada. Su deliberada desmesura chocaba con un gusto aún muy apegado a la moderación. Ávido de éxito, no rehuía el sentimentalismo. Ciertamente, de modo ocasional caía en la vulgaridad pero de ahí a juzgarlo uniformemente vulgar...

En el siglo XVIII los plebeyos eran vulgares, antes de volverse peligrosos. En el siglo XIX, el vulgar era el burgués. En la actualidad, ¿puede serlo todo el mundo?

En el siglo XVIII, “lo vulgar” designaba al conjunto de la población, excepto a las élites. Tras un largo período en que tuvo un sentido neutro, el término adquirió una connotación peyorativa que servía para denunciar la banalidad, la trivialidad y la grosería. Con la Revolución Francesa, la burguesía tomó el poder, impuso sus ideas y dominó la economía; de ahí derivaba su poder: de lo vulgar, pasamos a la vulgaridad. Poco a poco, los principios modernos se extendieron; la ética clásica se desvaneció: cuando desapareció, el fundamento hedonista de la modernidad desplegó todo su potencial —narcisismo, relativismo— exponiendo a todos a la tentación de la vulgaridad.

Hugo Chávez en un evento en Barinas en 2012 AA.jpg

Hugo Chávez en un evento en Barinas en 2012

Usted no menciona la televisión. Podría haber mencionado a Cyril Hanouna. O el estilo ostentoso de los nuevos ricos, denominado “bling-bling”. ¿Dónde empieza y dónde termina la vulgaridad hoy en día?

Mi libro es el primero en abordar este fenómeno de frente. Abre nuevas vías de investigación, pero no puede abarcarlo todo. Espero que inspire a otros. Un enfoque interesante sería establecer una tipología, porque la vulgaridad adopta muchas formas: existe una vulgaridad sutil y otra ostentosa, una vulgaridad sosegada y otra agresiva —basta con ver a Trump—, y así sucesivamente. Todo depende del tono de la pretensión y de los defectos que la acompañan. Estos defectos también pueden ser intelectuales: afirmar la propia emancipación mientras se obedece servilmente a un supuesto “sentido de la historia” es vulgaridad intelectual. Pero, por muy diversa que sea, la vulgaridad siempre consiste en una excesiva autoafirmación; además, se desvanece en cuanto disminuye esta sobrevaloración, aunque los demás defectos persistan.

La autoafirmación, una subjetividad ilimitada —“un yo que exalta su soberanía y sus derechos”— contribuye, según usted, a las maneras vulgares. ¿Solo la humildad podría frenar esta propensión al narcisismo? ¿Por qué?

La humildad, que conlleva discreción, es lo opuesto a la pretensión que caracteriza la vulgaridad. Creerse autosuficiente es encerrarse en sí mismo, empobrecerse y esclavizarse a las propias inclinaciones y deseos. La persona humilde no se disminuye al reconocer lo que la trasciende —la naturaleza, la cultura, la sociedad—, sino que se expande y se eleva. Cuando rehusamos hacerlo, “nada sostiene al hombre por encima de sí mismo”, se lamentaba Tocqueville; nuestra humanidad se ve sofocada porque “ser hombre es esforzarse constantemente por superarse a uno mismo” (Karl Jaspers). En cuanto a nuestro poder tecnológico, es nuestro orgullo, pero nos esclavizamos a él por falta de objetivos compartidos que vayan más allá de la sola preocupación de conservarse bien. Estos objetivos suponen no definirnos exclusivamente por la voluntad, sino someterla a los elementos de humanidad que nos impulsan, comenzando por la virtud de la fortaleza, pues nada es más difícil que resistir el atractivo de la tecnología. La humildad no es una debilidad.

En su opinión, la ausencia de moral cívica es lo que posibilita la vulgaridad. ¿Diría usted que la cortesía se aprende más en la escuela que en casa o en los espacios públicos?

La cortesía se puede aprender en todas partes, pero su dominio requiere acostumbrarse a ella desde la infancia. La familia es el lugar más propicio para este aprendizaje, ya que el amor filial facilita la inculcación de normas. Hoy en día, las familias tienen dificultades para transmitirla porque el espíritu de la época sigue mostrándose reacio a ella. Es necesario emprender iniciativas públicas —políticas y asociativas— para rehabilitarla de verdad.

¿Acaso la cortesía corrompida del Antiguo Régimen no es mejor que algunas de las convenciones hipócritas que a veces prevalecen en empresas, clubes de golf o ciertos restaurantes? ¿Cómo se puede ser cortés sin ser convencional?

Al final del Antiguo Régimen, el refinamiento de los modales era admirable, pero... insoportable, porque había desterrado todo sentimiento genuino. La cortesía sirve para establecer comunicación y mostrar respeto; no es convencional cuando no es indiferente: esto ocurre cuando, al preguntar a alguien “¿cómo está?”, lo reconocemos y le mostramos amabilidad, incluso si no nos interesa realmente su salud o su estado de ánimo. La auténtica cortesía se interesa por la relación, no solo en la convención.

“Lo agradable, lo útil, lo justo y lo noble”: ¡esa es su guía! Un poco excesivo para una sola persona, ¿no?

No, porque estas son aspiraciones naturales. Lo agradable es el disfrute controlado: ¿quién aspira realmente a emborracharse o volverse adicto? La utilidad es satisfacer nuestras necesidades sin codicia: ¿quién no se siente alienado cuando cede a la pulsión de adquirir o consumir? Lo justo es la preocupación por una igualdad bien entendida: ¿quién no critica las desigualdades injustificadas? Lo noble es la entrega: ¿quién no se felicita por haber realizado un acto filantrópico, por haber brindado ayuda desinteresada? ¡Dejemos de vivir únicamente dentro de la abstracción de los derechos! Redescubramos las motivaciones naturales que nos impulsan. Seremos más felices por ello, sin importar el esfuerzo que requieran, incluso gracias a ellas.

 

Bertrand Buffon, Modernité et vulgarité, Éditions Gallimard, Paris, 2019.

 

[“La vulgarité est-elle le produit de la modernité ?”, octubre 21 de 2019, en www.marianne.net]

bottom of page