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El fracaso y la frustración como incentivos en la historia y la literatura

Por Edgardo Pérez Morales

En la historia y en la literatura, que a menudo se entrelazan, las frustraciones personales y sociales pueden movilizar decisiones que impulsan el cambio. Motivados por la ansiedad de los ideales elusivos, por la inevitabilidad del fracaso, caballeros, escritoras y personajes de novela se lanzan a cambiar el mundo. En la vida y en los libros, la construcción y la destrucción material y emocional giran en torno a los fracasos vitales más traumáticos.

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Don Quijote y otros personajes, en Histoire de l'admirable don Quixotte de la Manche, Amsterdam, 1695

El fracaso y la frustración, bien sean individuales o de grupos sociales, han sido motores importantes del cambio histórico. A veces, los reveses y las decepciones impulsan proyectos humanos de creación y destrucción, con consecuencias duraderas para sujetos y civilizaciones enteras. Encandilados por el destello de los momentos gloriosos en la historia de la humanidad, olvidamos cómo la tristeza, la melancolía o la desilusión ante los ideales truncados ayudan a movilizar fuerzas morales y recursos materiales que hacen posible el cambio y le dan forma particular.

 

A contraluz, las cruzadas en la Edad Media pueden ser vistas como el fruto de la frustración de unos hombres con su destino natural. Relegados por el accidente de su nacimiento como segundones en sus familias, no podían aspirar a heredar títulos, tierras ni privilegios en Europa: decepcionados, se lanzaron a la conquista de Tierra Santa. De igual modo, los conquistadores españoles del Nuevo Mundo pueden verse como caballeros cristianos fallidos. Eran descendientes de antiguos guerreros religiosos tan exitosos que los habían dejado sin tierras que ganar o almas por convertir en su propio país: para alcanzar el ideal espiritual de su hombría, se aventuraron hacia un mundo desconocido en busca de grandes reinos infieles. Pocos alcanzaron la gloria, pero la huella de su acción colectiva es profunda.

 

La literatura, que a menudo florece con particular vigor en medio de la desilusión y el fracaso, ha forjado figuras emblemáticas del poder de la frustración para mover a la acción y alcanzar resultados, sean estos deseables o reprochables. Don Quijote de la Mancha, en verdad Alonso Quijano, es un caballero frustrado que emprende la aventura de transformar la realidad a la medida de sus sueños, buscando alcanzar unos esquivos ideales de amor y de justicia. Fracasado en su proyecto de viajar a las Américas en busca de fortuna y arrojado a la cárcel por deudas, Miguel de Cervantes concibió en prisión El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

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Decepcionada por su fracaso editorial como poeta, Emily Brontë se decidió por la prosa: terminó forjando una de la novelas más intrincadas, violentas y memorables de la lengua inglesa. En Cumbres borrascosas, que apareció por vez primera bajo seudónimo masculino, ningún personaje logra escapar al fiasco emocional. La muerte, la orfandad, la decepción y el trauma impulsan cada momento de la historia, cada decisión definitoria. Con la sospecha de que el fin de sus días se aproxima, un patriarca de los páramos de Yorkshire hace un viaje inusual y regresa a casa con un niño recogido, a quien llama Heathcliff, nombre de un hijo fallecido. Como el padrastro llega a preferir a Heathcliff, este queda condenado al desprecio y al maltrato de su hermanastro. Y aunque el aparente intruso también se ha ganado el afecto de Catherine, la hermanastra, ella determina que casarse con este entenado sería degradante. Acepta, por cálculo social, otro enlace.

 

En un nuevo viaje motivado por el fracaso de un ideal, Heathcliff escapa y regresa tres años después con educación y fortuna. Pero esta no es una historia de redención. El sadismo que desata Heathcliff para vengarse de todos no tiene límites; tampoco su obsesión por Catherine, por su espíritu, y aun por sus despojos sepultados. Heathcliff continua así su marcha hacia el abismo. Manipulando terriblemente a la segunda generación, logra casar a su hijo con la hija de Catherine, adueñándose de la dinastía.

 

Pável Ivanovich Chíchikov es otro andariego movido por la ambición insatisfecha. Es el personaje central de Almas muertas, obra de Nikolái Gógol. A Chíchikov lo consume la frustración de no ocupar el lugar ideal en la clase alta de la Rusia zarista: no posee hacienda, mucho menos almas que trabajen para él, es decir, siervos, hombres que le obedezcan, satisfagan sus deseos y lo hagan rico. Para superar su insignificancia, sale a recorrer el campo en un coche mediocre, con un plan: comprar almas muertas, o sea, siervos fallecidos que todavía aparecen en los censos y son gravados con impuestos; como son propiedad real, pueden empeñarse, convertirse en capital para comprar finca y siervos vivos mediante un turbio negocio hipotecario. Decepcionado con su lugar en la sociedad, este personaje se lanza a crear algo de la nada.

 

Chíchikov y su viaje pintoresco evocan el desencanto del Quijote y su salida a la acción, a cambiar el mundo según un ideal. Pero se trata, en esta ocasión, de un ideal de dominio, de violencia, antes que de amor o justicia. Desilusionado por una sociedad que encontraba sin sentido, trivial, mañosa y acartonada, Gógol se exilió en Roma y escribió allí su gran poema, elevando literariamente el paisaje social y material ruso para exponer sus fisuras. Mediante este proceso, el autor alcanzó la excelencia satírica. Sin embargo, agobiado por la incertidumbre creativa y espiritual, arrojó al fuego la segunda parte de Almas muertas, poco antes de fallecer, tras largos años de trabajo. La gran pieza picaresca de la literatura rusa es un monumento incompleto, una especie de fracaso.

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Dibujo de Camilo Uribe Posada @camilouribeposada

La historia no deja de resonar con la literatura. Podemos imaginar al primer embajador de los Estados Unidos en Colombia, Richard Clough Anderson, como un verdadero Chíchikov. Nacido en Kentucky en 1788, Anderson era un dueño de plantación fracasado, cuyos múltiples intentos por convertirse en amo de esclavos y gran agricultor, es decir, por alcanzar el ideal de un hombre rico del Sur, se habían frustrado. La especulación con tierras, su primera vocación, fue su primera derrota. De su matrimonio no obtuvo mayor ventaja material. Se arriesgó entonces por el derecho, campo en el cual tampoco logró destacarse. A la política se aventuró con la esperanza de reparar sus finanzas, pero diez años de trabajo como diputado y congresista probaron ser tan infructuosos como el resto de sus empresas. ¿Qué hacer?

 

En la Biblioteca Huntington, en San Marino, California, se conservan veinticinco cajas de sus cartas y documentos personales. Su diario también sobrevivió. La lectura de estos materiales revela que su interés por Colombia, una república que apenas comenzaba a existir, fue motivado por su fracaso económico, que agobiaba también a muchos de sus colegas de Kentucky, una sociedad truncada en su proyecto agroexportador temprano. Desde 1818 los habitantes de aquel estado se imaginaron que, al ser reconocida diplomáticamente la independencia de los nuevos países suramericanos, podrían hacer allí lucrativos negocios. La idea era sacar el tabaco, el trigo y las manufacturas de cáñamo por el río Misisipi, cruzar el Caribe y venderlos en Cartagena, Santa Marta o Caracas. Agobiado por las deudas, Anderson creyó encontrar en la diplomacia su camino a la riqueza.

 

Tras un agonizante lobby político, Anderson fue nombrado embajador en 1823. Como el sueldo era bueno, esperaba poder ahorrar. Lo que era más importante, estando personalmente en Colombia conocería de primera mano las circunstancias económicas del país y cerraría negocios ventajosos. Pero todo fue en vano. Agobiado por el frío capitalino, deteriorado en su salud, molesto por el alto costo de la vida, descubrió muy pronto la decepción final: Colombia, escribió, tiene “muy poco comercio con el mundo.” Concluyó que, de no ser por el sueldo, no se habría aguantado ni un mes en Bogotá. Con todo, logró sellar un tratado de comercio entre ambos países. Movilizado por un ideal económico inalcanzable, un representante de Kentucky se aventuró a establecer relación oficial con una república esencialmente desconocida.

 

El fracaso movilizó el cambio y los fracasados le pusieron su impronta, así en la historia como en la literatura. Bien es cierto que, por lo general, nuestro deseo rechaza aquello que puede alcanzar y corre en busca de lo que no logra tocar.

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