El cuidado de los textos canónicos
Por Anthony Grafton y Glenn W. Most
El cotejo de los textos canónicos ha sido una de las formas como, desde tiempos muy antiguos, han sido cuidados aquellos documentos que una sociedad considera excelsos y por ello busca conservar y transmitir a la posteridad sin ninguna distorsión.

Escribas cotejando un texto, figura de la China antigua
La foto muestra un objeto que representa una actividad escritural realizada de una manera que podría sorprender a algunos lectores. El objeto en cuestión está hecho de celadón, un tipo de cerámica china con un esmalte gris verdoso, y es muy pequeño, de tan solo 17,2 centímetros de altura. Se trata de una figurilla funeraria desenterrada de una tumba en Jinpenling, Changsha, provincia de Hunan, en 1958; la fecha está inscrita en un ladrillo, y la tumba data del segundo año del reinado de Yongning, dinastía Jin Occidental (ca. 302 d. C.). Actualmente se conserva en el Museo Provincial de Hunan, en la ciudad de Changsha.
El objeto representa a dos escribas cotejando y verificando la exactitud de los manuscritos. Muchos solemos pensar en el cotejo de textos como una actividad solitaria, realizada en silencio y de modo visual. Imaginamos a un erudito moderno sentado en una biblioteca con un texto impreso y un manuscrito frente a él, o a un erudito premoderno con dos manuscritos sobre su escritorio. En ambos casos, los mira alternativamente, bloqueando toda distracción para concentrarse en uno de los textos y compararlo, letra por letra, palabra por palabra, con el otro.
Aquí, en cambio, no interviene una sola persona, sino dos, inmersas en una intensa actividad conjunta, tanto interpersonal como intertextual. Se arrodillan o se ponen en cuclillas frente a frente, a través de una pequeña mesa de madera sobre la que han sido colocados una pluma, una piedra de tinta y libros de bambú; la mesa los separa, pero al mismo tiempo los une, como objeto físico y como encarnación de la antigua tradición a la que pertenecen. La figura de la izquierda sostiene un libro en la mano derecha y se dispone a escribir algo con la pluma que sostiene en la izquierda. La de la derecha sostiene una pila de libros. La figura de la derecha mira fijamente el rostro de la otra, más precisamente quizás, su oreja derecha. Le está diciendo algo de gran importancia al otro hombre y quiere asegurarse de que su mensaje oral llegue a su destino sin obstáculos. El hombre de la izquierda parece mirar al vacío, más allá del hombre de la derecha, para que ninguna impresión sensorial lo distraiga de esa crucial comunicación. Cada uno se inclina hacia el otro como expresión de la intensidad de su colaboración. Los dos bloques en que están esculpidos están correlacionados y conectados por una íntima complementariedad en una especie de elegante tango interescritural. Y como en todo buen tango, los participantes son asimétricos: el hombre de la derecha está colocado un poco más abajo y se inclina ligeramente más hacia su colega en un gesto de respeto, incluso de deferencia. Su colaboración interdependiente se articula inequívocamente como una estricta jerarquía. Ambos hombres llevan tocados distintivamente ornamentados; pero el sombrero del hombre de la izquierda tiene un adorno adicional en la parte posterior que afirma su estatus superior. El de la derecha sólo tiene que hacer una cosa: pronunciar en voz alta, con la mayor precisión y claridad posible, lo que lee en su texto. Pero el de la izquierda tiene varias tareas: debe escuchar a su compañero, comprender lo que dice, comparar lo que oye con lo que ve en la página que tiene delante y, si es necesario, escribir algo en ella. El de la derecha usa su cerebro, sus ojos y su boca; el de la izquierda también usa esos tres órganos, además de su oído y su mano.
Estos dos hombres se dedican a corregir manuscritos, y lo hacen de forma colaborativa, oral y auditiva. El hombre de la izquierda coteja, palabra por palabra, lo que oye del hombre de la derecha con lo que ve en el manuscrito que sostiene. Con la pluma lista para corregir en cualquier momento, espera a oír una cosa y ver otra diferente antes de enmendar donde encuentre una discrepancia. Cabría esperar que el escultor hubiera mostrado a estos dos hombres mirando sus manuscritos, a los que, de hecho, se dirige su trabajo; pero en cambio, ha optado por mostrar a uno mirando al otro y al segundo mirando al vacío. Un instante de reflexión basta para explicar su elección. ¿Qué otra cosa podría haber hecho? Podría haber mostrado a ambos escribas mirando sus respectivos manuscritos; pero si lo hubiera hecho, habría mostrado algo que el espectador no podría haber interpretado de otra manera que como dos eruditos independientes, uno junto al otro pero cada uno leyendo su propio manuscrito, al margen de una relación de colaboración. También podría haber mostrado a uno mirando un manuscrito y al otro a su colega; pero esto habría transmitido un acto de dictado unidireccional, en el que una persona hablaba y la otra simplemente copiaba lo que oía.

El copista Jean Mielot trabajando en su scriptorium, miniatura del siglo XV
El escultor, en cambio, nos muestra a ambos hombres interactuando principalmente entre sí y solo secundariamente con los textos que constituyen su verdadera raison d’être. Es más, ha centrado toda nuestra atención en la oreja derecha del erudito de la izquierda, en la que su colega vierte sus palabras y hacia la que él y nosotros dirigimos nuestra mirada concentrada. Al comienzo de su colaboración, se encuentran varios ejemplares escritos del mismo texto que difieren en varios puntos; al final, se encuentran de nuevo los mismos ejemplares escritos, ahora corregidos y estandarizados. Pero la colaboración en sí no es visual, sino oral; no escrita, sino hablada. Una tradición escritural que involucra textos canónicos —¿por la revisión de qué otro tipo de texto les habrían pagado a estos escribas?— es representado aquí como un acto de transmisión oral y verificación recíproca constante. Sin embargo, no solo presenciamos un procedimiento escolástico racional. La compulsa es mostrada aquí simultáneamente como la transmisión de ciertos valores —atención, obediencia, precisión, colegialidad— que son importantes no sólo por su encarnación en los textos canónicos, sino también por su ejemplificación en los actos mediante los cuales esos textos se copian y revisan (así como en todas las demás actividades). Y al mismo tiempo parece sugerir un procedimiento ritual, el cual sigue, con escrupulosa seriedad, un antiguo código de conducta en que el éxito constituye una forma de piedad y el fracaso conlleva serias consecuencias teológicas. ¿Estamos recargando la interpretación de esta pequeña escultura al ver que el hombre de la derecha expresa no sólo deferencia hacia su superior, sino también cierto grado de ansiedad, como si la única garantía de la exactitud y transparencia de este acto de transmisión textual y de todos los valores e instituciones que dependían de su éxito fueran su atención incesante a su antiguo, tedioso e indispensable trabajo? Después de todo, el hombre de la derecha es más joven y todavía es lector. Quizás, si desempeña su trabajo con excelencia y lleva una vida ordenada, algún día hubiera podido convertirse él mismo en corrector; y si no, sin duda no lo será. Así pues, lo que está en juego para el hombre de la derecha en su cotejo académico no es sólo el mundo, la nación y el futuro de la humanidad, sino también su propia carrera.
De hecho, la práctica del cotejo fue oral y auditiva durante muchos siglos, y no sólo en la China confuciana sino también en Occidente. Los eruditos que cotejaron manuscritos de la Biblia griega en la ciudad palestina de Cesarea a finales del siglo III y durante el siglo IV d. C. no despertaron el interés de los escultores. Sin embargo, dejaron huellas en los manuscritos que cotejaron. Estas revelan que el cotejo era normalmente un trabajo de dos personas: un lector, que leía en voz alta el texto autorizado, y un corrector, que revisaba un segundo manuscrito en busca de variaciones y lo corregía cuando las encontraba. Al igual que en nuestro ejemplo chino, uno de los participantes —el corrector— tenía mayor jerarquía que el otro. Quienes tenían éxito como lectores podían llegar a ser correctores. Más de mil años después, en 1515 d. C., la compulsa seguía siendo una actividad colaborativa en el Queen’s College de Cambridge, desde donde un erudito escribió a Erasmo que no había podido cotejar manuscritos de Séneca porque no tenía a nadie que le ayudara. Evidentemente, nuestra concepción del cotejo se basa en una experiencia muy limitada: refleja prácticas surgidas en la biblioteca académica moderna, con sus normas que imponen silencio y separación a sus usuarios, y ofrece una idea errónea de cómo se ha llevado a cabo el trabajo textual en el pasado, tanto en las tradiciones griega y romana como en otras.
Canonical Texts and Scholarly Practices busca ampliar nuestra visión de la historia de las prácticas textuales. Ofrece una serie de estudios de caso acerca de las múltiples maneras en que han sido seleccionados textos para su incorporación a los cánones oficiales y cómo, posteriormente, han sido verificados, corregidos, glosados, interpretados, ilustrados, expurgados, representados, archivados y utilizados de diversas formas. El autor de cada estudio es un especialista en la materia, y cada uno examina en detalle las prácticas de uno o más especialistas textuales del pasado. En conjunto, los estudios ofrecen un panorama general de las principales formas de trabajo que se utilizan habitualmente con los textos canónicos. Ninguna tradición en particular recibe un tratamiento exhaustivo, pero los estudios se superponen inevitablemente al abordar las labores de escribas y eruditos. Las comparaciones sistemáticas entre los ensayos ponen de relieve los tipos de trabajo textual que se presentan de forma reconociblemente similar en distintas culturas y tradiciones, así como aquellos que resultan distintivos o incluso únicos. El libro en su conjunto ofrece estudios detallados de múltiples tradiciones filológicas que, esperamos, resulten interesantes tanto entre sí como para los lectores que, como nosotros y los demás autores, se acercan a la mayoría de los campos aquí tratados desde fuera.
[Anthony Grafton y Glenn W. Most, “How to do things with texts: An introduction”, en Canonical Texts and Scholarly Practices. A Global Comparative Approach, Cambridge University Press, Nueva York, 2016, pp. 1-4]