Introducción a la Independencia de México y su tiempo, de Rodrigo Moreno
Por Carlos Díaz
Una contribución significativa a los estudios sobre la independencia, que condensa la complejidad del proceso que dio origen al gobierno representativo y a la nación mexicana al tiempo que formula interrogantes pertinentes para nuestra época.

Cañón empleado por los indios en 1810 México, Theubet de Beauchamp, década de 1820
“Quizá puede establecerse cuándo y cómo empieza una rebelión, pero una vez que estalla no tiene rumbo fijo, ni destino predecible; no está en unas solas manos, sino en la suma de todas esas voluntades cambiantes y contrapuestas”, dice Rodrigo Moreno en su reciente libro, Introducción a la independencia de México y su tiempo. Esta afirmación, que parece evidente para nosotros, los independentólogos, no lo es para el ciudadano común, quien, educado en la doxa patriótica, considera que la independencia fue el objetivo principal desde el primer día de la revolución y que antes de esa fecha existen innumerables hechos que demuestran la inevitabilidad de los acontecimientos posteriores a 1810. Así, años de investigación y reflexión permitieron a Rodrigo superar la sedimentación bibliográfica de un relato de sucesión previsible y reconocer que la historia tiene mucho de incierto y azaroso, y que nuestra tarea como historiadores consiste en recuperar la complejidad y las contradicciones de todo proceso histórico.
Entonces, si la independencia no es solamente un relato patrio destinado a generar identidad, ¿qué es? Rodrigo sostiene que la independencia es un “conjunto de hechos, dichos, problemas y decisiones que se fueron encadenando y alterando los unos a los otros, que cambiaron la vida de la gente y la manera en la que se concebía el orden político, y cuyas consecuencias seguimos viviendo de muchos modos hasta nuestros días, como votar o ser votados, opinar públicamente o regirnos mediante una constitución” (12).
Más importante aún, no hay una sola manera de ver la independencia, ni los procesos históricos en general, porque tampoco existe una única forma de interpretar el pasado y el presente. Así, más que una historia de la independencia, hay historias de la independencia. En este sentido, si mientras que Servando Teresa de Mier vio en la época de los hechos una guerra devastadora, Lucas Alamán observó a mediados del siglo XIX la destrucción innecesaria y sangrienta de un orden político, y Luis Villoro interpretó a mediados del siglo XX una lucha de clases, Rodrigo Moreno reconoce en la independencia algunas de nuestras preocupaciones: “la violencia, las desigualdades, las exclusiones, las injusticias, la militarización y las conexiones y dependencias globales” (17).
Esas “conexiones y dependencias globales”, propias de un proceso internacional de circulación de información, capitales, mercancías y personas, como el que vivimos hoy y se vivía hacia 1810, durante la primera Revolución Industrial, llevan a Rodrigo a insertar la independencia de México en la Era de las Revoluciones, perspectiva que permite comprender un proceso local marcado por condicionamientos y consecuencias globales.
Por ello, y bajo la convicción de que las revoluciones que acabaron con los imperios coloniales británico, español, francés y portugués en América se influyeron entre sí, Rodrigo pasó revista a la independencia de los Estados Unidos, la primera república de América, y a la Revolución haitiana, el único levantamiento de esclavos exitoso de la historia, del cual surgió la primera república latinoamericana. La experiencia de Haití permitió, además, seguir el hilo de las transformaciones revolucionarias de Francia, desde la república y el Directorio hasta el Imperio, que repercutieron en Hispanoamérica mediante un acontecimiento decisivo: la captura de Fernando VII.
La ocupación napoleónica de España en 1808 provocó una disputa por el trono entre Carlos IV, Fernando VII y Napoleón, que originó una crisis política sin precedentes. En América surgieron preguntas fundamentales sobre la organización del poder: si el soberano “no se encontraba libre y se desconocía su voluntad ¿quién y por qué debía ejercerla en su nombre?, es decir, ¿quién debía mandar y por qué debía obedecérsele?” (75). Estos interrogantes pueden parecernos ingenuos después de 210 años de repetirlos piadosamente en cada conmemoración de la independencia, pero hace dos siglos abrieron una grieta en la comunidad política, pues el cambio político se hizo pensable, es decir, posible, y en muy poco tiempo. De esta manera, entre mayo y octubre de 1808 “se establecieron en toda la península alrededor de 18 juntas provinciales”.
Si bien los cambios políticos en la América española seguían el ritmo del flujo de noticias de la época, marcado por los viajes transatlánticos y las recuas de mulas en el interior de los virreinatos y gobernaciones, Rodrigo advierte que este desfase temporal quedó relegado ante la aceleración de los acontecimientos políticos: “Las revoluciones aceleran el tiempo y hacen posible lo que días atrás era inimaginable” (70).
En México, como en los demás virreinatos americanos, surgieron conflictos entre dos facciones definidas por su posición institucional y origen territorial: el cabildo americano frente a la Audiencia europea. La disputa enfrentó dos formas alternativas de defender la monarquía española: la creación de juntas de gobierno contra la conservación de las autoridades tradicionales. Esto expresaba desacuerdos sobre la definición del soberano: “Lo que unos entendían por “pueblo” y lo que querían hacer en su nombre, se oponía radicalmente a los entendimientos e intereses de otros” (81). En este contexto de división, la participación de los virreyes inclinó la balanza hacia uno u otro partido.
En el caso mexicano, el virrey José de Iturrigaray se inclinó por apoyar a la facción que proponía establecer una junta de gobierno, pese a la oposición de los oidores de la Audiencia. La respuesta del sector más tradicionalista de la sociedad mexicana fue derrocar al virrey y establecer un gobierno provisional encabezado por el militar de mayor rango, Gabriel de Yermo. Sin proponérselo, los defensores del orden ofrecieron un ejemplo de transformación política violenta, que incrementó las dudas sobre la legitimidad de las autoridades nombradas por el rey y multiplicó las conversaciones sobre la formación de juntas, aunque ahora en espacios privados.
De estas conversaciones clandestinas surgió la insurgencia el 16 de septiembre de 1810, acontecimiento originario de la nación mexicana según algunas construcciones políticas e historiográficas posteriores. Sin embargo, “no tenemos una idea clara de lo que pasó el 16 de septiembre de 1810 en el pueblo de Dolores. Convertido en mito, en rito y en fiesta patria, parece increíble que existan tan pocos testimonios de aquel día” (87).
Algo que también resulta curioso e históricamente aleccionador es que el pasado personal difícilmente puede explicar la trayectoria de Miguel Hidalgo después del 16 de septiembre de 1810. Aunque Rodrigo no lo señala, quizá esto se relacione con una tendencia presente en algunos proyectos utópicos y revolucionarios: desdeñar el pasado al considerar que poco merece conservarse ante la promesa de establecer un porvenir mejor; incluso el pasado propio.
Retomando los trabajos de John Tutino, Rodrigo introduce un matiz sociológico importante para explicar por qué la chispa de la revolución incendió el Bajío y sumó a miles de personas en poco tiempo. A diferencia de otros lugares de Nueva España, allí los indígenas no vivían en comunidades, sino subordinados en haciendas y minas. La debilidad de los lazos comunitarios permitió que muchos fueran absorbidos por el remolino revolucionario, pues no existía una comunidad capaz de amortiguar la crisis agrícola y económica que afectaba a los trabajadores del Bajío. Nos dice Rodrigo: “la Revolución —cualquier Revolución— inyecta política a problemas y tensiones preexistentes” (101).

Entrada del ejército trigarante a la ciudad de México, autor anónimo
Pese al carácter masivo del levantamiento popular, Miguel Hidalgo no logró dar dirección a la revolución, pues fue incapaz de contener los asesinatos y otras formas de violencia contra las personas repudiadas por sus seguidores durante su avance por Nueva España. Aun así, es innegable que impulsó un movimiento inédito, convertido en la principal amenaza contra el virreinato de Nueva España.
A diferencia de Hidalgo, José María Morelos logró construir un movimiento con una mejor organización militar, con el cual asestó golpes importantes a las fuerzas virreinales y obligó al gobierno de Nueva España a desplegar una política contrainsurgente que combinó los indultos con los fusilamientos. Además, procuró proteger a las poblaciones que habían adherido a la revolución. Sin embargo, su fuerza no bastó para imponerse sobre los liderazgos militares dispersos por la geografía novohispana ni para construir una organización militar unificada o, al menos, federada. En este aspecto contrasta con la experiencia de Tierra Firme, donde la dispersión del poder posterior a 1810 fue reemplazada por organizaciones de mayor dimensión y cohesión.
¿A qué tipo de fuerzas armadas se enfrentaron los rebeldes de Nueva España? Rodrigo identifica 5 características de los cuerpos contrainsurgentes: contaban con poco adiestramiento y experiencia bélica, la mayoría de sus integrantes había nacido en Nueva España, existían profundas desigualdades en su interior, la participación indígena era reducida y las mujeres estaban excluidas.
Este conjunto improvisado de combatientes desplegó una cruenta política contrainsurgente, que se materializó en numerosas prácticas: arrasar campos de cultivo e incendiar propiedades, desplazar y reubicar poblaciones simpatizantes de la rebelión o sospechosas de serlo, reclutar por la fuerza a vagos, desocupados y delincuentes, realizar ejecuciones sumarias y torturas, capturar a las esposas e hijas de los insurgentes y deshumanizar al enemigo.
El enfrentamiento entre los insurgentes y las fuerzas realistas de Nueva España provocó numerosos hechos violentos, que borraron de forma paulatina la frontera entre militares y civiles o, con mayor precisión, entre combatientes y no combatientes. Por ello, dice Rodrigo, la guerra de independencia “nos tendría que llevar a pensar en reclutas, desertores, viudas y mujeres violadas, lisiados, huérfanos, desplazados, migrantes; en abusos, corrupción, arbitrariedad; en enfermedad y epidemias; en gigantescas cantidades de recursos diversísimos obtenidos casi siempre de manera forzada destinados a sostener a los combatientes de todos los bandos: sueldos, comida, uniformes, armas, etcétera” (105).
Además de lo anterior, la guerra “dificultó todavía más el reconocimiento de las labores y los derechos de las mujeres” porque “impuso sus códigos, lenguajes y valores relacionados con la disciplina, la jerarquía, el orden y el sacrificio”, expresiones propias de una cultura bélica masculina (128).
Pero la revolución de independencia no fue solamente guerra, sino también transformación política, un conjunto de discusiones y experiencias que forjaron el gobierno representativo y la cultura constitucional. La crisis política incentivó la imaginación, planteó futuros y exigió soluciones urgentes. Con acierto sostiene Rodrigo que “la era de las revoluciones fue también la era de las constituciones” (153), pues es probable que durante este periodo se haya proclamado un centenar de textos constitucionales en el mundo en revolución.
Los cuerpos representativos de la época produjeron esta idea demoledora, cuyas consecuencias todavía se manifiestan de formas diversas y que Rodrigo ejemplifica en Cádiz: “en la suma de los habitantes de la monarquía residía el principio máximo de la autoridad política y no en el monarca —el soberano—, a quien se le reconocía como cabeza del Estado […] estos diputados se pensaron representantes de una entidad soberana en sí misma: la nación” (147). Pero la transformación política también tuvo límites que no debemos olvidar. Una revolución es lo que fue, no lo que quisiéramos que hubiera sido. Así, la diversidad religiosa y la igualdad racial y de género no estuvieron entre sus objetivos. Que estas aspiraciones no hubieran sido planteadas no constituye un motivo para desacreditar la revolución, sino una tarea pendiente que nos fue legada y que puede ser pensada y resuelta dentro del orden político creado por ella.
Si la captura de Fernando VII provocó las novedades políticas de 1808 en América, otro acontecimiento peninsular contribuyó a la “consumación” de la independencia, como los mexicanos suelen llamar a la consolidación independentista: el inicio del segundo periodo constitucional en 1820. Esta nueva transformación de la monarquía despejó las escasas dudas que persistían en América sobre la posibilidad del cambio político y la desaparición del absolutismo. Cuando Fernando VII restableció su poder absoluto en 1823 con apoyo militar francés, gran parte de América se había emancipado o estaba cerca de hacerlo. El imperio americano de España quedó reducido a Cuba y Puerto Rico.
En esta coyuntura, después de años de guerra y transformaciones políticas, Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero concluyeron que la única manera de terminar con el conflicto en Nueva España era “consumar” la independencia. Durante los primeros meses de 1821, el movimiento de las Tres Garantías, sustentado en la independencia, la unión y la religión, ganó miles de adeptos entre el estamento castrense y dejó numerosos territorios bajo su control, hasta el punto de que la única resistencia frontal provino del ejército profesional de origen peninsular.
Y la historia se repitió una vez más. Como había ocurrido en 1808, el virrey de Nueva España, Juan José Ruiz de Apodaca, fue derrocado por las tropas expedicionarias lideradas por Francisco Novella, lo que acabó con la escasa legitimidad que conservaba el orden virreinal e instauró un gobierno coercitivo e ilegal, que aumentó la popularidad de los independentistas. Nueva España desapareció y nació el México independiente.
Introducción a la Independencia de México y su tiempo constituye una contribución significativa a los estudios sobre la independencia porque, en 193 páginas de formato de bolsillo, logró condensar la complejidad del proceso que dio origen al gobierno representativo y a la nación mexicana. Para ello, situó el proceso en su época, reconstruyó las conexiones entre sus diversos nodos y los de otros virreinatos, colonias y metrópolis, examinó las numerosas interpretaciones que lo han explicado, identificó sus principales características y transformaciones, y formuló distintos interrogantes que nuestra época debe resolver, pues todo estudio del pasado se escribe con las preocupaciones el presente.
Bibliografía
Rodrigo Moreno Gutiérrez, Introducción a la Independencia de México y su tiempo, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2024. Disponible en: https://historicas.unam.mx/comunicacion-publica/introducciones/introduccion-a-la-independencia