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En Chimá nace un santo, de Manuel Zapata Olivella

Por Daniel Gutiérrez

El nacimiento de un santo en un lugar inusitado puede ser leído como una fábula sobre la fe, útil para embaucar y someter, pero también como un impulso vital, como pábulo de la inconformidad, vislumbre del porvenir y germen de propósitos comunes.

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Exvoto agradeciendo a la Virgen de Chiquinquirá, Antioquia, 1813

Este libro, publicado originalmente en 1964, puede leerse como una alucinación, alentada en gentes rústicas por la pobreza y por una idea imprecisa de redención. Es también la historia prototípica que se esconde detrás de toda devoción religiosa, nacida por lo general en cuna humilde y transformada con el paso del tiempo y la adhesión de generaciones en asunto fastuoso y en episodio de la leyenda áurea. En Chimá nace un santo puede verse, pues, como un relato en torno a eso que los historiadores llaman la invención de la tradición.

 

Sin embargo, hay una lectura más atrayente y sugestiva que se superpone a la anterior. ¿No puede brotar un santo en una población ribereña de la ciénaga de Lorica (actual departamento de Córdoba)? ¿No nació Laura Montoya en Jericó y no vio la luz Marianito Euse en Yarumal? ¿No había aparecido siglos antes una virgen en Chiquinquirá? ¿Por qué un pueblucho del Tercer Mundo no puede alumbrar a un gran novelista, a un pintor de renombre o a un gran inventor? No en vano Manuel Zapata Olivella era un mulato de Lorica (1920) que llegó a convertirse en uno de los mejores novelistas de Colombia, precisamente porque creyó en los caprichos del ingenio.

 

* * *

Domingo Vidal solo podía mover los dedos de la mano y vivía en Chimá con treinta y tres años cumplidos, al cuidado de su madre viuda y de sus hermanas. Un día de difuntos se desencadenó un incendio en aquel pueblecito humilde, todo techado de palma. Aunque la casa familiar se redujo a cenizas, el paralítico salió indemne y con la ropa intacta. Los circunstantes, que componían la romería anual del Día de Todos los santos, decidieron que se había producido un milagro. La idea terminó afianzándose porque al infeliz se le tendió un pincel y garabateó una imagen en la que muchos creyeron advertir una Virgen María y a la que otros más fueron atribuyendo prodigios. Los campesinos comenzaron a llegar al pueblo para suplicar la intercesión del santo, gesto que respaldaban con plegarias y velas encendidas. Un culto se perfiló, y con él las perspectivas económicas que ofrecen las constantes romerías: la plaza y las calles de Chimá se llenaron, pues, de “improvisadas ventas en cajones y mesas colocadas a las puertas de las casas”.

 

Domingo Vidal recibió, en reconocimiento de su santidad, una casa, adonde fue llevado en andas, sepultado por las flores y calzados sus pies con “albarcas nuevas de tres rejos”. La comarca, conmovida por la incidencia de lo sobrenatural en su miserable entorno, pareció encontrar un propósito distinto a la supervivencia, la alternación de sequías e inundaciones, los sucesivos desmontes y la fundación de maltrechos caseríos.

 

El fenómeno entrañaba un evidente desafío a las jerarquías, no solo políticas o sociales, cuanto antropológicas. El cura no podía menos que reprobarlo como una patraña capaz de desorientar a sus entusiastas feligreses. Por su parte, el alcalde (antioqueño) de Lorica envió en pos del sacerdote a un agente de policía con el propósito de contener el movimiento ya salido de madre…

 

Justo entonces, la súbita muerte de Domingo Vidal empeoró las cosas, pues los milagros persistieron mientras su cuerpo se resistía a la corrupción. De este modo, los despojos terminaron entronizados en el altar del templo de Chimá, las posesiones del difunto se transformaron en reliquias y su habitación en santuario. El santero local no conseguía ya satisfacer la demanda de imágenes piadosas. Las embarcaciones “abarrotadas con promeseros”, encallaban “por los caños escurridos”. En los caminos se establecieron tienduchas que vendían “empanadas con huevo, bollos de maíz, chicharrones, chicha y aguardiente”. El propósito de la creciente comunidad de fieles que llegan ya desde Montería era ahora el reconocimiento romano de los prodigios operados por el santo de la tierra. Mientras acudían algunos con ex votos de oro, otros recogían limosnas, destinadas a la canonización y a la construcción de un mausoleo. Estas no consistían solo en dinero. Las gentes viajaban, así mismo, con pavos, gallinas, cerdos y reses:

 

Inquiétanse los que tienen diez y más horas de inoficiosa espera. Los ranchos se convierten en posadas para las familias recién llegadas. Se duerme en los corredores de las casas y el atrio de la iglesia se convierte en hospital al aire libre, donde yacen tendidos ulcerosos, palúdicos y dementes.

 

¿Ha de conformarse un país con adoptar cultos ajenos, recitar obras ultramarinas y enseñar historias foráneas en las aulas? ¿Han de someterse las provincias a los mandatos de la capital y los villorrios a recitar el credo que desde allí se les pretende inculcar? El nacimiento de un santo en Chimá es, más que una historia sobre la credulidad y las supercherías humanas, un texto sobre la rebeldía y el descreimiento. Una fábula sobre la fe, que no solo sirve para embaucar y someter, pues es también necesario impulso vital, pábulo de la inconformidad, vislumbre del porvenir y germen de propósitos comunes.

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