Violencia política de ayer
y hoy en Francia
Por Marc Lazar
Algunos hechos recientes de violencia política en Francia, aunque no sean equivalentes a situaciones semejantes del pasado, constituyen un fenómeno preocupante para la democracia y deben ser reflexionados.

Enfrentamiento entre anarquistas y policías en Clichy, el primero de mayo de 1891
La muerte en Lyon, el 14 de febrero de este año, de un joven activista de extrema derecha a manos de militantes antifascistas de extrema izquierda, reanimó el inquietante espectro de la violencia política. Este trágico suceso, que desató un acalorado debate entre la Francia Insumisa, partido de izquierda, y el resto de la clase política, ha llevado a muchos analistas a establecer paralelismos con el periodo de entreguerras o con las décadas de 1960 y 1970. Aunque la violencia siempre ha marcado nuestra historia política, el profesor de historia y sociología política Marc Lazar ofrece en este artículo una perspectiva que nos permite comprender la singularidad histórica del radicalismo contemporáneo.
El espectro de la violencia de entreguerras
En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, el incipiente Partido Comunista Francés, fundado en diciembre de 1920 a instancias de la Internacional Comunista, organizó violentas manifestaciones para derrocar a la que designaban como democracia burguesa, denunciar el “cretinismo parlamentario”, según palabras de Lenin, condenar la Guerra del Rif en Marruecos (1921-1926), oponerse a la guerra imperialista y diferenciarse de los socialistas, a quienes tildaban de “social-traidores” o “social-fascistas”.
Los comunistas se enfrentaron a la policía, a grupos paramilitares de extrema derecha que comenzaron a organizarse a mediados de la década de 1920, así como a socialistas y anarquistas. Sin embargo, estas formas de acción no lograron convencer al “proletariado”, marcado por los horrores de la Primera Guerra Mundial y convertido en gran medida al pacifismo. A partir de mediados de la década de 1930, que marcó su primer auge significativo, y nuevamente bajo la influencia de Moscú, el Partido Comunista desarrolló la estrategia del Frente Popular.
Las ligas de extrema derecha, por su parte, contaban con importantes fuerzas de choque. Este era el caso de la Acción Francesa y sus Camelots du Roi —que dominaban el Barrio Latino y perseguían a los activistas de izquierda—, las Juventudes Patrióticas, los Camisas Verdes de Henry Dorgères y, posteriormente, el Partido Popular Francés de Jacques Doriot. La poderosa Cruz de Fuego, igualmente bien organizada, recurría con menos frecuencia a la fuerza y no estaba estructurada como una milicia propiamente dicha. Aquello grupos atacaban a menudo a las fuerzas de izquierda, que, incluyendo a los socialistas, se habían organizado para garantizar su autodefensa y, en ocasiones, también para lanzar ataques ofensivos contra sus oponentes. Los enfrentamientos entre ambos bandos fueron frecuentes, ya que el país se encontraba sumido en una profunda crisis económica, social y política.
En este contexto, el fascismo, en el poder en Italia desde 1922, el nazismo, establecido en Alemania en 1933, y la Unión Soviética estalinista exacerbaron las pasiones políticas. El 6 de febrero de 1934, una manifestación de las Ligas y organizaciones de veteranos de guerra se tornó violenta, y los manifestantes, decididos a marchar hacia el Palacio Borbón (sede de la Asamblea Nacional francesa), se enfrentaron violentamente con la policía. Diecinueve personas murieron y más de 1000 resultaron heridas. A pesar de esta jornada sangrienta y de las diversas reyertas, algunas mortales, que estallaron posteriormente, la violencia política se mantuvo relativamente contenida en Francia y no tuvo parangón con la intensa brutalidad de la República de Weimar en Alemania.
Hoy en día es común hablar de un “retorno a la década de 1930”. Ciertamente, se pueden establecer algunos paralelismos: la profunda desconfianza política, el profundo malestar social, los interrogantes identitarios, el auge del racismo y el antisemitismo, la expansión de los regímenes autoritarios, la agitación de los grupos de extrema derecha, el clima de guerra. Sin embargo, es necesario ser cautelosos, porque la sociedad francesa, en todos los sentidos, no se parece en nada a la de hace 90 años: la democracia, aunque criticada, no es cuestionada en principio; el racismo y el antisemitismo, a pesar de su innegable resurgimiento, son en general mucho más rechazados que en el pasado; y el nivel de violencia política es incomparable, aunque, reiteremos, en última instancia fue limitado.
El espectro de la violencia en las décadas de 1960 y 1970
Las décadas de 1960 y 1970 estuvieron marcadas una vez más por un resurgimiento de la violencia en un contexto diferente. La guerra de Argelia terminó en 1962, el crecimiento económico era sólido y Francia gozaba de una notable mejoría, aunque esto no significaba que las desigualdades sociales hubieran desaparecido. La sociedad experimentaba profundos cambios con el fin de los campesinos, como lo sugiere el título del libro de Henri Mendras; el auge de la clase obrera, impulsado por la masiva afluencia de migrantes rurales e inmigrantes; el surgimiento de una clase media; y el surgimiento de toda una generación de jóvenes nacidos durante el baby boom. La protesta se generaliza. Una nueva cultura musical, cinematográfica, literaria y de la moda, proveniente del otro lado del Atlántico y del Reino Unido, se propagaba con rapidez. Se iniciaba una revolución en las costumbres sociales. Las relaciones entre hombres y mujeres comenzaban a transformarse.
Pero la clase política tradicional, las instituciones públicas, empezando por las encargadas de la educación, y las estructuras de encuadramiento colectivo —sindicatos, asociaciones— no percibieron, o sólo escasamente, la tremenda convulsión que se estaba produciendo. Además, la guerra de Vietnam despertaba indignación entre esos jóvenes que la seguían por televisión. A la izquierda, pequeños grupos maoístas, deslumbrados hasta el punto de quedar cegados por la China de Mao Zedong, y formaciones trotskistas o de corte trotskista —atraídas por Fidel Castro y aún más por la epopeya de la figura crística del Che Guevara— proliferan a la izquierda del Partido Comunista Francés, que todavía ejerce un magisterio sobre la clase trabajadora y predomina en la izquierda socialista.
Unos y otros le reprocharon al PCF no haber tomado el poder tras la Liberación, ser “revisionista” (según los marxistas-leninistas prochinos), “estalinista” (según los adeptos de Trotsky), abrazar el pacifismo y haber abandonado la perspectiva revolucionaria. Los jóvenes politizados y los grupúsculos de izquierda pretenden estar reavivando la llama de la revolución. La guerra de Vietnam los inspira. Organizan actos de solidaridad con el pueblo vietnamita, denuncian el imperialismo estadounidense y organizan vigorosas manifestaciones que se distinguen de las movilizaciones sosegadas de los sindicatos y los partidos de izquierda. Dado que, como dijo Engels, “la violencia es la partera de la historia”, deben acostumbrarse a luchar contra la policía y, aún más, contra la extrema derecha, en particular contra el movimiento Occidente, que apoya las acciones del ejército estadounidense y pretende cerrarle por la fuerza el camino al “bolchevismo”.
Los enfrentamientos violentos entre esos grupúsculos son frecuentes. Pero los de izquierda conectan con un sector de la juventud. Y más aún con las masivas movilizaciones estudiantiles, obreras, de empleados y campesinos de mayo-junio de 1968, caracterizadas, en particular, por la violencia generalizada entre manifestantes y la policía antidisturbios. Esta violencia persistió en la sociedad —el historiador Xavier Vigna habla de insubordinación obrera durante esos años— y en los grupos de extrema izquierda y extrema derecha. Los maoístas de la Izquierda Proletaria, convencidos de que el fascismo era una amenaza, crearon su grupo clandestino, presentado como su brazo armado, la Nueva Resistencia Popular. Este movimiento, mediante acciones simbólicas y violentas —confiscaciones, secuestros, enfrentamientos con los cuadros de control, apodados “jefes menores” en algunas empresas, y atentados con bomba—, pretendía preparar a las masas para la “guerra civil” presagiada por Alain Geismar, Serge July y Erlyne Morane en su libro homónimo publicado en 1969. El objetivo era, por lo tanto, apoyar y alentar el más mínimo movimiento de revuelta.
Así, en la década de 1970, los militantes maoístas apoyaron a los pequeños comerciantes organizados en un nuevo sindicato, el CID-Unati, liderado por el dueño de un café, Gérard Nicoud, que llevaban a cabo acciones violentas. Por su parte, los trotskistas creían que la prioridad era emprender un esfuerzo a largo plazo para liberar a los trabajadores del control que sobre ellos ejercían el Partido Comunista Francés (PCF) y la Confederación General del Trabajo (CGT). Sin embargo, algunos de ellos, en nombre de la lucha antifascista, combatieron contra grupos de extrema derecha, en particular Orden Nuevo, el más fuerte de ellos, que se mostró muy activo y agresivo. De hecho, la manifestación del 21 de junio de 1973, organizada principalmente por la Liga Comunista, que encabezada Alain Krivine, para impedir una reunión de Orden Nuevo en París, fue excepcionalmente violenta y llevó a la disolución de uno y otro grupo. Sin embargo, la violencia en Francia fue casi insignificante en comparación con los Años de Plomo en Italia, que, desde 1969 hasta principios de la década de 1980, provocaron más de 400 muertes por motivos políticos debido a los asesinatos indiscriminados de la extrema derecha y los ataques selectivos de la extrema izquierda.

Desfile de miembros del grupo derechista "Solidaridad francesa" en homenaje
de un camarada muerto en un disturbio en 1934
El nuevo rostro del radicalismo contemporáneo
Queda abierta la comparación con nuestro presente. Sin duda, los actos violentos entre facciones cada vez más pequeñas de la extrema derecha y los antifascistas evocan una sensación de déjà vu y una especie de retorno cíclico de la violencia extremista de ambos bandos. Asistimos a un aumento de la violencia política desde principios del siglo XXI, documentado y estudiado por sociólogos y politólogos que demuestran que la extrema derecha se cobra más víctimas que la extrema izquierda. Por lo demás, una encuesta realizada en 2022 en el Instituto Montaigne con mi colega, el sociólogo Olivier Galland, entre una muestra de 8.000 jóvenes, reveló la aceptación de la violencia entre un amplio sector de la juventud.
Por añadidura, estamos presenciando una radicalización de los dos sectores. El auge de los partidos nacional-populistas en toda Europa y las políticas de la administración Trump y la coalición MAGA en Estados Unidos, que atacan a la izquierda, culpándola de todos los males, alientan a numerosos grupos de extrema derecha. A pesar de sus diferencias y rivalidades por el liderazgo de este movimiento, arremeten contra la supuesta “invasión migratoria” fomentada por élites globalizadas, corruptas y constantemente vilipendiadas; les alarma la “islamización de Francia”, que, según afirman, está destruyendo la identidad francesa; denuncian la supuesta decadencia de la sociedad y la moral; condenan el “wokismo” y la “teoría de género”; y defienden la soberanía, el “nativismo” y un nacionalismo que a menudo deriva en xenofobia y racismo.
A la inversa, los grupos de extrema izquierda están atormentados por el auge de la extrema derecha, que consideran un resurgimiento del fascismo. Rechazan visceralmente el racismo y la discriminación, condenan a los partidos en el poder, y en particular al presidente Emmanuel Macron, a quien odian profundamente, un odio compartido por la oposición. Se rebelan contra la precariedad laboral, la injusticia y la desigualdad social, y se indignan por la guerra de Israel, a la que acusan de cometer un “genocidio” en Gaza con la supuesta complicidad del jefe de Estado. Expresan su plena solidaridad con la causa palestina, lo que lleva a algunos a “comprender”, “explicar” o incluso “legitimar” y “justificar” el ataque de Hamas el 7 de octubre de 2023, con un antisionismo que a veces roza el antisemitismo.
Una vez más, las diferencias con lo que ocurría hace casi 60 años son abismales. Nos limitaremos a destacar tres. La sociedad, obviamente, ya no es la misma: económica, social y culturalmente. La modernización lo ha cambiado todo, al igual que la globalización, sobre todo al aumentar las desigualdades y la individualización. Esto repercute en la política, en su práctica, en los marcos conceptuales en los que se basa y en los sentimientos sumamente contradictorios que suscita entre los franceses.
Además, el panorama político es completamente opuesto al de las décadas de 1960 y 1970, cuando la izquierda estaba en auge frente a un gaullismo en decadencia y gozaba de una forma de hegemonía cultural. Todo lo contrario de lo que ocurre hoy, donde Agrupación Nacional, el partido de Le Pen, está devorando a la derecha mientras la izquierda lucha por imponer sus ideas frente a la ofensiva del pensamiento conservador, incluso reaccionario.
En cuanto a la relación con la violencia política, las cosas también han evolucionado. Oficialmente, Agrupación Nacional repudia y condena las acciones de los grupos a su derecha, aunque aún existen relaciones, vínculos y afinidades entre miembros del partido y diversos activistas de extrema derecha. Esto distaba mucho de ser así cuando fue fundado el Frente Nacional, en 1972, y durante varias décadas caracterizadas por las fronteras difusas entre el partido de Jean-Marie Le Pen y los grupos violentos más a su derecha.
En la izquierda, por su parte, se están produciendo dos cambios fundamentales, sobre todo en su extremo. En el pasado, los activistas de extrema izquierda buscaban crear las condiciones para la revolución, y la violencia únicamente la consideraban un medio para lograr este objetivo. Por lo tanto, tenía un valor ofensivo y formaba parte de un enfoque casi teológico. Los grupos actuales son exclusivamente antifascistas y no persiguen otros objetivos. Su violencia es teóricamente defensiva contra los ataques de la extrema derecha, lo que no significa que en la práctica sea así, como lo hemos visto dramáticamente en Lyon.
En fin, en aquel entonces, el principal partido de izquierda, el Partido Comunista Francés (PCF), condenó enérgicamente la violencia “izquierdista” por considerarla irresponsable. Si bien en sus documentos del congreso explicaba que si la burguesía alguna vez intentaba oponerse a la voluntad popular de un gobierno de izquierda que hubiera ganado las elecciones de forma legal y clara, habría que considerar la movilización de la clase trabajadora para implementar dicha política, el PCF no añadió nada más y reiteró su condena a la violencia, que no había utilizado desde el 28 de mayo de 1952, durante una manifestación en París contra el general estadounidense Ridgway, acusado de librar una “guerra bacteriológica” en Corea.
En la actualidad, La Francia Insumisa, el partido dominante en la izquierda, rechaza la violencia en sus documentos estratégicos y programáticos. Sin embargo, el movimiento de Jean-Luc Mélenchon, a fuerza de hablar constantemente de revolución o de insurrección ciudadana, de convocar a levantamientos, de practicar una oposición virulenta en la Asamblea Nacional y, en nombre del antifascismo y según el precepto de “ningún enemigo a la izquierda”, al expresar ostentosamente su simpatía y solidaridad con una organización como la Joven Guardia, mantiene una ambigüedad plagada de excesos violentos y de significativos riesgos políticos. Particularmente debido a que está en marcha la deslegitimación del antifascismo.
En Estados Unidos, en Italia y ahora en Francia, la ultraderecha, la derecha radical e incluso un amplio sector de la derecha, utilizando como pretexto las acciones violentas de grupos antifascistas de extrema izquierda, atacan a toda la izquierda, presentándola como inherentemente violenta. Además, el propio antifascismo, cuyo monopolio tiende a arrogarse la izquierda pese a que él abarca múltiples sensibilidades, está perdiendo credibilidad.
El “anti-antifascismo”, promovido en Italia por Silvio Berlusconi y revivido por Giorgia Meloni —quien se inició en la política en las juventudes del Movimiento Social Italiano neofascista— amenaza ahora con extenderse por toda la derecha francesa, rompiendo así con una parte significativa de su herencia gaullista.
Poner la violencia política en perspectiva histórica nos permite comprenderla no tanto como un eterno retorno, sino como un proceso en constante mutación. Más que en el pasado, la violencia política se ha convertido en un formidable instrumento de deslegitimación mutua que amenaza con arrasar los principios fundamentales de nuestra democracia.
[Marc Lazar, “Violence politique d’hier et d’aujourd’hui en France”, marzo 3 de 2006, en https://conference.sciencespo.fr]