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Petkoff: el enigma de una izquierda con cabeza propia

Por Daniel Gutiérrez

Liderada por Teodoro Petkoff, surgió en Venezuela durante la década de 1960 una corriente de izquierda inusitada, no sólo en el marco latinoamericano: repudiaba la matriz comunista y las armas, apostándole al reformismo democrático. Significativa durante varios años, terminó aplastada, como la democracia venezolana misma, por un socialismo rudimentario y arcaico.

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Hugo Chávez, en la ONU en 2006, da testimonio de la verdad de Noam Chomsky

A finales de la década de 1960, cuando se hizo evidente que el modelo soviético no llevaba muy lejos, una parte significativa de la izquierda venezolana se distinguió por su arrojo y creatividad. Mientras en Colombia los intelectuales seguían por lo general deslumbrados con la lucha guerrillera y el dogmatismo de los manuales, un grupo de comunistas del país vecino promovió la fundación de un partido democrático que despreciaba las estrategias maximalistas y buscaba imponerse en las urnas mediante un programa centrado en los problemas nacionales. De acuerdo con Voz Proletaria (11 de febrero de 1971), el periódico de los comunistas colombianos, la deserción estuvo conformada, entre otros, por “veintidós miembros, entre principales y suplentes, de los sesenta y ocho que integraban el Comité Central del Partido [Comunista de Venezuela]”. ¿Cómo y cuándo sucedió tal cosa? Y, más importante aún, ¿por qué aquel giro, excepcional en el contexto latinoamericano, fue posible allí?

 

En 1968, tras la invasión soviética de Checoslovaquia, Teodoro Petkoff, antiguo guerrillero y miembro del Partido Comunista de Venezuela, tomó distancia frente al socialismo real. Y, en lugar de hacerlo de manera vergonzante o en conciliábulos esotéricos, promovió una discusión en el seno del partido y publicó un libro ruidoso y valiente: Checoeslovaquia, el socialismo como problema.

 

Las ideas del hereje (que no apóstata, pues seguía creyendo en la izquierda) eran pasmosamente sencillas y claras. Lo sucedido en Praga había generado en él y en otros como él “una nueva lucidez”. No existía una “forma única de socialismo, sino varias”. El movimiento revolucionario venezolano (recuérdese que allí también hubo lucha armada) estaba condenado a la marginalidad, a menos que asumiera una postura crítica frente al comunismo tal y como se practicaba en la Unión Soviética y en la Europa Oriental. Existía en todo el Segundo Mundo una crisis inocultable, que era en sí misma una condena al estalinismo. Las consecuencias económicas del sistema autoritario de planificación y gestión eran muy negativas, por la subutilización del recurso humano y técnico, el despilfarro de materias primas y fuerza de trabajo, el estancamiento de la calidad y la inadecuación del surtido de la producción a las exigencias del consumo. El régimen del partido único había generado procedimientos autoritarios y policiales como método exclusivo y permanente para resolver las contradicciones en el seno de la sociedad. Finalmente, la gestión “por decreto” del arte y la cultura había resultado desastrosa.

 

Petkoff se atrevió también a afirmar que el socialismo al que aspiraban él y sus colegas secesionistas no era incompatible con la libertad de prensa. Esta, antes bien, les resultaba imprescindible, porque se requería fiscalizar y controlar la acción del Gobierno, y porque no había mejor manera de reforzar la conciencia política de la población. La conclusión de Petkoff era clara: el comunismo había perdido el norte, que no podía ser la construcción de un régimen de dictadura interminable, sino el hombre nuevo, entendido como “un hombre libre”.

 

Estas eran las tesis de Checoeslovaquia, el socialismo como problema, un libro inaceptable para los militantes dogmáticos del comunismo venezolano y para los de casi toda Latinoamérica. Pero lo mejor estaba por venir. Cinco años después de fundar el Movimiento Al Socialismo (MAS), Petkoff sacó otro escrito candente: Proceso a la izquierda (1976). Nuevamente, la obra estaba entretejida de argumentos tan sencillos como demoledores. La izquierda era un gueto en Venezuela, asunto apenas de una “minúscula minoría”, porque se había desdibujado la fisionomía nacional en el molde estalinista, y porque, en lugar del debate de ideas, existían relaciones puramente verticales, fundadas sobre un pedestal teórico y evangélico. La izquierda aterrorizaba a las capas medias por su postura “obrerista” y por pensar que conseguiría sus fines a través de la lucha armada, esto es, como “un simple acto de la voluntad, cristalizado en una vanguardia heroica, a la cual se atribuían poderes taumatúrgicos, capaces de hacer nacer la revolución al margen de toda consideración objetiva”.

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Anuncio de la aparición del grupo guerrillero FALN, en Sucesos para todos, diciembre de 1966​

Frente a los Estados Unidos la nueva postura de Petkoff y sus colegas venezolanos resultaba quizás aún más difícil de tragar para muchos comunistas. El imperialismo en el hemisferio occidental era, de acuerdo con el creador del MAS, un problema sin respuesta, es decir, no había ninguna conocida distinta al catastrofismo, la confrontación directa y las proclamas heroicas. Sin embargo, para que un proyecto de izquierda fuera viable y para que adquiriera factibilidad a los ojos del electorado, debía ofrecer algo distinto a “la hecatombe, la subordinación o el apocalipsis”.

 

En síntesis, afirmaba Petkoff en 1976, era preciso demostrar “el mayor grado de responsabilidad en el tratamiento de los más serios y delicados problemas nacionales. La izquierda que solo actúa como desahogo puede permitirse cualquier extravagancia, puesto que en sus planes no entra la perspectiva real de gobernar al país”. Con toda la sensatez del mundo, Petkoff recalcaba que “la factibilidad” de un proyecto social alternativo dependía de que su implantación no se asociara con “ninguna forma de holocausto”.

 

Poco importa que en las elecciones de 1973 el MAS hubiera sacado doscientos cincuenta mil votos o que, en palabras de Manuel Caballero (1988), el partido hubiera cruzado el Rubicón, no para llegar al otro lado, sino para quedarse en la mitad del río. Como decía el mismo Petkoff en Proceso a la izquierda, la campaña de aquel año había estado “matizada por añoranzas guerrilleras, por la iconografía guevarista y fidelista y por pudores anti-electorales. Tanto así que en ocasiones se producían ridículas discusiones en torno al tema de si debía utilizarse o no, en nuestra propaganda, la palabra ‘voto’, si debía llamarse o no a votar”.

 

Lo relevante, a medio siglo de distancia es preguntarse por qué fueron posibles en Venezuela un Petkoff y un MAS, y por qué las tesis referidas más arriba siguieron siendo por muchas décadas (aún lo son en alguna medida) un anatema para buena parte de la izquierda colombiana. Para responder a estos interrogantes, debe tenerse en cuenta, en primer lugar, que la lucha guerrillera había sido derrotada en Venezuela en 1967, y que ese año el Comité Central del Partido Comunista de ese país tomó la decisión de suspender las acciones armadas. Sin embargo, debe recordarse también que ciertos disidentes como Douglas Bravo siguieron creyendo en los fusiles.

 

En segundo lugar, entonces, debe invocarse la coyuntura económica de Venezuela que en 1973 con la guerra de Yom Kippur se convirtió en uno de los Estados más ricos del mundo. Que ello haya sido así solo por breve tiempo no interesa. La perspectiva del enriquecimiento súbito gracias al petróleo y la ilusión del acceso inminente al Primer Mundo impactaron tanto a algunos dirigentes de izquierda como la flagrante derrota de la guerrilla. ¿No decía acaso el mismo Petkoff en su libro que desde el punto de vista “de sus estructuras jurídicas, políticas e ideológicas”, Venezuela estaba “más próxima a los países capitalistas avanzados que al promedio de los países del Tercer Mundo”?

 

Hay otra razón importante para comprender la emergencia del MAS. Petkoff había nacido ciertamente en un pueblo pobre del estado de Zulia, pero era hijo de un búlgaro y de una polaca. Eso significa que tenía un contacto con el mundo mucho más inmediato y familiar que los comunistas colombianos. Debe recordarse a ese respecto que el boom económico propició la llegada a Venezuela de medio millón de inmigrantes procedentes principalmente de Italia, Portugal y España.

 

Derrota de la lucha guerrillera, boom petrolero, ilusión del acceso inminente al Primer Mundo y relación menos provinciana con el mundo. Quizás en esos factores combinados se encuentren las claves del doble enigma representado por Petkoff y el MAS. Esta combinación ayuda a entender también el desenlace del siglo XX en Venezuela, es decir, el sobresalto autoritario y militarista encarnado en Hugo Chávez y en Nicolás Maduro. Porque la democracia, decía Manuel Caballero en el año 2000, “no es el conjunto de las instituciones democráticas, sino sobre todo un hábito mental y un género de vida; es, por lo tanto, menos un asunto de los gobiernos —del Estado— que de la sociedad”.

 

Referencias

Manuel Caballero, Las Venezuelas del siglo XX, Grijalbo, Caracas, 1988.

Teodoro Petkoff, Checoslovaquia, el socialismo como problema, Editorial Domingo Fuentes, Caracas, 1969.

Teodoro Petkoff, Proceso a la izquierda (o de la falsa conducta revolucionaria), Planeta, Barcelona, 1976.

Manuel Caballero, La gestación de Hugo Chávez. 40 años de luces y sombras en la democracia venezolana, Catarata, Madrid, 2000.

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