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Una forma de la violencia política en Estados Unidos

Por Maurizio Valsania

Contrariamente a los estadounidenses que afirman que los asesinatos de políticos son ajenos a su tradición, aquí se muestra cómo esa práctica viene de tiempos lejanos. Los ataques armados contra adversarios son allí, por lo demás, sólo una de las variantes de la violencia política.

Masacre de Tulsa, 1921.jpg

Una imagen de la masacre de Tulsa, Estado de Oklahoma, ejecutada por una turba de hombres blancos en 1921

Al día siguiente del asesinato a tiros del activista conservador Charlie Kirk, en septiembre de 2025, mientras hablaba en la Universidad del Valle de Utah, los comentaristas repitieron un estribillo conocido: “Esto no nos representa como estadounidenses”.

 

Otros expresaron opiniones similares. Whoopi Goldberg, en el programa The View, declaró que los estadounidenses resuelven los desacuerdos políticos pacíficamente: “Nosotros no lo hacemos así”, dijo.

 

Sin embargo, otros episodios terribles vienen inmediatamente a la mente: el presidente John F. Kennedy fue asesinado a tiros el 22 de noviembre de 1963. Más recientemente, el 14 de junio de 2025, Melissa Hortman, presidenta emérita de la Cámara de Representantes de Minnesota, fue asesinada a tiros en su casa, junto con su esposo y su perro.

 

Como historiador de los inicios de la república, creo erróneo considerar esta violencia en Estados Unidos como “episodios” aislados. Por el contrario. Reflejan un patrón recurrente.

 

La política estadounidense ha personalizado su violencia desde hace mucho tiempo. Una y otra vez, se ha creído que el avance de la historia depende del silenciamiento o la destrucción de una sola figura: el rival que ha sido convertido en el enemigo supremo y despreciable.

 

Por lo tanto, afirmar que tales tiroteos traicionan “quiénes somos” es olvidar que Estados Unidos se fundó sobre esta misma forma de violencia política y se ha sostenido durante mucho tiempo gracias a ella.

 

La violencia revolucionaria como teatro político

Los años de la Revolución Angloamericana estuvieron marcados por la violencia. Una práctica abominable utilizada contra los adversarios políticos era el alquitranado y emplumado, un castigo importado de Europa y popularizado a finales de la década de 1760 por los Hijos de la Libertad, activistas de las colonias que se resistían al dominio británico.

 

En ciudades portuarias como Boston y Nueva York, las turbas desnudaban a los enemigos políticos, generalmente presuntos lealistas —partidarios del dominio británico— o funcionarios que representaban al rey, los untaban con alquitrán caliente, los envolvían en plumas y los paseaban por las calles. Los efectos en los cuerpos eran devastadores. Al retirar el alquitrán, la carne se desprendía en tiras. La gente sobrevivía al castigo, pero llevaba de por vida las cicatrices.

 

A finales de la década de 1770, la Revolución en las llamadas Colonias del Medio (Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania y Delaware) se había convertido en una brutal guerra civil. En Nueva York y Nueva Jersey, las milicias patriotas, los partisanos lealistas y las tropas regulares británicas realizaban incursiones a lo largo de las fronteras de los condados, atacando las granjas y los vecinos. Cuando las fuerzas patriotas capturaban a irregulares lealistas —a menudo llamados “tories” o “refugiados”—, con frecuencia no los trataban como prisioneros de guerra, sino como traidores, ejecutándolos rápidamente, generalmente en la horca.

 

En septiembre de 1779, por ejemplo, seis lealistas fueron capturados cerca de Hackensack, Nueva Jersey. Fueron ahorcados sin juicio por la milicia patriota. De manera similar, en octubre de 1779, dos presuntos espías tories capturados en las Tierras Altas del Hudson fueron fusilados en el acto, justificándose su ejecución como castigo por traición.

 

Para los patriotas, estas muertes eran un acto disuasorio; para los lealistas, eran asesinatos. En cualquier caso, eran claramente políticos: eliminaban a los enemigos cuyo “crimen” era ser leales al bando equivocado.

1774 Philip Dawe (attributed), The Bostonians Paying the Excise-man, or Tarring and Feathe

Los bostonianos pagando al recaudador de impuestos, o embadurnado con alquitrán y plumas,

dibujo atribuido a Philip Dawe, 1774

Duelos a pistola al amanecer: el duelo como política

Incluso después de la independencia, el funcionamiento de la política estadounidense siguió basándose en una lógica de violencia contra los adversarios.

 

Para los líderes nacionales, el duelo a pistola no era solo una cuestión de honor. Normalizó una cultura política donde el uso de armas de fuego se consideraba parte del debate.

 

El duelo más famoso, por supuesto, fue el asesinato de Alexander Hamilton a manos de Aaron Burr en 1804. Pero decenas de enfrentamientos menos conocidos habán salpicado la década anterior.

 

En 1798, Henry Brockholst Livingston —quien más tarde sería juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos— mató a James Jones en un duelo, pero lejos de haberle llevado descrédito, se consideró que había actuado con honor. En los inicios de la república, incluso el homicidio podía integrarse en la política cuando se envolvía en un ritual. Irónicamente, Livingston había sobrevivido a un intento de asesinato en 1785.

 

En 1802, se desarrolló otro espectáculo vergonzoso: los demócrata-republicanos neoyorquinos DeWitt Clinton y John Swartwout se enfrentaron en Weehawken, Nueva Jersey. Dispararon al menos cinco veces antes de que sus padrinos intervinieran, quedando heridos ambos. En este caso, el enfrentamiento no tuvo nada que ver con principios políticos; Clinton y Swartwout eran republicanos. Fue una disputa por favoritismo que, aun así, desembocó en un tiroteo, lo que demuestra hasta qué punto se había normalizado la violencia armada para resolver conflictos.

La cultura de las armas y su expansión

Resulta tentador descartar la violencia política como vestigio de una etapa “primitiva” o “fronteriza” de la historia estadounidense, cuando supuestamente los políticos y sus seguidores carecían de moderación o de elevados principios morales. Pero no es así.

 

Desde antes de la Revolución, el castigo físico, e incluso el asesinato, fueron formas de imponer la pertenencia, de marcar la frontera entre los de dentro y los de fuera, y de decidir quién tenía derecho a gobernar.

 

La violencia nunca ha sido una distorsión en la política estadounidense. Ha sido una de sus características recurrentes, no una aberración, sino una fuerza persistente, destructiva y, a la vez, extrañamente creativa, que genera nuevas fronteras y nuevos regímenes.

 

Esta dinámica se acentuó con la expansión de la posesión de armas. En el siglo XIX, la producción industrial de armas y los agresivos contratos federales pusieron más armas en circulación. Los rituales de castigo a quienes profesaban la lealtad equivocada encontraron entonces expresión en el revólver de producción masiva y, posteriormente, en el rifle automático.

 

Estas armas de fuego más modernas se convirtieron no solo en herramientas prácticas de guerra, crimen o autodefensa, sino también en objetos simbólicos por derecho propio. Encarnaban la autoridad, tenían un significado cultural y daban a sus portadores la sensación de que la legitimidad misma podía reclamarse a punta de pistola.

 

Por eso la frase “esto no nos representa” suena falsa. La violencia política siempre ha sido parte de la historia de Estados Unidos, no una anomalía pasajera ni un episodio aislado.

 

Negarla es dejar a los estadounidenses indefensos ante ella. Solo afrontando esta historia de frente podrán los estadounidenses empezar a imaginar una política que no esté definida por las armas.

 

[Maurizio Valsania, “Yes, this is who we are: America’s 250‑year history of political violence”, septiembre 12 de 2025, en theconversation.com]

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