top of page

El hombre nuevo, el fascismo y la masculinidad

Por Paul Jackson

Al igual que el comunismo, el fascismo y el nazismo le dieron centralidad al ideal del hombre nuevo, que redimiría a la sociedad instaurando un orden social inédito. El autor hace un recorrido por algunos textos importantes en torno a un imaginario que sigue inspirando a ciertas organizaciones políticas y ciertos personajes del presente.

Desfile deportivo en la Unión Soviética, 1956, por Lev Borodulin.jpg

Desfile deportivo en la Unión Soviética, 1956, foto de Lev Borodulin

“La trincherocracia es la aristocracia de las trincheras”, declaró Benito Mussolini en diciembre de 1917. Reflexionando sobre el nuevo tipo de hombre que emergía de la guerra, continuó: “¡Qué inmensa fuerza moral encierra el espíritu patriótico de quienes regresan del frente!... Los veteranos discapacitados de hoy son la vanguardia del gran ejército que regresará mañana. Son los miles que esperan a los millones de soldados desmovilizados. El brutal y sangriento aprendizaje de las trincheras tendrá sentido... Los viejos... serán apartados”.

 

Evocaciones como esta, de un nuevo tipo de hombre heroico que surge para salvar a la sociedad, fueron recurrentes en los discursos fascistas del período de entreguerras. En la misma línea, una caricatura de la revista satírica Kladderadatsch de 1933 representa a Hitler como “la escultura de Alemania”. Desmantela el caótico entramado de masas degeneradas y prefascistas para transformarlas en una nueva figura masculina idealizada.

 

Este tropo de un hombre renovado y heroico a menudo ha sido resumido con el término “hombre nuevo”, que remite a una figura masculina fuerte y redentora destinada a guiar a la nación, en un período de tribulaciones, hacia una nueva era. Este ideal se encontraba presente en el fascismo de entreguerras y aún resuena entre los fascistas contemporáneos y la extrema derecha actual. Si bien el fascismo se basaba en el mito del renacimiento, el ideal del hombre nuevo fue particularmente importante, ya que se suponía que él sería el agente impulsor de la transformación. En este sentido, el historiador Emilio Gentile ha aludido a la “revolución antropológica” del fascismo, impulsada por el “hombre nuevo italiano”.

 

El nacimiento del hombre fascista

George Mosse hizo un aporte decisivo al reconocimiento de la importancia del mito del hombre nuevo en el fascismo. En un artículo de 1966 (“The Genesis of Fascism”), Mosse sostuvo que el hombre nuevo había sido crucial en la revolución cultural, más que económica, a la que habían aspirado los fascistas. Estos veían al hombre nuevo como un salvador, un hombre que volvía a estar completo, un activista ansioso por unirse a una revolución que transformaría la sociedad en función de sus anhelos más caros, que eran la unidad con el grupo y la recuperación de aquellas virtudes que estaban siendo sepultadas en el mundo moderno.

 

Mosse retomó el tema extensamente en La imagen del hombre, libro en el que incluyó un capítulo sobre “El hombre nuevo fascista”. Allí analizó una amplia gama de evocaciones del hombre nuevo desde esa corriente política y subrayó su idealización por diversas figuras influyentes durante la Primera Guerra Mundial. En Italia, lo hizo entre otros Giovanni Papini, quien combinó ideales nietzscheanos con nacionalismo para argumentar que la guerra era un acontecimiento redentor y de naturaleza espiritual, y que pronto los nuevos soldados tendrían el valor de completar la unificación italiana. Siguiendo a Papini, Mussolini y otras visiones fascistas del hombre nuevo recurrieron con frecuencia a los recuerdos de la guerra, a cuya sombra concibieron la sociedad como un estado de guerra permanente.

 

Los recuerdos de la Primera Guerra Mundial, en efecto, se convirtieron en elementos centrales de la mitología del hombre nuevo forjada por los fascistas del período de entreguerras, como lo muestra Bernd Hüppauf en “The Birth of Fascist Man From the Spirit of the Front” (“El nacimiento del hombre fascista del espíritu al frente”), ensayo centrado en el uso de la memoria de aquella guerra por parte del nacionalsocialismo alemán. En él, destacó cómo los nazis, entre otros en Alemania, articularon dos mitologías de los “hombres de la Primera Guerra Mundial”. La primera, evocaba los días iniciales del conflicto y romantizaba las batallas alrededor de Langemarck en el verano de 1914, protagonizadas por hombres recordados típicamente como jóvenes alemanes intrépidos e idealistas. Este ideal más inocente y romántico fue explotado en cierta medida por el movimiento de Hitler, pero, una vez en el poder, se impuso otro tipo de memoria que evocaba la batalla de Verdún y presentaba una imagen mucho más lúgubre de hombres adultos combatiendo en presencia constante de la muerte. La percepción de que estos soldados habían estado inmersos en un conflicto existencial, luchando contra sus enemigos hasta la muerte o siendo destruidos por ellos, y la del soldado moderno como un engranaje más en la maquinaria de guerra, se convirtió en un aspecto central del sentido de misión (masculino) que subyacía a las instituciones nazis. Hüppauf añade que tropos similares del hombre nuevo como soldado moderno se pueden encontrar asimismo en la obra de Ernst Jünger. Como lo explicó el propio Jünger en “El obrero”, en 1932, una nueva élite, un nuevo tipo de hombre, había surgido de la guerra. Aunque reducidos en número, transformarían la humanidad entera.

 

Fantasías masculinas

Male Fantasies, de Klaus Theweleit, indaga por el impacto de la Primera Guerra Mundial en las masculinidades alemanas del período de entreguerras. Theweleit se centra en los Freikorps, las milicias paramilitares integradas por veteranos de la Primera Guerra Mundial y por jóvenes nacionalistas en Alemania, analizando para el efecto novelas, diarios y otros escritos relacionados con quienes participaron activamente en el movimiento o estuvieron vinculados a él.

 

Male Fantasies subraya que la forma en que aquellos alemanes crecieron y se convirtieron en hombres fue fundamental para la creación de una masculinidad fascista marcada por la guerra y la violencia que participaba de la pretensión de resolver problemas aparentemente irresolubles. En uno de los capítulos, Theweleit explora cómo siete hombres, entre ellos el futuro comandante de Auschwitz, Rudolf Höss, solo vieron dos tipos de mujeres. Las primeras eran las “blancas”, a quienes tendían a idealizar de forma asexual, pero hacia las que no podían expresar emociones, ni siquiera tras casarse con ellas. A las “rojas”, en cambio, las consideraban peligrosas, potencialmente armadas y degeneradas, y deseaban matarlas y convertirlas en una masa sanguinolenta. Los Freikorps también mataron a otros, por supuesto, pero pensaban particularmente en las mujeres rojas.

 

Aquel hombre nuevo, añade Theweleit, era alguien aterrorizado y aterrador, un hombre “engendrado en el ejercicio militar, que sólo le debe lealtad a la máquina que lo trajo al mundo. Es un auténtico hijo de la máquina de entrenamiento, creado sin la ayuda de una mujer, sin padres. Sus vínculos y relaciones lo unen, en cambio, a otros ejemplares del hombre nuevo, con los que se deja unir para formar la tropa de la macromáquina. Todos los demás sólo pueden estar ‘bajo’ él, nunca a su lado, atrás o adelante”.

 

El hombre nuevo, precisó, era “un hombre con una periferia mecanicista, cuyo interior ha perdido su significado (el tecnócrata es su manifestación contemporánea)”.

 

Los hombres nuevos podrían ser vistos como soldados endurecidos, pero también podrían ser muchas otras cosas. Fernando Esposito, por ejemplo, ha explorado la fascinación fascista por la aviación. Volar fue considerado a menudo una salida a la crisis de la modernidad. “La aviación representaba el amanecer de un orden eterno”, explica Esposito. “El aviador, sobre todo por su audacia, su amor al peligro, su voluntad indomable y su poder fáustico, era el hombre nuevo… Volar se convirtió así en una metáfora del fascismo mismo”.

 

Encarnar la imagen

Los ideales del hombre nuevo también fueron transmitidos a través de quienes encarnaban su imagen. Los propios líderes eran los primeros candidatos a encarnar el hombre nuevo, de ahí que el lenguaje corporal y la puesta en escena hubieran sido cruciales. Así, la barbilla prominente y las posturas llamativas de Mussolini debían ejemplificar al hombre nuevo y comunicar una sensación de fuerza de voluntad.

 

De hecho, la imagen pública de Mussolini siempre debía idealizar al hombre nuevo fascista. Por supuesto, no se dejaban saber sus debilidades personales sino que se prefería representarlo trabajando en el campo o haciendo ejercicio, sugiriendo siempre una sensación de virilidad. Representado a menudo como joven y machista en la propaganda fascista, ese mito fue cultivado incluso mediante el ardid de dejar encendidas hasta altas horas de la noche las luces de su oficina vacía, para indicar a los transeúntes en la Piazza Venezia que Il Duce trabajaba sin descanso.

 

Hitler, por su parte, no representaba tan claramente al hombre nuevo, pero el régimen no carecía de materiales que evocaran los ideales de una nueva masculinidad. Artistas como el escultor Arno Brecker crearon numerosas obras públicas para el régimen nazi. Entre ellas se encuentran las esculturas “El Partido” y “El Ejército”, que figuraban desnudos masculinos idealizados. Y aunque la desnudez pública solía ser mal vista por los nazis, la desnudez impecable y despersonalizada en estas representaciones artísticas era fundamental para la visión nazi del hombre nuevo y el futuro dominado por los arios. Tales obras sugerían que el hombre nuevo no había sido creado completamente por el momento, pero ofrecían poderosas visualizaciones de los objetivos de la revolución hitleriana.

 

En años recientes, diversos historiadores han contribuido a profundizar en el conocimiento del ideal del “hombre nuevo”. Roger Griffin ha destacado la ambigüedad en el uso del término “hombre” por parte de ciertos historiadores y de los propios fascistas. En alemán, “neuer Mensch”, por ejemplo, suele ser traducido como “hombre nuevo”, pero no necesariamente se refiere a un género específico. Conviene prestar atención a los estudios más antiguos que interpretan de forma demasiado literal el uso del término “hombre” en el contexto del periodo de entreguerras: a veces se refieren a la creación de un nuevo tipo de persona fascista, hombre o mujer, y otras veces a un nuevo tipo de masculinidad fascista.

 

Por su parte, Richard Shorten, en Modernism and totalitarianism, subraya que el concepto de “hombre nuevo” debe ser considerado como fundamental para todos los proyectos totalitarios iliberales. Para Shorten, la revolución antropológica que está inscrita en la agenda del totalitarismo exige un proyecto de hombre nuevo. Lo indica de este modo: “El pensamiento utópico concibe al hombre nuevo en armonía y concordia con la comunidad ‘perfecta’; el cientificismo proporciona el conocimiento que hace posible al hombre nuevo (y también aclara con precisión quién es); y la violencia revolucionaria le da su forma definitiva, permitiéndole resurgir renacido de la lucha y el conflicto”.

​

Otros regímenes totalitarios, sobre todo la Unión Soviética, produjeron su propia versión del hombre nuevo. El movimiento estajanovista de la década de 1930 constituye un ejemplo particularmente elocuente, y las comparaciones con otras formas del ideal del hombre nuevo iliberal pueden resultar fructíferas en diversos sentidos.​​​

1940 Bogotá Día de la juventud colombiana 07, 12 de octubre, por Gumersindo Cuéllar AA.jp2

Día de la juventud colombiana, Bogota, 12 de octubre de 1940, por Gumersindo Cuéllar

Ideales de masculinidad

Peter Fritzsche y Jochen Hellbeck escribieron “The New Man in Stalinist Russia and Nazi Germany”, una reflexión acerca de las similitudes y diferencias entre el hombre nuevo en el comunismo y en el fascismo. También exploran allí cómo el ideal del hombre nuevo fue adoptado por una amplia gama de fuerzas sociales mucho antes del siglo XX. No se trató, simplemente, de una imposición desde arriba mediante propaganda, como lo han sugerido algunos estudios. Su análisis sitúa el surgimiento de mitos sobre el hombre nuevo en revoluciones anteriores, especialmente en la Revolución Francesa.

 

Fritzsche y Hellbeck también destacan que la sensación de transformación tecnológica tras la Primera Guerra Mundial, así como el recuerdo de la misma, impulsaron la búsqueda del hombre nuevo. “Podría decirse que la tecnología moderna de la década de 1920 sirvió como una vasta metonimia de la propia guerra. Las constantes referencias al ‘hombre nuevo’ o al ‘tipo nuevo’ —el atleta, el piloto de carreras y el aviador— que las revistas populares presentaron a sus lectores, pueden interpretarse como proyecciones civiles del nuevo guerrero”. Además, los regímenes totalitarios no fueron los únicos que exploraron nuevos ideales de masculinidad en este periodo.

 

Si bien los estudios sistemáticos acerca del hombre nuevo en el fascismo de entreguerras y en tiempos de guerra siguen siendo limitados, se han desarrollado nuevas líneas de investigación en este campo en una importante colección de ensayos editada por Jorge Dagnino, Matthew Feldman y Paul Stocker, The “New Man” in Radical Right Ideology and Practice. Aquí, además de los estudios sobre el hombre nuevo en el arte nazi de Gregory Maertz, los ustachas croatas de Rory Yeomans y la Guardia de Hierro rumana de Roland Clark, encontramos un capítulo sobre el fascismo británico y sus ideales del hombre nuevo, de Jeanette Baxter. Según ella, los artistas, una vez más, fueron fundamentales para proyectar la visión del hombre nuevo fascista. Evalúa la influencia de Wyndham Lewis, entre otros, en la imagen del hombre fascista en la Unión Británica de Fascistas. Así pues, modernismo y fascismo estuvieron fuertemente interconectados allí y en otros lugares.

 

Por su parte, Joan Tumblety, en su ensayo sobre el hombre nuevo fascista en la Francia de entreguerras, aboga por una ampliación del concepto para ver el fascismo no solamente como una religión política que promueve una revolución antropológica. Subraya que el concepto de hombre nuevo nos permite ver cómo los ideales masculinos, generalizados en la sociedad, pudieron ser desarrollados por grupos fascistas para sus propios fines, lo que plantea interrogantes sobre cuán diferentes eran realmente los fascistas.

 

El hombre nuevo en la cultura contemporánea

Aunque el tema del hombre nuevo y la virilidad en los fascismos de entreguerras y de tiempos de guerra está en desarrollo, el estudio de la masculinidad y la extrema derecha en contextos contemporáneos requiere más investigación. Una voz destacada entre las pocas que se encuentran en este campo es la de Michael Kimmel, cuyo reciente libro, Healing from Hate, examina la dinámica de género en la cultura de la extrema derecha contemporánea. A partir de entrevistas a nacionalistas blancos y neonazis en Europa y Estados Unidos, subraya que la mayoría de gente no comprende cuán marcada por el género es dicha cultura. Precisa:

​

“Estos jóvenes se sienten con derecho a tener un sentido de pertenencia y de comunidad, a ejercer una autoridad moral indiscutible sobre mujeres y niños, y a sentir que cuentan en el mundo y que sus vidas importan. El hecho de que vean amenazadas las vidas que creen merecer lleva a estos jóvenes a sentirse avergonzados y humillados. Y es precisamente la vulneración de este derecho —un derecho frustrado y frustrante— lo que impulsa a algunos hombres a buscar una manera de redimirse como hombres, de restaurar y recuperar ese sentido de masculinidad que han perdido. Unirse [a un grupo] es un tipo de compensación masculina, una vía alternativa para demostrar su hombría”.

 

De forma similar, Cynthia Miller-Idriss ha estudiado la hipermasculinidad en la cultura de extrema derecha, especialmente en lo relativo a la vestimenta y el cuerpo. En The Extreme Gone Mainstream, explora cómo la cultura juvenil de extrema derecha se nutre de cierta visión de los ideales masculinos para potenciar su atractivo. Según ella, “la naturaleza hipermasculina de gran parte de la extrema derecha así como sus nociones idealizadas de la masculinidad y de lo que un ‘hombre de verdad’ hace por la nación son claves para los grupos y ambientes de extrema derecha”. Tal búsqueda de un nuevo sentido de la masculinidad se encuentra ampliamente en los materiales producidos por dichos grupos.

 

El grupo neonazi australiano Antipodean Resistance, por ejemplo, ha expresado por escrito su visión idealizada del activista masculino. En síntesis, sus miembros deben rechazar la noción convencional de “machos alfa”, que consideran figuras degeneradas en busca de múltiples parejas sexuales y que a menudo beben en exceso. En cambio, los hombres deben ser fuertes y monógamos. Su ideal del macho alfa, por lo tanto, “acepta las dificultades como un desafío y se prepara con facilidad para solucionar incluso las peores situaciones cuando surgen. Todas las características, habilidades y cualidades del macho alfa lo preparan para su objetivo final de encontrar pareja, perpetuar su linaje y hacer progresar su raza”. Haciéndose eco de Theweleit, aquí las mujeres se ven reducidas a desempeñar un papel sumiso para permitir que el macho alfa alcance su plena realización. Como era de esperar, citan al régimen nazi como una influencia fundamental.

 

El grupo neonazi británico National Action halló en el ideal del hombre nuevo una parte significativa de su proyecto revolucionario. En un documento titulado “Ataque”, que describía la necesidad de una revolución de inspiración nazi, el grupo explicaba: “De la catarsis surgirá un nuevo tipo de hombre que no se acobarda, ya sea soldado o político. No necesitamos ‘intelectuales’, lo que necesitamos son brutos que puedan mantener las filas con entereza. Hombres morales que puedan superar el miedo para poder tanto recibir como infligir castigo”.

 

Queda mucho por hacer para reorientar la atención hacia las masculinidades radicalizadas que son impulsadas por el activismo de extrema derecha contemporáneo. La visión histórica del hombre nuevo como un marcador ideológico nebuloso pero potente para los objetivos de los movimientos fascistas aún anima a muchas organizaciones neofascistas y neonazis arraigadas en el legado del fascismo. Estos grupos siguen jugando con la imagen de hombres poderosos que imponen claridad y orden en un mundo que parece caótico. Es necesario comprender a esas personas para poder abordar su problema, y ​​esto incluye su masculinidad.

 

George Mosse concluyó de este modo su artículo de 1966, en el que contribuyó a introducir académicamente el término “hombre nuevo”: “El ‘hombre nuevo’ con el que el fascismo había soñado fue derrotado… El sueño se convirtió en una pesadilla”. Sin embargo, para algunos, al menos, el sueño del hombre nuevo fascista persiste, y ciertamente no ven el pasado fascista como una pesadilla.

 

[Paul Jackson, “The New Man in Fascism Past and Present”, marzo 5 de 2020, en www.fairobserver.com]

bottom of page