Los cromos con retratos de políticos
Por Isidro Vanegas
Las postales, vitelas o cromos con el retrato o la fotografía de políticos colombianos fueron insumos importantes para el arraigo y la multiplicación de la cohesión partidista desde mediados del siglo XIX. Aquellos objetos, y su uso, nos ayudan a comprender los poderosos sentimientos que se forjaron en torno a los partidos y a sus líderes.

Mosaico de políticos que aparecieron en las cajetillas de los cigarrillos cubanos La Legitimidad hacia el año 1900
Las agrupaciones políticas construyen sentido de comunidad en espacios y con recursos muy diversos. Al efecto sirven el contacto personal entre los asociados, las conversaciones familiares y de amigos, las reuniones y ceremonias de partido, las aulas escolares y el púlpito. Los impresos, las canciones y poesías al igual que las imágenes, fotográficas, televisivas y pictóricas, son algunos de los insumos que han alimentado la cohesión partisana hasta no hace muchas décadas. En este sentido, tienen un lugar significativo los pequeños retratos litografiados y los cromos con la imagen de los líderes propios o de adversarios dignos de censura. Estos objetos, a diferencia de los retratos elaborados a mano, que tuvieron una función semejante, fueron reproducidos en gran número durante la segunda mitad del siglo XIX e incluso a inicios del XX, y dado su carácter portátil y personal ayudaron a fortalecer los vínculos emocionales de los militantes y simpatizantes, y en ocasiones fueron el centro de pequeños altares partidistas.
El uso de retratos litografiados (sobre cartulinas de 10-12 x 15-17 cms., aproximadamente) arrancó en la Nueva Granada a finales de la década de 1840, en primer lugar como un regalo amistoso, más o menos desprovisto de intenciones políticas, aunque siempre con el obvio interés de promocionar al retratado. Así, en 1846 la cartagenera Josefa Gordon le contó en una carta a Tomás Cipriano de Mosquera que la mujer del general venezolano Rafael Urdaneta le había obsequiado dos ejemplares del retrato de este, litografiado en París, uno de los cuales se comprometió a enviarle. Josefa, por lo demás, creía que una de las maneras de inmortalizar a los grandes hombres del país era escribiendo sus biografías, que estarían mejor aún acompañadas de sus respectivos retratos.(1) En las décadas siguientes, el obsequio del retrato propio a amigos y familiares fue algo corriente entre los grupos del notablato neogranadino, como un gesto de galantería. En 1868, el escritor y político conservador Carlos Martínez Silva le envió un retrato suyo a un amigo. Otro tanto hizo por esos años el escritor Jorge Isaacs con un admirador de su novela María. En 1886, un amigo de Marceliano Vélez le anuncia que colocó su retrato fotográfico en la sala de su casa, junto a los de Joaquín F. Vélez y el general Manuel Briceño.(2) Una versión de tales imágenes impresas fueron las cartas de visita, como la que le obsequió el chileno Benjamín Vicuña Mackenna al liberal Januario Salgar, las cuales también hicieron fabricar y distribuyeron muchos hombres públicos colombianos.
Los retratos litografiados tuvieron, además de aquel, un uso netamente político. Por un lado, como objetos para el cultivo del amor patrio, tal el caso de la colección de 20 retratos de personajes neogranadinos de las distintas tendencias políticas, desde la independencia hasta ese momento, que un desconocido elaboró y puso a la venta en 1854 en Bogotá.(3) Por otro lado, los retratos litografiados sirvieron para la difusión y el arraigo de la filiación partidista desde inicios de la década de 1850, un momento clave de nuestra historia republicana en que se organizaron formalmente los partidos y se intensificaron las apelaciones al pueblo, lo cual a su vez incentivó la impresión y circulación de representaciones gráficas de los hombres públicos más destacados.
Los liberales fueron los más entusiastas de este mecanismo proselitista. En 1854, la carrera del general panameño Tomás Herrera fue promocionada mediante la venta de su retrato litografiado, que anunciaron en un periódico de aquella provincia neogranadina. Dos años antes, el negocio de Gómez y Bultron, en Bogotá, había estado vendiendo el retrato litografiado del general José María Obando. Un admirador de este, el líder artesano Miguel León, se hizo retratar por el pintor José María Espinosa, quien a continuación reprodujo el dibujo en una pequeña cartulina, operación tras la cual seguramente estaba el interés de afianzar el liderazgo de León entre los grupos populares (véase la imagen del hombre de ruana). En el momento, los líderes liberales más jóvenes eran conscientes de que la transformación significativa del país, que era su ilusión, no podrían lograrla sin que amplios sectores de la sociedad llegaran a compartir su ideario y su disposición emocional. Manuel Murillo, el secretario de Hacienda, estuvo particularmente convencido de ello y fue él, seguramente, quien orquestó en 1851 la elaboración de un pañuelo de seda en el cual fueron estampados los retratos de los miembros del poder ejecutivo encabezado por José Hilario López, en cuya parte inferior hizo grabar algunas máximas políticas (véase la imagen titulada “7 de Marzo de 1849”).(4)

Carta de visita que Benjamín Vicuña envió a Eustorgio Salgar, probablemente a mediados de la década de 1860. Colección particular
Los sujetos de inclinación política tradicionalista parecen haber estado menos interesados en los retratos litografiados como recurso proselitista. Apenas conozco la promoción que en 1860 hizo el periódico del arzobispado del retrato de Francisco Margallo, un cura que se había hecho notable en la década de 1820 por sus posturas reaccionarias.(5) Si los conservadores no recurrieron a postales destinadas a una amplia circulación, en cambio una de ellas sirvió para escaldar a su principal líder, Mariano Ospina en 1851. El más importante periódico de los liberales, El Neo-Granadino, añadió a una de sus ediciones el dibujo de la escena en que Ospina había sido apresado cuando, disfrazado de jesuita, intentaba escapar de las autoridades, que lo acusaban de organizar la guerra civil. Con marcado deleite, los editores ofrecieron la descripción de la imagen. “No solo se verá en la lámina el funesto personaje con sus hábitos, su camándula, su pistola, su linterna y sus antiparras caídas en el suelo, sino que se hallará en el marco, con que la ha adornado el litógrafo, el fac-símile de los escapularios conservadores y de las banderas que se han cogido a los rebeldes” (ver imagen titulada “Alto ahí el jesuita!!”).(6)
Para cultivar simpatías, o para zaherir, la difusión de retratos se hizo corriente al menos desde la década de 1860. Tanto que en un periódico de Chiquinquirá dijeron en 1865, con ironía y seguramente con algo de exageración, que los retratos de ciertos generales eran tan comunes, que los ponían “hasta en las viñetas de las botellas y jabones”.(7) Las nuevas industrias y los nuevos métodos de reproducción de la imagen hicieron más presente aún aquel dispositivo, como lo sugiere un periódico de Tunja de mediados de la década de 1880 al aludir a las galerías de retratos en las cajas de cigarrillos.(8)
En efecto, a finales del siglo XIX y comienzos del siguiente distintas fábricas de cigarrillos, nacionales y extranjeras, promocionaron sus productos con imágenes fotográficas de niños, de artesanos, de literatos y de líderes de los partidos políticos, entre otros. La escogencia de estos últimos como incentivo de ventas (véanse las láminas de Cigarrillos La Legitimidad), que hoy puede resultar insólita dada la percepción dominante sobre los políticos y los partidos, entonces resultaba comprensible, dado que el liberalismo y el conservatismo eran organismos pujantes que concentraban gran parte de la atención de la escena pública y actuaban en medio de una gran crispación, factores que dificultaban a cualquier persona escapar de la adhesión partidista, que marcaba profundamente la vida intelectual, moral y emocional de niños y adultos. La popularidad de los cromos con figuras políticas nos ayuda a percibir ese ambiente.
El liberal Luis Eduardo Nieto Caballero contó que por los tiempos de la Guerra de los Mil Días, siendo niño, tuvo un altarcito personal como el de las empleadas domésticas de su casa, constituido por vitelas de san Roque y el perro, santa Rita de Casia, santo Domingo de Guzmán y san Francisco. A estas le agregó en un momento dado el retrato de Rafael Uribe Uribe, que enmarcó en cinta roja y a modo de Corazón de Jesús puso a la cabecera de su cama. Poco a poco, sin embargo, los santos católicos fueron sustituidos por vitelas de líderes liberales, que compraba en una tienda cercana a la iglesia de San Juan de Dios, denominada “El Mosaico”. “A medida que economizaba centavos o que con motivo de alguna buena acción era obsequiado por mis tíos con billetes de a peso, […] compraba yo a mis viejos. Allí estaban todos: Vargas Santos, Soto, Sarmiento, Figueredo, Pulido, Ibáñez, Ramón Neira, Juan Pacho Gómez, Herrera, Pedroza, Caicedo, Marín, Macallister, Durán, Samper Uribe, Morales, Ruperto Aya, tantos otros. Entre los Cigarrillos ‘Legitimidad’ venían unos pequeños retratos, que tampoco han sido superados, de colombianos ilustres. Yo me hacía regalar, o compraba, cambiaba o jugaba, con una perinola cúbica que tenía en las cuatro caras útiles sendas iniciales que querían decir ‘Ponga’, ‘Saque’, ‘Todo’ y ‘Nada’, los retratos de los jefes nuestros. Hice un bello mosaico, sobre el reverso de un cartón que por el anverso era un aviso de galletas, y con las correspondientes cintas rojas la puse en el sitio que ocupaban como seis o siete santos”.(9)
Alfonso López Pumarejo cuenta una historia semejante. En su niñez, había seguido con ánimo acongojado las vicisitudes de la Guerra de los Mil Días. “Con cariñosa devoción destinaba entonces mis pequeños ahorros a la compra de retratos de Uribe Uribe y Herrera, los grandes caudillos de nuestra decadencia [sic] y de Figueredo y Gómez Pinzón, los gallardos paladines que cayeron en los primeros encuentros de la contienda, y de los infatigables guerreros que subieron al patíbulo con Cesáreo Pulido y Suárez Lacroix, o bajaron más tarde a la tumba, como Marín, dejados de la mano de Dios y de los hombres”.(10)

Postal con los miembros del gabinete del presidente José Hilario López, por Demetrio Paredes
Aunque los niños hubieran sido particularmente sensibles a la iconografía partidista, sin duda no fueron los únicos que hallaron en las imágenes de sus héroes un insumo emocional importante. Los liberales, por otro lado, podían disponer para el efecto igualmente del Almanaque Liberal, que Juan Ignacio Gálvez comenzó a publicar hacia 1899. El del año 1904, además de los retratos de 12 líderes de ese partido, contenía “efemérides relativas a combates de la última guerra; actos oficiales; muerte de Jefes”, así como el santoral aprobado por la curia. El retrato de Uribe Uribe, que hasta su muerte fue el caudillo más connotado de esa colectividad, fue consecuentemente el más difundido. Uno, elaborado por el fotógrafo Aristides Ariza, era vendido en el periódico El Liberal, a comienzos de la década de 1910. Además de ser un objeto para la reverencia íntima, el retrato podía servir también como un distintivo y un talismán. Así, en 1911, un estudio fotográfico bogotano publicó este anuncio: “A las urnas unidos y compactos al pie de nuestra gloriosa bandera! Para que no haya confusiones y retardos al llegar a consignar nuestros votos, debemos llevar en la solapa de la levita o en otro lugar visible, el medallón con el retrato de nuestro eximio Jefe, General Rafael Uribe Uribe”.(11)
A comienzos del siglo XX, la estrategia de representación visual del liberalismo en la escena pública no siempre fue asunto exclusivo de líderes particulares. En los momentos en que el partido se comprometió a fondo en las campañas presidenciales, como ocurrió en 1922 y 1930, la colectividad asumió aquella tarea de saturación de efectos visuales. A propósito el conservador Aquilino Villegas contó, con algo de inquina, el uso que sus adversarios hicieron de la imagen de Benjamín Herrera durante la campaña presidencial de 1922: “Como siempre, el punto de partida necesario en una campaña liberal, sobre masas primitivas, fue la magnificación del héroe. […] La imagen del general y candidato se prodigaba en todas las vitrinas de todos los almacenes, sobre todas las calles comerciales de todas las ciudades del país; andaba en cintas y banderolas, en medallas, escudos y relicarios; y lentamente la imaginación le fue transformando, hasta que la encapotada y peluda y torva figura del General, tomó ciertas características apolíneas de belleza masculina. En Bogotá se vivía en un febricitante ambiente de místico fervor; las serenatas, las fiestas, las procesiones y los desfiles ante los ojos encandilados del héroe, se sucedían unas a otras; se agotó la imaginación de los empresarios de la farándula, y cuando no eran las damas, o los choferes, o los clubmen, o los limpiabotas, andaban detrás de las banderas y de las charangas, personas de menos ordenada conducta. El movimiento místico se propagó al país entero y el liberalismo entró en un estado de delirio colectivo”.(12)
En las elecciones de 1930, el liberalismo dispuso también de un amplio repertorio iconográfico. Por esos días, una mujer denunció que el cura de Chipatá, en Santander, se había negado a aceptarla como madrina en un bautismo, porque “llevaba como adorno en el pecho, el retrato del doctor Enrique Olaya Herrera”. Tan pronto como el cura vio el ícono, “me intimó para que me lo quitara y lo botara al suelo para pisotearlo y como yo lo escondiera me dijo: que fuera a donde los liberales a que le pusieran el óleo a la criatura o que le diera diez pesos, y como yo no tenía dicha suma para darle, le dijo […] al padre de la criatura que a mi no me admitía y que estaba excomulgada; que le llevara una madrina conservadora”.(13)

Miguel León, por José María Espinosa
Los conservadores, tal vez por cierta apatía congénita ante las imágenes profanas, tal vez porque sus redes partidistas funcionaban de modo eficiente, engrasadas como estaban por la burocracia estatal, no se interesaron por una estrategia iconográfica en las primeras décadas del siglo XX. En el partido republicano, la otra organización de la época, en cambio, hubo quienes pusieron en circulación medallones con el retrato de Carlos E. Restrepo, Nicolás Esguerra, Guillermo Quintero Calderón y otros de sus líderes. En el anuncio en que los publicitaban, añadían: “También tenemos postales de todos los jefes republicanos con frases o programas republicanos”.(14)
Con la República Liberal los retratos en formato pequeño, que se hicieron más populares debido a la reducción de sus costos de producción, siguieron ayudando a la fijación de las adhesiones partidistas, pero también sirvieron para vehiculizar la crispación y el odio que fueron tan destructivos en la sociedad colombiana.
Según cuenta el escritor Eduardo Caballero Calderón, en la década de 1940 vio, en la casa de una mujer principal de una ranchería en la Guajira, un retrato de Laureano Gómez colgado por ella, mientras que su marido había hecho lo propio con uno de Jorge Eliécer Gaitán. El historiador James Henderson indica, por su parte, que desde la década de 1930 hasta bien entrada la de 1960, “era común encontrar fotografías y bustos de Laureano Gómez al lado de las figuras de Cristo y de la Virgen en los santuarios familiares en todas las zonas rurales de Colombia”. Un conservador caldense le contó que en su niñez, “rezábamos para pedir protección con igual fervor a la Virgen y a Laureano Gómez”. Sin duda, no se trataba de dos potencias equivalentes, como se deja ver en el hecho de que a mediados de la década de 1930 algunos conservadores, temerosos de la suerte de sus líderes, hubieran puesto en manos de la estatua de la Virgen, retratos de Laureano Gómez y del cura Francisco Mora, director del periódico El Cruzado, con el fin de “librarlos de un asesinato casi seguro”, según creyó este.(15)
Jorge Eliécer Gaitán, tan inspirador para sus huestes como Laureano entre las suyas, suscitó una veneración semejante, que también se plasmó en el uso de su retrato. Juan Manuel Valdelamar, un destacado activista del gaitanismo, le escribió desde Cartagena en marzo de 1947 diciéndole que en la región “todos los campesinos tienen el retrato de Gaitán en sus chozas, y diariamente los sacuden y los cuidan con una mística que llega a la adoración”. Por otro lado, Francisco Trujillo observó a comienzos de la década de 1960, particularmente en Sogamoso y Bucaramanga, cómo “las gentes más humildes se acercaban reverencialmente a la hija del Caudillo [Gaitán], querían tocarla, tenerla cerca y hacían cola para que les firmara cualquier retrato (algunos de Gaitán), cuaderno, libro”.
conservadora”.(16)

Dibujo que representa la captura de Mariano Ospina, Neo-Granadino, n° 168, agosto 8 de 1851
La admiración fervorosa que podía ser transmitida mediante los retratos tuvo su contracara lúgubre en la violencia de la década de 1950, de la cual los dos caudillos antes aludidos habían sido activos promotores. En la población tolimense de Chaparral, según cuenta un estudioso de esa región, los conservadores, como represalia con los liberales por sus desmanes del 9 de abril en adelante, “obligaron a poner el retrato de Laureano Gómez en las escuelas”. En otra población de la zona, por los lados de la Vega, “la cosa era ‘muerda el retrato de Gaitán, bese el de Laureano’, y luego una muenda para ver si se volteaban a la fuerza”.(17)
Finalmente, también en los distintos grupos socialistas, y desde sus inicios en el país, los retratos de sus líderes, sobre todo los internacionales, jugaron un rol importante en el ecosistema emocional de la militancia. Una de las pocas cosas que un delegado del Partido Socialista Revolucionario trajo en 1928, de vuelta de su peregrinación a Moscú, fue “un álbum con los retratos de Lenin y de todos los comunistas rusos antiguos y modernos”, según el registro de las autoridades. Por esos mismos años, según contó un político liberal, “en ninguna alcoba de universitario, faltaba entre los retratos amigables el retrato de Lenín, alargando hacia lo alto su brazo musculoso, en el gesto que emocionó a las multitudes rusas, cuando con él subrayaba patéticamente las palabras de la revolución”. El historiador Jaime Jaramillo Uribe recuerda, en este mismo sentido, cómo a finales de la década de 1930 él y su grupo de amigos estudiantes veneraban a Lenin, a quien le tenían, cada uno, una especie de altar, con su respectivo retrato. Entre los izquierdistas, sobre todo los más jóvenes, la veneración de los íconos impresos fue un gesto muy extendido. Baste, para cerrar, indicar que muchos años después de las labores proselitistas de los maoístas en la década de 1970 en las zonas rurales de Sucre, en las casas de algunos de esos campesinos seguían conservando los afiches de Mao Tsetung que habían presidido las reuniones de los “Comités maosetunistas campesinos”.(18)
Notas
1. Patricia Aristizábal, comp., Cartas de una cartagenera, UIS, Bucaramanga, 2012, p. 99.
2. “Correspondencia del señor don Pedro Fernández Madrid”, Repertorio Colombiano, nº 6, diciembre de 1878, Bogotá, p. 470; Luciano Rivera, Impresiones y recuerdos, t. 2, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Bogotá, 1946, p. 131; Sala patrimonial UDEA, Archivo de Marceliano Vélez, caja 2, carp. 20, f. 60.
3. “Avisos”, El Neo-Granadino, nº 303, marzo 23 de 1854, Bogotá, p. 40.
4. “Retrato litogafiado [sic]”, El Panameño, nº 402, enero 11 de 1854, Panamá, p. 1; “Nueva Litografía”, Neo-Granadino, nº 190, enero 2 de 1852, Bogotá, p. 7; José María Cordovez, Reminiscencias, serie 1ª, 5ª ed., Librería Americana, Bogotá, 1912, p. 141.
5. “Avisos”, El Catolicismo, nº 419, abril 24 de 1860, Bogotá, p. 261.
6. “Alto ahí el jesuita”, Neo-Granadino, n° 168, agosto 8 de 1851, Bogotá, p. 255.
7. Sin título, La Caridad, nº 31, febrero 4 de 1869, Bogotá, p. 496; “Policía”, El Saravita, n° 5, marzo 24 de 1865, Chiquinquirá, p. 18.
8. “Galería de personajes”, La Sanción, n° 9, noviembre 28 de 1884, Tunja, p. 40.
9. Luis Eduardo Nieto Caballero, ¿Por qué soy liberal?, Librería Nueva, Bogotá, 1931, pp. 29-30.
10. Alfonso López, “El liberalismo debe iniciar una oposición que salve al país”, El Tiempo, mayo 24 de 1928, Bogotá, p. 1.
11. “Liberales, comerciantes, &c. &c.”, La Barra, nº 39, diciembre 3 de 1903, Bogotá, p. 4, “Liberales!”, Centauro, nº 4, mayo 28 de 1911, Bogotá, p. 3.
12. Aquilino Villegas, Por qué soy conservador?, Editorial Nueva, Bogotá, 1934, p. 118.
13. Magdalena Cabrera, Fuentes primarias para el estudio de la violencia en la provincia de García Rovira en los años 1930-1931, t. 1, Tesis filosofía y letras, Universidad del Rosario, Bogotá, 1983, pp. 170, 173.
14. “Postales con el retrato de don Lino Casas”, La Crónica, mayo 15 de 1911, Bogotá.
15. Eduardo Caballero Calderón, Cartas colombianas, Editorial Kelly, Bogotá, 1949, p. 40; James Henderson, La modernización en Colombia, Universidad de Antioquia, Medellín, 2006, pp. 298-299; Francisco Mora Díaz, El clarín de la victoria, El Cruzado, Tunja, 1942, p. 295.
16. Carta a Jorge Eliécer Gaitán, en W. John Green, Gaitanismo, liberalismo de izquierda y movilización popular, EAFIT, Medellín, 2013, p. 329; Francisco Trujillo, “Varias vidas vividas. Recuerdos políticos de un militante revolucionario”, documento mecanografiado, Bogotá, 1990, p. 167.
17. Darío Fajardo, Violencia y desarrollo. Transformaciones sociales en tres regiones cafetaleras del Tolima, 1936-1970, Ediciones Suramérica, Bogotá, 1979, pp. 101, 123.
18. José María Rojas, comp., La estrategia insurreccional socialista y la estrategia de contención del conservatismo doctrinario, t. 1, mecanografiado, Cali, 1989, pp. 217-218; Abelardo Forero Benavides, “Carta abierta a Enrique Caballero Escovar y Jorge Padilla”, Acción Liberal, nº 15, abril 30 de 1934, Bogotá, p. 600; Jaime Jaramillo Uribe, Memorias intelectuales, Taurus, Bogotá, 2007, p. 32; Frank Molano, El imaginario maoísta (1965-1982) como mentalidad revolucionaria en la izquierda colombiana, tesis de grado maestría en historia, Universidad Nacional, Bogotá, 2004, p. 131.