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Las travesías amazónicas de un “padre-curaca”: José Segundo Laynez, SJ (1812-1848)

Por Javier Ricardo Ardila Gutiérrez
Universidad de Pensilvania

Las experiencias de un malogrado misionero jesuita a mediados del siglo XIX aún pueden ser ejemplo para diálogos interculturales en los que primen la hibridación y la acomodación —y que, ojo, no siempre deben terminar con el martirio.

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Retrato de José Segundo Laínez, en Museo Juan Lorenzo Lucero, Pasto. Tomado de Jorge Enrique Salcedo, “The history of the Society of Jesus in Colombia, 1844-1861”

José Segundo Laynez, arribó a Santa Marta, ciudad sobre la costa atlántica de la República de Nueva Granada, el 4 de abril de 1844.(1) Natural de Sástago, provincia de Zaragoza, Laynez hizo sus estudios en el Colegio Imperial y en el Seminario de Nobles de Madrid. En 1828, con dieciséis años, se unió a la Compañía de Jesús. Con motivo de la persecución y posterior expulsión de los jesuitas de los dominios españoles durante el reinado de María Cristina (1833-1840), abandonó España en 1835.(2) Laynez y los demás regulares de la península encontraron un refugio entre Amiens, Tournay y Aire-sur-l’Adour. Los superiores registraron el carácter afable y el esmero de aquel joven novicio durante su tiempo en los colegios ignacianos franceses.

 

Con treinta años recién cumplidos, la vida de Laynez se transformó en 1842. Ese año, una neonata república sudamericana decidió restablecer la Compañía de Jesús en su territorio, casi un siglo después de la expulsión que decretó el rey Carlos III en 1767. Los legisladores de la Nueva Granada, tras escudriñar en los anales de su historia, llegaron a la conclusión de que los jesuitas eran los agentes mejor cualificados para encargarse de las misiones en las insondables fronteras del país sudamericano.

 

Los primeros jesuitas llegaron a la Nueva Granada en abril de 1844, después de tres meses de un viaje a lo ancho del océano Atlántico, a lo largo del río Magdalena y en lo profundo de los valles interandinos. Arribaron a Bogotá en junio del mismo año. Rápidamente, se encargaron de la educación de las principales familias bogotanas y de su seminario.

 

Una república, sin embargo, no es únicamente su capital. Las regiones neogranadinas pedían también el restablecimiento de los jesuitas a sus localidades: Medellín, en la cordillera Oriental y Pasto, como Popayán, en el sur del país, al norte de la frontera con la república del Ecuador. Las municipalidades ofrecieron pingües rentas y cómodas locaciones. La misión desbordó la capacidad de los recién llegados y nuevos padres viajaron a la Nueva Granada entre 1845 y 1849.

 

Poco después de pisar la Nueva Granada, Laynez hizo su tercera probación —antes de reiterar sus votos finales como jesuita— el 15 de agosto de 1844. Ya con el título de Padre jesuita, Laynez acompañó la fundación de un colegio en Medellín bajo la dirección de José Joaquín Freyre, S.J. Para entonces, las fronteras provinciales de Antioquia se extendían hasta el Darién, barrera natural entre Sudamérica y el istmo de Panamá, región de numerosas naciones indígenas, como los Chocoes, los Kuna-Kuna o los Emberá.

 

Desde su estadía en Medellín, el Padre Laynez mostró cualidades que lo hicieron destacar entre sus pares y granjearse los afectos de los medellinenses devotos, de acuerdo con los reportes de sus superiores. Su conversación le resultaba agradable a hombres y mujeres de las élites locales y sus sermones conmovían a las multitudes. Entusiasta de la labor misionera, expresó a sus superiores el deseo de evangelizar en las vanguardias.

 

En 1846, el gobierno de la Nueva Granada solicitó al Padre Pablo Torroella, superior de los jesuitas en la república, reactivar las misiones entre las naciones indígenas que habitaban las riberas de los ríos Caquetá y Putumayo. En las alturas de la cordillera de los Andes, esos ríos que vienen a morir en el cauce del Amazonas eran —entonces como hoy— la morada de numerosas naciones indígenas. La región había estado bajo la jurisdicción misionera de los padres franciscanos desde el siglo XVIII, pero los rigores de la naturaleza, la autonomía de sus habitantes y la inestabilidad política habían hecho precario, si no nulo, el control sobre el territorio.

 

Sería corto de vistas pensar que las únicas fronteras de la Nueva Granada se hallaban al sur de la capital, en la región de la Amazonía. Numerosas naciones indígenas vivían al oriente, en las extensas llanuras limítrofes con Venezuela; al norte, en la Sierra Nevada y la Guajira, y al occidente, en Panamá, y el océano Pacífico. Sin embargo, la necesidad de establecer límites claros con los Estados independientes del Ecuador, Perú y el imperio del Brasil, avivó en el gobierno neogranadino el deseo de expandirse en la región. Así, con el ejemplo de las misiones de Maynas de los siglos XVII y XVIII, el Estado de la Nueva Granada se apuntaló en los recién llegados para fundar las misiones del Caquetá en el XIX, una empresa que entreveraba intereses políticos, religiosos y, sin duda, económicos.(3)

 

El Padre Torroella decidió que Laynez fundaría las misiones del Caquetá. Partió entonces de Medellín con destino al pie de monte amazónico en junio de 1846, en compañía del Padre Tomás Piquer y de los Hermanos Ramón y Lucio Posada. Mocoa, una villa junto a un tributario del río Caquetá, fue el punto escogido para establecer el centro de operaciones misioneras. El viaje tuvo estaciones en Cartago, Buga, Popayán y Pasto. Las fuentes de la época indican que las multitudes devotas de la cordillera occidental recibieron al jesuita entre festejos y agasajos, los que ralentizaron el desplazamiento. Según los informes, la comitiva de Laynez hizo misión evangélica en los lugares donde pernoctaba.

 

Finalmente, Laynez llegó a su destino en diciembre de 1846, con poco menos de seis meses de marcha. Además del Padre Tomás Piquer y del Hermano Mariano Plata, el equipo misionero se incrementó con la participación de herreros, carpinteros, albañiles, sastres, y numerosos intérpretes, de quienes solo tenemos referencias tangenciales. Navegaron una intrincada red fluvial acompañados de los locales, sus guías. Con ellos, el misionero se adentró en la cuenca del Amazonas y cruzó el río para establecer contacto con cristianos mestizos, indígenas, libertos, portugueses, comerciantes y criollos. Sabemos que navegó río arriba y río abajo, entre naciones de pueblos indígenas que, posiblemente, escucharon el evangelio por primera vez en décadas. Los reportes de sus viajes —impresos en periódicos, litografiados y manuscritos— son evidencia de sus interacciones con un mundo del que abundaban reportes fantásticos y, con frecuencia, inverosímiles.

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"Indios Correguajes con sus adornos", por Manuel María Paz, 1857

Tenía el Padre Laynez una fuerte convicción misionera. Caminó entre las selvas animado por el ejemplo de los antiguos misioneros jesuitas, entre ellos san Francisco Javier, de quien citaba relatos, anécdotas e informaciones. Sus cartas abundan en los diálogos informados con una tradición misionera de la que se consideraba partícipe y heredero.​

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A los pocos meses de su llegada al Caquetá, el gobierno de la Nueva Granada convocó a Laynez a la capital para discutir los pormenores de la misión. Con base en los conocimientos de primera mano que adquirió el jesuita, los políticos en Bogotá buscaban formar un plan sobre cómo avanzar sobre la región. Laynez no era, sin embargo, un misionero común. A la usanza de los misioneros de antaño, sus modelos, su regreso desde las montañas de Mocoa a los centros urbanos no fue menos que espectacular.

 

El 12 de abril de 1847, pisó el jesuita Laynez las calles de Popayán acompañado de nueve jóvenes indígenas del Caquetá y vestido a la usanza de sus caciques.(4) Tal comitiva, tal atavío, no dejaron de causar conmoción entre los payaneses. Entre celebraciones, festejos, vivas y murmullos, el “padre-curaca” continuó su marcha hacia la distante capital. Antes dispuso que los indígenas que había traído consigo regresaran a Mocoa, para evitar pérdidas fatales pues su salud se había visto mermada por la rudeza de los caminos y la diversidad de climas. Así, continuó camino de Bogotá por su cuenta. En la capital, el misionero entabló conversaciones con el gobierno y acordó el modo de continuar sus trabajos. El vestido que causó sensación en Popayán no lo hizo menos entre los bogotanos y de aquel peculiar suceso existen aún noticias, memorias e imágenes.(5)

 

El Padre Laynez regresó reanimado de espíritu tras la visita a las frías montañas de la capital andina pero olvidó en el camino la fragilidad de su complexión humana. Deseaba, según sus cartas, volver a las calientes riberas de los ríos, para ver a los indígenas “que endulzaban sus amarguras”. En mayo de 1848, tras finalizar una extenuante misión en los confines con el Imperio del Brasil, su energía comenzó a menguar. El misionero había llevado sus marchas hasta los límites de sus fuerzas. Sus superiores, de hecho, habían presagiado que su salud era inferior a su espíritu. Con poco más de 36 años, José Segundo Laynez murió el 27 de junio de 1848 en Concepción de Cancapui, un pequeño pueblo junto a las riberas del río Putumayo. Las noticias de su muerte se conocieron a través de sentidos obituarios. Sus restos fueron trasladados a Pasto el 2 de febrero de 1850, poco antes de una segunda expulsión de la Compañía de Jesús de los territorios de la Nueva Granada.

 

La acción misionera de José Segundo Laynez en las áreas grises de expansión del cristianismo y de la cultura occidental hacen de él una figura intrigante. Sus métodos de empatía e hibridación contrastan con la marcha apresurada de una joven república en construcción. Sus escritos, truncados por la muerte, se insertan en un momento único de la historia hispanoamericana, donde confluyen la reconfiguración de la identidad católica ante los avances del liberalismo, las nuevas formas de relación entre Europa y las Américas después de las revoluciones de independencias y los proyectos expansionistas de los Estados sudamericanos sobre los territorios indígenas.

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Notas

1. Entre los trabajos más recientes sobre las misiones del Padre José Segundo Laynez, ver: Camilo Mongua, Los rostros de un Estado delegado. Religiosos, indígenas y comerciantes en el Putumayo, 1845-1904, Universidad del Rosario, Bogotá, 2022, pp. 114-121; Jorge Enrique Salcedo, Las vicisitudes de los Jesuitas en Colombia, Universidad Javeriana, Bogotá, 2014, pp. 96-106; Luis Carlos Mantilla, “Crónicas de viaje del jesuita español José Segundo Laynez al Caquetá y Putumayo en 1847”, Boletín de Historia y Antigüedades, vol. 94, nº 837, 2007, pp. 319-362; Francisco Javier Gómez , “Las misiones del P. José Segundo Laynez, S.J., en el Putumayo (1846-1848)”, Mar Oceana,  nº 3, 1999, pp. 47-64; Lesmes Frías, Historia de la Compañía de Jesús en su Asistencia moderna de España, t. I: 1815-1835, Administración de Razón y Fe, Madrid, 1923, pp. 654-665; José Joaquín Borda, Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva Granada, t. 2, Imprenta de S. Lejay et C., Poissy, 1872, pp. 189-190.

2. La documentación esencial para la escritura de esta nota se encuentra en: Archivum Romanum Societatis Iesu – Roma (ARSI), COl.1001-II, V-VII; Archivo de España de la Compañía de Jesús – Alcalá de Henares (AESI), estante 2, cajas 70-71; Biblioteca Nacional de Colombia, RM 436.

3. Sobre la labor política y eclesiástica de las misiones jesuitas en la Amazonía durante los siglos XVII y XVIII, ver el importante trabajo de Sebastián Gómez, Frontera Selvática. Españoles, portugueses y su disputa por el noroccidente amazónico, siglo XVIII, ICANH, Bogotá, 2012.

4. Padre José Joaquín Cotanilla, “América Misión colombiana. Capítulos 18.o-65.” La Habana, 1866. AESI, 2, 71, 3, 2, p. 33.

5. José Joaquín Borda, Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva Granada, t. 2, ob. cit., pp.  189-190.

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