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La hora de los hombres fuertes

Por Jon Artabe

Los hombres avasalladores predominan por doquier a nivel mundial en la escena pública. Como en otros momentos del siglo pasado, su protagonismo pone en entredicho a la democracia e incita a dudar de que la libertad deba ser el valor tutelar de la vida en una república.

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Vladímir Putin y Donald Trump, 2025

Para muchos, estamos ante un retorno del autoritarismo, el cual no es perceptible únicamente en las dictaduras explícitas de uno u otro signo sino que también impregna las democracias tradicionales, como ha podido verse en algunos regímenes “iliberales” como el que se desarrolló durante algunos años en Hungría.

 

Esta nueva ola de autoritarismo que azota a medio mundo ha venido acompañada del renacimiento de una reliquia política, los llamados hombres fuertes, dirigentes carismáticos y populistas que no sólo parecen saltarse todas las instituciones y mecanismos democráticos, sino que se están convirtiendo en el motor de los nuevos autoritarismos del siglo XXI. Los Xi Jingpin en China, Vladímir Putin en Rusia, Recep Tayyip Erdogan en Turquía, Viktor Orbán en Hungría o Donald Trump en Estados Unidos, parecen no haber descubierto nada nuevo sino haber sacado del baúl de los recuerdos a caudillos del siglo pasado.

 

La historiadora y periodista Ruth Ben-Ghiat ofrece un interesante esbozo histórico de este fenómeno en su libro Strongmen. Mussolini to present. Para ella, esos nuevos hombres fuertes han liderado el avance del autoritarismo en múltiples regímenes de todo el mundo, incluso en los democráticos. Pero según Ben-Ghiat, este fenómeno es la última de las tres oleadas en las que ciertos hombres fuertes han emergido para llevar a la oscuridad a las instituciones democráticas de distintas épocas y latitudes.

 

La primera oleada surgió en los años 20 del siglo pasado, después del enorme trauma que supuso la Primera Guerra Mundial. Los supervivientes de las trincheras ya no creían en la democracia ni en las instituciones, a las que les adjudicaban el haber conducido a Europa a una carnicería nunca antes vista. Ellos sólo creían en la “trincherocracia”, es decir, en sus compañeros de armas. La democracia ya no era un faro de civilización, pues le adjudicaban, sin ningún fundamento, haber conducido a la mayor barbarie de la historia. Del barro y la sangre de las trincheras surgieron el comunismo y el fascismo, sustento intelectual y apoyo ideológico de la primera oleada de hombres fuertes que avasallaron la democracia en diversos países europeos.

 

Mussolini, el iniciador

Según Ben-Ghiat, Benito Mussolini tiene el dudoso mérito de haber iniciado la nueva estirpe de hombres fuertes. Iniciado políticamente en el socialismo, el fundador del fascismo fue capaz de intuir la desafección de los italianos por las instituciones democráticas. Erigido como caudillo de su movimiento, encarnó a la perfección lo que Max Weber entendió como líder carismático. Como buen periodista, Mussolini también fue capaz de crear un halo de misticismo y un culto en torno a su persona, que no sólo encarnaba los valores nacionales italianos sino que también recuperaría el esplendoroso pasado de la Roma imperial.

 

Mussolini constituyó el tipo clásico del hombre fuerte. Mezclando populismo y una especie de sacralización de su figura, se ofreció de modo convincente como la única esperanza ante un futuro oscuro e incierto. Haciéndose reconocer como el único guía posible de la nación, se ubicó por encima de todas las instituciones, de ahí que destruyera cualquier freno institucional que hubiera podido detenerlo y que se hubiera permitido la utilización de la violencia sin restricciones. A todo eso agregó la exposición de su virilidad de un modo marcadamente machista, que lo convirtió en una figura más allá de medida alguna en todos los ámbitos.

 

Como el duce italiano, el führer alemán Adolf Hitler constituyó un prototipo del hombre fuerte, digno de ser escrutado, entre otras cosas, por la manera como en un principio se sirven de las instituciones democráticas para tomar el poder, tras de lo cual proceden a destruirlas y a instaurar en su lugar una dictadura donde el líder y sus secuaces se convierten en la única verdad y donde la violencia, la corrupción y la propaganda se convierten en el sostén de su dictadura personal.

 

América Latina, África...

Una vez asentado el modelo en los años 20 y 30, con la posterior derrota del fascismo entramos en la segunda oleada de hombres fuertes, que se inició a partir de los años cincuenta, cuando un amplio listado de líderes políticos aprovecharon las consecuencias de la Guerra Fría y la descolonización para establecer sus propios regímenes autoritarios. Los golpes de Estado fueron, con frecuencia, el trampolín para hacerse con el poder.

 

En América Latina, la ilusión del comunismo tanto como el miedo a él impulsaron a hombres como Fidel Castro o el general Augusto Pinochet a tomarse el control de todos los mecanismos estatales y a oprimir a sus respectivos pueblos. En África el intento de desembarazarse de las cadenas del colonialismo propició dictadores como Mobutu Sese Seko en Zaire, Muamar el Gadafi en Libia o Idi Amin en Uganda que, en poco tiempo, pasaron de libertadores a ser, simplemente, unos gobernantes autocráticos capaces de las mayores atrocidades.

 

La tercera ola, que actualmente vivimos, ha sido bien estudiada por Gideon Rachman, en La era de los hombres fuertes. Para él, estamos ante una nueva era, la de los líderes autoritarios que, desde el año 2000 aproximadamente, han ido haciéndose con el poder en lugares tan diversos como Moscú, Pekín, Ankara e incluso en capitales tradicionalmente democráticas como Budapest o Washington. Una ola que parece extender su influencia a todos los países y a todos los gobiernos de uno u otro signo.

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Dibujo denunciando la voluntad de Mussolini de pasar sobre el cadáver de la diosa Libertad, 1924

El ascenso de Putin

Rachman plantea que la caída del muro de Berlín dio inicio a la supremacía del proyecto liberal en el mundo. La crisis económica de 2008 junto a la resaca que acarreó la invasión de Irak y el ascenso de China, pusieron en duda aquella victoria del liberalismo. Fue en esos años cuando Vladímir Putin formuló su famoso discurso en Dresde en contra de Occidente, y Xi Jingping inició su escalada al poder en China.

 

Vladímir Putin no sólo fue el precursor de esta nueva ola, sino también su arquetipo. Al igual que otros antecesores suyos entre los hombres fuertes, Putin llegó al poder con un halo de liberal y con el beneplácito de Occidente. A partir de 2007, sin embargo, cambió hacia un discurso anti-occidental, y poco a poco fue instituyendo un poder personal en contra de cualquier oposición, convirtiéndose en un autócrata omnipotente que no permite oposición o crítica y que se entronizó en el poder hasta el día de hoy. En esta empresa, como había sucedido hace un siglo, ha sido fundamental el culto a la personalidad, en el caso de Putin siendo exaltado como un hombre duro y viril, valores que expresan tanto sus poses con atuendo militar y la exhibición de su poderío físico como la agresión despiadada contra sus contradictores internos y contra algunos países.

 

Los hombres fuertes se han instalado en el poder incluso en dictaduras muy bien asentadas, como el caso de China. El ascenso y la acumulación de poder por parte de Xi Jignpin demuestran que los regímenes autoritarios son capaces de generar estos actores políticos que profundizan los aspectos más autoritarios del régimen.

 

En efecto, tras la muerte de Mao Zedong, Deng Xiao Ping instauró en China un dispositivo de poder más colegiado y limitado, tratando de evitar que una sola persona tuviera todo el poder en sus manos, como había ocurrido con el padre de la nación comunista, Mao. Progresivamente, el actual jerarca máximo, Xi Jingpin, desmanteló los mecanismos instituidos por Deng para limitar la concentración de poder, llegando a alcanzar un poder personal que no se había visto desde Mao. Incluso la limitación de su mandato ha sido eliminada, por lo que Xi puede eternizarse en el poder.

 

La tendencia de los hombres fuertes se ha deslizado incluso hacia los sistemas democráticos más arraigados del planeta, como Europa o Estados Unidos. En Europa, Viktor Orbán fue el iniciador de esta nueva forma de hacer política. Uniendo populismo y xenofobia, el líder húngaro fue capaz de mantenerse en el poder por largos años e implementar cambios en las instituciones que, sin llevar el país a una dictadura, sí limitaron la independencia de la justicia y de la prensa. Orbán mismo no dudó en calificar de “iliberal” su propio régimen, que chocó de manera constante con los principios democráticos de la Unión Europea.

 

Puede que los hombres fuertes de las democracias occidentales no tengan la posibilidad de generar una dictadura, pero pueden hacer que una democracia gire hacia el autoritarismo en muchas parcelas de su funcionamiento.

 

El caso de Donald Trump

Para Gideon Rachman un caso muy significativo de hombre fuerte es Donald Trump, que se abrió paso en un país con raíces democráticas asentadas ya desde sus inicios como nación. Rachman ve a Trump como síntoma de una nación que ya no cree en las élites políticas, que está paralizada por la incertidumbre económica y que tiene una fe demasiado arraigada en su sistema como para temer por su democracia. Así, mientras que en su momento los franceses se movilizaron contra el líder derechista Jean-Marie Le Pen, los estadounidenses fueron incapaces de parar el fenómeno Trump cuando surgió. Y sus años en la Casa Blanca han dejado claro cuáles pueden ser los efectos de los hombres fuertes incluso en democracias como la norteamericana.

 

Estamos, pues, ante una involución hacia tiempos pasados, pero Rachman cree que todavía hay esperanza. En el pasado, así como surgieron los hombres fuertes, así también cayeron sus regímenes. Su talón de Aquiles radica en su virtud. Los hombres fuertes basan su poder en el apoyo de ciertos grupos y no en las instituciones, lo que hace que, cuando pierden ese poder sobre la gente, sus regímenes caigan al no tener nada que los sostenga. Hay razones para pensar que estemos ante un nuevo ciclo histórico de desconfianza hacia la democracia, pero también para pensar que esta etapa también pasará. Pero, ¿y si no fuera así?

 

Se atribuye a Recep Tayyip Erdogan una frase que resume el pensamiento autoritario: “La democracia es como un tranvía, te sirve hasta que llegas a tu destino”. Según Rachman estamos ante una nueva era, la era del autoritarismo, liderada por el resurgir de los hombres fuertes frente a las instituciones democráticas.

 

De nuevo, es preciso elegir. Una elección que ya se tuvo que hacer en la década de 1930, cuando pareció que comunismo y fascismo estaban por encima de la denostada democracia, una ilusión cuyas consecuencias fueron más que trágicas.

 

[Adaptación del texto de Jon Artabe, “Autoritarismo: La hora de los hombres fuertes”, marzo 13 de 2023, en www.deia.eus]

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