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Camilo Torres, un hombre de guerra entre otros

Por Isidro Vanegas

La idea según la cual el cura-sociólogo fue un hombre de paz es examinada a la luz de sus propios escritos y discursos así como de testimonios, todo lo cual deja ver una personalidad distinta a la que han construido sus apologistas.

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Cristo guerrillero, homenaje a Camilo Torres, por Alfredo Rostgaard, 1969

En febrero se cumplieron sesenta años de la muerte de Camilo Torres Restrepo. Entre quienes evocaron el insuceso en la prensa fue común el reforzamiento de la idea, ya muy arraigada, según la cual el cura había sido un hombre de paz que, acosado por las instituciones de seguridad del Estado, debió abandonar el movimiento político legal que lideraba. Empuñó entonces las armas, que hasta ese momento no habría considerado como un recurso propio para intervenir en la arena pública. Como sucede con tantos otros presuntos hombres de paz colombianos, las cosas fueron considerablemente distintas.

 

En Torres la violencia primero fue un hecho social venturoso que empujaba a Colombia hacia la modernización, ideal que obsesionaba a muchos sociólogos por entonces. Así, en una ponencia del año 1963, presentó los resultados de la brutalidad partidista de la década de 1950 con los colores más halagüeños. Para el país, había sido un paso considerable en su escape del atraso y el tradicionalismo. Para el mundo campesino, precisó Torres, la violencia del periodo reciente había sido el “cambio socio-cultural más importante” desde la llegada de los españoles: había despertado la conciencia del campesino, le había dado solidaridad de grupo, le había proporcionado espacios de ascenso social, le había quitado su sentimiento de inferioridad respecto a los citadinos, lo había hecho menos individualista. Supuestamente transformado de aquel modo tan drástico y fecundo, el campesinado estaba prácticamente listo para constituirse en un “grupo de presión” capaz de cambiar las “estructuras” colombianas, en contra de los deseos nefastos de la clase dirigente. Uno de los pocos elementos que faltaban para ello era que el sectarismo partidista de los campesinos se trocara en “sectarismo de clase”.

 

Con todo, en ese primer momento el analista social parecía estar en equilibrio respecto al profeta, y en consecuencia Torres no se adjudicaba el rol de constructor directo del antagonismo social y la violencia. Esto cambió rápidamente.

 

Desde su retorno a Colombia, en 1959 tras cursar estudios universitarios en Bélgica, el cura-sociólogo —es llamativo que en nuestro medio no cause extrañeza la amalgama de este par de vocaciones— había sido un actor político relevante en Bogotá, particularmente en los ambientes universitarios. En 1964 dio un paso más. Comenzó a organizar su propio movimiento político, que nunca concibió como un partido común y corriente en términos democráticos sino como un abrebocas y una catapulta para la lucha armada y la toma completa del poder. Este designio se lo escucharon varios dirigentes políticos de izquierda cercanos a él. Y lo pronunció él mismo en distintos escenarios.

 

A la semana siguiente del combate en que murió el cura Torres, en San Vicente de Chucurí, el secretario general del Partido Comunista, Gilberto Vieira, puso de manifiesto el carácter del Frente Unido: “A nadie ocultaba Camilo que la lucha armada era la perspectiva final de ese movimiento”. Más explícita fue María Arango, entonces una joven militante comunista que como estudiante, activista y amiga había estado muy cerca de Torres: “Él no creía sino en las armas, él no creía sino en la lucha por las armas […] Para el Foro Mundial de la Juventud me dice eso: que el día que se meta a la política, toma el fusil. Y después, cuando piensa en organizar el Frente Unido, [en] lo primero que piensa es en hablar con los movimientos campesinos armados”.

 

De hecho, Torres expresó de modo enérgico y recurrente su atadura a la lucha armada, en su periódico, en entrevistas y en la plaza pública.

 

En agosto de 1965, el entonces excura le manifestó a un periodista: “Existe la posibilidad del paredón para castigar así a los criminales de la economía colombiana cuando triunfe la revolución. […] Es posible el paredón. No hay otra salida. El paredón podría ser un mal necesario”. En otro momento, amparándose en el precedente de Simón Bolívar, declaró su deseo de promulgar un “decreto de guerra a muerte” que deslindara de modo absoluto el campo de los amigos y los adversarios del designio revolucionario. Además, ninguna edición de Frente Unido dejó de exaltar la violencia en términos genéricos, o formas concretas de ella, como las guerrillas locales o las de otros países. Torres también instó abiertamente a los campesinos a convertirse en la vanguardia armada del cambio social y a participar en la eliminación de quienes no ayudaran al Ejército de Liberación Nacional (ELN) a instalarse en sus territorios. Como lo cuenta Jaime Arenas, desde julio de 1965, cuando apenas estaba planificando la creación del periódico del Frente Unido, Torres estaba ya comprometido en la militancia con la guerrilla del ELN.

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Camilo Torres en el ELN, 1966, en Archivo Histórico Germán Guzmán Campos, Universidad del Valle

El Frente Unido contaba apenas con unos seis meses de existencia cuando su líder emprendió el camino de la clandestinidad armada, a pesar de que el proyecto político prometía buenos resultados. Su carrera hacia los brazos de una guerrilla comandada por el trastornado Fabio Vásquez Castaño había sido impulsada, particularmente, por dos alucinaciones. La primera, que la oligarquía estaba a punto de asesinarlo, como creía que había sido el caso de Jorge Eliécer Gaitán. En septiembre de 1965 escribió a propósito: “Estamos apostando una carrera con la oligarquía. Es posible que esta me asesine antes de haber logrado una sólida organización entre los no alineados”. La seriedad de la amenaza la dejan ver estas palabras posteriores de su hermana Gerda: “A mí me consta que lo hubieran matado, porque él tenía una silla donde se sentaba a fumar su pipa y a conversar junto a una lámpara que daba contra la pared. Así que Camilo estaba amenazado”. La segunda alucinación de Camilo Torres derivaba de su análisis pretendidamente científico de la situación política. En una entrevista de junio de 1965 había anunciado que en el preciso lapso de cinco a siete años tendría lugar en Colombia la revolución. Cuando el periodista le preguntó en qué fundaba su “profecía”, el cura-sociólogo lo corrigió diciéndole que se trataba de un “cálculo”, y pasó a enumerar las condiciones existentes ya para el gran acontecimiento, así como las que madurarían en el preciso lapso que él había estimado. Amparado, pues, tanto en la ciencia de la sociedad mundana como en la de los asuntos divinos, Camilo Torres se sumó a las filas del ELN el 18 de octubre de 1965. Se veía como un redentor y creía que la revolución estaba avalada por las motivaciones más excelsas de este mundo y del otro, y que el pueblo oprimido estaba de parte de sus liberadores.

 

Torres sabía que el ELN, para llevar a efecto la revolución, debía echar mano de métodos sangrientos. Al fin y al cabo, como él mismo lo había reconocido, todas las revoluciones son sangrientas. Sin embargo, creyó, con sobrada ingenuidad y arrogancia, que los elementos más atroces de aquella violencia podrían ser contenidos. Murió con las armas en la mano el 15 de febrero de 1966 siendo incapaz, seguramente, de prever la cantidad de horrores que sufrirían sus propios compañeros, así como las más diversas personas de todo el país, e incluso de países vecinos, a manos del ELN.

 

Diversos observadores se rehúsan a admitir que la opción violenta que tomó Camilo Torres hubiera sido el resultado de una decisión personal, es decir, de un compromiso íntimo con los mecanismos de fuerza. Esa actitud se vio desde el momento mismo de su muerte. Por un lado, en la previsible versión izquierdista (en el amplio radio de entonces, que incluía a Alfonso López Michelsen, entre otros hombres públicos) se arguyó que tomar las armas era la respuesta ineluctable a la miseria de los plebeyos colombianos, de modo que su incorporación a las filas guerrilleras y su deceso sólo podían ser, a fin de cuentas, obra de la oligarquía.

 

Hubo por entonces otra interpretación, quizá sorprendente, que desvinculó a Torres del acto insurgente. Según el enfoque editorial del periódico El Tiempo, los comunistas habían utilizado “la ingenuidad entusiasta de Camilo y su prestigio indudable, para inducirlo al error, mientras ellos permanecían cobardemente en la sombra”. Torres se había ido a las montañas de Santander a ponerse “al frente de las llamadas Fuerzas de Liberación Nacional [sic], a donde lo condujeron los elementos comunistas que, desde un principio, se apoderaron del inquieto levita, le torcieron el rumbo y lo lanzaron a una lucha suicida y estéril”. Así pues, según el periódico liberal, la decisión de sumarse al ELN no había sido autónoma y meditada sino el resultado de la capacidad de manipulación de los comunistas. Como si por entonces los únicos adalides y practicantes de la violencia fueran los miembros de este partido, y como si alguien como Torres Restrepo, por ser sacerdote o por pertenecer a una rancia familia bogotana, vaya a saberse, no pudiera ejercer por su cuenta la violencia.

 

¿Por qué extrañarse de que el cura-sociólogo hubiera sido un agente de ella? Si se prescinde de su notoriedad como figura pública, sólo fue uno más de los muchos colombianos que en la década de 1960 experimentaron de modo febril el sentimiento de la ira redentora y pensaron que el cambio social sólo podría darse, e incluso ser legítimo, si era alcanzado mediante la violencia. Basta pensar en los dos principales líderes del liberalismo. Carlos Lleras Restrepo se extasió con el Che Guevara. Alfonso López Michelsen fue atraído con más fuerza aún por Fidel Castro. Uno y otro, líderes de una revolución que había levantado la profusión de paredones que invocaba Camilo Torres en 1965.

 

Bibliografía

Camilo Torres, “La violencia y los cambios socioculturales en las áreas rurales colombianas”, en Memoria del Primer Congreso Nacional de Sociología, Asociación Colombiana de Sociología, Bogotá, 1963, pp. 95-152.

Camilo Torres, “Mensaje a los no alineados”, Frente Unido, n° 4, septiembre 16 de 1965, pp. 1, 8.

Fernando Cubides, Camilo Torres: testimonios sobre su figura y su época, La Carreta / UN, Medellín, 2011, pp. 107-139.

Gustavo Pérez, Camilo Torres, mártir de la liberación, 3ª ed., Ediciones La Tierra, Quito, 2009, p. 149.

Gilberto Vieira, “El padre Camilo Torres, héroe y mártir de la revolución popular colombiana”, Voz Proletaria, nº 113, febrero 24 de 1966, Bogotá, p. 4.

Jaime Arenas, La guerrilla por dentro, Tercer Mundo, Bogotá, 1971, pp. 74-78.

“En la muerte de Camilo Torres Restrepo”, editorial de El Tiempo, febrero 18 de 1966, Bogotá, p. 4.

“La rebelión de las sotanas”, Semana al día, nº 43, junio 18 de 1965, Bogotá, p. 22.

“Los comunistas torcieron el rumbo de Camilo Torres”, El Tiempo, febrero 18 de 1966, Bogotá, p. 8.

Orlando Villanueva, Camilo. Acción y utopía, Universidad Nacional, Bogotá, 1995, espec. pp. 182-242.

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